Luis comenzó a escalar las montañas del Himalaya, la cadena montañosa más grande y elevada de la Tierra, con 14 montañas de más ocho mil metros de altitud, 415 por encima de los siete mil y un número sin determinar de seis mil que aún no han sido escaladas y no tienen nombre. Todas las otras montañas del Himalaya cercanas a los cinco mil, soportan intensas nevadas y adversas condiciones meteorológicas.
Un día cuando Luis caminaba por los montes del Himalaya vio a lo lejos a un hombre que miraba fijamente un objeto situado en algún lugar en el espacio, parecía estar orando. A pesar de la distancia entre ellos, el hombre sintió la presencia de Luis, dejo de mirar al cielo, volteó su cara hacia Luis y caminó hacia él. Se movió con tal rapidez, que en unos pocos segundos se encontró a su lado. No corrió aunque parecía que corría. Este ser, que rebotaba sobre las rocas de la montaña como si fuera una pelota de jebe, era uno de los guardianes del territorio.
Con una mirada serena le indicó a Luis, que lo siguiera.
Entre las montañas de seis mil metros de altitud, se encontraban otras montañas de agua congelada que rodeaban un territorio plano y entre el color verde de los bosques de sándalo y lagos con flores de loto, Luis vio 17 edificios construídos con piedra cuarzo. En el centro de estos edificios resaltaba uno, adornado con oro, plata y piedras preciosas.
Luis fue llevado a uno de los 17 palacios; en el interior de este edificio, otros hombres de aspecto saludable, que se desplazaban con tal rapidez que parecían desaparecer y volver aparecer en otro lugar, miraron a Luis y le sonrieron.
Entonces Luis pleno de felicidad sintió que había llegado y sido admitido en el territorio sagrado que muchas noches escucho decir a los Pregoneros.