En “Pistoleros y forajidos” (Nowtilus), Gregorio Doval pasa revista a quienes hicieron de una bala la distancia más corta entre dos hombres en los Estados Unidos sin ley de la segunda mitad del siglo XIX. Texto Milo J. Krmpotic’
A uno y otro lado del Río Bravo, a uno y otro lado de la ley, fueron los más rápidos, certeros o crueles a la hora de apretar el gatillo. Mataron mucho y hablaron aún más, actividades ambas que cimentaron su leyenda. Ni siquiera el Chicago de los años 1920 ha prestado tantos nombres al imaginario popular; los mafiosos, además, jamás disfrutaron de un halo romántico como el que rodea a estos grandes criminales, rebeldes o iluminados del Far West.
Billy el Niño
Se le adjudican veintiuna muescas en el revólver durante veintiún años de vida, lo que ha convertido su mote en sinónimo de ciego desenfreno juvenil. En realidad, el neoyorquino William Henry McCarthy fue un huérfano que comenzó a robar para alimentar a su hermano, que mató por vez primera en defensa propia y que labró su notoriedad pistolera como miembro de “los reguladores”, una de las dos milicias que se enfrentaron en el Nuevo México de 1878 por el control del negocio del ganado. Escapó de la cárcel en numerosas ocasiones e incluso anduvo en tratos con el gobernador Lewis Wallace (quien por entonces redactaba el Ben-Hur que le daría fama literaria) a fin de conseguir el indulto, pero el peso de la ley acabó por aplastarlo. Y lo hizo en la figura del sheriff Pat Garrett, un viejo amigo que no tuvo reparos a la hora de colarse en la habitación de su hacienda y descerrajarle tres tiros, sin mediar palabra y sin perdón, a la que el muchacho asomó por la puerta.
Butch Cassidy
Mormón del estado de Utah, Robert LeRoy Parker se ganó el apodo trabajando en la adolescencia como “butcher” (esto es, carnicero). Aprendió el oficio de asaltador de trenes y bancos con los hermanos McCarty y, tras pasar dieciocho meses en prisión, lo llevó a esplendores casi inéditos en sociedad con los miembros del Grupo Salvaje en general y con The Sundance Kid en particular. Junto a este último escapó a la presión de la agencia de detectives Pinkerton instalándose en Río Blanco, Argentina, allá por 1901. Pero la pareja no pudo con su sino y, durante los siguientes años, robaron y cabalgaron juntos a lo largo y ancho del continente sudamericano. Así llegó el día de noviembre de 1908 en que, sitiados en una cabaña por la policía boliviana, el primero recibía un tiro en la frente y el segundo optaba por pegarse otro en la sien. La ausencia de tumbas conocidas y las declaraciones de familiares y amigos, no obstante, dieron pie a una leyenda según la cual Butch y Sundance regresaron a Estados Unidos para vivir en paz el resto de sus días.
Los hermanos Dalton
De los quince hijos que tuvieron Lewis Dalton y Adeline Younger, trece sobrevivieron a la infancia y cuatro, los más pequeños, se dieron al crimen tras constatar lo mal pagada que estaba la estrella de marshal. Bob era de lejos el más violento, pero Grat protagonizó la más célebre anécdota referida al clan cuando escapó de dos agentes de la ley saltando a aguas del río San Joaquín por la ventana de un tren en marcha. Los ferrocarriles, en efecto, se les daban de fábula (en 1891 llegaron a asaltar tres en Territorio Indio), pero el ego los llevaría a cometer dos errores –por lo menos, uno doble-. En octubre de 1892, la banda se presentó en Coffeyville, Kansas, con la intención de atracar simultáneamente los dos bancos de la localidad. Pese a las barbas postizas con que habían disimulado su identidad, un vecino los reconoció. Y el tiroteo consiguiente dejó a un único Dalton con vida, Emmett. Malherido (recibió veintitrés balazos), fue condenado a cadena perpetua; cumplió catorce años a la sombra y se mudó a Hollywood, donde ejerció de asesor de películas del Oeste hasta que llegó su hora, en 1937.
Wyatt Earp
Tombstone, Arizona, octubre de 1880. Un tiroteo de treinta segundos a la vuelta del corral O.K. se salda con el siguiente parte: por el bando de los Clanton, tres muertos y dos huidos; por el de los Earp, tres heridos (Morgan, Virgil y Doc Holliday) y un hombre en pie, Wyatt, su sombra proyectándose de forma casi mítica sobre la tradición de los servidores de la ley. Cazador de búfalos y de recompensas, en 1876 había acabado ya con los seis pistoleros que asolaban Dodge City. Credenciales que, al mudarse a Tombstone atraído por el bum minero que vivía el lugar, le permitieron “colocar” a su hermano Virgil como marshal mientras él se embolsaba 1.000 dólares semanales como dueño de una sala de juego. Tras el duelo con los Clanton, regentó un saloon en San Francisco, crió purasangres en San Diego, se mudó a Alaska durante la fiebre del oro y llegó a Hollywood a tiempo de que un joven actor llamado John Wayne lo tomara como modelo para sus primeros papeles. Murió a los 81 años a causa de la cistitis.
Wyatt-earp-1923
John Wesley Hardin
Hijo de un predicador de Bonham, Texas, fue un fanático sudista y racista convencido de que las cuarenta personas a las que asesinó eran “encarnaciones del demonio”. La primera de sus víctimas fue un antiguo esclavo que cometió la osadía de tocar las bridas de su montura; la más recordada, en cambio, un hombre blanco cuyos ronquidos en la habitación de al lado le impedían conciliar el sueño. Antes de ser detenido por los rangers, tuvo tiempo de casarse, concebir cuatro hijos e intentar sentar la cabeza como dueño de un saloon de Alabama. De hecho, dedicó sus dieciséis años en la cárcel a estudiar Teología y Leyes, de modo que, una vez libre, se fue a El Paso para intentar ganarse la vida como abogado. Y en esas estaba cuando el cuatrero británico John Selman saldó una disputa previa disparándole por la espalda.
Wild Bill Hickok
Como tantos otros aventureros de la frontera, James Butler Hickok fue víctima de la notoriedad que él mismo había fomentado a base de arrojo, sí, pero también de un cierto apego a la exageración. Granjero de Illinois hasta los 19, pasó a conducir diligencias y se ganó el apodo de “salvaje” tras matar a un oso armado únicamente con un cuchillo. Como agente de policía en Nebraska, acabó él solito con tres miembros de la banda McCanles. Fue espía del ejército de la unión, correo del Séptimo de Caballería bajo las órdenes de Custer, sheriff y marshal. Y todas esas peripecias las contó y decoró en una famosa entrevista con Henry Morton Stanley. Las deudas de juego le forzaron a participar en el espectáculo “Exploradores de las Llanuras” de su amigo Buffalo Bill y, en 1876, cabalgaba hacia Deadwood, Dakota del Sur, para ganarse un puñado de dólares en sus efervescentes salones. Por desgracia, los truhanes del lugar desconfiaron de tan lúdica voluntad y, el 2 de agosto, Nariz Ganchuda McCall le pegó un tiro en la nuca mientras jugaba una partida de póquer. Las cartas que Wild Bill sostenía en ese momento, dos ases y dos ochos, se conocen desde entonces como “la mano del muerto”.
Doc Holliday
Un oficio, una enfermedad y la pasión de los fuertes marcaron la breve existencia de John Henry Holliday. Doctorado en Odontología en Filadelfia, la tuberculosis lo obligó a poner rumbo al seco y caluroso Oeste, donde se dio al juego con la fruición de quien es consciente de tener los días contados. Trabó amistad con Wyatt Earp en Fort Griffin, Texas, y a su lado se mudó a Tombstone, donde participaría tanto en el duelo al sol del corral O.K. como en la catarata de venganzas que siguió al asesinato de Morgan Earp. Falleció en un hotel de Glenwood Springs a los 36 años, tras pedir un vaso de whisky, mirándose los pies desnudos, divertido ante el hecho de que un pistolero tan rápido pero falto de puntería como él fuera a morir sin las botas puestas.
Jesse James
En 1864, el adolescente Jesse, su hermano mayor Frank y el clan Younger (primos segundos de los Dalton, por cierto) se unieron a la guerrilla confederada de Bloody Bill Anderson. Y tan despiadada resultó su trayectoria que, al acabar la guerra, todos ellos fueron excluidos de la amnistía general. De ese modo nació una carrera delictiva que, convenientemente amplificada gracias a la correspondencia que Jesse mantenía con el director del Kansas City Times, generó un botín millonario y una leyenda de “Robin Hood del Oeste” que poco y nada respondía a la realidad. La simpatía popular, no obstante, creció incluso cuando la agencia Pinkerton mató al hermanastro de los James y dejó lisiada a su madre haciendo estallar una bomba incendiaria en el domicilio familiar. El atraco fallido al First National Bank de Northfield, Minesota, representó en 1876 el principio del fin de la banda. Seis años más tarde, Jesse era ejecutado por la espalda a manos de su amigo Bob Ford. Y es que su muerte tenía un precio: 10.000 dólares.
Calamity Jane
Tras el fallecimiento de sus padres, Martha Jane Canary-Burke se vio obligada a ejercer de cocinera, niñera, bailarina, lavaplatos, camarera, arriera y prostituta a fin de alimentar a sus seis hermanos menores. Currículo que siguió engordando durante la construcción del Union Pacific (pasa por ser la única mujer que trabajó en el ferrocarril), como exploradora del ejército y como actriz en el espectáculo del Salvaje Oeste de Buffalo Bill. “Calamidad” era aquello a lo que se exponían los hombres que la ofendieran, pero Juanita tenía buen corazón y tan pronto salvaba a los pasajeros de una diligencia de un ataque indio como se arremangaba las enaguas para atender a los enfermos de la epidemia de viruela que asoló Deadwood. En esa ciudad precisamente había conocido a Wild Bill Hickok, el gran amor de su vida, junto a quien acabaría yaciendo a los 51 años por culpa de una neumonía.
Ben Thompson
Nacido en Inglaterra, Benjamin Thompson emigró a los horizontes lejanos de Austin, Texas, a los 9 años. Su padre, que había sido carne de taberna, se convirtió pronto en carne de saloon, por lo que Ben no tuvo más remedio que salir a la calle para alimentar a su familia. Allí aprendió a pelear (mató a su primer hombre en un duelo de cuchillos), a jugar y a disparar con tal destreza que, en 1875, el New York Sun envió a un periodista a estudiar su técnica con la pistola. Fue teniente en el ejército del emperador Maximiliano de México y marshal en Austin; además, sus balas permitieron rescatar a cinco muchachas blancas secuestradas por una partida india. Centauro del desierto lo mismo que jugador, fue asesinado mientras entraba al Vaudeville Theatre de San Antonio el 11 de marzo de 1884. El día de su multitudinario entierro, por cierto, se descubrió que llevaba años manteniendo económicamente a un grupo de huérfanos.
Joaquín Murrieta
(1829-1853), también llamado el Robin Hood de El Dorado, fue una figura legendaria en California durante la Fiebre del oro de la década de los años 1850. De uno u otro modo, para algunos activistas políticos su nombre ha simbolizado la resistencia latinoamericana ante la dominación económica y cultural de los angloparlantes en las tierras de California.
Imposibilitado para ganarse la vida legalmente, Murrieta se convirtió en el líder de una banda llamada Los cinco Joaquines formada por Joaquín Botellier, Joaquín Carrillo, Joaquín Ocomoreña y Joaquín Valenzuela.