LA REFORMA UNIVERSITARIA DE 1918: EL PRIMER CORDOBAZO Por Pablo Rieznik Como el reclamo de una reformulación del gobierno de la Universidad y de su cuerpo docente, los estudiantes de la ciudad de Córdoba dieron un puntapié inicial de un vasto movimiento definitivamente inscripto en la historia, no sólo de nuestro país sino de América Latina toda. Más allá de sus reivindicaciones originales, la Reforma se fundó en el ímpetu y el vigor de una movilización de características revolucionarias. Los universitarios cordobeses comenzaron el año decretando la huelga general, ganaron la calle para imponer sus reclamos, apelaron a la acción directa cuando fue necesario impedir por la fuerza la elección de autoridades comprometidas con el pasado que deseaban enterrar, llegaron inclusive a ocupar las casa de estudio y nombraron a sus propios representantes como rectores y decanos de los claustros. Por sus objetivos inmediatos la juventud de Córdoba “se levantó contra un régimen administrativo, contra un método docente, contra un concepto de autoridad” (“Manifiesto Liminar de la Reforma”, 21 de junio de 1918) pero dio a esta lucha un alcance mucho más amplio identificando su cometido con la “necesidad de romper todos los vínculos que nos ligan a la tradición colonial, completando la obra de los revolucionarios de Mayo” (Orden del Día del acto estudiantil realizado en Buenos Aires, 28 de julio de 1918). La nueva generación emergía entonces en un mundo convulsionado por la barbarie de la I Guerra Mundial y trataba de comprender las señales de la reciente Revolución Rusa; se sentía además protagonista de la vida política a la cual irrumpieron las clases medias bajo el ala del yrigoyenismo y de la implantación del sufragio secreto. Su acción, por lo tanto, estaba insuflada por el carácter épico y transformador de los acontecimientos de la hora. Este afirmaba como un gran sentimiento más que como un programa -que nunca precisó-: “las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana, si en nombre del orden se nos quiere seguir burlando y embruteciendo, proclamamos bien alto el sagrado derecho a la insurrección” (“Manifiesto Liminar”). La bandera de la Reforma Universitaria fue el emblema común en el cual, de hecho, se fundó todo el movimiento estudiantil latinoamericano; desde Chile, Bolivia y Perú en el extremo sur hasta México y Cuba en la otra punta del continente. Si los estudiantes cordobeses se plantearon genéricamente encarnar el cumplimiento de la inacabada independencia nacional y la solidaridad de los “hombres libres de América”, el significado y la perspectiva de la lucha emancipadora -antiimperialista- implícita en la reforma educativa, fue dominando progresivamente los debates y la delimitación política en el seno del movimiento reformista. De sus filas surgirán en la década del '20 el planteamiento de un movimiento nacionalista de contenido burgués capaz de viabilizar un desarrollo capitalista moderno en nuestro atrasado continente. Este será el fundamento del APRA peruano, organizado como partido cuando se frustró la intención original de darle un carácter de movimiento organizado en Latinoamérica toda. Con el cubano Mella el reformismo trascenderá sus propios límites para proclamar la inviabilidad de sus objetivos fuera del cuadro de una revolución dirigida por el movimiento obrero. En los años '30, sin embargo, bajo la bandera de la Reforma el movimiento estudiantil será arrastrado por el stalinismo y los democratizantes a un frente común con el imperialismo. La lucha contra los elementos clericales y ultramontanos del nacionalismo se dará desde la trinchera antinacional del gorilismo latinoamericano. Las reivindicaciones democráticas de la Reforma no han tenido nunca vigencia? Aún hoy, la autonomía, el cogobierno, la docencia libre, definen la plataforma de acción del movimiento estudiantil universitario. Su contenido y su significado no son sólo materia histórica sino una cuestión política relevante y de actualidad. Su abordaje en el presente significa, sin embargo, superar los propios horizontes trazados por la Reforma, su vago idealismo democrático, su incapacidad para precisar los vínculos entre los estudiantes, la educación y la sociedad clasista. En su formulación inicial los reclamos reformistas expresaban la aspiración de la clase media ilustrada por quebrar los moldes de la Universidad colonial, corporativa y oligárquica, que reinaba incólume en las primeras décadas del siglo. En su afán indudablemente progresista, y por la vía de su propia hegemonía, el estudiantado alzado postuló no sólo la factibilidad de una educación moderna sino hasta la elevación de la misma Universidad a la condición de fuerza dirigente de una transformación social, inclusive, revolucionaria. La condición mesiánica que permea los pronunciamientos y la conducta de los principales líderes del estallido cordobés revela, en la ampulosidad de su verbo, las limitaciones de clase de su propio movimiento. La intelligentsia pequeñoburguesa revela históricamente ese gusto particular por la palabra exaltada y el recurso al incendio discursivo en lo cual fue pródigo el movimiento de la Reforma. Las circunstancias no permitieron superar este cuadro que algunos consideran como virtud: “La Reforma no tiene programa oficial, [...] nadie puede invocar el título de vocero exclusivo de sus principios” (A. Ciria y H. Sanguinetti, La Reforma Universitaria). Lo cierto es que, anunciando una revolución, la Reforma no pudo encontrar el sujeto colectivo de la transformación social. Aquello que no encontraba en la materia misma de la sociedad lo buscó en la inmaterialidad: “las almas de los jóvenes deben ser movidas por fuerzas espirituales”, reza el belicoso y ya citado “Manifiesto Liminar”. La vaguedad de las formulaciones de la Reforma de 1918 permitió que en su seno proliferaran las más diversas tendencias políticas. En todo caso hay que distinguir el fervor revolucionario de sus fundadores y hasta los límites objetivos de su época, de la podredumbre de muchos de quienes desde entonces se declararon sus seguidores. Hoy los agentes del FMI y la entrega se dicen herederos de la Reforma y en su nombre plantean una política de liquidación de la escuela pública, de desmantelamiento de la enseñanza superior y de hambreamiento de la docencia nacional. Lo que la Reforma dejó pendiente la historia lo ha zanjado definitivamente. En una época dominada por la superexplotación de los trabajadores y la exacerbación de la opresión nacional, la tendencia dominante es a la descalificación en masa de la mano de obra, a la destrucción y despilfarro de los recursos educativos. Universidad, educación y capitalismo son incompatibles. La cuestión educativa no puede resolverse al margen de la lucha de clases. Sólo la clase obrera, como artífice de su propio destino puede reconstruir la sociedad sobre una nueva base. La revolución educativa es inseparable de la revolución social. El balance de la Reforma Universitaria puede y debe poner de relieve esta conclusión fundamental como enseñanza de la propia experiencia histórica. La Universidad anterior a la Reforma Las universidades argentinas -Buenos Aires, Córdoba y La Plata- se regían por la Ley Avellaneda, dictada en 1885. En las universidades de La Plata y Buenos Aires se habían realizado reformas para darle una cierta participación al cuerpo docente compuesto por la elite liberal. Los cambios en la educación superior fueron reflejando los cambios en las principales ciudades del país, principalmente en Buenos Aires. “Desde 1869 a 1914, la población argentina casi se había quintuplicado. Los extranjeros, que en 1869 no pasaban de 210.292, cuarenta y cinco años más tarde sumaban 2.357.292 o sea el 30% de la población total” (A. Ciria y H. Sanguinetti, La Reforma Universitaria). Con el aumento de la población se fue gestando una clase media urbana que presionaba por una democratización del acceso y de la organización misma de la universidad. En las universidades, que hasta el momento eran un coto cerrado de las clases dominantes, la consecuencia fue que la matrícula tendió a un crecimiento muy significativo por la incorporación de nuevos sectores. En la Universidad de Buenos Aires, por ejemplo, la matrícula pasó de 4.000 estudiantes en 1910 a 10.000 en 1918. Para contrarrestar esta tendencia surgieron los proyectos educativos para introducir en la enseñanza media la enseñanza técnica y alivianar la presión sobre la educación superior. En forma simultánea aparecía en escena una nueva clase social, el proletariado, que ya tenía para principios de siglo una fuerte organización; en 1896 se había fundado el Partido Socialista, primer partido obrero del pías. En la Universidad de Buenos Aires ya se habían manifestado los primeros signos de malestar. En 1871, a raíz del suicidio de un estudiante provinciano aplazado, en la facultad de Derecho, los estudiantes realizaron una reunión y “osaron votar en favor de ciertas reformas del régimen de estudio” (T Halperpín Donghi, Historia de la Universidad de Buenos Aires). La protesta, sin embargo, no pasó a mayores. Desde 1903 hasta 1906, un movimiento huelguístico paralizó la Universidad de Buenos Aires e inspiró la fundación de los centros de estudiantes de Medicina e Ingeniería, en 1904, de Derecho al año siguiente, y de la Federación Universitaria de Buenos Aires, el 11 de septiembre de 1908. Ante estos acontecimientos el diario La Nación “recomendaba” eliminar a los “elementos heterogéneos” que “invaden la Universidad”. La Universidad de Córdoba Estos son los antecedentes de la rebelión que va a producirse en 1918. No es casual, tampoco, que estallara en Córdoba. “La ciudad es un claustro encerrado entre barrancas; el paseo es un claustro con verjas de fierro; cada manzana tiene un claustro con monjas y frailes; los colegios son claustros; toda la ciencia escolástica de la Edad Media es un claustro en que se encierra y parapeta la inteligencia, contra todo lo que salga del texto y el comentario. Córdoba no sabe que existe en la tierra otra cosa que no sea Córdoba” (D. E Sarmiento, Facundo). Este comentario de Sarmiento coincide con el clima que nos transmite Juan B. Justo sobre la universidad cordobesa: “Entrar en la vetusta casa en que funciona la universidad es caer bajo la obsesión de imágenes eclesiásticas. En medio del patio nos encontramos con una gran estatua de fray de Trejo y Sanabria, estatua bastante pesada para que no pudiera ser volteada a lazo en la última revuelta estudiantil” (J. B. Justo, Discursos y Ensayos Políticos). No fue casualidad que una de las consignas coreadas por los estudiantes cordobeses era “Frailes No”. Córdoba se levanta, primer paro nacional del movimiento estudiantil A diferencia de Buenos Aires, la Universidad de Córdoba se mantuvo hasta 1918 sin que se expresaran manifestaciones o síntomas de cuestionamiento, “nada alteraba la paz colonial, nada conmovía la oligarquía cultural, apéndice de la Iglesia que controlaba los claustros” (J. C. Portantiero, Estudiantes y Política en América Latina). Se estudiaba todavía el derecho público eclesiástico y canónico, y se enseñaba en filosofía del derecho que “la voluntad divina era el origen de los actos de los hombres”. El juramento profesional se prestaba indefectiblemente sobre los evangelios. Sus estatutos establecían que “los cuerpos directivos no se renovarán jamás” y sólo un tercio de los mismos eran ocupados por profesores que tenían clases a cargo. Sus integrantes eran designados por la denominadas “academias”, corporaciones completamente dominadas por elementos del clero y la reacción. Una suerte de logia secreta, llamada “Corda Frates”, vinculada al arzobispado era quien tutelaba de hecho a la casa de estudios. El inicio de la Reforma A fines de 1917 se registraron los primeros signos de inquietud estudiantil. Por un lado, la protesta del centro de estudiantes de Medicina por la supresión del internado en el Hospital Nacional de Clínicas. Por otro el reclamo del centro de estudiantes de Ingeniería contra la modificación del régimen de asistencia a clases. Al reiniciarse las actividades en 1918 los estudiantes insisten en sus reclamos, las críticas se amplían en las objeciones a los planes de estudio, a la organización docente y el sistema disciplinario. Todavía no figura la reivindicación estudiantil de la participación estudiantil en el gobierno de la universidad -se cuestiona el sistema de provisión de cátedras, la duración ilimitada de los cargos en los Consejos Directivos, su carácter corporativo. En marzo se forma el Comité pro Reforma Universitaria y se decreta la huelga general: “una vez que se han agotado los medios pacíficos y conciliatorios para obtener del Honorable Consejo Superior la sanción de las reformas solicitadas debe ser propiciada por los estudiantes, valiéndose para ello de todos los medios a su alcance”. El 1 de abril las autoridades de la UNC, que ya habían resuelto “no tomar en consideración la solicitud de los estudiantes” pretenden inaugurar el año académico. Resultado: nadie concurre a clase, se producen los primeros actos públicos estudiantiles, las autoridades resuelven clausurar la Universidad. El Comité pro Reforma exige la intervención y ésta es decretada pocos días después por el presidente Yrigoyen. Los reformistas la interpretan como un triunfo y como un medio para depurar a la vieja dirección clerical. El gobierno radical es considerado como un aliado en esta tarea. La huelga se levanta en la expectativa de que, mediante la colaboración mutua de los estudiantes y el interventor –José N. Matienzo- se podrá imponer a hombres afines a la reforma en la dirección de la Universidad. 15 de junio Durante el mes de mayo los acontecimientos se desenvuelven conforme la expectativa despertada por la intervención; Matienzo se declara contra “la inmovilidad de los cuerpos directivos de la facultades”, propone reformar los Estatutos y -finalmente- declara vacantes los cargos de “rector, decanos y académicos con antigüedad superior a los dos años. Llama además a los profesores titulares y suplentes a votar en asambleas a los nuevos decanos y consejos directivos. Triunfan casi todos los candidatos propuestos por la Federación Universitaria de Córdoba, que acababa de constituirse. El interventor concluye su tarea convocando para el 15 de junio a la Asamblea universitaria (reunión de todos los consejos directivos) con el objeto de elegir al nuevo rector. La FUC postula como candidato al doctor Enrique Martínez Paz, “joven profesor, destacado por su ilustración, desvinculado de los antiguos círculos universitarios y de una reconocida y probada orientación liberal” (J. V. González, La Universidad, teoría y práctica de la Reforma). Cuando la Asamblea universitaria se reúne la confiada ilusión de la FUC en el triunfo del candidato de los estudiantes se desmorona: vence el candidato de la “Corda Frates”, Antonio Nores. Fue el detonante de explosión: la sala de sesiones es invadida por los jóvenes, y se intima a la policía a desalojar el edificio; inmediatamente la “multitud arrolló a los gendarmes, arrastrándolos hasta la puerta de calle” (La Prensa, 16 de junio de 1918). La agitación crece cuando un guardaespaldas desenvaina un puñal: un upo de alumnos trata de tomar el edificio lindante de la Compañía de Jesús. Un dirigente de la FUC levanta su voz para imponerse sobre el tumulto y proclama a los gritos la orden del día: “la asamblea de todos los estudiantes de la Universidad de Córdoba decreta la huelga general, 15 de junio de 1918”. Huelga nacional de estudiantes El movimiento de la Reforma entró entonces en una nueva etapa. Se había derrumbado la pretensión de vehiculizar los reclamos juveniles por la vía de un sector docente liberal. El protagonismo estudiantil ocupó el centro del escenario y se transformó en un movimiento nacional, hizo de la calle el territorio de su lucha. El programa del movimiento estudiantil se radicalizó también y los huelguistas plantearon que sólo ellos eran la garantía de un nuevo gobierno de la Universidad: “Córdoba clama un gobierno estrictamente democrático y sostiene que el demos universitario, la soberanía, el derecho a darse el gobierno propio radica principalmente en los estudiantes” (“Manifiesto Liminar”). La Reforma ingresó as¡ en la historia: el levantamiento del 15 de junio es su acta de nacimiento. Luego de disolver la Asamblea Universitaria los estudiantes se lanzaron a la calle. Córdoba entera fue conmovida en los días siguientes. El 19 de junio “La Nación” informa: “Hasta medianoche continuaron las manifestaciones estudiantiles. La policía ha establecido vigilancia en todas las iglesias. La ciudad ofrece un aspecto extraordinario. Todos los gremios obreros se adhieren a los estudiantes. La Federación resolvió realizar mañana un mitin popular”. Hasta diez días después la prensa de la época informa de huelgas y paros no sólo de los universitarios sino de los secundarios, en solidaridad con sus hermanos cordobeses. Los diarios del 23 de junio notician manifestaciones callejeras en Rosario y paros de los secundarios en Paraná y Bahía Blanca. Tres días después se conocen nuevas huelgas, decretadas en San Juan, Catamarca y Santiago del Estero; los estudiantes de Corrientes realizan un mitin callejero. En Córdoba las concentraciones populares superan las 10.000 personas (los alumnos universitarios eran sólo 1.500). La diversa literatura sobre la Reforma ha subestimado este hecho fundamental. En junio de 1918 el levantamiento universitario cordobés es acompañado por una gran movilización popular y se transforma en el primer paro general de la juventud estudiantil de nuestro país. Fue el primer Cordobazo. Fuente://http://www.tribunadocente.com.ar/pedagogia/pedago6.htm Agrego el manifiesto liminar Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria Federación Universitaria de Còrdoba, 1918 Hombres de una república libre, acabamos de romper la última cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua denominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad mas. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos; las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana. La rebeldía estalla en Córdoba y es violenta porque aquí los tiranos se habían ensoberbecido y era necesario borrar para siempre el recuerdo de los contrarrevolucionarios de Mayo. Las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y -lo que es peor aun- el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara. Las universidades han llegado a ser así fiel reflejo de estas sociedades decadentes que se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una inmovilidad senil. Por eso es que la ciencia frente a estas casas mudas y cerradas, pasa silenciosa o entra mutilada y grotesca al servicio burocrático. Cuando en un rapto fugaz abre sus puertas a los altos espíritus, es para arrepentirse luego y hacerles imposible la vida en su recinto. Por eso es que, dentro de semejante régimen, las fuerzas naturales llevan a mediocrizar la enseñanza, y el ensanchamiento vital de los organismos universitarios no es el fruto del desarrollo orgánico, sino el aliento de la periodicidad revolucionaria. Nuestro régimen universitario -aún el mas reciente- es anacrónico. Está fundado sobre una especia de derecho divino; el derecho divino del profesorado universitario. Se crea a si mismo. En el nace y en el muere. Mantiene un alejamiento olímpico. La federación universitaria de Córdoba se alza para luchar contra este régimen y entiende que en ello le va la vida. Reclaman un gobierno estrictamente democrático y sostiene que el demos universitario, la soberanía, el derecho a darse el gobierno propio radica principalmente en los estudiantes. El concepto de autoridad que corresponde y acompaña a un director o a un maestro en un hogar de estudiantes universitarios no puede apoyarse en la fuerza de disciplinas extrañas a la sustancia misma de los estudios. La autoridad, en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: enseñando. Si no existe una vinculación espiritual entre el que enseña y el que aprende, toda enseñanza es hostil y por consiguiente infecunda. Toda la educación es una larga obra de amor a los que aprenden. Fundar la garantía de una paz fecunda en el artículo conminatorio de un reglamento o de un estatuto es, en todo caso, amparar un régimen cuartelario, pero no una labor de ciencia. Mantener la actual relación de gobernantes a gobernados es agitar el fermento de futuros trastornos. Las almas de los jóvenes deben ser movidas por fuerzas espirituales. Los gastados resortes de la autoridad que emana de la fuerza no se avienen con lo que reclaman el sentimiento y el concepto moderno de las universidades. El chasquido del látigo solo puede rubricar el silencio de los inconscientes o de los cobardes. La única actitud silenciosa, que cabe en un instituto de ciencia, es la del que escucha una verdad o la del que experimenta para crearla o comprobarla. Por eso queremos arrancar de raíz en el organismo universitario el arcaico y bárbaro concepto de autoridad que en estas casas de estudio es un baluarte de absurda tiranía y solo sirve para proteger criminalmente la falsa dignidad y la falsa competencia. Ahora advertimos que la reciente reforma, sinceramente liberal, aportada a la Universidad de Córdoba por el Doctor José Nicolás Matienzo, solo ha venido a probar que el mal era mas afligente de lo que imaginábamos y que los antiguos privilegios disimulaban un estado de avanzada descomposición. La reforma Matienzo no ha inaugurado una democracia universitaria, ha sancionado el predominio de una casta de profesores. Los intereses creados en torno de los mediocres han encontrado en ella un inesperado apoyo. Se nos acusa ahora de insurrectos en nombre de un orden que no discutimos, pero que nada tiene que hacer con nosotros. Si ello es así, si en nombre del orden se nos quiere seguir burlando y embruteciendo, proclamamos bien alto el derecho sagrado a la insurrección. Entonces la única puerta que nos queda abierta a la esperanza es el destino heroico de la juventud. El sacrificio es nuestro mejor estimulo; la redención espiritual de las juventudes americanas, nuestra única recompensa, pues sabemos que nuestras verdades lo son -y dolorosas- de todo el continente. ¿Qué en nuestro país una ley -se dice-, la ley de Avellaneda, se opone a nuestros anhelos? Pues a reformar la ley, que nuestra salud moral lo esta exigiendo. La juventud vive siempre en trance de heroísmo. Es desinteresada, es pura. No ha tenido tiempo aun de contaminarse. No se equivoca nunca en la elección de sus propios maestros. Ante los jóvenes no se hace mérito adulando o comprando. Hay que dejar que ellos mismos elijan sus maestros y directores, seguros de que el acierto a de coronar sus determinaciones. En adelante, solo podrán ser maestros en la futura república universitaria los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad, de belleza y de bien. La juventud universitaria de Córdoba cree que a llegado la hora de plantear este grave problema a la consideración del país y de sus hombres representativos. Los sucesos acaecidos recientemente en la Universidad de Córdoba, con motivo de la elección rectoral, aclaran singularmente nuestra razón en la manera de apreciar el conflicto universitario. La Federación Universitaria de Córdoba cree que debe hacer conocer al país y a América las circunstancias de orden moral y jurídico que invalidan el acto electoral verificado el 15 de junio. Al confesar los ideales y principios que mueven a la juventud en esta hora única de su vida, quiere referir los aspectos locales del conflicto y levantar bien alta la llama que esta quemando el viejo reducto de la opresión clerical. En la Universidad Nacional de Córdoba y en esta ciudad no se han presenciado desórdenes; se ha contemplado y se contempla el nacimiento de una verdadera revolución que a de agrupar bien pronto bajo su bandera a todos los hombres libres del continente. Referiremos los sucesos para que se vea cuánta razón nos asistía y cuánta vergüenza nos sacó a la cara la cobardía y la perfidia de los reaccionarios. Los actos de la violencia, de los cuales nos responsabilizamos íntegramente, se cumplían como en el ejercicio de puras ideas. Volteamos lo que representaba un alzamiento anacrónico y lo hicimos para poder levantar siquiera el corazón sobre esas ruinas. Aquellos representan también la medida de nuestra indignación en presencia de la miseria moral, de la simulación y del engaño artero que pretendía filtrarse con las apariencias de la legalidad. El sentido moral estaba oscurecido en las clases dirigentes por un fariseísmo tradicional y por una pavorosa indigencia de ideales. El espectáculo que ofrecía la asamblea universitaria era repugnante. Grupos de amorales deseosos de captarse la buena voluntad del futuro Rector exploraban los contornos en el primer escrutinio, para inclinarse luego al bando que parecía asegurar el triunfo, sin recordar la adhesión públicamente empeñada, el compromiso de honor contraído por los intereses de la Universidad. Otros -los más-, en nombre del sentimiento religioso y bajo la advocación de la Companía de Jesús, exhortaban a la traición y al pronunciamiento subalterno. (¡Curiosa religión que enseña a menospreciar el honor y deprimir la personalidad! ¡Religión para vencidos o para esclavos!). Se había obtenido una reforma liberal mediante el sacrificio heroico de una juventud. Se creía haber conquistado una garantía y de la garantía se apoderaban los únicos enemigos de la reforma. En la sombra de los jesuitas habían preparado el triunfo de una profunda inmoralidad. Consentirla habría comportado otra traición. A la burla respondimos con la revolución. La mayoría expresaba la suma de la represión, de la ignorancia y del vicio. Entonces dimos la única lección que cumplía y espantamos para siempre la amenaza del dominio clerical. La sanción moral es nuestra. El derecho también. Aquellos pudieron obtener la sanción jurídica, empotrarse en la ley. No se lo permitimos. Antes de que la iniquidad fuera un acto jurídico irrevocable y completo, nos apoderamos del salón de actos y arrojamos a la canallada, solo entonces amedrentada, a la vera de los claustros. Que esto es cierto lo patentiza el hecho de haber, a continuación sesionado en el propio salón de actos la Federación Universitaria y de haber firmado mil estudiantes sobre el mismo pupitre rectoral la declaración de huelga indefinida. En efecto, los estatutos reformados disponen que la elección de Rector terminara en una sola sesión, proclamándose inmediatamente el resultado, previa lectura de cada una de las boletas y aprobación del acta respectiva. Afirmamos, sin temor de ser rectificados, que las boletas no fueron leídas, que el acta no fue aprobada, que el rector no fue proclamado y que, por consiguiente, para la ley, aun no existe rector de esta Universidad. La juventud universitaria de Córdoba afirma que jamás hizo cuestión de nombres ni de empleos. Se levanto contra un régimen administrativo, contra un método docente, contra un concepto de autoridad. Las funciones publicas se ejercitaban en beneficio de determinadas camarillas. No se reformaban ni planes ni reglamentos por temor de que alguien en los cambios pudieran perder su empleo. La consigna de "hoy para ti, mañana para mi" corría de boca en boca y asumía la preeminencia de estatuto universitario. Los métodos docentes estaban viciados de un estrecho dogmatismo, contribuyendo a mantener a la universidad apartada de la ciencia y de las disciplinas modernas. Las lecciones, encerradas en la repetición interminable de viejos textos, amparaban el espíritu de rutina y de sumisión. Los cuerpos universitarios, celosos guardianes de los dogmas, trataban de mantener en clausura a la juventud, creyendo que la conspiración del silencio puede ser ejercitada en contra de la ciencia. Fue entonces cuando la oscura universidad mediterránea cerro sus puertas a Ferri, a Ferrero, a Palacios y a otros, ante el temor de que fuera perturbada su placida ignorancia. Hicimos entonces una santa revolución y el régimen cayo a nuestros golpes. Creímos honradamente que nuestro esfuerzo había creado algo nuevo, que por lo menos la elevación de nuestros ideales merecía algún respeto. Asombrados, contemplamos entonces como se coaligaban para arrebatar nuestra conquista los mas crudos reaccionarios. No podemos dejar librada nuestra suerte a la tiranía de una secta religiosa, ni al juego de interese egoístas. A ellos se nos quiere sacrificar. El que se titula rector de la Universidad de San Carlos ha dicho su primera palabra: "prefiero antes de renunciar que quede el tendal de cadáveres de los estudiantes". Palabras llenas de piedad y de amor, de respeto reverencioso a la disciplina; palabras dignas del jefe de una casa de altos estudios. No invoca ideales ni propósitos de acción cultural. Se siente custodiado por la fuerza y se alza soberbio y amenazador. ¡Armoniosa lección que acaba de dar a la juventud el primer ciudadano de una democracia universitaria!. Recojamos la lección, compañeros de toda América; acaso tenga el sentido de un presagio glorioso, la virtud de un llamamiento a la lucha suprema por la libertad; ella nos muestra al verdadero carácter de la autoridad universitaria, tiránica y obcecada, que ve en cada petición un agravio y en cada pensamiento una semilla de rebelión. La juventud ya no pide. Exige que se le reconozca el derecho a exteriorizar ese pensamiento propio en los cuerpos universitarios por medio de sus representantes. Esta cansada de representar a los tiranos. Si ha sido capaz de realizar una revolución en las conciencias, no puede desconocérsele la capacidad de intervenir en el gobierno de su propia casa. La juventud universitaria de Córdoba, por intermedio de su Federación, saluda a los compañeros de América toda y los incita a colaborar en la obra de libertad que inicia. Para mas info pueden consultar este sitio: http://www.reformadel18.unc.edu.ar/
1918 : El primer Cordobazo (Reforma Universitaria)
Datos archivados del Taringa! original
0puntos
74visitas
0comentarios
Actividad nueva en Posteamelo
0puntos
4visitas
0comentarios
Dar puntos: