Sube el volumen
Hasta que no haya una sentencia definitiva y firme de la Corte Suprema de Justicia cualquier ventaja que el gobierno pueda obtener a expensas del Grupo Clarín, o viceversa, deberá considerarse transitoria. Ninguna de las altas partes de la guerra —porque, claramente, ésta tiene todas las características de una contienda bélica— podrá cantar victoria; y si lo hiciera, cediendo a los influjos del momento, pecaría de soberbia. Cuanto sucedió en las últimas dos semanas representa la demostración más cabal de la cautela con la cual es menester que se muevan los dos contendientes.
Primero la Cámara en lo Civil y Comercial le dio razón al multimedio y extendió la cautelar. Acto seguido, el juez Alfonso —en un fallo que se las trae— dictó sentencia en la cuestión de fondo, haciendo lugar a los argumentos del kirchnerismo. ¿Quién puede, pues, festejar a esta altura del partido? —La prudencia indica que ninguno. El camino por recorrer, de ahora en adelante, está plagado de riesgos e incertidumbres. Además, nadie sabe cuáles serán los tiempos que le llevará a la Cámara y luego a la Corte cerrar el caso.
Mitad en serio y mitad en broma —o, si se prefiere, consciente la administración presidida por Cristina Fernández de que sería un paso formal— el titular de la AFSCA, Martín Sabbatella, concurrió el lunes personalmente a las oficinas del Grupo Clarín con el propósito de notificarle que comenzará a aplicar la ley de Medios a pesar de la apelación que la empresa de la señora de Noble y Héctor Magnetto hizo en contra del fallo del juez Horacio Alfonso. La presidente sabe, como también Sabbatella, que en su momento la Cámara Nacional de Apelaciones extendió la medida cautelar hasta que existiera “sentencia definitiva” en la causa.
Claro que, en atención a su estrategia y al concepto que tienen de ese tribunal, no les importa demasiado cuidar las formas.
En un acto de la principal usina ideológica oficialista —nos referimos a Carta Abierta— el jefe de gabinete, nada menos, no se anduvo con vueltas a la hora de calificarla. Flanqueado por el funcionario más cercano a la presidente, Carlos Zannini, y el inefable Amado Boudou, dijo: “Era obvio que esa Cámara de mierda (sic) iba a hacer lo que había hecho… ¡Qué duda teníamos, compañeros, que esos jueces comprados por Clarín iban a fallar para Clarín!” No se necesita aguzar demasiado el ingenio para darse cuenta de que semejante parrafada no fue la improvisación de un jovenzuelo con ínfulas de mandón sino algo calculado.
Resultó menos un exabrupto que la opinión del gobierno respecto del tribunal que —con tamaña carga a cuestas— deberá resolver el tema de la inconstitucionalidad o no de los artículos cuestionados de la ley de Medios.
No era de descartar que Juan Manuel Abal Medina negase sus palabras o pidiese disculpas. Lo que hizo fue algo distinto, que trasparenta la índole no tanto del personaje como la del kirchnerismo: dijo que había sido un error. Como quiera que sea, le resultará difícil a los dos camaristas insultados avocarse al tema con la tranquilidad de espíritu que requiere la ocasión. Si el ministro coordinador del gobierno nacional los acusa de coimeros y les estampa en la cara que son peor que basura, ¿dónde buscar la tan cacareada independencia de los poderes?
Más allá de los tiempos y vaivenes judiciales está claro que la intensidad del antagonismo entre el kirchnerismo y sus opugnadores crece día a día, con una particular coincidencia: es el gobierno quien escala sin solución de continuidad la pelea y el que descalifica sin miramientos a los que, previamente, sindica como enemigos. Por mucho que uno se empeñe en el trabajo, sería imposible hallar en los cruces verbales de Macri, Binner, Alfonsín, Solanas y otros con Cristina Fernández, o con cualquiera de sus ministros, una muestra de intolerancia o de falta de respeto como las que son ya habituales en Abal Medina o Aníbal Fernández.
No se trata de escandalizarse por ello. Dejemos eso a los bien pensantes o a los beatos de la política. Lo que sí se trata de calibrar es la manera cómo una administración hegemónica potencia el conflicto interno con el afán de arrinconar y de silenciar no sólo a sus adversarios partidocráticos …a los cuales deberá enfrentar en octubre de 2013 en las urnas— sino a los medios de comunicación que se le resisten o a los jueces que fallan en contra de sus deseos.
Lo fundamental, en el momento que vive el país, es darse cuenta de la naturaleza de la disputa en la cual, quiéranlo o no, todos se hallan comprometidos. Si el análisis se hiciera con arreglo a unas instituciones supuestamente inmaculadas, que no rigen desde hace rato entre nosotros, estaríamos perdiendo el tiempo.
Por supuesto que resulta una enormidad que el jefe de gabinete haya cargado contra los camaristas de esa manera. Es más, no existen antecedentes de algo así en la Argentina. Pero, tras la falta de educación y la desmesura de los insultos se esconde, apenas soterrada, una visión de la política, la justicia, la democracia, las categorías republicanas y hasta del país que no reconoce límites en su intento de ejercer el poder indefinidamente.
Supongamos, sólo de momento, que la Cámara de Apelaciones decidiese dar vuelta la sentencia de Horacio Alfonso y considerase que los artículos de la discordia violan la Constitución. Si ahora sus integrantes son coimeros y una mierda, de qué no serán responsabilizados andando el tiempo. Más aún ¿cómo reaccionaría el kirchnerismo si, en la instancia final, los ministros de la Corte Suprema de Justicia hiciesen otro tanto?
Nunca antes se había planteado, desde 1983, un escenario de este tipo en donde un partido oficialista divide las aguas entre amigos y enemigos y se ufana, además, de sus excesos, proclamando a los cuatro vientos su intención de ir por todo. Los parámetros conocidos para medirlo no parecen suficientes. Es que el kirchnerismo resulta distinto de cualquier otro régimen que hayamos conocido en el pasado. No en razón de sus excesos o sus abusos sino —entiéndase bien— de sus usos. La mala educación o la soberbia no necesariamente preanuncian un cambio radical. Se puede ser descamisado y, sin embargo, conservador. De la misma manera, las formas versallescas pueden esconder al guillotinador de una forma de vida.
El kirchnerismo ha comenzado a desesperarse. Por eso es hoy más virulento que antes. No en virtud de que la viuda sea más temible que el santacruceño muerto sino porque, cuando lo que prima en un régimen es su carácter hegemónico, retroceder justo en el momento en que se juega su continuidad en el ejercicio del poder resulta poco menos que imposible. La tensión kirchnerista crece a medida que percibe cuán lejos se halla Cristina Fernández de la reelección. El 2013, pues, estará signado por la confrontación más aguda que recordemos en tiempos democráticos. Hasta la próxima semana. Feliz Navidad.