InicioParanormalEl Acumulador (+17)


Adam era una persona respetada. Un tipo muy afable, perseverante y perspicaz, ese era el viejo Adam. Un genio brillante que podía cambiar de tema con mucha facilidad, tenía muchos conocidos que hablan tan bien de él así como también tenía una pequeña hilera de personas a las cuáles no les caía muy bien su personalidad. Pero, sobre todo no era arrogante. Le fascinaba mucho los comics, veía poco la televisión, era hijo de doña Sofía, una anciana italiana que provenía de los Alpes en tiempo en el que la dictadura de Benito Mussolini le impedía sobrellevar una vida calma, por eso se instalo en la Ciudad de Buenos Aires, allá por el norte de la capital, lo cuál no es importante saber porque si ella era italiana, su hijo poseía un nombre que nada tiene que ver con su patria, de hecho se conoce que a ella le gustaba sobre todo la lengua hebrea, pero no se puede determinar un porque.



Adam sobre todo era una persona elegante, hasta que un día medio turbio, cambio un poco su personalidad, digamos a un ritmo paulatino. Porque su conducta se fue haciendo mas aislada y taciturna? No lo puedo saber con certezas, quizá un desequilibrio en su estructura psíquica dio rienda suelta a una extrañeza sin precedentes. De tan parlante que era, se podía notar que poco a poco; día a día; minuto a minuto hablaba más poco que de costumbre. Se la pasaba en su habitación, encerrado, solo, como un ermitaño de los montes. Su madre, muy vieja para atenderlo, trataba de saber que le sucedía. Por supuesto, Adam ya no era un niño como antes, era un adulto de unos 30 a 40 años, y su mirada apacible a veces estallaba en complejos de ira por motivos bastante nimios, como por ejemplo que le tiraran a la basura aquellos periódicos ya inservibles de la segunda guerra mundial, o la chatarra que tenía en el patio del fondo, que hace miles de años que la tenía. Su familia, estaba inquieta por las conductas de aquel adulto que empezaba a traer basura a su casa; aparatejos que ni podían funcionar; telas muy diversas ya corroídas por el agua y el viento; alambres oxidados que no podían ser utilizados para nada. En fin, Adam parecía caer más y más de su cordura. Su juicio tan privilegiado que poseía, parecía derrumbarse en menos de 4 años. Su intelecto, que le servía para administrar empresas de todo tipo parecía esfumarse de la noche a la mañana. Pronto, empezaba a atacarle una sordera tan pronunciada, que había perdido la utilidad de su oído derecho, y las carcajadas que emitía ya no eran las mismas que tiempo atrás. Estaba un poco trastornado. Los días de visita en los que venían niños muy pequeños, Adam no solo no los saludaba, sino que estaba constantemente observándolos para que no toquen sus cosas o vayan a su cuarto, que por cierto estaba cerrado con un candado y una tranca. Esto se notaba todos los Domingos familieros, en las que sus parientes miraban con extrañeza al sujeto raro.



Los días pasaron y una de las hijas de Sofía había tenido un hijo. Un niño que ahora tiene 8 años pero recuerda aquella vez sobre lo que pasó con su tío Adam.
Era un día como cualquier otro, la familia se volvía a reunir como todos los domingos, y almorzaban asado o pastas como era habitual en esos días. Marcos, el nieto mayor de doña Sofía e hijo de la ya viuda Constanza, jugaba con su primo Esteban a las escondidas. Como era de esperarse, Adam preparó las carnes no sin antes ir a su habitación. Luego salió y sin que nadie lo viera regreso a la parrilla. Su padre Jorge miraba como salaba la carne y le ponía limón emitiendo gestos afables, mientras los demás comensales preparaban la mesa, momento indicado para que Adam aprovechara a entrar a su cuarto otra vez, esta vez con un semblante más misterioso.
-Que tiene el tío Adam detrás de estas rejas?- Pregunto Marcos a Mariano, lo cuál con un tono molesto le contesto:
-Cosas, tesoros ocultos…- Respondió su padre.
-Y porque los tiene encerrado con candados y trancas?- Señalando aquella Reja impetuosa.
En ese instante, volvió Adam de su trayecto casi cíclico mirando con desprecio aquel niño que interrogaba. La charla se vio interrumpida por este último que los llevó devuelta a la parrilla.
-Ya está lista- Argumento el acumulador y enseguida todos se sentaron en la mesa a esperar la carne de ternera que se acercaba lentamente hasta los platos de cada comensal. Todos almorzaron con incansable entusiasmo, por lo que, no tuvieron el tiempo para agradecer, pues eran muy seguidores de su dios, y este hecho los convertía en santos incuestionables y sumidos ante las estrictas normas divinas. Una cruz en el medio era muy común en ellos, al igual que imágenes de sus ídolos y sus héroes etéreos. A juzgar por aquella estructura de madera cruzada sobre la mesa, pertenecían al Cristianismo o al Catolicismo. Así que la familia muy devota se sentó, saboreo la carne y tomo un poco de vino junto al pan que tenían en un cuenco. Adam, se sentó al fondo de la mesa y con recelo probó su plato mirando cada tanto el pasillo por el que posaba su habitación que por cierto no tenía iluminación hace un buen tiempo y lleno de cosas y cajas por doquier. En este lugar y en condiciones de higiene nulas se acostaba todas las noches Adam, mientras nunca descuidaba de cerrar las puertas que conducían a su cuarto.
Se podría reflejar en Adam, un claro complejo de misoginia a su vez, y lo demostraba con los saludos un tanto vagos que apenas hacía, tenía novia pero tuvo un accidente de tránsito en el cuál perdió la vida hace aproximadamente 3 años y medio. Esto fue suficiente para que su moral decayera tan bajo como ahora. No estaba cuerdo, y su memoria fallaba. Se notaba en sus ojos una tristeza incomparable por lo cuál no permitió que se le acercaran. Al terminar la comida, las chicas se dirigieron a lavar los platos, mientras que los hombres se pusieron a mirar el partido de la selección Argentina disputando la copa mundial contra Holanda, mientras que otra vez, Adam volvió a entrar a su cuarto y a salir de vuelta, esta vez con un anillo en la mano, lo cuál podía apreciársele un mancha rojiza y muy oscura, resulto que luego entró al baño para quizá lavarlo. Marcos y Esteban lo vieron con gran preocupación y muy curiosos se dieron cuenta que la puerta que daba a su habitación esta vez la dejó abierta, así que se animaron a cruzar aquella puerta manchada que daba su pieza sin que nadie los viera. Mientras tanto, Adam se quedó un rato largo en el baño para luego ver la televisión.
Apenas, los niños entraron, notaron una gran diferencia entre el aire de la pieza de su tío con la del exterior, había mucha humedad y las paredes estaban manchadas y mojadas; el techo, de madera, relucía de la humedad que cernía el ambiente asfixiante. El aire estaba pesado y la temperatura era un tanto elevada. Los niños se iban tropezando con cada caja que les obstaculizaba el camino ya que la luz había abandonado aquel lugar ciñendo un velo negro a su cintura siniestra. En pocos segundos, una foto se dejaba apreciar ya que cayó de los muebles que se topaban con el cielo del lugar.
Era apenas, los vestigios de lo que alguna vez fue, una foto del joven Adam cursando sus estudios. La corrosión estaba empezando, y la imagen se notaba borrosa con tonos grises. A su lado, otra imagen mas, aún menos inteligible. En ella, se veía una joven de piel pálida con un atuendo negro y con una pequeña sonrisa más que sutil, al fondo, un hermoso florero con una apariencia tradicional y sobre el suelo, un charco de agua. Los niños, prosiguieron la marcha con la curiosidad de guía y las manos temblorosas a causa de un miedo que les generaba lo que observaban. Mientras tanto, Adam estaba saliendo del baño, la preocupación que el tenía por el anillo era evidente. Le cubría una parte de de su dedo anular. Pronto, se dirigió a mirar la tele, no sin antes visitar el cuarto.
Los niños sintieron un ruido y luego otro y de al rato, se escondieron entre cada artefacto que había, chatarra vieja y sin valor comercial. Era Adam que caminó entre el mar de papeles que había allí. El clima estaba tenso, y en poco tiempo, este último se fue mas allá del vapor que cubría el cuarto; se oyó un ruido de madera crujiendo y luego nada, al poco tiempo, el acumulador salió de allí. Entre la abrumadora niebla se podía apreciar una tenue silueta que se desvanecía para transformarse en Adam. Al ver el suceso, los jóvenes aprovecharon la salida del hombre para atravesar la espesa niebla que cernía parte del cuarto. El techo goteaba como si un río hubiera entrado por los recovecos de las paredes. El polvo, danzaba por los rincones de maneras sinuosas. La oscuridad pronto, se hacía mas intensa acortando la capacidad de los chicos para visualizar bien. En poco tiempo los colores desaparecieron, y los jóvenes estuvieron en la oscuridad plena, el intenso vacío se percibía y lentamente los niños se acercaban más y mas al final del cuarto no sin antes entrar por el pequeño sótano que había oculto entre dos muebles. Nada se podía apreciar más que aquel bulto que reposaba en el suelo de aquél sótano. Una bolsa grande que en su interior parecía albergar más cosas interesantes.



Ratas había por doquier y sus chillidos no tardaban en ser oídos por los niños. Que percibieron en sus pies las corridas de los roedores, hecho por el cuál los chicos inevitablemente gritaron de la fobia que le presentaban estos animales. Al acercarse prontamente a aquel bulto, Marcos sintió la necesidad de romper aquella bolsa, que con un pequeño escalofríos fue abriendo la envoltura poco a poco. Lo que había, era nada mas ni nada menos que objetos viejos, pero eso no fue lo que determino el susto de Esteban que se encontraba más al fondo de aquel páramo sombrío y resulta que en la triste penumbra atónito se adentra mas aún hasta que sus dedos tocan algo mas helado que un cubo de hielo y duro como una roca. Era sin dudas, una extraña figura que descansaba en un estado de letargo. Y según su situación deplorable parecía estar allí por mucho tiempo. Un cadáver un cuerpo inerte que paso por las circunstancias de la vida y se mantenía oculto en el cuarto de Adam. Donde deberían estar sus ojos tan solo se hallaban cuencas vacías y de espeluznante aspecto, pero eso no era todo, en su abdomen yacía lo que sería un nido de ratas, que con entusiasmo corrieron a los pobres jóvenes que inhibidos por los gases tóxicos del ambiente no pudieron seguir avanzando mas rápido. Las ratas los perseguían por docenas y docenas, nunca se acababan e insistían en devorarlos. Así que ellos corrían lo que podían dar sus pulmones, eso y sumados a la desesperación llegaron a la puerta del sótano que misteriosamente estaba cerrada, momento por el cuál las sabandijas se subieron a sus pequeños cuerpos desatando una gran furia sobre sus vientres. Y es así como, la terrible figura cadavérica con su pronunciada piel azulada y uñas extremadamente largas contemplaba desde su muerte como la vida de los chicos se les escurría de sus manos con llantos de dolor y exasperación sin ningún otro consuelo que su óbito que todavía era muy distante y parecía no llegar mas; y desde la mano de aquella muerta se podía observar que le faltaba un dedo anular, dedo que contenía antes un anillo…




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