El burdel de burras Los clientes son muchachos; las prostitutas, burras. Un lugar insólito perdido en el campo, en esta nota publicada recientemente en la antología de las mejores crónicas de SoHo y originalmente, en 2004, en Colombia. por Margarita García Robayo La respuesta de Andrés fue muy directa. Me dijo que le gustaba tener sexo con burras porque no se sentía en la obligación de demostrarle nada a nadie; que estaba él solo con ella, dejándose llevar por lo único que le importaba en ese momento: tener un orgasmo. Mientras me cuenta pienso en ese juego de los cumpleaños infantiles que se llama “ponerle la cola al burro”. Cada niño debe caminar con los ojos vendados hasta la pared donde está colgado el muñeco de cartón y tratar de pegarle el rabo lo más cerca posible de la crucecita roja que señala el nacimiento de la cola. Recuerdo un cumpleaños en que casi todas las rifas se sortearon con ese juego. El regalo que todos queríamos —un game boy que traía el juego de Mario Bross— se lo ganó Danielito, un niño de la cuadra a quien la mamá le sopló dónde estaba la crucecita roja. La señora le gritaba: “¡Dale Dani, más a la izquierda, eso, eso, en el culito del burro!”. Después de ese día Danielito no volvió a salir a la puerta de su casa a jugar con el game boy, porque los demás niños le decían que se lo había ganado por darle en el culo a un burro. Pobre Danielito, cómo lloraba. Yo no entendía por qué. Ahora, cuando se lo cuento, Andrés pone cara de no entender tampoco. Él nunca jugó a ese juego: no cuando era chiquito. Me dice que todo comenzó a sus doce años, cuando el capataz de su finca en Turbaco (un pueblo a 40 minutos de Cartagena, hacia el Sur) le empezó a llenar la cabeza con historias sobre las bondades de las burritas —de las que hoy él da fe. Describe su aventura zoofílica como una “maldad de pelao”; cuando lo hizo por primera vez tenía trece. Esa es la edad más habitual para las burras: entre los doce y los dieciséis, más o menos. Andrés y sus amigos pasan los veinte. Son cinco: dos paisas, un monteriano y dos cartageneros —la variedad de sus orígenes desmiente el mito de que la burricie sea una práctica exclusiva de los costeños. Todos aseguran que ya no tienen contacto sexual con las burritas, que ahora tienen novias y les basta con ellas. Pero todavía se van de paseo los fines de semana a la finca de Turbaco. —La vuelta de ahora es otra —me dice el paisa. Y me explica que se dedican a llevar “pelaitos” de catorce y quince, para hacer lo que ellos ya hicieron: perderle el miedo al sexo. Pero no se trata de filantropía: el cupo vale 2.000 pesos (un dólar) y “usar” las burritas cuesta entre 5.000 (2,7) y 7.000 (3,8), según la que se escoja. —Mejor dicho, con diez mil pesitos (5,4 dólares) que el pelao ahorre en la semana ya está hecho. EL PASEO Los cinco muchachos salen todos los sábados a las 7:30 de la mañana, en la camioneta de Andrés. Es una Ford verde muy vieja a la que bautizaron Miss Donkey. Tiene los vidrios polarizados, lo que les permite camuflarme en el paseo de este sábado. En el camino recogen a los clientes que, por lo general, no suman más de diez y suelen repetir. Esta mañana salimos por el corredor de carga que a esa hora está casi vacío. La carretera termina en el cementerio Jardines de Paz, donde todos nos santiguamos. A la subida de la loma de Turbaco (aproximadamente 180 metros de altura) hay una señal rutera que dice “Revise su culo antes de viajar”. Cuando la pasamos, todos los chicos, en la parte de atrás de la camioneta, sueltan una carcajada ruidosa. —Siempre que pasamos por aquí es la misma maricada —me dice Andrés, que está al volante. Luego frena y se baja del auto—. ¡Se les va a acabar el chiste a estos huevones! Andrés camina hasta el cartel, recoge una piedra y repasa las letras que alguien borró delante de la palabra “CULO”: “VEHI”. Los chicos lo abuchean. A las ocho llegamos a la finca. El clima de Turbaco es más fresco que en la ciudad (25° C promedio) y se siente mucha humedad porque por ese terreno corre un arroyo que va a parar a una laguna cristalina. Es un bello paisaje campestre donde uno imaginaría que animales y humanos viven felices, en completa armonía. El lugar es agreste pero cómodo, tiene lo que una finca de fin de semana en Cartagena necesita tener: un gran palo de caucho que da mucha sombra y sirve para recostar las butacas, acomodar la caja de cervezas e improvisar sobre las raíces enormes una mesita de dominó. Y al fondo: un corral lleno de burras. Los chicos saltan de la camioneta y se dispersan. Se van hacia la parte de atrás de la casa y yo aprovecho para bajarme. Nos recibe Orlando, el capataz. Dice que ha preparado seis burras y un burrito adicional: —Las más sanas y pollinitas. En la puerta de la casa hay tres hamacas, cuatro butacas y dos mecedoras. En el medio hay una nevera de icopor gastada y sucia. A los clientes no se les da trago, pero los cinco patrones siempre se sientan a tomar cerveza y a oír vallenato mientras los demás hacen lo suyo. Huele a sancocho. Las dos hijas de Orlando preparan un caldo para “después”. —¿Después de qué? Les pregunto a las niñas. Se ríen. Clara y Cecilia tienen 11 y 13 años y son huérfanas de madre. TODOS QUIEREN CON MARYLIN Los muchachos también se ríen. Les hizo gracia que les preguntara si hay preferidas entre las burras, porque todavía les parece increíble que los clientes se peleen por una en especial. Es chiquita, huesuda y mansita. Y es pollina, pero lleva rato en el negocio. Les sugiero bautizarla Marylin, como la de la telenovela de las ocho (*). Más risas. Parece que el secreto de Marylin y de otras veteranas está en la temperatura que alcanzan. Andrés asegura que eso es un indicador de que la burrita “lo está disfrutando”. Veinte metros más allá, en el corral, las burras corren, se escapan. Orlando las ataja, las echa para adentro. La jornada apenas empieza. Más tarde le pregunto a Orlando si ellas sufren. Se ríe y me pregunta si alguna vez he visto a un burro. Se supone que debo ruborizarme. —… las que corren es porque se asustan de ver tanto pelao alrededor —dice—, pero no porque sufran. Claro que hay unas a las que les gusta más. Eso es como todo… –Orlando guiña un ojo. Me pregunto si querrá decir que son como con las mujeres. Si estará comparando su negocio con cualquiera de los que funcionan en la Medialuna (zona de tolerancia en Cartagena). “Hay unas a las que les gusta más”, dijo; le faltó agregar: “Esas son las más putas”. Al fondo veo a los clientes en fila india. Son tan chiquitos. Me recuerdan a Danielito con su game boy de Mario Bros. Algunos, sin embargo, parecen muy curtidos en el asunto. Hay uno que parece estar haciendo chistes todo el tiempo y se agarra con una mano el cierre de su bermudita Nike: como si en cualquier momento le fuera a estallar. —Venga, no se deje ver por los clientes. Me dice uno de los paisas y me ofrece cerveza. Después me da su versión de por qué es tan bueno estar con una burra. Vuelve a mencionar lo de la temperatura: “Es que lo tienen muy caliente”. Y también menciona con cierto dejo de nostalgia (o calentura, vaya a saber) el popular “chancleteo”, que se hace con burros. Entonces entiendo lo del burrito adicional. —Para chancletear usted amarra con la cabuya las bolas del animal, se la pasa por debajo del pie y la tensa por un extremo, y la chancletea así: chan, chan, chan (él chancletea). ¿Me entiende? Y cuando el burro aprieta, ¡uno ve el mismísimo cielo! El paisa se pone rojo y me queda mirando. La frente le suda y se seca con la magna. Después me dice, todavía nervioso, que él prefiere a las mujeres. EL NEGOCIO Todo el negocio está presentado de manera muy profesional. Funciona bajo una lógica de proxenetismo clásico en el que todos se llevan su parte, hasta las burras: —A las burritas les dejamos buena comida y las mantenemos bien cuidadas. Orlando se ocupa de ellas toda la semana y el sábado las tiene al pelo. Él se gana una comisión: por ahí el diez por ciento de lo que recojamos. Hay otra parte que se va en gasolina y en la caja de cerveza que nos tomamos para pasar el rato. Yo cojo el veinte por ciento de lo que queda y el resto se divide en cuatro partes iguales para mis amigos, que son quienes consiguen a los pelaos. Pero lo más importante es que el cliente quede satisfecho —expone Andrés, con cara de gerente. El negocio no genera grandes utilidades (unos 400.000 pesos netos al mes, algo más de 200 dólares), pero tampoco presenta riesgo porque los clientes deben confirmar con dos días de anticipación y, si es el caso, reservar a la burrita de su preferencia. Cuando no hay gente suficiente no se hace el paseo, el punto de equilibrio se determina por los costos fijos: la nafta, la comisión de Orlando y la cerveza. Los cinco coinciden en que si un día no hay utilidad, no pasa nada. El paisa lleva las cuentas. Si el sexo con burras no fuera un tema tabú, sería de esperarse que los cinco empresarios tuvieran folletos promocionales de su negocio. Se los ve tan orgullosos de su emprendimiento como cualquier joven local de tercer o cuarto semestre de administración de empresas, que pone un puesto de empanadas y cervezas frente a la universidad. Le pregunto a Andrés quién fija las tarifas de cada ejemplar. —Orlando. —¿Por qué él? —Porque él las conoce y las lidia en la semana. Y él también es quien recibe las sugerencias de los clientes y se da cuenta de cuál es la burrita que les gusta. —Son algo así como “sus chicas”. —Sí, algo así. RIESGOS Los chicos dicen que la burras no son portadoras de enfermedades venéreas. Aun así, algunos clientes prefieren usar preservativos. A Orlando no le gusta, dice que eso no es bueno para el animal, porque las burras no están acostumbradas al material sintético. —A una la tuvimos que retirar porque se enfermó de sus partes: se le hizo una llaga bien fea que la hizo sufrir mucho. Después supimos que había sido una irritación causada por el condón. Yo, en vez de eso, prefiero darle la suya a cada cliente, para que no se las estén pasando. Antes uno podía compartirlas, pero es que no existían esas enfermedades raras de ahora —explica Orlando, cual apoderado responsable del gremio, cual catequista de la monogamia. Y lo repite varias veces: que la burra sola jamás te va a contagiar de nada, pero si se usa una después de que la usó otro que viene arrastrando algo, ahí sí, todos pierden: los clientes y ella. Los patrones, por su parte, coinciden en que el mayor riesgo de este negocio es que sus papás se enteren. Ni los papás de Andrés, ni los de sus cuatro socios, ni los de los clientes adolescentes se imaginan en qué andan sus hijos. Todos se creen la historia del paseo de fin de semana en la finca de un amigo en Turbaco: Cartagena está llena de amigos con fincas en Turbaco. Orlando les hace “la segunda” porque le parece que los muchachos no están haciendo nada malo. Al contrario, cree que está bien que aprendan esas cosas. Cree que esas cosas los harán más hombres: —Con tanta desviación que hay ahora, señorita… Cree que ya desde los diez, once años “se está en edad de merecer”. —¿Merecer qué? —pregunto. Y guiña el ojo. PONERLE LA COLA AL BURRO Ponerle la cola al burro es un juego complicado. Algunos lo definen como una adaptación sofisticada del gallito ciego. Puede ser. La gran diferencia es que en este juego no basta con encontrar al muñeco de cartón en la pared, la destreza del niño se pone a prueba en su precisión para ponerle el rabo en el lugar exacto. Algo parecido sucede en la vida real: tener relaciones con burras requiere de un saber, y también de cierta parafernalia. Por ejemplo, como la mayoría de los niños no las alcanzan, hay que buscarles banquitos para que se suban y queden a la altura del animal. Esa fue la primera inversión que hicieron los muchachos: más bancos de madera para que los clientes no tuvieran que turnarse el único que había. Lo que sigue es casi un ritual que empieza por alzarle el rabo a la burrita y tirar fuerte de él mientras se procede con el asunto. Me cuentan que ese es el mejor momento para el cliente, pero el peor para la burra: aun con banquito, sigue siendo una relación desigual. Algunos de los clientes entran al corral con una vara de madera y casi todos llevan su respectiva cabuya. Orlando me explica que la vara es para animarlas, para que se muevan, y no sé qué expresión habré hecho, pero ahora Orlando me mira condescendiente y me dice que no me angustie: —… ellas son casi mujeres, niña, todo eso les gusta. Se supone que no debo llegar hasta el corral, pero me acerco un poco y Orlando me sigue de cerca. El monteriano está justo debajo del palo de caucho tomando fresco. Le paso por delante y ni se inmuta. Me agacho detrás de una Matarratón y veo a todos esos muchachitos encaramados en sus burritas. Algunos revoloteando, esperando su turno, haciéndose chistes: como en una piñata. Hay uno que está sentado en el piso, empapado en sudor. Detrás hay otro de gorra roja en plena faena, tiene los ojos cerrados, está concentrado. Hace como si hiciera fuerza: le tiene las uñas enterradas en las ancas al animal, se acerca y se mueve rápido, tembleque, sin ninguna gracia. Luego suelta a la burra, se baja del banquito y cae extenuado al lado de su amigo el sudoroso. Alcanzo a ver algunas nalgas rosadas al aire, la mayoría se deja la bermuda en los tobillos y las camisetas colgadas en la cabeza como un velo de monja. Están tan ansiosos que ninguno se demora más de dos minutos en cumplir con su deber. —¡Ven, Horacio, te toca otra vez! —grita el más alto desde el fondo del corral. Horacio está echado boca abajo, como un bulto de papas: —Ya no puedo más, marica, deja que tome aire. —¡Ayyyy, mariquita! —le gritan los demás. —¿No te estarás volviendo impotente? —le dice el alto, burlón. Horacio se pone de pie, le tiemblan las piernas. Se quita las zapatillas y se manosea un poco: —Ya, ahora sí —dice y corre hasta donde está la burra, se sube al banquito, se baja rápidamente la bermuda, se prende de las ancas y se le pega. Se nota que simula, a leguas se nota. En la otra esquina del corral hay un rubito que decidió no esperar tanto y entregó sus afanes a sí mismo. REFERENCIAS CULTURALES En la Costa Caribe colombiana pocos reconocen abiertamente haber tenido sexo con burras, pero el asunto es de dominio público. Lo decente es que escandalice, lo exagerado es que enorgullezca. El rey de los exagerados fue Raúl Gómez Jattin, un poeta costeño muy prestigioso que se terminó matando. Le decían “El Putas”, y fue un erudito en temas de zoofilia. También fue drogadicto y demente, y el autor del conocido poema “Te quiero burrita”: “Te quiero burrita porque no hablas ni te quejas/ ni pides plata/ ni lloras/ ni me quitas un lugar en la hamaca/ ni te enterneces/ ni suspiras cuando me vengo/ ni te frunces/ ni me agarras/ Te quiero sola, como yo/ sin pretender estar conmigo/ compartiendo tu crica con mis amigos/ sin hacerme quedar mal con ellos/ y sin pedirme un beso”. Orlando defiende un discurso similar. Se confiesa parte de toda una línea ancestral que tuvo sexo con burras desde los ocho, nueve años. Me cuenta además que uno de sus tíos nunca se casó porque se enamoró perdidamente de su burra: la bautizó Yolanda. Su padre, dice, también fue burrero hasta viejo. Andrés y el segundo cartagenero no se imaginan a sus papás en esos menesteres, pero tampoco les extrañaría. Los paisas ni por plata lo aceptan. El monteriano guarda silencio. Los muchachos cambian el tema, son pudorosos. Prefieren darme todas las explicaciones de su negocio, que suponen muy original, pero que en verdad no presenta ninguna innovación en el formato. Lo que sí hace es poner en evidencia algo que todavía muchos consideraban un mito. No es un mito. Es una práctica que puede definirse rural por simple oportunidad, pero que a veces consigue colarse en las ciudades y convertirse, como en el caso de Andrés y sus socios, en un negocio con discurso: según ellos, les venden a los más chicos la posibilidad que la calle les niega… Orlando los interrumpe para derramar un poco de romanticismo: —Las burras son para los niños el primer amor. En medio de la conversación se asoman Clara y Cecilia con caritas burlonas. No se atreven a salir hasta la terraza donde estamos sentados. —¡Vayan pa’dentro culicagadas, ¿no ven que esto es pa’ grandes?! —las regaña Orlando. Las niñas corren soltando carcajadas y se esconden otra vez en la casa. —¡Pa, es que ya está la sopa! —gritan en coro desde adentro. Los cinco doctores prosiguen con su exposición. En una de esas habla por fin el monteriano: —Nuestra estrategia consiste en facilitarles las cosas a los pelaos: peor es que se vayan a la Medialuna a acostarse con esas mujeres que los pueden contagiar de enfermedades, y a exponerse a que se los lleve la policía por ser menores. Además, eso les sale mucho más caro. Piensa que es muy difícil tener esa edad, porque las ganas de tirar son siempre mayores que tus posibilidades. Mejor dicho, el asunto consiste en ofrecer condiciones más favorables a un menor precio. Así de sencillo. Acá todo lo que se discute es si acostarse con una mujer o con una burra. Me pregunto si los usuarios de la Medialuna tendrán esta opción en mente, y si las trabajadoras del sector sabrán quiénes se vislumbran como su potencial competencia. Después de su elocuente intervención, el monteriano se pone de pie y camina, perezoso, hacia el comedor, al otro extremo de la terraza. Los demás lo siguen. Andrés me dice que ya vuelve, que va a traer sopa para los dos. Ahora las burritas están pastando justo delante de mí: “Las más sanas y pollinitas”, la selección de Orlando, el mejor catador. Arrinconada al fondo, ya fuera del corral, está Marylin o una que se le parece. Masca hierba y se la ve cansada: ha trabajado mucho hoy. Los clientes están en la mesa tomándose la sopa · *Todos quieren con Marylin fue una telenovela muy popular emitida en Colombia (2004–2005) por el canal RCN, cuya protagonista es una prostituta de la que todos los hombres se enamoran. Fuente:http://www.revistash.com/notas/145997-el-burdel-burras
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