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CreepyPasta - Claustrofobia

Paranormal6/22/2011
Estábamos reunidos varios amigos en casa, charlando. Alguien propuso contar historias truculentas con la condición de que fueran verídicas. En un clima distendido pero expectante, comenzó Robert -un anciano ex piloto de la Segunda Guerra-.

Desde esa vez, no nos volvimos a ver. Demián sobrevivió, por suerte. Ahí terminó la reunión de amigos, traspasada por el miedo, como si tanto horror relatado se hubiera derramado a la vida real, contaminándonos un poco a todos. Llamamos al SAME y la ambulancia llegó media hora más tarde. En la espera llamamos a Inés, su mujer, que llegó al rato. Nos puso al tanto: Demián tenía problemas cardíacos. Llegó la ambulancia y se lo llevaron. Pero no hacía caso. Nunca vi a nadie reventar de ese modo. Vomitó la cerveza y los maníes, ensució la mesa y cayó como fulminado. — Che, Demián, cortala viejo, qué te pasa. No fue para tanto —intenté apaciguarlo. Primero fue una discusión política, a raíz del comentario de Pedro sobre la costumbre argentina de repetir el fracaso. Después una oda a Brasil a cargo de Ricardo, contestada de malos modos por Raúl y más tarde una clarísima puteada de Pedro a Demián. Nunca vi a alguien enrojecer tanto, así de golpe. Se incorporó lentamente, la cara roja, las arterias casi estallando. — Guau, bueno Pedro, cortemos acá. Me parece que por hoy es suficiente—dije. Todos estuvieron de acuerdo y la reunión continuó, como si nada. O no. Aún se recuerda el aullido de la madre y la muda mirada del padre. Todos los años regresan, a buscar pistas de sus dos hijos. Yo creo que vuelven sólo para poder oler el aire y tocar la arena que los chicos vieron y tocaron antes de desaparecer para siempre.“ Y salió corriendo, pero las bandas actúan rápido: ya la señora de blanco no tenía a nadie de la mano, volvía inocente a sentarse en la arena y a contemplar el mar, y a sus próximas víctimas. Cuando llegó a la orilla la madre desesperada no perdió tiempo con la vieja: llamó a su marido y ambos recorrieron de norte a sur la playa buscando al chico. Cuando se dieron por vencidos volvieron a su balneario. Ahí ya no había nada. Ni su sombrilla, ni sus bolsos, ni su bebé de dos años. Nada. — ¡Seora— gritó angustiada en portuñol, a una vecina de sombrilla—me cuida por favor a meu filho, que están robándose a mi hijo mayor en la orilla! ¡Por Dios! “La madre entrevió todo desde la playa, entre decenas de personas que pasaban por la orilla. El atontado de su marido miraba mar adentro, cuando una mujer, morena, grandota, vestida con largas faldas blancas tomó de la mano a Matu, invitándolo a pasear. Ella gritó pero Jorge seguía en la Luna de Valencia, sin mirar la escena. “Febrero de 1981. Tudo bein. Praia, suco de laranja, milho, camarao e tudas as maravilhas que voce conhoce, nao? El mar invitaba, pero había que turnarse, para cuidar a Ramón, el más chiquito. No sea cosa que se escabullera por ahí. Había increíble cantidad de gente, ese domingo de calor. El papá estaba en el agua con Matu, el de cuatro años, que ya sabía como pelear con las olitas que llegaban a la orilla. Bueno, ese no es el tema. El tema es que una pareja con sus dos hijos, dos rubitos llamativamente hermosos, bronceaditos, de dos y cuatro años, fueron a pasar su semana de compras y playa a Camboriú, en el sur de Brasil. — Bueno, la cosa fue así— se animó al fin Pedro. — Era plena época de la “plata dulce”, a comienzo de los 80. Los argentinos, al menos los de clase media, se sentían ricos -eran ricos en dólares- y salían al mundo a comprar todo: “deme dos” era la consigna. Tours de compras a Brasil, a Chile o a ultramar: Miami, Canarias. Compraban , compulsivos, y luego, en el hotel, el juego era convencer al otro de que “yo compré más barato que vos, soy un vivo...” Mientras jugueteaban, el país se endeudaba, entraba en la ruina. El fenómeno, lo sabemos, se reprodujo tal cual diez años después, en el menemato. Nunca aprendemos, ¿no?. Hubo un silencio. El viejo aviador tragó ostensiblemente saliva, moviendo la nuez que sobresalía de su flaco cuello. Cumplió su promesa. En la primera salida que la pareja hizo a solas, dejándole el bebé a su cargo, la cumplió.” — Bueno, pero como despedida les voy a cocinar algo de mi especialidad, al horno, una rica sorpresa. Pasó una semana. Al fin, les anunció que había conseguido trabajo en una casa, pero recién en unos días podría irse. — No, lo siento, prefiero que te vayas cuanto antes, una semana a más tardar. Yo hablaré con Susana y le explicaré las razones. Muchas veces las personas de servicio se ponen muy mal, muy celosas cuando llega un bebé a una casa... El hombre decidió cortar esa doble relación —ilícita, impura— ahora que la vida nueva llenaba de gozo el hogar. Meses después, la casa se llenó de llantos de bebé, biberones y pañales para lavar. La felicidad había descendido sobre la pareja. “Se las arregló, entonces para consumar su deseo. Una tarde, con la señora ausente, supo seducir al hombre en la cama matrimonial. Guardó el semen como un tesoro y pudo así completar el trabajo. Pero estaba decidida a ayudar a esa buena gente. Mientras invadía así la intimidad de sus jefes, sintió el leve latigazo del deseo, bajo su propia ropa interior. Era muy extraño hurgar en territorio vedado, le daba una extraña sensación de poder esa incursión prohibida. Eso, al menos, es lo que ella confesó al ser encarcelada por el crimen. “Trabajaba para ellos una chica, discreta, sin familia en la ciudad y con un novio tímido con el cual se veía los jueves y los domingos. La chica estaba muy ligada a un grupo religioso cuyos orígenes se perdían en alguna zona de Brasil. Era inevitable que palpara el drama que latía en la vivienda de Avenida Alcorta. Y quiso ayudar. Le haría un “trabajo” a la patrona para que pudiera ser madre al fin. Solo necesitaba una cosa de la mujer: sangre menstrual. Y del marido, una pocas gotas de semen. Lo primero era fácil de conseguir: algún rastro en las sábanas. Esperó unos días y al fin, antes de lavarlas, encontró lo que buscaba, raspó con un cuchillo y obtuvo un polvillo rojo que guardó en un frasco. Claro, lo otro era más complicado. Revisó los calzoncillos del patrón, pero en vano: él mismo, todas las noches —por pudor o temor— los lavaba. — Una pareja de “gente bien”, residente en Barrio Norte, estaba empeñada en tener un hijo. Todos los intentos habían fracasado y la pareja se consumía en el deseo insatisfecho. La propia relación se deterioraba, con mudos reproches, con las culpas de la mujer originadas en la irreversible sequedad de su matriz. Sonreían, a veces, pero sin el brillo de tiempo atrás. Se amaban, pero en silencio y sabiendo que de ese fuego no surgiría nada nuevo, una vida palpitante, un ser necesitado de todo el amor de padres. Pobre Robert, se lo veía aun conmovido, reviviendo su angustia de 60 años atrás. Me tocaba el turno a mí, ya que se había establecido un riguroso orden de narración. Me habían venido a la cabeza algunas historias, pero ninguna tan perfecta y redonda como la que acabábamos de escuchar. Así que me vi obligado a armar una espeluznante narración en pocos minutos, juntando un pedazo de aquí y otro de allá, piezas sueltas de leyendas urbanas, experiencias personales, argumentos de cuentos y películas, pesadillas propias y ajenas. Y con todo ello construí lo que sigue. “Esa noche, nadie pudo dormir. Cada uno de nosotros recreó la escena una y mil veces. Era la escena tan temida, aquella que nos incomodaba en noches de vela. Pero ahora no sólo la imaginábamos visualmente, ahora sabíamos cómo era el sonido de la muerte en batalla. Muchos, lloraron su angustia esa noche. Yo entre ellos." — Un piloto del escuadrón se estaba comunicando por radio. De pronto hubo un gran estruendo. El avión había sido alcanzado por la metralla. Entonces, la radio nos trajo un largo grito, agudo, angustiado, con un gorjeo como de bebé asustado, hasta el golpe final. Y luego, el silencio.
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