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Carta a la ex novia (parte 2)

Femme11/4/2011

Por ahí me encontré esta carta en el correo de algún gil q no sabe cerrar la sesión como es debido en el cyber. Me pareció bastante interesante (va de una mina golpeadora y una especie de lolita endiosada por este man y lo mal que le va con las dos, a veces da risa pero se nota que el tipo está un poco mal de la cabeza) y pensé en compartirla aquí. Es un poco larga y la voy a postear por partes para que no se les canse la vista y al menos lean uno o dos carajos... La parte uno la publiqué ayer, pero para los q no la vieron la vuelvo a poner en verde, los q leyeron la parte uno inicien desde el texto en negro. Dejo en claro q la posteo en partes porque es larga y no va a faltar el vago que comente con "no leí un carajo", va en partes para q no les de paja leer... Comenten


Hola Mayra... quisiera decir "Querida Mayra", como antes, pero creo que ya nada es como antes.

No puedo dejar de asumir cierta parte de la culpa, no debí esconderte las cosas hasta llevarnos al punto al que hemos llegado, pero ya que estamos ahí, no le veo más solución a esta incomoda situación que lo más prudente, menos aburrido y menos peligroso para mí salud: un final final.

Sé que eres inteligente y que de alguna manera ya te lo venías esperando; has insistido tanto en saber las razones, (llamar todos los días a mi madre a las dos de la mañana lo testifica) que necesariamente voy a tener que contarte cosas que espero no desaten la bestia salvaje hormonal en la que sueles convertirte, y de paso despejar mi conciencia de culpa aclarando lo que realmente motivó mi huida (aunque eso no quita que también lo haya hecho por culpa de tus histerias y constantes agresiones).



Un poco de vacío existencial de vez en cuando no le viene mal a nadie, pero llegar a donde llegué pasa la barrera de lo psicológicamente saludable (si, si, ya sé, esa manía mía de llevar todo a los extremos, no te frunzas)… tanto que si mi madre, psiquiatra de manicomio, fuera realmente profesional y responsable hace tiempo me hubiera encerrado por la peligrosidad que representa tener suelto a un resentido social anarquista, bipolar, fármaco dependiente, alcohólico, paranoico, maniaco depresivo, suicida, megalómano y esquizofrénico, hasta creo que amnésico y senil pues siento que se me olvida mencionar otro manojo de enfermedades (aunque pensándolo bien ahora mismo estoy empezando a sospechar que mi único problema es un delirio hipocondríaco) al fin y al cabo, un caldo de cultivo de psicopatías.

Todo empezó poco antes de conocerte. La causa: lo que mi enferma percepción de las cosas llama “La mujer perfecta”, “La droga perfecta”, (¡cuando no! – estarás pensando - mujeres, mujeres como droga, o drogas a falta de mujeres) dulce y destructiva, profunda, inocentemente fatal. “Sex God” describe (con toda razón) un prendedor que luce siempre en su ropa mientras brinca, canta, baila y encanta por los pasillos de la facultad haciendo alardes de las ventajas físicas que la naturaleza le dio, autodeclarándose hembra alfa, dictadora y monopolizadora de los sueños húmedos de media universidad, huracán de feromonas que exige a mis partes levantarse y darle líquidas ofrendas, exigencia que claro, aparece en la voluntad más como una necesidad, sin imposiciones, al natural, como su rostro de lolita preadolescente, suave, bello (a falta de términos, lugar común, pero como dijo algún poeta “en el amor de verdad desaparece la categoría de lo cursi y solo existen expresiones insuficientes” por extensión lugares comunes también desaparecen) sin necesidad de maquillaje; los ojos grandes de color marrón, calmados y salvajes, brillantes, refrescantes y contundentes como piedras de río cubiertas por un manto de luz y agua; la nariz perfecta, como de dibujito de “anime japonés” inhalando y exhalando aires de orgullo infantil; y los labios, esos labios embrujados, tallados en pétalo de rosa, detonantes de saliva para todo el que los ve, o sea todos en la facu, y sin embargo, entre esos todos, tenía que ser yo el feliz mártir, el pobre diablo que por un minuto de gloria a su lado terminaría convertido en alma en pena…




Lo que viene luego son recuerdos bloqueados en autodefensa, imágenes escondidas tras varias crisis de síndrome de abstinencia y stress postraumático que ahora salen de mi inconsciente para mostrarme lo irresponsable, vulnerable y mal educado que soy sentimentalmente, pero hablar de ello sería perder el tiempo, lo único que vale la pena decir es que mi ambigua relación con ella fue uno de los peores dolores de cabeza de mi vida (literalmente, todo ese tiempo sufrí de migrañas, sin contar la constante sensación de resaca), pero también el periodo de mayor felicidad, y la etapa más destructiva y fértil en todos los planos. Ella fue la gestora de mis vicios más queridos, fue autora de mi degeneración e iluminada decadencia, fue la culpable de todas esas cualidades que hicieron que tú, al conocerme te hayas empecinado en hacerme de tu exclusiva propiedad, así que le debes el que me haya dejado convencer de ti (lo que es una clara muestra de que aún después de separados seguía influyendo muy negativamente en mi remedo de vida). En fin le debo a ella mucho de lo que ahora soy, tanto como a los libros y a la muerte, o tal vez más, por que al pensar en ella la pienso como un libro sobre amor y muerte, un libro sublime cubierto de enfermedad y perversión, un libro de esos que aunque los ojos duelan no puedes dejar de leer por que te absorbe los sentidos, te mantiene como endemoniado porque ya se quedó en la materia gris como una especie de tatuaje neuronal. Y así, leí cada letra oculta entre sus curvas, poemas escritos en su vientre materializados en musicales gemidos que sin decir nada dicen lo justo y lo innecesario, para después, apuntar el inevitable último párrafo que mis ojos acariciaron, cada letra tocada como si se tratara de la última que verán, mi cerebro empapado en sus palabras y en sus silencios, punto final sobre la pasión más animal y mística que jamás sentí. Punto final, no se si sus labios sobre los míos o los míos sobre los de ella, esa noche en la que como quién elige vivir mal a morir bien, me prometí a mi mismo no volver a posar mi alma sobre sus páginas nunca más.



Al poco tiempo las cosas se dieron como ya las conoces, conseguí ese trabajo de mierda como dependiente de almacén, cambié de curso, conocí gente nueva (tú incluida), reprimí mi orgullo herido, procuré olvidar y pretendí enamorarme de ti y como bien sabes de otras mujeres, aunque cada día, por lo menos un minuto, sintiera a su fantasma pasearse por mi cama como marcando territorio.

Lo que vino después ya lo sabes, crisis alcohólicas y las mujeres que talvez amé queriendo amarla a ella, mujeres que (como ella a mi) mentí, violé, maté, despedacé y comí. ¿Que saqué de todo eso? múltiples personalidades, largas borracheras, unos cuantos poemas, malas notas y un agujero negro en el pecho. Las estrellas que murieron se estaban tragando y destruyendo todo.



Y en la peor parte del proceso autodestructivo, que dependiendo del punto de vista suele ser la mejor parte, cuando me había rendido en las redes del vicio a falta de ganas de ser libre, dos años de vivir muriendo, de aguantar tus celos y las semanales palizas que la horda de locas que llamas amigas me propinaban, tres semanas bebiendo de corrido de una botella cada vez más llena, ebriedad de nada, de vacío, ebriedad por que el trago es rico, ebriedad ante la falta de algo mejor que hacer. Y en la mejor parte del proceso, que dependiendo del punto de vista suele ser la peor, repentinamente mi tatuaje neuronal escribió la primera palabra de una imprevista segunda parte; una palabra tan simple, tan ordinaria, resonó en mis oídos como un mensaje de aquel Dios inexistente encarnado en esa dulce voz diciéndome “Hola”. “Sex God” ha vuelto y yo no la esperaba, el libro se escribe de nuevo y yo sigo siendo sentimentalmente vulnerable, irresponsable y mal educado…

-Hola… que palabra tan corriente como para despertar de un sueño… Y caer en otro.
No supe que decir, sentí que el mundo tétrico en el que vivía se caía destrozado en pedazos por el aura de sus labios sonrientes… me abrazó, todo alrededor desaparecía, por un instante mi mundo se redujo a sus brazos apretándome, por un segundo sentí paz.

Por fin pude reaccionar y decir – Hola - miré a los lados, no más espectros tristes, no más fantasmas siguiéndome, no más ocarinas en mi oreja, todo volvía a ser como antes de ese beso con promesa de hace más de setecientos treinta días, promesa que se había roto con ese “Hola” y con lo que ese abrazo me hizo sentir.

Me cuenta que este semestre estudia en mi horario, le pido que no deje de andar por aquí, nos despedimos con beso en la mejilla y corro a clases. Maldita sea, es tarde, el profe me ha cerrado la puerta y tengo que quedarme fuera. Maldita sea, es tarde, el saber de ella nuevamente y tener frente a mis ojos la posibilidad de verla todos los días me deja una sensación extraña en el pecho. Bendita sea, es tarde, siento vivir nuevamente.



Han pasado varios días y me la encuentro seguido por los pasillos, no he bebido y el recuerdo de esas últimas tres semanas en estado etílico ya no cruza por mi mente, los moretones en mis ojos y las heridas de tacones en mi espalda casi han desaparecido, mi corazón late contento, hace mucho que ni me acordaba de que parte de estar vivo es tener un corazón latiendo dentro del pecho. Siento algo raro en el estomago, una especie de ansiedad amplificada cientos de veces, desesperante, pero agradable. Por coincidencia nos encontramos a la salida de clases, por coincidencia ambos nos dirigimos a casa, por coincidencia vivimos por el mismo camino, por acuerdo tomamos el mismo bus. Nunca antes mi vida entera estuvo a los pies de la apariencia física de nadie como en esa ocasión, botas de cuero, vestido tres cuartos, y el rostro como siempre más bello que nunca. Yo, como Sísifo luchando con su piedra trato de no hacer tan evidente mi fascinación, pero lucho con un imposible, mis ojos parecen un trozo liviano de metal y ella un poderoso imán, no puedo evitarlo, es una delicia sentirla tan cerca. Miro las pequeñas orejas, sus mejillas, su nariz, sus lunares, los ojos marrón que me miran mientras habla; los labios, su cuello y su escote me traen anhelos como al emigrante recordar su tierra; hablamos de cosas simples, tan simples pero vitales como respirar, necesarias, y eso me encanta, es de las pocas mujeres con las que realmente se puede dialogar con soltura y afán de cosas no fatuas; y para colmo ese sarcasmo desarrollado me hace ver, incluso a mi, ser megalómano y narciso, como idiota. El camino es corto y ella tiene que bajar del bus antes que yo, se acerca con un beso a mi mejilla, me cuesta mucho mantener la poca cordura que el alcohol (y los golpes de tus cuadrillas de la histeria) no se ha llevado y no girar la cabeza para plantarle ese beso en los labios (o en los senos, que ella sí tiene) y lo siento en el cachete como una correntada eléctrica, el “chao” respectivo de parte y parte, finalmente la miro caminar hacia la puerta y se va, los restos de su perfume en el asiento me fornican las fosas nasales, nuevamente la sensación desesperante me ataca el pecho; toco con mis dedos el lugar donde me besó, y simulo transportar el beso de mi mejilla hacia los labios, pienso en lo que acabo de hacer y me queda la duda de si soy un humano completamente enfermo, increíblemente idiota o perdidamente enamorado. Una mierda en cualquiera de los casos...

(continuará)

mañana la parte 3
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