Esta es una pregunta clásica de este, los viejos tiempos y los que vendrán: ¿por qué toma tan poco tiempo enamorarse y desenamorarse dura una eternidad? Yo he encontrado la respuesta, mí respuesta. Síganme los que quieran.
Ya lo sé. Estamos en plena modernidad. Nosotros Los hombres hemos desarrollado más nuestro lado sensible y hemos dejado de tener miedo a parecer vulnerables ante los demás, mientras las mujeres son seres cada vez más prácticos y usan con mucha más frecuencia el lado derecho del cerebro.
Este tipo de mezcolanza ha dado como resultado un híbrido maravilloso: la pareja ideal, es más, me atrevería a decir que la pareja perfecta. Por una simple razón. Pareja significa igualdad, equidad. Hombre y mujer, distintos sí, pero componentes “equitativos” dentro de una relación. El famosísimo “uno más uno es dos”.
Bueno, no estamos en la Disneylandia de las relaciones. Lo siento, pero es así. Por eso es “ideal”, porque no es lo común, no es lo frecuente. Seguro que existe y en más de un caso, pero no es lo habitual. La regla son ellas, las que se enamoran como desquiciadas la segunda vez que salen con alguien que les da bola. Sí, las mismas que sufren como un tango interminable cuando esa relación termina.
Ya lo sé. Estamos en plena modernidad. Los hombres han desarrollado más su lado sensible y han dejado de tener miedo a parecer vulnerables ante los demás, mientras las mujeres somos seres cada vez más prácticos y usamos con mucha más frecuencia el lado derecho del cerebro. Este tipo de mezcolanza ha dado como resultado un híbrido maravilloso: la pareja ideal, es más, me atrevería a decir que la pareja perfecta. Por una simple razón. Pareja significa igualdad, equidad. Hombre y mujer, distintos sí, pero componentes “equitativos” dentro de una relación. El famosísimo “uno más uno es dos”.
Regreso al punto de inicio entonces. ¿Por qué nos enamoramos tan rápido y nos desenamoramos en tan lenta y larga agonía? Porque cuando creemos encontrar a alguien que nos gusta proyectamos en él toda esa parte de la juguetería social y rosa en la que hemos crecido y cuyas reglas, juicios y prejuicios nos han sido inyectados desde pequeñas. El amor para ellas es tan natural como el agua.
Es algo que tiene que pasar. Y no llega, viene la frustración y cuando nos sentimos incompletos, sentimos que valemos menos (claro, si somos la mitad de un ser humano, ¿cómo nos vamos a querer como una totalidad si andamos esperando la bendita media naranja?) y cuando ya estamos en una situación emocional tal que somos capaces de tirar nuestro título, nuestra independencia, nuestra carrera con tal de que esa relación prospere.
¿Y qué pasa si no prospera? Pues pasamos a la autolapidación. Nos sentimos triplemente perdedores no solo porque perdimos ala mujer en sí, sino a todo lo que élla representaba en nuestro mundo.
Soy malo para los negocios. No tengo ni la más remota idea de lo que es la economía. Nunca calculo bien la plata con la que debo pagar las cuentas.
Mucho menos las veces que me he enamorado. Por esta sencilla razón he tomado la decisión de no volver a enamorarme, por lo menos no de esa manera. Porque cada mujer de la que me he enamorado no solo ha sido un gasto y un desgaste, sino que en algunas ocasiones ha sido una real mala inversión de mí mismo. Si lo pienso un poco, ¿qué no he dado por amor?
¿Acaso me guardé algo para mí?, Me confieso exagerado en cuestiones pequeñas y superficiales, y se que me enojo facil y soy un pokito histerico...
Me canso de pensar todo lo que he dado, sin exagerar. Además de los tópicos como el amor, la ternura, la pasión, , la sorpresa, la admiración, las oportunidades, el perdón, también he regalado cada uno de mis sueños, deseos, anhelos, manos, brazos, piernas, labios, besos, miradas, milímetros cuadrados de mi piel, cada secreto que quería mantener oculto, mis mentiras, cartas, cuentos, años, meses, una novela, segundos, momentos, películas, horas del día, todas las horas de la noche, mi risa, todititas mis lágrimas, mis recuerdos, canciones, ídolos, mis viajes, absolutamente todas mis debilidades, mis miedos, mis pesadillas, mi silencio, mi risa, mis tesoros, mi memoria, mis guerras, mis faltas, mis más terribles errores y esos momentos en los que puedo hacer magia.
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Cuando uno no está acostumbrado a convivir con su propia soledad porque eso no fue lo que aprendió, lo que le enseñaron o simplemente, no es lo que quiere, estar solo puede doler –yo lo he sentido, y más de una vez--, como si me aferrara con las manos a una orilla de rocas deformadas por un mar salvaje. Gritando de dolor, azotado por las olas.
Las veces que he perdido el amor, sentí que lo había perdido todo, hasta a mí. Por eso pasaban meses y meses sin verme en el espejo. Una sombra extraña me saludaba dudosa. Ese era yo. La que seguía colgada a esa orilla oscura de la que no iba a desprenderme nunca hasta que un nuevo amor me rescatase.
Una amiga me dijo el sábado que había conocido a un chico y que por supuesto, se había “enamorado”.
- ¿Tan rápido? –pregunté yo.
- Es que yo soy así –dijo ella son esa sonrisa de arco iris que les sale cuando vivimos la fantasía romántica en tiempo real.
Ella no es así. Todos lo somos, o lo hemos sido.
Si enamorarse toma un minuto y recuperarse del desamor dura por demasiado, habrá que sacar cuentas antes de tirarse el primer clavado. ¿Acaso existe algún medio que nos asegure caer en un mar azul y pacifico que poco a poco nos lleve confiados –y sin necesidad de salvavidas- a la dulce orilla del amor correspondido? Pues ni el pulpo Paul (QEPD...
Y estoy más que seguro que nadie quiere terminar colgado de unas rocas mojadas y filudas mientras recibe los azotes de ilusiones que se tardan en llegar o de un amor se niega a rescatarnos.