Don José Celestino Quijada cumplió 92. Fue siete veces consecutivas campeón de hacheros y sus hijos también lo fueron, herencia de oficio. Oriundo de El Manso, anotado en Cochamó (Chile), es un auténtico símbolo del hachero cordillerano y sus amigos lo celebraron con seis corderos al asador, allá en las 34 Hectáreas, donde la vida palpita en gestos duros y corazones abiertos. Tiene 22 hijos de cinco matrimonios, el más chico de apenas 8 meses de edad y la mayor, de 60. Una historia singular. * Por Rodolfo García. Fotos Alfredo Leiva Durán. Fuegos sagrados. La llama encendida: cumple don Celestino. "...pero hasta es lindo ser pobre, para juntar la esperanza, de a poquito, así, cobre a cobre..." Los versos de Osiris Rodríguez Castillo hubieran resonado allá en el barrio Unión, donde la princesa del lago endurece el rostro terso y parece recobrar rasgos originarios. En las arrugas del glamour distante, el viento desgarra las hendijas de todas las asignaturas pendientes de la modernidad y el sistema imperante. Sin ideología aparente, empero, la canción duele y se entiende. Los cantores olvidarán alguna ese en el camino, pero en cambio sabrán hacia dónde van y dónde pesa la carga. ...suerte que el cielo está encima, si no, también lo alambraban... El canto dice, resiste, denuncia, apela, lisonjea también al amor idealizado. Han venido los amigos con milongas, rancheras de cuño cordillerano, alguna polquita adaptada al suelo del sur, como legó Berbel, don Marcelo. El vino azuza los sentidos, es día de fiesta y los ojos de la memoria no rehúyen la alegría, el chamamé invita a levantar tierrita con las alpargatas y es seguro que pasarán las horas en esa escalada rítmica hacia la cumbia de la camisa negra y otras geografías, para liberar secretos y entrecruzar miradas, promesas de vida sin dueño. Es día de fiesta allá en las 34, donde el Unión y el Dos de Abril nombran pero no separan a las siete barriadas sin tierra de la antigua lucha contra el desalojo. Cantan y bailan siempre allá, aunque suelan filtrarse también los rasgos de violencia que el desgarramiento social potencia en las carencias ya sabidas, de largo cuño y duro realismo. Aún así, cantan y bailan siempre allá, sí. Pero hoy es diferente. Don Celestino, el celestino del hacha, cumple 92. Y ha llegado a caballo hasta el convite, tranco a tranco desde El Pilar II. Seis corderos dan su espalda al fuego y el asador avisa que ya casi están. Es día de fiesta: sábado 12 de abril de 2008. - Ahora anda bien, anduvo algo embromado y los médicos le llegaron a dar hasta 14 pastillas por día, mire usted. Se las sacamos, le damos unos yuyos y está mucho mejor, narra una de sus hijas, mientras el Chino saca y saca fotos. Don José Celestino Quijada nació y se crió en El Manso, bien contra el León, en el paso a Chile, cerquita del trasandino Cochamó, donde algún vez lo anotaron, según dicen a los 17. De ese valle fue que lo trajeron esposado a los 25, una noche oscura como el olvido. Una pelea, una desgracia, lo que suele pasar en esos días en que el diablo llena de dudosa hombría las damajuanas y deja el dolor y la angustia en la resaca. 10 ó 12 años cumplió la pena en Buenos Aires. Don Celestino Quijada no mira hacia atrás, sería inútil, ya pagó su deuda. Tiene bastante con lo que la vida le devolvió: 22 hijos, incontables nietos y bisnietos. Un tataranieto que acaba de asomar al mundo en Villa La Angostura. Su vida fue el hacha, el trabajo duro, la paga escasa, pero golpe tras golpe forjó su lugar, ese sitio del que nadie lo mueve, aunque pocas veces lo recuerden y a nadie se le ocurriera hasta ahora nominarlo como ciudadano ilustre: es el máximo ganador del concurso de hacheros de Bariloche. Siete veces consecutivas en los 80. Y todavía hoy, su hija le encarga alguna changa por el pinar de Ribelli para sumar un pesito a la pensión, que no llega a los 200. Claro que el hacha..., pa' los concursos, como supo decir en una publicidad del Canal Seis que inmortalizó la frase. Pal trabajo, la motosierra. Duro oficio el de hachero, al que algún ecólatra snob podría considerar enemigo de los bosques. Qué va, el bosque es su silencio, sus sueños, su razón de ser; y ha sido su destino. "Toda su vida trabajó en esto, en los '60 recién pudimos lograr su documento argentino" refiere Luisa (48), una de las hijas que más lo acompaña. "Somos 11 de su matrimonio con Juana Figueroa, la que más le duró..." dice, y sonríe al contabilizar cinco enlaces en el prolífico andar del Celestino. Tres son del más reciente. El más chiquito, Andrés, tiene apenas 8 meses. "Mi papá estaba en el hospital, algo enfermo, y por la otra puerta entraba su mujer a dar a luz; cosas de la vida...". Cosas de la vida, sí: Rosita Quijada, la hermana mayor del benjamín, ya ronda los 60. Jorge Cotaro, Pancho de la Radio -así lo nombra Luisa- Argentino Andrade, animan la fiesta, entre decenas y decenas de amigos y familiares. Don José Celestino Quijada disfruta, sonríe con mueca cómplice, inventa alguna picardía al paso. Es su día. Como suele nombrarlo don Arnaldo en los soles festivos de la nieve, es el gran campeón de los hacheros. Sus hijos Eulogio, Rubén, Gustavo, y Roberto ya han ganado también en el concurso. Blanca y Luisa lo han hecho entre las mujeres, herederos todos del oficio. La promesa del libro de memorias asoma entre la charla, y el vino seco y lento deja andar la pluma imaginaria del escriba, admirado del hombre y sus historias, mientras el Chino toma y toma... fotos. Después de todo, es un día de fiesta también acá, en este sitio de noticias, en el mismo Bariloche del Unión y el Dos de Abril. Un homenaje virtual, de contexto libre, entre crónica y semblanza. Un tributo al campeón de los hacheros. De puro corazón. Fuente: http://www.bariloche2000.com/article.php?story=20080415235119124
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