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Historia de uno de los Viajantes del trágico tren

Offtopic2/25/2012
En el tren de los “laburantes” Es un día miércoles muy especial pues yo, Pablo Esperanza, he disfrutado con mi familia de un fin de semana de carnaval, un fin de semana largo y reparador de tantas jornadas de trabajo tan duras y agobiantes como el mismísimo verano porteño. Una semana corta, un dulce aliciente a la modorra que produce volver a la rutina, un viaje de una hora y pico desde Moreno a Once en algún destartalado tren del Ferrocarril Sarmiento y la casi familiar sensación de ser un integrante mas de ese gran hormiguero humano que todos los días fluye incesantemente desde los barrios del oeste hacia la capital con el digno propósito de ganarse “ese mango que nos haga morfar” Viajar en tren al trabajo en el Sarmiento, un hábito y necesidad que he heredado de tres generaciones ya que mi abuelo y mi padre también compartieron esta patriada desde cincuenta o sesenta años atrás en los mismos trenes, por las mismas vías y a través de las mismas estaciones como si el tiempo se hubiera dormido irremediablemente en los viejos vagones y en los ruinosos andenes. En el barrio siempre le llamamos “el tren de los laburantes” porque ahí nos encontramos cotidianamente nosotros, los obreros asalariados, los trabajadores informales, los jornaleros del pan diario, los desocupados en búsquedas de changas, los pequeños delincuentes del descuido y del arrebato y algún raro bohemio buscador de los arrabales perdidos. Si salís de Moreno podes tener la suerte de encontrar algún asiento estropeado y duro, si lo hacés mas adelante tenés que viajar como ganado. Hacinado parado y apretujado pero siempre tratando de hacer equilibrio sobre un piso de chapa deteriorada por los años y siempre mugriento de desperdicios raramente limpiados aunque abandonados por nosotros, los miles de seres humanos nómadas que corremos febrilmente detrás del sustento diario. El trayecto se hace largo y agotador, en el calor del verano parece un horno del infierno donde se concentran todos los vahos y olores de nuestra masa humana que desde afuera parecemos sardinas enlatadas y desde adentro nos sentimos en el mismo infierno. Te mareás como un borracho y transpirás como en un baño turco pero en el invierno, el amontonamiento por lo menos te protege del gélido frío. Lo que te hace más ameno el viaje es leerte el diario del día si es que vas sentado aunque desde Morón hasta Once es algo imposible. Los vendedores ambulantes te vociferan todo el tiempo y en todos los vagones, con voz fuerte y áspera te hacen todo tipo de ofertas, desde ballenitas hasta la felicidad completa y todo solo por dos pesos. Los enfermos y menesterosos te agradecen de antemano tu generosa limosnita para que puedan llevar ese simple plato de comida a la mesa de sus seres queridos mientras los punguistas y arrebatadores se mezclan en el gentío esperando la oportunidad tan propicia pero siempre tan indiferente a las estaciones y al punto de destino. Los boletos son muy baratos y nos dicen que están subsidiados pero los trenes siguen siendo los mismos y cada vez mas deteriorados. Las empresas nos prometen y los gobiernos dicen pensar en nosotros los humildes mientras las vías, los sistemas de señalamiento y de seguridad están congelados eternamente en lo mas obsoleto. ¿Es placer o suplicio, viajar en el Sarmiento? Las paredes internas están siempre sucias, manchadas y despintadas y las externas también pero a menudo cubiertas de lemas políticos donde nos ofrecen de todo, desde la felicidad y la justicia hasta la unidad Sudamericana. Por suerte ya salimos de Caballito y en cinco minutos mas llegamos a Once, parece que el maquinista está hoy con nosotros o apurado porque el tren acelera y va cada vez mas rápido como queriendo acortar nuestros tiempos. Por suerte un poquito mas y ya estamos, nos espera el “laburo”. El tren viaja cada vez mas rápido, como enloquecido. Los vagones están repletos, algunas puertas están trabadas y abiertas a propósito por los viajeros ya que muchos van colgados algo muy habitual en el Sarmiento, “así uno se acostumbra al riesgo”. Ya estamos llegando a once y esto no para más. Un gran estruendo y gritos de la gente. Estallan en mil pedazos los vidrios. Un muchacho vuela afuera del tren y cae sobre las vías. Los asientos se doblan como si fueran papel. Todo queda envuelto en caos y sangre. El día se oscurece y se hace la noche en mi mente…. Yo, Pablo Esperanza, solo quiero llegar a mi “laburo”. Cabe destacar que esta historia nada que ver tiene conmigo, pero la encontré, a leí y me pareció bueno difundirla, mostrala y que ustedes tambien puedan sentir, aunque sea de lejos lo que pasaron estas personas
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