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Ese cambalache llamado clase media




Hace pocos días se conoció un informe del Banco Mundial (BM) donde se destaca el crecimiento de la clase media a partir de la instrumentación de políticas de desarrollo económico y de la ampliación de oportunidades para sectores más vulnerables. El trabajo, presentado por el presidente del BM, Jim Yong Kim, y el economista jefe para América Latina, Augusto de la Torre, sostiene que en Argentina el número de habitantes comprendidos dentro de la clase media aumentó entre 2003 y 2009, de 9,3 millones a 18,6 millones.
¿Quién dice quien es “clase media” y quién no?
El informe define a los integrantes de la clase media como aquellos con un ingreso per cápita de entre 10 dólares y 50 dólares por día. Este nivel de ingreso proporciona una mayor capacidad de recuperación ante eventos inesperados y refleja una menor probabilidad de volver a caer en la pobreza.
Una omisión: el contexto. Algo que falta expresar en el informe del BM, o por lo menos que los cables no mencionaron, es que semejante salto se está produciendo durante la crisis más grande que ha tenido el capitalismo en toda su historia.

LA CLASE MEDIA Y EL 8N.

Pero ¿si le fue tan bien a la clase media, como es posible que haya ocurrido el “8N”? La respuesta es sencilla. La movilización que se produjo, no fue un colectivo, sino una suma de individualidades. Nadie reparaba en quien tenía al lado, ni en lo que buscaba, decía o hacía y así convivieron filonazis y trotskistas, católicos y ateos, golpistas y “demócratas, violentos y no violentos… solo los unía un factor común: su oposición al gobierno, pero –mas allá de eso- al Estado en general, planteándolo como actor fundamental de la vida social y en particular, la figura de la Presidenta a quien –una vez más– denostaron con los insultos más bajos, hasta cansarse.
Ahora, hay otro elemento fundamental que define, histórica y socialmente a la clase y es su patrón cultural. La clase media es el motor de cualquier cambio posible –no cruento– en nuestra sociedad. Ha sido protagonista de las grandes transformaciones de nuestra historia contemporánea. Por su acción o por su omisión se han realizado de las mejores –y también– de las peores cosas.
Esto también lo han visto los intereses minoritarios (normalmente concentrados y/o vinculados al capital extranjero) que siempre han dominado –de una u otra forma– en Argentina.

LA ESTRATEGIA DESTITUYENTE.

Los eternos grupos de poder –hoy capitaneados por los medios concentrados– y su lastimoso furgón de cola (partidos políticos, caciques sindicales en desgracia, ongs, etc.) se han mostrado muy preocupados por esa realidad que ellos también vislumbran y han trabajado sobre ella en dos temas fundamentales:
1) Poner énfasis en el generar una cultura dependiente, bajo el dominio de la mentira, la repetición y la colonización cultural (ver toda la obra de don Arturo Jauretche al respecto) con el objetivo de atar a nuestra clase media (o por lo menos a un sector de la misma) a las costumbres, modos, formas de hablar, entre otras, de la oligarquía tradicional agroexportadora y cipaya.
Creen ser lo que no son. Pierden la propia identidad. No reconocen sus propios intereses... Si las cosas me van económicamente bien, son mérito exclusivamente mío y no le damos ni un poco de crédito al gobierno que generó las condiciones para que me vaya bien… pero si las cosas me van mal, el único responsable es el gobierno. Así repiten consignas vacías “queremos Libertad”… en el sumun del paroxismo (jamás hubo más libertad que ahora).
2) En segundo lugar, fragmentar. Generar divisiones. Hacer pensar que unos son más que otros. Sea por el color de la piel, por la educación, por religión o por el origen. ¿Cómo? Discriminando o generando discriminadores. De tanto repetirse y repetirse logran éxito en importantes grupos y, desgraciadamente, este es un efecto que tiende a multiplicarse, incentivado por los medios de comunicación. De aquellos “gauchos” (era un término despectivo para nuestra ilustración), a los –después– “cabecitas negras” (migración interna), a los hoy “bolitas” o “paraguas” (inmigración). Normalmente es el color de la piel (y por supuesto la capacidad económica), el signo preferido.

LA FISURA SOCIAL.

Lo cierto es que el aumento de la capacidad de consumo se ha incrementado y una creciente porción de la población ha podido acoplarse a lo que se define como “clase media”. Tal es lo que dice el informe del BM y de no ser así, no se explicaría que un país haya batido año a año sus récords de ventas de autos, tecnología, electrodomésticos, turismo dentro y fuera del país, o los 12 millones de celulares que cada año renuevan el parque de telefonía móvil. Ese ascenso social no es para nada digerido por quienes ven igualadas sus mejores posibilidades de vida. ¿Qué? ¿Ahora todos van dos veces de vacaciones por año? ¿Ya no hay lugar donde estacionar? ¿No se consigue una mesa en los restoranes? ¿Qué hacen los “cabecitas” entre nosotros? Seguramente nos están marcando para robarnos. El gesto se convierte en un arma de doble filo, porque es tan fácil ser discriminador como ser discriminado. La discriminación y la mentira son dos caras de la misma moneda.

DOS MODELOS.

Entre los analistas opositores –seguramente advirtiendo la fragmentación de la oposición a que hacíamos referencia– que escuché en estos últimos días, reclaman por la generación de un modelo alternativo al que viene desarrollando (exitosamente, si se me permite decirlo) el Gobierno. Caen en un error conceptual enorme. El modelo alternativo ya existe: es el modelo conservador y neoliberal que nos condujo al derrumbe del 2001 ¿o es que tenemos tan poca memoria?

DEUDA PENDIENTE.

El tema cultural es un efecto que todavía no han podido revertir los gobiernos populares y democráticos que manejan –hoy por hoy– a la mayor parte de los países de Latinoamérica, a pesar de que aparece como una de sus prioridades.
Dios quiera que la Ley de Medios logre generar la diversidad de voces que hacen falta para abrir los ojos y la mente, pero la falencia mayor –desde mi humilde punto de vista– es la falta de líderes sociales capaces de reivindicar lo que uno es y enseñar la solidaridad entre diferentes, para continuar en la senda histórica del Movimiento Nacional y Popular de los grandes hombres que tuvo nuestra tierra.

LA INCLUSIÓN GENEROSA.

Ese es el camino y tenemos un gobierno que lo transita y estimula, pero tiene que hacerse carne en nosotros, para hacernos consientes de que todos somos lo mismo: parte de una Nación en formación. Claro que con diferencias, pero que todos necesitamos educación, trabajo, justicia, dignidad y salud, entre muchas otras cosas. De que todos merecemos una vida mejor. Que para eso tenemos que volver a los valores. Volver a los principios que sostuvieron los que forjaron nuestra nacionalidad. Que se instale en nosotros la idea de que juntos podemos hacer grandes cosas, que hay causas nacionales, gestas pendientes y que, fragmentados, seremos siempre una Nación por hacerse. A mitad de camino. Lo demás es cháchara.
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