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¿Estudias en la UBA? Perfect Day

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A QUINCE AÑOS DE LA INSOLITA EXPERIENCIA DE LA UNIVERSIDAD DE LOS AIRES


Un soplido sobre las cosas


A principios de la década del 90, una corriente de profesores y alumnos de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires abría un espacio de juego creador y de crítica al encierro del conocimiento académico, mediante fantasmales apariciones en el sótano y en la azotea de la Facultad, en estaciones de ferrocarril y en la City porteña.



Una vieja máquina de escribir convierte a un aula en mesa de redacción para producir un periódico instantáneo en dos horas. Un viaje en ferrocarril de trocha angosta reúne a cincuenta alumnos dentro de un vagón para la evaluación final: el profesor lleva sombrero de guarda y pica cartones con un recorrido de lecturas que sirven de abono. Poco después, el mismo profesor firma falsos diplomas de licenciatura realizados por el artista plástico Ral Veroni.
Créase o no, el profesor es Horacio González, actual subdirector de la Biblioteca Nacional. Pero la época es otra: a fines de los años 80 e inicios de los 90, precisamente al comienzo de la década menemista, la Universidad de los Aires fue el nombre dado a una serie de experiencias lúdico-críticas organizadas por González casi al mismo tiempo en que comenzaban a convivir todas las carreras de Sociales de la UBA en el edificio de Marcelo T. de Alvear 2230, que alguna vez supo ser una maternidad. En la memoria universitaria, de aquellas iniciativas tal vez hoy sólo queden rumores de pasillo y de pared pegoteada con carteles: material de leyenda, sobras de banquete, retazos de mito fundacional. Pero las paredes aún hablan.
Del subsuelo a la azotea



En el boletín número 1 de la Internacional Situacionista, publicado enParís en 1958, Guy Debord editorializaba acerca de la “situación construida”, a la que definía como la organización colectiva de un ambiente unitario y de un juego de gestos y acontecimientos dentro del escenario de un momento vital. Sin haberlo leído a fondo, en 1989 el sociólogo Horacio González ya era un verdadero post-situacionista. Como un director o escenógrafo que garantiza los elementos para la construcción del decorado, se dedicaba a coordinar acciones que rompían la separación entre juego y vida cotidiana, saberes menores y mayores, aula y pasillo.

Sin materias ni parciales, la Universidad de los Aires -autodefinida como un “modo de producción eólico”- tuvo su momento inaugural en octubre del 89 en tres niveles del edificio de Sociales: el subsuelo, el aula 100 y la azotea. Los entre 200 y 300 participantes tuvieron que subir y bajar escaleras para escuchar a Tomás Abraham disertando sobre El extranjero de Albert Camus, a Horacio González acerca de El desierto de los tártaros de Dino Buzzati y a Isidoro Cheresky sobre la La condición humana de Hanna Arendt. Esta última conferencia, en la azotea, tuvo que terminar bajo paraguas a causa de la lluvia.
Luego, en noviembre de ese mismo año, una nueva jornada convocó a Martín Caparrós en el subsuelo para hablar del Apocalipsis, a Alcira Argumedo en el aula 504 para referirse a Georg Lukács y a Fito Páez en el aula 100 para componer el tema “Parte del aire”. Así, los alumnos debían transitar en tropel por los cinco pisos de un edificio que pocos años más tarde se volvería intransitable, irrespirable, asfixiante. En los pasillos, el Ballet de la UBA amenizaba la velada.




Como una aparición fantasmagórica, ese desdoblamiento de la universidad fuera de horario y de aula fija se esfumaba tan rápido como había irrumpido.
“El aire -o pneuma- es el espíritu”, reflexiona hoy González. “Creo que en el fondo éramos un poquito weberianos, en el sentido en que Max Weber valora la idea de la reconstrucción de la sociedad a través de lo que él llama con la palabra griega pneuma. Se trata del espíritu creador. De modo que aquello era un llamado a la imaginación y a imaginar que todos la tienen. A democratizar la imaginación social. Era el profundo deseo de que Michel Foucault no tuviera razón. Porque lo que parece una crítica de que todo saber tiene implícitos ciertos poderes termina siendo la aceptación de un tipo de juego político, de posicionamientos, de marcación de territorios. Contra toda la trama del control de la expresión que se abalanzaba sobre la universidad, jugábamos a que el conocimiento no fuera sostenido por edificios ni por reglamentos ni por redes de poder.”
Materias efímeras
La Universidad de los Aires tuvo también su Facultad de Ciencias Afines, por iniciativa de otro docente de la UBA, Christian Ferrer, en 1990. Un día entero de clases sucesivas, que se turnaban cada media hora, realizando un cuatrimestre completo en una sola jornada. Al final, Horacio González firmó los diplomas de todos los que cursaron esas efímeras materias. Porque allí no se abolían las clases: se las estiraba. Cada una de ellas era como una superclase ante multitudinarias minorías de fans de esa particular música de culto basada en la destreza oratoria de la arenga profesoral.




“Yo soy amigo de este tipo de ceremonias”, confiesa González. “La clase magistral, la lección inaugural o la última clase: todas son figuras fuertes de la historia universitaria. Porque si no la universidad se convierte en algo opaco, una trama de lenguaje controlado. Y el ejercicio del control del lenguaje ya hizo estragos. Quedamos presos de una jerga que postula conocimiento cuando en realidad genera encarcelamiento. Por ejemplo, el clisé: es un espacio-tiempo que limita todo conocimiento. La sociedad no sólo lo acepta: le pide a la universidad que se quede encerrada en la jerga, pero la universidad tendría que rebelarse. Incluso ocupando un lugar dentro del Estado y de la sociedad, la universidad tiene que rebelarse contra el Estado y la sociedad.”




El carácter lúdico de esa rebelión está a la vista en los diplomas sin valor en el mundo profesional, la autodefinición de la Universidad de los Aires como la “única universidad donde en toda prueba es necesario soplar”, los llamamientos a apoderarse en malón de las aulas no pautadas, la ruptura de horarios, el cruce entre fiesta y conocimiento, clase y conversación de café, juego y deber. Mientras la organización institucional exige esferas separadas para una mayor rentabilidad, la pasión por jugar derriba los muros erigidos entre la seriedad y la humorada, el trabajo y el ocio. Y también las barreras que separan a los seres vivos de un encuentro auténtico.

“Por entonces, el país entero estaba crispado -recuerda Ferrer- y la confusión cundía entre los cientistas sociales, que nada parecían entender de lo que ocurría en las calles. En ese tiempo, yo recuerdo a la clase entera de Horacio González marchando por las calles San Martín y Sarmiento, epicentro de la City porteña, anunciando que en la siguiente década la República Argentina sería ‘cityada’. ¿Qué significado tiene esa serie de episodios? Uno de los que se me ocurren es el de orientar los saberes y los acontecimientos universitarios a favor de la vida. Transformar a las ciencias sociales en un arte de vivir. Quizá se trate de instantes y saberes vinculados al plebeyismo, conexiones con saberes marginales y marginados, búsqueda de los momentos originarios de un pensamiento antes de que se transformen en datos y fichas, las biografías y no necesariamente las obras -o bien en las obras, vidas-, la sinceridad relacional, el encastre de las palabras dichas con las fuentes teatrales del saber. Seguramente hay más. Me basta con percibir la felicidad de Horacio cuando alguien escribe algo para leer o su disposición para escuchar lo que sea hasta la hora que sea.”
La clase en el tren




El viaje de ida y vuelta en tren fue de la estación Buenos Aires (detrás de la cancha de Huracán) a Tapiales y también a Temperley, un trayecto que atraviesa villas y basurales en las orillas más pobres de la ciudad. Basándose en una idea de Alfredo Moffat, el profesor González, sus ayudantes y cincuenta alumnos llenaron un vagón y allí se tomó la evaluación final del curso, cuyo tema era el ferrocarril y la literatura sobre el ferrocarril. Por cierto, todos debían alzar la voz para hacerse oír por el resto de la clase móvil. Una alumna cuyo padre había sido guarda le prestó al profesor el gorro de guarda ferroviario. Y él picaba un abono mensual con las lecturas que debían hacerse, como un itinerario de títulos en vez de estaciones (por ejemplo, Los siete pilares de la sabiduría de Lawrence de Arabia). Así se comprobaba la tarea realizada por cada estudiante. La idea era desterritorializar la escena universitaria para el traslado sobrerieles en un ferrocarril casi estepario, como el de la película El tren de las 3:10 a Yuma.



De la circulación como suplemento del trabajo a la circulación como placer, la teoría situacionista de la deriva fue desarrollada a fines de los años 50 como una técnica de paso ininterrumpido a través de ambientes diversos y modo de afirmar un comportamiento lúdico-constructivo. Contra la fijación de las personas en puntos determinados (de la ciudad, del pensamiento, del mundo académico-laboral), contra los discursos demasiado creídos de sí mismos y aun contra el orgullo de creer que se está haciendo una contribución “importante” al avance del conocimiento, allí está el juego.
Claro que el juego también puede ser utilizado como recurso pedagógico. Pero hay un elemento de gratuidad, un antiutilitarismo en el impulso lúdico. Que, de pronto, puede hacerle un paradojal servicio al conocimiento (sin necesariamente ponerse “al servicio de” ninguna otra cosa más que sí mismo). Lo cual tiende a disolver fronteras entre el hacer y el conocer, actores y espectadores, clase y teatro, política y poesía.
Sobre el inicio de la última “década infame”, mientras crecía el ataque neoliberal a la universidad pública, masiva y politizada, la Universidad de los Aires reivindicó un espacio de gratuidad del conocimiento, de un conocimiento que no se canjea por ninguna otra cosa, y también un ámbito en el cual la narrativa teórica intentaba autoexaminarse, interrogar sus propios límites. ¿Es posible un saber que cuestione todo poder, incluido su propio poder?
“Creo que sería un autosaber con una especie de corazón libertario”, dice González, hoy en su rol de funcionario de la Biblioteca, entre las fichas de cartulina que alguna vez escribió de puño y letra Paul Groussac. “Yo ya estoy grande, pero a aquellas experiencias hoy las evalúo con una nostalgia muy favorable. Cuando me encuentro con alguien que participó y me habla del tema, me dan ganas de volver a hacerlas.” Y se ríe.


Fuente y otras consideraciones: Esto es una vieja fotocopia mia, intuyo que de una edicion del 2001 de Pagina12.

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