InicioOfftopicEl llamado del deber


Y de repente, la pantalla se puso negra, insondable, inútil. Un chispazo, humo, aroma a plástico quemado y se transformó en un espejo macabro que sólo devolvía la imagen de los dos rostros adolescentes que no entendían qué había pasado. Dos rostros que pasaron de la confusión e incredulidad al desasosiego y la rabia en segundos.

- ¡La puta que lo parió! ¡Jodeme que se quemó la tele! - gritó Fabricio, el más joven, contrariado por la interrupción del videojuego que, a sus 14 años y en plenas vacaciones invernales, constituía su única preocupación en la vida.
- Esa tele chota no es nada, boludo. El tema es si se quemó la Play... - comentó su primo, Julián, dos años mayor que él, mientras inspeccionaba de cerca la maraña de cables detrás del aparato. Tras un breve vistazo, pareció tranquilizarse.
- No es tan grave. Se quemó el transformador, nada más. Vamos a comprar uno, deben salir treinta mangos como mucho. - resolvió el muchacho, demostrando ser el mayor de los dos. Su tranquilidad ante el desastre, su búsqueda del problema y la seguridad con la que anunció la sencilla solución fueron gestos que Fabricio no pudo dejar de admirar. Como suele suceder, el adolescente miraba de abajo a su primo mayor. Se le antojaba sabio, experimentado, piola. Agradecía su amistad, ya que no tenía problemas en brindarle consejos y protección, especialmente en lo que a videojuegos se trataba, pasión que los había unido mucho en los últimos años.

Fue la madre de Fabricio, sin embargo, quien los bajó a la realidad más cruda y certera. "Olvídense. Es sábado y no hay nada abierto acá". Los muchachos olvidaron las costumbres y horarios de ciudades pequeñas como Miramar, que era donde se encontraban. Hasta el lunes no habría reemplazo para el transformador, lo que significaba un fin de semana entero sin entretenimiento digital.

- También... ¿a quién se le ocurre venir a este pueblo de mierda y encima en invierno? - lanzó con desprecio Fabricio mientras caminaban por las frías y desiertas calles de Miramar, en pos de encontrar algo que hacer.
- Justo cuando llegábamos a la misión 5... el kilombo que fue llegar a la misión 5 y se quema ese transformador del orto - aportó Julián.
- Che, podemos ir a Pibelandia - animó Fabricio. - Hay juegos del año del pedo, pero es algo.
- Y bueh... probemos - aceptó Julián, sin demasiado interés. El nombre del lugar ya lo deprimía. Él tenía 16 años y que lo consideraran un 'pibe' lo molestaba. Estar rodeado de pendejos gritones y figuras de Dumbo o Winnie Poo no era un ambiente cómodo para alguien que ya podía pasarse una afeitadora por el mentón.

Pero poco tiempo duró su preocupación. Cuando doblaron en la calle 20 y llegaron a la peatonal vieron que el enorme local estaba cerrado "por reparaciones", según aclaraba un cartel que colgaba de la puerta.
- ¡Hoy no pegamos una! - rezongó Fabricio. Tácitamente, comenzaron a caminar hacia la playa, seguros ya de no encontrar nada en esas grises calles, vacías, silenciosas, frías, ancianas. Se sentaron en la arena, bien cerca de la costa. Las olas amenazaban una y otra vez con lamerles las zapatillas. Por hacer algo, Julián tomó una concha de caracol, se paró y la arrojó hacia las aguas.

- ¡A que yo llego más lejos! - resonó una voz en la inmensidad costera. Ambos jóvenes se sobresaltaron. A su derecha, una muchachita pecosa y esbelta, vestida con un buzo que le quedaba grande y unos jeans gastados, se acercaba a ellos sonriendo. Tenía en la mano una piedra marrón redondeada, con la que jugueteaba desafiante. Fabricio y Julián no tenían idea de dónde había salido esa chica, pero seguramente fue de sus fantasías. Su pelo lacio y rubio recogido en una cola de caballo era víctima del viento, mientras sus ojos avellana los miraban con alegría y seguridad. Fabricio no atinó a mover un sólo músculo. Su cara se había petrificado. Julián, en cambio, enseguida irguió la espalda, sacó pecho, se pintó su sonrisa más ganadora e impostó la voz.

- ¿Vos decís? - preguntó mientras agarraba otra piedra de la arena.
- Seguro - retrucó ella, al tiempo que estiraba su brazo hacia atrás para darle impulso al objeto que descansaba en su palma. Con un movimiento veloz, la chica lanzó la piedra, que acabó aterrizando en el mar, a unos veinte metros de la costa.
- Nada mal - dijo Julián, queriendo mostrarse condescendiente. - Mirá...-. El chico arrojó su piedra, más preocupado en mostrar su bíceps hinchado que en lograr que el proyectil alcanzara distancia. Sólo logró quince metros. Ella lo miró con suficiencia, pero sin soberbia ni maldad. Simplemente, se estaba divirtiendo.
- Probá vos, ahora. - dijo la recién llegada, mirando directamente a Fabricio, que estaba tan quieto como las piedras que habían lanzado momentos antes. Él se turbó, apretó las manos y, en una fracción de segundo, desistió de su impulso inicial de hacer la prueba. Si Julián, el omnipotente y magnífico Julián, no había logrado superar a la muchacha, ¿qué chance podría tener él con sus 14 años y sus delgados brazos?
- No, gracias... el mar no me hizo nada como para estar cascoteándole el rancho... - contestó Fabricio, intentando por medio del humor una huída desesperada hacia adelante. Enseguida se arrepintió de haber dicho semejante idiotez. Ni a él le causó gracia, tal como demostró la voz seca con la que pronunció palabras tan zonzas. No habían pasado diez minutos de conocer a la mujer más linda que había visto y ya estaba quedando como un tarado frente a ella. Pero para su sorpresa, la flaca se rió de buena gana, mostrando unos dientes blanquísimos, parejos, perlados. Un calor tibio recorrió el pecho de Fabricio.

La muchacha se presentó como Brenda, dijo tener 17 años y comentó que vivía cerca de la costanera, a la vuelta de la Hostería Villasol. También agregó que si Julián quería la revancha, podían hacer una carrera hasta una muralla cercana. Él aceptó gustoso, mientras comentaba las durísimas pruebas de resistencia que hacían en la clase de Educación Física de su secundario, en las que siempre sacaba la nota más alta. Fabricio se confundió un poco, dado que Julián jamás le había mencionado dichas competencias. "Este chabón está lleno de sorpresas", pensó con su habitual reconocimiento hacia su primo.

Sin embargo, Brenda volvió a ganar. Por medio metro, pero ganó. Saltaba divertida y triunfante, mientras Julián intentaba recuperar el aliento y atribuía su derrota a su poca experiencia para correr en la arena. Fabricio se limitó, una vez más, a ser un mero espectador. Pero no se acongojó del todo. Observar los glúteos, las infinitas piernas y el rebote de los pechos de la rubia en plena maratón había sido un espectáculo maravilloso para sus púberes ojos.

- ¿Vos no corrés? - inquirió ella, atormentando a Fabricio con sus almendras oculares.
- Sólo si llaman a la policía - soltó él, una vez más usando el humor como un escudo ante su poca habilidad para las destrezas físicas. Otra risa por parte de la chica le devolvió la respiración, tras temer nuevamente quedar como un bobo con sus chistes.

Julián tomó la ofensiva y propuso a Brenda competir con unas pruebas gimnásticas. La chica aceptó y en el acto realizó una impecable voltereta lateral, conocida por todos como "medialuna". Fabricio volvió a admirar ese esbelto cuerpo en movimiento y agradeció que sus jeans y el frío aire marino lo ayudaran a disimular las hinchazones que se estaban produciendo en su entrepierna.

El muchacho desafiante se sacó la remera y el buzo, pese al gélido ambiente, aduciendo que así estaba más cómodo, mientras trababa sus abdominales como un pavo real despliega sus coloridas plumas. Pero a pesar de la supuesta comodidad de estar en cueros, sólo logró pararse de manos unos segundos, antes de que su propio peso lo hiciera caer de cabeza en la arena. Brenda volvió a reír. "No te desnucaste de casualidad", comentó. "Justo me apoyé en un pedazo de vidrio", argumentó él, mientras frotaba su palma izquierda y su aterida piel comenzaba a tornarse gallinácea.

El sol ya estaba bajando y Brenda propuso ir a tomar algo caliente al centro. Mientras Julián se dirigía a la rambla con Brenda a su lado, muy concentrado en describirle su destreza con las bicicletas cross, Fabricio quedó rezagado. Sintió al mismo tiempo tristeza por él y una envidia sana por su primo. Esperaba algún día ser así de entrador con las chicas. La actitud de aceptar todas las propuestas de la muchacha pero al mismo tiempo tener la caballerosidad de dejarse ganar demostraban que su primo era un verdadero estratega y guerrero no sólo en el "Call of Duty 3", sino también en el campo de batalla femenino.

Con estos pensamientos girando en su cerebro, Fabricio miró hacia el mar incesante, tomó una piedra blancuzca y la arrojó con todas sus fuerzas, deseando haberlo hecho cuando la rubia lo desafió en vez de contestar con una chirigota insulsa. Para su sorpresa, la piedra recorrió cuarenta metros antes de desaparecer en la espuma, dejando muy atrás la costa y los records de Brenda y Julián. Mudo, sin poder creer del todo lo que había hecho, dio media vuelta y trotó hasta alcanzarlos. Su primo ya estaba explicando a la joven su rutina de ejercicios en el gimnasio y los buenos resultados que le estaba dando.

En el bar, frente a los enormes vasos de los Submarinos, la charla había derivado hacia las complejas materias que se afrontan en los últimos años de la secundaria. Fabricio volvía a sentirse fuera de lugar. Recién estaba en segundo año, y había pasado raspando. Su condición gamer lo distraía de sus estudios y sólo cuando su padre amenazó con partirle su Playstation 2 de un martillazo (y estaba seguro de que el viejo era capaz de eso) se enfocó en rendir en febrero las materias que se había llevado.
- ¿Y vos, Fabricio? - lo invitó a participar la muchacha, a pesar de que él evitó mirarla en todo momento, por temor a una inoportuna reacción corporal. - ¿Te caben más los números, las letras o la ciencia?
Una vez más, ella lo ponía contra la pared. Y para colmo ya no se le ocurría ninguna humorada, por boluda que fuera, para salvarse. Mientras tomaba lentamente un trago de su leche con chocolate para hacer tiempo y ver cómo podía zafar, resolvió rendirse y ser honesto.
- La verdad, me parecen todas un embole. La secundaria les sirve más a mis viejos que a mí, para tenerme fuera de casa durante siete horas. - dijo con una sinceridad sardónica, que evidenciaba haber pensado eso por mucho tiempo, aunque nunca tuvo a nadie a quien decírselo en voz alta.
- Jajaja... totalmente. - aprobó ella, y Fabricio sintió que había burlado a la desgracia por tercera vez en el día. Consciente de que ya había agotado su ración de fortuna, resolvió, con cierto pesar, irse y dejar a su primo tranquilo con la chica que, con seguridad, ya había conquistado. Después de todo, él no tenía ninguna chance y sólo estorbaría. Apenas comunicó su decisión, se levantó y, mientras dejaba sobre la mesa un billete para pagar su Submarino, escuchó a Brenda decir "sí, mejor vámonos, yo tengo que cenar en un rato". En la puerta del bar, antes de despedirse de los dos muchachos, les ofreció volver a reunirse en la playa esa misma noche. Julián tardó microsegundos en aceptar. Fabricio no dijo nada.

Esa noche, después de cenar, mientras se ponían ropa limpia para el encuentro, Julián describía a su primo las inequívocas señales de que la rubia estaba con él. "Cuando te piden que hagas cosas físicas es porque les gustaste, ¿entendés? Te quieren ver como macho", explicaba como un catedrático universitario. Fabricio asentía y sonreía. "Sos un jugador. Esta noche seguro te la chapás", lo animó con franca admiración. "Y hasta un poco más también", añadió y cerró el mayor, con una sonrisa y un guiño de ojos que resaltaban, como si hiciera falta, la intención de su comentario.

A la luz de la luna, Brenda parecía todavía más linda. Se había soltado el pelo, que ahora caía graciosamente sobre sus hombros. Su ropa era apenas más cuidada que la que usó esa tarde. Un buzo marca GAP blanco con capucha, unos jeans nuevos y más ajustados (para deleite y tortura de las hormonas de ambos primos) y unas zapatillas blancas, demostraban una sencillez que a Fabricio le era desconocida. Recordó fugazmente a sus compañeras de curso, siempre corriendo al baño a maquillarse, retocándose las pestañas y apestando el aula con olor a acetona y perfume Ciel. Le parecieron ridículas al lado de esta chica de cara lavada, pecas y sonrisa franca, cuya diversión pasaba por disfrutar del entorno en el que vivía y no en soñar casarse con Justin Timberlake y vivir en una mansión en Los Ángeles.

Enseguida, la muchacha volvió a reafirmar estas concepciones cuando los desafió a meterse al mar, a pesar de que la noche estaba helada. Fabricio empezó a elucubrar alguna excusa que no fuese tan burda como el "me voy a cagar congelando" que le brotó en el cerebro apenas oída la propuesta. Por suerte, no tuvo que hacerlo. Julián, viendo una perfecta oportunidad para mostrar su anatomía ante la mujer deseada, en segundos se quedó en boxers y corrió hacia la costa. Cuando el primer contacto con el agua glacial le parecieron mil agujas clavándose en sus pies, comenzó a reconsiderar su decisión. Pero ya era tarde. Una ola inesperada lo cubrió por completo y lo arrastró hacia el mar. Tuvo que bracear fuertemente para volver a la arena. Al llegar, sus labios estaban azules y Fabricio no sabía si su primo temblaba de miedo, de frío o de cansancio.

- ¡Mirá que hay que ser pelotudo! – exclamaba al otro día la madre de Fabricio mientras calentaba agua para la bolsa de goma destinada a su engripadísimo sobrino. - Solamente a un salame como vos se le ocurre meterse al agua en pleno invierno. No sé cómo no te agarraste una pulmonía...
Julián había atribuido su proceder al mero aburrimiento. Por un acuerdo tácito, ambos primos ocultaron la existencia de la muchacha que había hechizado al mayor de ellos al punto de convencerlo de hacer tamaña estupidez.
- Al final, una viene a descansar y los señores no tienen mejor idea que hacer locuras y enfermarse... ¡Fabricio! Andá a la farmacia a traerme un antigripal para el nabo de tu primo - ordenó la madre.
Llevaba apenas una cuadra en pos de la diligencia maternal, cuando se petrificó al escuchar su nombre pronunciado por esa voz.
- ¡Fabri! - dijo Brenda, con su constante habilidad para aparecer inesperadamente. -¿Cómo estás? ¿A dónde ibas?
- Voy a comprarle un antigripal a Julián. Quedó de cama después del chapuzón de anoche. - explicó él, mientras admiraba los ojos de miel de la aparecida. Se dio cuenta de que era la primera vez que estaba a solas con ella.
- Uh, pobre...- respondió la autora intelectual de la gripe, aunque su voz estaba más cercana al sarcasmo que a la compasión. - Bueno, supongo que entonces, esta noche somos vos y yo nomás.

A Fabricio una piña en el pecho no le podría haber hecho más efecto. La ansiedad, la alegría, el terror y mil sentimientos más que aún nadie bautizó se compactaron en una sólida bola de hielo en el centro de su estómago. Antes de que pudiera articular cualquier respuesta, su subconsciente lo traicionó recordándole para qué había salido de su casa. - Yo no me voy a tirar al mar congelado. - fue la frase que pronunciaron sus labios, como si fuesen sensatos entes independientes.
- Jajaja... no, mejor que no. - festejó ella, con su letal sonrisa luminosa. - Si te pasa algo, me vas a dejar sola.
"¿La voy a dejar sola?", pensó, como pudo, Fabricio. "¿Me está pidiendo que esté con ella? ¿qué carajo quiso decir?". ¿Qué debía hacer? Intentó deducir qué haría Julián en su lugar, pero sacarse la remera y ponerse a hacer flexiones de brazos, por algún motivo, no le pareció una acción adecuada.
- Mirá... - comenzó él, sin saber cómo terminar la frase. - Tenía ganas de ir al vivero esta noche. Si querés, podés venir.

Fabricio juzgó que, definitivamente, era un idiota cavernícola que no sabía tratar a las mujeres. Su invitación sonó más a favor ofrecido de mala gana que a una predisposición galante. Seguramente ella se ofendería y ya no habría chiste que lo ayudara a remontar la situación.

- ¡Sí, dale, buenísimo! - lo descolocó ella, una vez más. - Te veo a las diez entre la 26 y la 37 y de ahí vamos caminando ¿te parece?

La cabeza del chico emitió un gesto de asentimiento y ella se despidió con un beso en la mejilla maravillosamente húmedo. Como un autómata, Fabricio fue hasta la farmacia, regresó al chalet, le dio la compra a su madre y se encerró en el baño. Tumbado en la bañadera vacía, trató de ordenar el bullicio en su cabeza. Cuando finalmente lo logró, se dio cuenta de que tenía una cita a solas con Brenda, esa misma noche. Notó como sus manos empezaban a temblar.

A eso de las nueve y media, tanto Julián como su tía ya estaban profundamente dormidos, agotados ambos por la enfermedad del primero. Con el mayor de los sigilos, Fabricio tomó su campera y salió a la calle. La noche estaba algo más cálida que en días pasados y la luna parecía brillar con otro fulgor. Mientras fatigaba las veredas despojadas de otros seres humanos, el chico intentaba imaginar qué cosas hacer o decir para no aburrir a su compañera. Ya había dejado en claro que las proezas físicas no eran lo suyo ni tampoco las charlas académicas. Manejaba bien el tema de los videojuegos, eso es cierto, pero dudaba que ése tópico entusiasmara a las mujeres. Para colmo la había citado en el vivero. ¡En el vivero, nada menos! ¿Cómo pudo ser tan estúpido? Un lugar oscuro, vacío, y lleno de árboles. Si la conversación resultaba aburrida (y seguramente sería así), no habría una mesa de pool, de metegol o aunque sea un televisor para reflotar el interés. No tenía que preocuparse por fraguar ningún tipo de encare. Bien sabía que Brenda estaba más allá de sus posibilidades. Pero al menos quería ofrecer una noche de amistad entretenida. Sin dudas era un gil, un novato con cero cancha a la hora de armar citas.

Llegó a las diez y cinco a la esquina pautada. Ella no estaba. Trató de no desesperarse, aunque enseguida su mente hizo fluir teorías perversas. ¿Y si se había arrepentido? ¿y si, en realidad, todo esto no fue más que una broma cruel, como las pruebas que arrojó sobre Julián? Todo en él, sus pensamientos, sus temores, su corazón, se detuvieron al unísono cuando unas manos suaves y frías se posaron sobre sus ojos desde su espalda. Reconoció esas palmas, reconoció el perfume, reconoció la voz que le preguntaba juguetonamente "¿Quién soy?". Cuando se vio libre de la improvisada venda, fue recompensado con esas pecas, esas avellanas alrededor de las pupilas y esa sonrisa que acariciaba. Aún riendo, ella se colgó de su brazo y comenzaron el recorrido hacia el vivero.

Fabricio se tranquilizó al ver que la charla transcurría amena y con fluidez, aunque era claro que la voz cantante la llevaba Brenda. Cuando llegaron a destino, ella hizo una pausa, lo miró a los ojos y luego bajo la mirada. Por primera vez, la notó con un mínimo de inseguridad.

- Me gustás ¿sabés? - deslizó ella, con voz suave, pero inequívoca. Fabricio pensó que se había vuelto loco. O se había vuelto loca ella. O se había tomado por error los antigripales de su primo y ahora, por alguna razón, estaba alucinando. O se había dormido en la bañadera y todo esto era un sueño, mientras la verdadera Brenda lo puteaba por dejarla plantada. Pero no. La realidad era una y ella había sido clara.

- Sos muy... especial... muy misterioso - continuó ella, mirándolo de reojo. - Sos callado, pero cuando hablás sos sincero y no tenés problema en reírte de vos mismo ni aceptarte como sos. La mayoría de los pibes abren la boca para hablar de ellos y autochuparse las medias. Además, tenés dignidad. Nunca te rebajaste a hacer nada que no quisieras hacer, ni trataste de impresionarme con boludeces. Cuando nos estábamos yendo, aquel primer día en la playa, no quisiste competir a ver quién tiraba la piedra más lejos. Pero yo espié cuando lo hiciste solo, cuando pensabas que nadie miraba. Podías ganarnos a los dos, pero no te interesó demostrarlo. Vos lo sabías y eso era suficiente. Eso es ser un hombre en serio.

Fabricio no daba crédito a sus oídos. La chica más hermosa y fantástica de la Tierra lo estaba eligiendo a él. Todas sus torpezas y silencios, fruto de la timidez y la inseguridad, ella los había interpretado como gestos de hombría, mientras dejaba en claro que las estratagemas de su primo lo hicieron quedar, ante los ojos de la linda niña, como un boludo liso y llano. Pero los sugerentes labios y la apetitosa lengua de Brenda no se detuvieron en sus confesiones.

- La verdad, tenía miedo que no vinieras esta noche. No me dabas bola, no me mirabas... ¡me estaba volviendo loca tratando de que me prestaras atención! - le reprochó cariñosamente, mientras derramaba su risa cristalina en los oídos del muchacho. - Ya no sabía qué prueba inventar para que reaccionaras.

Fabricio sonrió enigmáticamente. Y una vez más no fue por su misterio, su ángel, ni su charm, sino porque no sabía qué carajo responder. Había acudido a una guerra como quien va a una fiesta de cumpleaños. La aparición de esa metáfora le hizo pensar que, a lo mejor, era cierto que jugaba demasiado al "Call of Duty".

- Aparte... - retomó ella, que no estaba dispuesta a bajar la guardia - ... sos lindo. Siempre me gustaron los pibes más chicos que yo.

Fabricio se convirtió en una estatua al ver que Brenda se había detenido y, con los ojos entrecerrados, comenzaba a acercarse lentamente a su rostro, con su boca sensual entreabierta. Su aliento cálido acariciaba los agrietados labios virginales del muchacho, quien continuaba inmóvil. Ya no había dudas. Besaría a su mujer amada.

Centímetros antes de lograr la unión de las epidermis, una melodía chillona y monofónica sobresaltó a los jóvenes enamorados. Brenda sacudió su cabeza, como despertando. Registró sus bolsillos hasta que encontró el celular que había destruido el mágico momento con su vulgar musiquita.

- Disculpá, tengo que atender - dijo ella con un hilo de voz, mientras se ponía el aparato en la oreja y daba media vuelta.

Fabricio escuchó retazos ininteligibles de la conversación susurrada de Brenda, aunque sí logro notar la palabra "papá". Menos de un minuto después, ella cortó y miró al muchacho a los ojos. Su hermoso rostro había adquirido un gesto de tristeza inédito hasta el momento.

- El hinchapelotas de mi viejo- explicó con la voz apagada, mientras guardaba el celular. - Quiere que vaya a casa ya, porque mañana no sé qué tiene que hacer en el negocio y necesita que me levante temprano y lo ayude.

Fabricio no atinó a decir nada. Estaba aturdido por la vorágine de los acontecimientos. La acompañó por la 26 hasta la 55, donde ella le prometió volver a verlo al día siguiente. Estimaba que para las cinco de la tarde ya estaría libre. Lo saludó con un rápido beso en la comisura de los labios y se fue, casi trotando. Él regresó al chalet con pasos lentos y relajados. A pesar de la abrupta interrupción, estaba feliz. La chica de sus sueños le había dado cabida y en unas horas podría finalmente besarla. Entró a la casa tal como había salido, como un fantasma, y se acostó. Recién pudo dormirse a eso de las cinco de la mañana.

Seis horas después, un tiroteo lo despertó. Los disparos se producían en su propia habitación. Sobresaltado, levantó la cabeza y, al refregarse los ojos, pudo reconocer el origen de aquellos sonidos bélicos. La Playstation 2 funcionaba perfectamente y Julián estaba completando la misión 5 del "Call of Duty 3" desde la cama. Entre tiros y corridas que emanaban de la pantalla, el engripado muchacho le explicó que la madre de Fabricio pasó por la ferretería a la mañana, volviendo del supermercado, y les trajo un transformador nuevo. "Se apiadó de mí porque tengo que quedarme en cama", agregó con su voz congestionada , al tiempo que completaba aquel episodio del juego.

La pantalla informaba que era hora de una nueva misión llamada "Planta de combustible". Sin decir nada, Julián tomó el segundo joystick y se lo pasó a su primo. Éste, al principio, miró el mando con extrañeza, luego lo sujetó y, acomodándose ante el televisor, se dispuso a cumplir el llamado del deber. Tres misiones después, Fabricio se había olvidado completamente de la noche anterior, de la cita y de Brenda.
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