Gritos, llantos, súplicas…
Los sonidos escapaban de la habitación, pero su origen seguía cautivo.
Inés aguardaba en su silla, tapándose los oídos y hamacándose como una niña, tratando de, por unos segundos, olvidar la realidad que estaba viviendo, esa realidad que sus oídos insistían en mostrarle, una y otra vez.
El reflejo del televisor apagado era su única compañía. Reflejo que mostraba a un ser impaciente, asustado, incluso desconcertado.
Su mirada se perdía en las gotas de agua que caían en el vaso; “ya es la hora” se dijo, tomó el cuchillo y comenzó a caminar.
Su cuerpo completamente inundado de sudor, seguía corriendo hacia el final del pasillo, hasta detenerse frente al portal. Un ruido brusco la distrajo, fue su mano en el picaporte, ella ya estaba dentro de la habitación.
Y ahí estaban ellos, los diferentes escenarios que ofrecían todos esos espejos.
Encendió la luz, dando lugar indefectiblemente a la visión de la figura que tenía delante: pies descalzos, silueta delgada, y por último se encontraban esos ojos penetrantes y familiares que la miraban como nunca antes lo
habían hecho.
Éste será tu mejor final, gritó ahogada. La culpa será tu peor castigo, el remordimiento, el odio; tu existencia llegará hoy a su fin.
Felicidad, adrenalina, excitación, transmitía la mirada de Inés, mientras el brillo de los ojos de la bestia, se apagaba lentamente.
La culpa será tu única compañía; sombría, dolorosa, pero permanente.
Fueron las últimas palabras que pronunciaron los secos labios de Inés, desvanecida casi por completo frente al espejo, sosteniendo con sus propias manos el cuchillo que atravesaba su estómago.
Los sonidos escapaban de la habitación, pero su origen seguía cautivo.
Inés aguardaba en su silla, tapándose los oídos y hamacándose como una niña, tratando de, por unos segundos, olvidar la realidad que estaba viviendo, esa realidad que sus oídos insistían en mostrarle, una y otra vez.
El reflejo del televisor apagado era su única compañía. Reflejo que mostraba a un ser impaciente, asustado, incluso desconcertado.
Su mirada se perdía en las gotas de agua que caían en el vaso; “ya es la hora” se dijo, tomó el cuchillo y comenzó a caminar.
Su cuerpo completamente inundado de sudor, seguía corriendo hacia el final del pasillo, hasta detenerse frente al portal. Un ruido brusco la distrajo, fue su mano en el picaporte, ella ya estaba dentro de la habitación.
Y ahí estaban ellos, los diferentes escenarios que ofrecían todos esos espejos.
Encendió la luz, dando lugar indefectiblemente a la visión de la figura que tenía delante: pies descalzos, silueta delgada, y por último se encontraban esos ojos penetrantes y familiares que la miraban como nunca antes lo
habían hecho.
Éste será tu mejor final, gritó ahogada. La culpa será tu peor castigo, el remordimiento, el odio; tu existencia llegará hoy a su fin.
Felicidad, adrenalina, excitación, transmitía la mirada de Inés, mientras el brillo de los ojos de la bestia, se apagaba lentamente.
La culpa será tu única compañía; sombría, dolorosa, pero permanente.
Fueron las últimas palabras que pronunciaron los secos labios de Inés, desvanecida casi por completo frente al espejo, sosteniendo con sus propias manos el cuchillo que atravesaba su estómago.