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El Muro de Berlìn

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El 13 de agosto de 1961, los berlineses vecinos de la zona que catastralmente estaba designada como el límite entre la zona soviética y los otros tres sectores en que había sido repartida la ciudad (francés, norteamericano e inglés), se encontraron una sorpresiva alambrada que ahora partía casi al medio a Berlín. Obreros y militares de Alemania Oriental levanta la cerca de alambre a la altura del Cementerio de St. Hedwing. Hasta entonces, la separación había sido más formal que otra cosa. Existían controles y barreras fronterizas, pero la gente podía trasladarse por los distintos sectores de la ciudad exhibiendo la documentación y los permisos correspondientes. Obreros que vivían en el Este concurrían a sus trabajos en las fábricas instaladas en el Oeste, y viceversa. El problema –para la administración comunista- es que muchos que pasaban al sector capitalista se “olvidaban” de regresar (y “muchos” quiere decir unos 200.000 por año), lo que producía una mala imagen del régimen y se constituía en un pésimo ejemplo para los demás habitantes. Era necesario que esa línea oscura que figuraba en los planos se convirtiera en una barrera física que “impermeabilizara” el límite entre dos formas de vida. Imágenes de la construcción del Muro. El Presidente del Consejo de Estado de la República Democrática de Alemania, Walter Ulbricht expresó, en junio de 1961, que no existía ningún proyecto de construir un muro. Mucha gente supo leer entre líneas y en casi dos meses más de 50.000 alemanes se apresuraron a pasarse al lado burgués. En poco tiempo, gracias al esforzado trabajo de militares de menor rango, la alambrada se convirtió en una infranqueable barrera de cemento, que postergó por décadas los sueños de libertad de millones de alemanes. Oficialmente, y con un cinismo digno de mejores causas, se informó que el objetivo del muro no era evitar que los berlineses del este pasaran al oeste, sino impedir el ingreso de espías. CIMIENTOS RESQUEBRAJADOS Ese imponente monumento al oprobio que con la reconocida eficiencia germana se había erigido para partir en dos a una ciudad y al mundo entero tenía, empero, una gran fragilidad desde sus cimientos. Y eso no viene a constituirse en crítica alguna a los ingenieros que proyectaron el muro. Su fragilidad radicaba en la ceguera y sordera que los regímenes totalitarios ponen en evidencia con respecto a los deseos de los pueblos que sojuzgan. Sobre todo si los oídos y los ojos están a miles de kilómetros. Y en este caso estaban en Moscú. Las primeras grietas comenzaron a aparecer muchos años antes de que se comenzaran a construir los cimientos del Muro de Berlín. Tal vez la más importante surgió en Hungría en 1956. Cabe consignar que Hungría, desde la ocupación soviética luego de la 2ª Guerra, debió sufrir un par de records sorprendentes: la mayor hiperinflación de la historia mundial, casi 42 cuatrillones por ciento mensual (o sea, el 42 seguido de 15 ceros); y la más alta cifra para un billete en circulación (100 quintillones de Pengö, es decir, el cien y 18 ceros más). Nota al margen: en Argentina nos quejamos de llenos. Tantos ceros no pueden entrar en un solo billete, era más corto con letras. Estas cuestiones, sumadas a una férrea política de marcado corte stalinista (o sea, eliminación de todo aquello que pudiera parecer un atisbo de disidencia), fueron fermentando un descontento popular que estalló en Budapest en octubre de 1956, cuando un grupo de estudiantes que reclamaba reformas políticas fue detenido por la Policía Política. Esto generó una protesta generalizada que fue reprimida a balazos, lo que no hizo más que aumentar el descontento, estallando una lucha encarnizada entre los reformistas y las “fuerzas del orden”. La caída del gobierno y el llamado a elecciones libres calmó los ánimos. Pero esto no era más que un placebo. El 4 de noviembre Budapest fue atiborrada de soldados rusos que se dedicaron a eliminar prolijamente cualquier cosa que pudiera parecerse a una oposición a los mandatos del Kremlin. Para enero del ’57, mediante arrestos masivos, procesos sumarísimos que acababan siempre con los procesados en el paredón o con vacaciones pagas en las más abyectas mazmorras húngaras, rusas o siberianas; y más de 200.000 apresurados emigrantes, el nuevo gobierno –que contaba con la bendición moscovita- dio por finalizada la revuelta y –por más de 30 años- no se volvió a hablar del tema. De hecho, estaba prohibido hablar del tema. Ciudadanos de Budapest observan una estatua de Stalin volteada durante la Revolución de Hungría. Muchos sectores “progresistas” del mundo entero tomaron conciencia, recién entonces, que el comunismo –en la práctica- era monolítico y antidemocrático. Otros todavía no lo entienden. PRAGA, OTRA GRIETA EN EL MURO Alexander Dubček, recientemente consagrado Secretario General del Partido Comunista Checoslovaco, y Ludvik Svoboda, designado Presidente de dicho país, iniciaron en 1968 una importante reforma política y económica que generó un gran acercamiento entre los órganos de poder (el partido y el gobierno) con las bases populares, manifestándose entre la administración y los ciudadanos una solidaridad hasta ese momento inédita, no solamente en Checoslovaquia sino en todo el bloque soviético. Se iniciaba la “Primavera de Praga”, que mostraría al mundo un “socialismo con rostro humano”, según la definición de sus mentores. Alexander Dubček es aclamado por los ciudadanos checos en las calles de Praga Libertad de prensa, separación del gobierno y el partido comunista, apertura parcial a los partidos políticos no comunistas, descentralización de la economía y otras iniciativas comenzaron a poner nerviosos a Moscú y sus satélites, que sabían que esto no podía ser bueno para la metodología autoritaria imperante en la región. Comenzaron así todo tipo de presiones para Dubček, Svoboda y compañía, que fueron acusados de “revisionistas antisocialistas” y de “contrarrevolucionarios” por el establishment rojo. Un grupo de jóvenes celebran en la Plaza de San Wenceslao en Praga el inicio de reformas política A pesar de ello, la Primavera seguía floreciendo en Praga y en toda Checoslavoaquia. Los jubilados donaban al gobierno sus alianzas de oro para colaborar con la reconstrucción de la economía, los obreros trabajaban gratis los domingos, el país –cuentan cronistas de la época- era una fiesta. Hartos de tanta felicidad, y en virtud que los checos no entendían “por las buenas”, el Kermlim resolvió inundar Praga con soldados del Pacto de Varsovia. En agosto de 1968 se acabó la primavera y comenzó –otra vez- el invierno. Los tanques poblaron las calles de las principales ciudades checas, cuyas poblaciones iniciaron una resistencia pacífica, que pasó por el desabastecimiento de insumos básicos para las tropas invasoras (alimentos, combustibles, agua) y por la desorientación (los carteles indicadores desaparecieron o fueron modificados, convirtiendo el país en un laberinto para los extrajeros). Dubček insistió en todo momento en “ahorrar sangre checa”, evitando de este modo que se produjeran enfrentamientos armados. Tropas del Pacto de Varsovia ocupan la ciudad de Praga en agosto de 1968 No obstante el deseo del pueblo checoslovaco, Dubček y Svoboda fueron finalmente destituidos y reemplazados por los más rancios representantes del ala conservadora del PC, quienes, tras 8 meses de primavera, volvieron a llenar de frío al país. Sin embargo, los sucesos de Praga se constituyeron en una nueva –y visible- grieta en ese muro que a cientos de kilómetros de allí mantenía encerrados los sueños y las ilusiones de quienes, por decisión de unos pocos, seguían atrapados. Pero el virus de la libertad seguía avanzando, a pesar de las vacunas de autoritarismo que se aplicaban constantemente. Un joven checoslovaco desarmado se dirige a soldados de las fuerzas de ocupación del Pacto de Varsovia. EL FIN DE UNA VERGÜENZA Las imágenes, los métodos, eran similares en casi todas partes. Las opiniones se expresaban muy por lo bajo y en círculos de absoluta confianza. Cualquier desconocido podía ser un informante o un policía secreto. Y, lo peor, cualquier conocido también. La sensación de estar constantemente vigilados parecía venir desde la cuna. Pero el deseo de libertad es más fuerte cuanto más se lo intenta reprimir. Pequeños y medianos estallidos surgían en toda la superficie del territorio soviético. Siempre eran acallados con la fuerza y con largas estadías en la cárcel (en el mejor de los casos), pero siempre había otro más allá. Por otra parte, el progreso en las comunicaciones facilitaba que esos cimbronazos trascendieran la cortina de hierro y fueran conocidos (y fomentados) desde occidente. El Muro, que en su lado Oeste se poblaba de graffittis y reclamos de libertad, en el Este sumaba silenciosas grietas. Su fortaleza era su principal debilidad. Polonia y el Gremio Solidaridad aplicaron otro mazazo y el hormigón alemán comenzó a tambalear peligrosamente. 9 de noviembre de 1989. Se cae el Muro. La presión internacional aumentó vertiginosamente hasta hacerse insoportable. La solidez de los más de 120 km. que sostenían una concepción del mundo anacrónica, vetusta y vencida, comenzó a desmoronarse definitivamente la noche del 9 de noviembre de 1989 (ese día cumplí 22 años). Tantos berlineses abrazándose efusivamente después de 28 años de separación –aún cuando muchos de ellos no llegaban a esa edad- todavía provocan emoción a quienes tuvimos la suerte de poder ver esas imágenes. ¿El mundo fue mejor después de aquella noche? Probablemente no, pero queda la esperanza de que cada persona sea artífice de su propio destino, sin que el Estado o un funcionario, decida lo que debés hacer, pensar o comer. “No hay deuda que no se pague ni plazo que no se cumpla” dice el Martín Fierro. Las dictaduras, tarde o temprano, caen por su propio peso y por la falta de sustento popular. Sin importar su color u orientación política, los dinosaurios –siempre, indefectiblemente- van a desaparecer. La historia es testigo incorruptible de que los muros que buscan separar terminan uniendo. Deberían tenerlo muy en cuenta, en estos días, los gobiernos de Estados Unidos e Israel. 1962 - Policías militares retiran el cuerpo de Peter Fechter, quien fue herido mientras intentaba sortear el muro y dejado agonizar hasta morir, sin permitir que recibiera ayuda y a la vista de todo el mundo. Una advertencia atroz. No obstante ello, durante la existencia del muro se contabilizaron unas 5.000 fugas a Berlín Occidental; 192 personas murieron por disparos al intentar cruzarlo y otras 200 resultaron gravemente heridas. Un policía militar salta el cerco para escapar a Berlín Occidental. En 1961, unos 200 guardias fronterizos se evadieron de Alemania Democrática. El sector occidental del Muro se convirtió en un receptáculo de miles de graffittis (algunos de ellos verdaderas obras de arte) y expresiones a favor de la libertad. Fuentes: Material bibliográfico propio wikipedia.com
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