Parecía una parada más. Pero la modorra del convoy se sacudió por los gritos y las manos que se levantaban con más angustia que aires de bienvenida, y clamando sin mucha esperanza por un milagro en aquel paraje olvidado…un médico. Un hombre delgado, de apenas 1, 53 m, se alisó los cabellos oscuros y lacios y con voz amable y firme bajó de inmediato a ofrecerse como tal. Tiempo después, el mismo recordaría su encuentro con su Formosa de monte e indios donde pasaría los siguientes 50 años de su vida con estas palabras y esta sencillez: “Había que tomar una decisión y la tomé . El tren que me llevaba a Tucumán, donde vivía mi hermano, estaba a punto de arrancar Yo estaba en el andén del Paraje Guaycurri (que con los años sería Estanislao del Campo) cuando vi muchas manos que se alzaban suplicantes y voces ininteligibles que me llamaban en idiomas diferentes. Entonces me subí a un sulky tirado por una mujer cincuentona muy preocupada y me dejé internar en la maleza. Poco después, como dijeron por allá, le había “salvado” la vida a una indiecita que después se me presentó como Mercedes Almirón y que hoy vive en Tucumán rodeada de sus nietos y sus bisnietos. Un parto distócico había estado a punto de terminar con ella y con el bebé. Fue entonces cuando decidí perder mi pasaje en el tren, que aún me aguardaba, y no volver nunca a las comodidades de mi consultorio en Buenos Aires. La bienvenida me la dieron indios, criollos y algún que otro inmigrante, todos enfermos, barbudos, harapientos. Yo mismo me di la bienvenida a ese mundo nuevo, aún a riesgo de mi salud y mi vida.” Llevó una vida ejemplar de abnegación, humildad y sacrificio. Consagró su vida al servicio de las comunidades indígenas en Estanislao del Campo, una localidad Formoseña. Además de médico rural, fue escritor, autor de obras científicas sobre antropología, flora y fauna. Se recibió de médico en Buenos Aires, en 1928, luego se trasladó a Resistencia y más tarde tuvo que ausentarse al Paraguay por razones políticas, en tiempos en que se desató la Guerra, cumpliendo servicios de médico en la misma. Una vez finalizada vuelve a Argentina y el tren que lo transportaba realizó una parada en la estación Estanislao del Campo (en aquel entonces denominada Guaycurri), donde le solicitaron servicios de urgencia para una parturienta que se debatía por su vida y la de su hijo en un parto distócico en medio del monte formoseño. Después de asistirla, un grupo de vecinos sin recursos le pidieron que no se fuera dado que no había ningún médico disponible varios kilómetros a la redonda. Maradona no lo dudó y se quedó. Pasaría así 51 años de su vida, prestando asistencia a los aborígenes del Chaco Formoseño, viviendo siempre en una humilde vivienda de ladrillo, sin electricidad ni ningún otro tipo de servicio y prestando ayuda sin cobrar un peso a la comunidad indígena del lugar, formada por tobas, matacos, mocovíes y pilagás. Además investigó científicamente la vida y cultura de los pueblos originarios, así como la fauna y flora de la región. En 1986 enfermó y debió trasladarse a la ciudad de Rosario, donde vivía su sobrino, una vez recuperado se quedó viviendo en esta ciudad hasta su muerte el 14 de enero de 1995, a los 99 años de edad. Fue cariñosamente conocido como: el "Doctorcito Dios", el "Doctor Cataplasma", el "Doctorcito Esteban", el "médico de los pobres", entre sus pacientes, de los cuales recibió un trato siempre cordial de admiración y devoción “Asi viví muy sobriamente cincuenta y tres años en la selva – dijo poco antes de morir – hasta que el cuerpo me dijo basta. Un día me sentí morir y me empecé a despedir de los indios, con una mezcla de orgullo y felicidad, porque ya se vestían, se ponían zapatos, eran instruidos, Creo que no hice ninguna otra cosa mas que cumplir con mi deber”
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