Lagranata se despertó en la mañana con hambre en demasía, su estómago parecía una orquesta sinfónica. Lagranata corrió a la heladera y sin abrir siquiera la puerta la devoró. Todavía hambrienta, se comió un escritorio y un título de periodista. Más tarde, decidió tomar una siesta. Cayó dormida sobre su gran abdomen y comenzó el sueño: Lagranata era una zorra. Millones de zorros aullaban mientras mostraba sus atributos y se regocijaba con saber que al morir podría ser recordado por alguien más que su madre. Con cada maullido gritaba y movía más la cola, logrando ser valorada por un público para el que era la sensación momentáneamente. Pero luego, apareció otra zorra, esta zorra tenía oro y joyas. Lagranata estaba celosa, pues esas joyas llamaban más la atención de la muchedumbre, por lo que decidió buscar sus propias joyas. Movió la cola en distintas zonas del pueblo para los más poderosos, implorando obtener alguna joya. Las joyas fueron cedidas y volvió a enfrentarse a la zorra mayor presentando joyas más caras que la de la zorra mayor, pero había vendido su alma por ello. Si bien obtuvo los maullidos de la muchedumbre, jamás volvió a ser la misma. Murió moviendo la cola. Luego todos la olvidaron... Lagranata despertó horrorizada y salió a caminar por el pueblo. Tenía hambre, por lo que pidió monedas a los conejos. Lagranata siempre había adorado a los conejos y toda su vida había buscado su aprobación. Pero esta vez, los conejos se negaron. Continuará...
LAgraNATA en el país de las maravillas.
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