Desde el momento que nacemos somos recibidos con violencia. A menudo con el fin de despertar al mundo al que debemos salir, el dolor punzante y agudo haciéndonos gritar mientras nos vemos despojados de la seguridad del vientre y arrojados al mar de caos que hemos llegado a conocer como la realidad. A medida que crecemos se nos enseña sobre el bien al lado del mal pero siempre tenemos el deseo de hacer lo que nos han dicho que no.
Que hombre nacido no ha hecho un acto degenerado simplemente porque podía hacerlo? Quien de nosotros podría decir realmente si no han contemplado al menos lo mas vil de las cosas, aunque sea solo por un momento.
Dentro de todos y cada uno de nosotros hay un monstruo, una criatura que nos desgarra y trata de destruir todo lo que nos rodea. Cuando este monstruo invisible ya no puede atacar a otros comienza a carcomernos como un parásito devorando a su huésped. La voz que continuamente nos degrada, nos escupe y llena nuestros sueños con pavor.
Hay algunos que dicen que este monstruo no es real, otros lo llaman Satanás y tratan de darnos consuelos con oraciones vacías y rituales antiguos. Pero mientras cerramos los ojos todos vemos la misma oscuridad. El reino de la bestia que nos acecha.
Para algunos el monstruo interior es demasiado fuerte y finalmente se rinden, para el mundo exterior esos son asesinos y anormales, pervertidos y animales. Sin embargo, para aquellos que conocen la verdad no son mas que las marionetas del monstruo que nos acecha a todos nosotros.
Para otros la lucha contra el demonio interior es demasiado inaguantable y dan el paso hacia el abismo. El abrazo agridulce de la muerte liberándolos de la opresión del infierno mientras finalmente van a ese tranquilo lugar donde nadie se hace daño.
Sin embargo, para aquellos que sobrevivimos a las batallas incesantes, somos los condenados y este mundo es nuestro purgatorio. No estamos muertos, pues no es el muerto el que debería temer al infierno. Somos nosotros los vivos, somos nosotros los que deben sufrir los juicios del infierno. Nuestro demonio interior nos empuja continuamente hacía nuestro propio destino.
Podemos orar por salvación pero nunca llegará. Estamos condenados. El único escape es la muerte. Sin embargo, hemos llegado temer. Nuestro interior a logrado engañarnos para que veamos nuestra única salida como algo terrible y extraño. Porque la muerte es la gran comodidad, el camino hacia la libertad. En la oscuridad nacimos y a la oscuridad debemos regresar finalmente. Al lugar tranquilo donde nadie se hace daño.