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El capitalismo y la clase obrera

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Opinión
Argentina: Entre improvisaciones, estiércol y hacendados

El capitalismo y la clase obrera



El capitalismo es mezquino por naturaleza.

Reaccionario por preservación.

Asesino por supervivencia y desarrollo.

Su historia es la acumulación de estas tres vergüenzas juntas.

En la evolución del mundo sólo “contribuyó” conspirando. Conspirando de todas formas por la supervivencia de su naturaleza. La hegemonía de su sistema. La consolidación de sus métodos de explotación, de acumulación y expansión imperial sobre la tierra.

En homenaje a sus orígenes y a sus principios, participó de horrores, errores y devastaciones generales. Los generó y dirigió todas las veces. Guerras mundiales genocidas, lo tuvieron de principal fogonero y financista. Derrochó tiempo y ensañamiento en preservar sus territorios, ampliar sus dominios y profundizar los métodos de explotación del hombre y de las cosas.

No se detuvo ni dudó, cuando llegó el tiempo de las violencias puntuales. Perversas, como todas las violencias imperiales.

Invadir. Atropellar. Someter, fueron sus métodos de ablandamiento y convencimiento más eficaces, si de mantener su poder hegemónico se tratara.

Su escenario y patrimonio: el mundo entero. Y los hombres y mujeres del mundo también.

Derribar estrados de la justicia. Ignorar códigos y fronteras. Imponer banderas. Y utilizar fósforo. El fósforo…, si blanco, mejor. Para dominar, debía desintegrar los seres y la conciencia humana. Fueron los instrumentos y elementos preferidos. Los más simples. Los más eficaces. Cuanto más rápido, más “humanitarios”.

Para todo ello, derrocó gobiernos elegidos y defendidos por sus pueblos. Bloqueó universos declarados por hombres buenos y normales como territorios libres de explotación, de miseria, de persecución, de lujos y de ignorancia.

El capitalismo lejos de revitalizar la especie, proporcionándole bienes materiales y culturales que desarrollaran la inteligencia, preservaran la salud física, intelectual y psíquica, cercó al hombre por la ignorancia y la castración del pensamiento. La explotación extrema y desequilibrante. El aislamiento y la locura. Reduciéndolo a la resignación de la reclusión y con suerte, a la muerte prematura. Es decir: es ruin y miserable. Discrimina a hombres, mujeres y niños, para luego negarles su condición humana.

Las fieras carniceras matan de un zarpazo, saben hacerlo. Ellos cansan y juegan con sus víctimas, son miserables asesinos.

Pero el avasallamiento y la crueldad, crean rebeldías: legítimo y saludable estado de lucidez y dignidad.

Para gloriosos y conmovedores ejemplos de lucha. De subsistencia heroica, allí está Cuba. Con su gesta insobornable. Territorio libre, bloqueado desde hace cincuenta años. Bloqueo de piratas. Bloqueo de asesinos.

Más allá, con territorios dominados, invadidos, destrozados: Haití, Santo Domingo, Costa Rica, Guatemala, República Dominicana, Chile, El Salvador, Puerto Rico. Para ejemplo de los más cálidos sentimientos de solidaridad latinoamericana. Venezuela, Bolivia y Ecuador, hostigados de mil formas. Y mil traiciones. La libertad no la perdonan.

Caribeñas riberas, soportaron naves piratas. Cañones vomitando fuego sobre morenos cuerpos destrozados. Sembradíos incendiados Humildes casas bombardeadas. Bacterias asesinas desde aviones camuflados… y la bandera barrada, en todos los lugares donde franqueaba el sometimiento y el dolor de la esclavitud sin límites. Allí, también en el Caribe mismo, está Guantánamo. Símbolo de la venganza del rubio y noble americano. El capital sin límites. Allí, seres humanos mutilados, maniatados, ya no pueden ni llorar siquiera. Sin la más mínima posibilidad de rebelarse, se retuercen en el anonimato de la tortura encapuchada. Los huesos triturados. Las piernas encadenadas. Los cuerpos llagados, quemados, lacerados y la locura total, como liberación extrema que las víctimas buscan desesperadamente.

En pleno siglo xxi, los campeones de la libertad, mantienen encadenados a seres humanos sin nombre y sin delito.

Todo esto, sin pasearnos por Europa, Africa, Asia, en donde, si hay un símbolo, Hiroshima-(mon amour), es emblema imborrable de la locura y la degradación capitalista.

Esos son los crímenes atroces del imperialismo, que la sociedad divertida, oculta o niega, en el nuevo siglo del siempre victorioso proyecto americano.

Esos son también los resultados de los fantásticos principios de un mundo gozador, que se calló y consintió siempre, alegremente, participando del festín y del reparto.

Claro que tanta explotación y planificado exterminio, tuvo su contrapartida.

La historia de las luchas sociales en el mundo entero son páginas, que refieren largos años de múltiples actos de solidaridad y ternura entre los pobres. De heroicidad en quienes sin medir la fuerza que los sometía, sentían en sus entrañas el dolor del sometimiento. De la explotación. De la injusticia, sin saber bien, qué era la justicia.

La historia del anarquismo y del socialismo en el mundo entero, conmueve y dignifica la condición humana. Nos enseñaron a luchar sin dejar de ser personas. Nos enseñaron a ser fuertes, pero que podíamos llorar, caer, levantarnos y seguir andando de la mano de amigos, compañeros sinceros y solidarios. Nos unía el amor. Para luchar, para vivir o para morir, peleando.

La lucha no empezó ayer. Tiene los años que lleva de existencia la explotación capitalista.

No en vano la pena de muerte subsiste todavía, en el imperio del dinero usurero y de la ramplonería mercantilizada y violenta.

No en vano, el Fondo y sus satélites, exigen por sus servicios, legislaciones represivas. Ejércitos fuertes. Policías bravas. Gendarmerías obedientes. Buenos comedores de asados a la vera de rutas invadidas por hacendados y latifundistas ricos, alzados contra el poder, con el que pactaron todo. Vidas y muertes. Represiones y latrocinios. Persecuciones. Desapariciones. Torturas. Cárceles y exilios. Plantados, ahora, porque siempre exigen más. Porque siempre, les dieron lo que pidieran.

Entonces de qué reivindicaciones habla el capitalismo y sus amanuenses apresurados. A quiénes apoyan y toleran los gobiernos, aún los autodenominados –esa cosa indefinida- “nacionales y populares”. Qué cultura defienden y estimulan los medios escritos, orales, visuales. Instituciones, iglesias de todos los credos y colores. A quiénes apoyaban esas gentes tan entusiasmadas, alegres tilingos de la libertad, que baten parches y cacerolas, sin haber sabido nunca qué es vivir con sus hijos a la intemperie. Bajo las estrellas. Bajo el sol calcinante. Bajo la lluvia. Cortados por el frío y los vientos. Sin casa, sin comida, sin remedios y sin nadie que se atreviera a cortar en su nombre y por su vida, en mil puntos distintos las rutas de un país increíblemente insensible. Olvidadizo e intolerante.

A qué obedece el deambular de tanto parásito suelto, antiguos prófugos de la razón y de la justicia. Provocando con insultos a viejos luchadores de izquierda, revolucionarios que soportaron cárceles y torturas, a los que no conocen, pero aborrecen.

¿Acaso, los desaparecidos en este país nuestro, eran integrantes de la derecha ganadera y de los industriales mercachifles? Fueron jóvenes extraordinarios que no pactaron ni se cotizaron jamás. Ni un solo instante de sus vidas. Si no supieron o no quisieron acompañarlos antes, no dejaremos que ahora, los utilicen muertos. Son nuestros compañeros.

De qué se habla entonces, cuando de derechos y libertades habla el capitalismo. Si en todos los lugares donde se impone, se desarrolla y actúa, ejerce el poder en directa y graciosa compañía de los gobiernos de turno, que lo tolera y ampara. Que no lo somete a las mismas leyes. Que no lo condena con la misma violencia con que se persigue y golpea a los hombres y mujeres que levantan sus voces para reclamar justicia, trabajo, leche y pan para sus hijos. Es que en nuestro país, donde el sol asoma todos los días, para ellos, hace mucho tiempo se arrió banderas, se derogó leyes y se admitió toda clase de trapisondas y despojos.

Dónde están. Dónde se escuchan las voces de los peones. Los labradores, los cosechadores, los arrieros, los puesteros. Los conductores de tractores ajenos, los molineros, los zafreros, los mensú. Los ferroviarios que unían pueblos, ahora desaparecidos. Dónde la voz de los peones de alpargata y lazo, que no pueden abandonar los campos ni las haciendas. Que peinan y adornan vacas y toros de exposición. Dónde los obreros curtidores. Dónde los obreros de la carne. De los frigoríficos. Los gráficos y los textiles. Las planchadoras. Costureras. Telefónicos. Marítimos. Dónde la voz de la clase obrera argentina, abandona. Con su legislación violada. Negándole derechos. Negándole la vida, cuando les niegan a todos la justicia.

Dónde los hombres y mujeres que cuando tienen trabajo lo hacen como anónimos creadores de riquezas que no disfrutan. En negro. Que ya bastante mal visto está como color... el negro.

De que libertad habla el capitalismo cuando desconoce, como nadie, que los seres humanos existen para algo más que para ser explotados por ellos.

Porque el capitalismo, que como sistema organizado existe desde el triple grito de libertad en Francia, se sustancia con el trabajo ajeno. Con la libertad ajena. Con la miseria ajena. Con los cuerpos ajenos. Y con los muertos que ponen los trabajadores, todas las veces, en todos los lugares.

Llegará el día, seguro llegará, en que todos los rincones y caminos argentinos y del mundo, se llenen de pobres. De trabajadores esperanzados y rebeldes. Los dueños de las riquezas, manchadas de sudor y sangre obrera aprenderán, que sin los trabajadores, no son más que un puñado de vagos delirantes. Entonces, el mundo, cambiará de bases y un solo himno atronará montañas y atravesará los mares. Y no es un sueño. Ese día, habrá triunfado la dignidad y la justicia. Será el triunfo del Socialismo y la Libertad, para todos los pobres de la tierra.


http://www.argenpress.info/nota.asp?num=053976&Parte=0

http://resistenciaydebate.com.ar/foro/index.php?topic=383.0
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