Era de noche en la ciudad rosarina. Los gatos correteaban ignorantes del funesto destino que les esperaba -acabar tendidos en la parrilla del parroquiano promedio-, mientras la sombra de la decadencia continuaba elevándose, cubriendo las calles con su ominoso silencio.
En otros puntos del globo, cubiertos de los horrores de la pestilencia real acaecida en cada calle, y de la pérdida de la virginidad, diversos muchachitos de extrañas tendencias competían por el mérito de la mediocridad, escribiendo historias sin sentido alguno y careciendo de toda regla ortográfica-gramatical; se hacían llamar "Gianluca the killer", "Juan the anihilator", entre otros sobrenombres en su totalidad exportados del anglo sin verificar traducción coherente para sí. Eran asiduos fanáticos de las "creepypastas", aunque jamás alcanzarían a vislumbrar el nivel de lo que tenemos aquí.
Hartos de la masacre masiva de felinos domésticos, un grupo de gordos mórbidos taringueros organizaron un escrache virtual a la ciudad de Rosario. Paradójico es que su destino se tocase con el de otro gordo tan mórbido como ellos, pero de porte mucho más valeroso e infame, sin sitio a dudas. Y en tiempos donde el contacto auténtico ha perdido fiereza, el mundillo virtual lleva la delantera generando nuevas subjetivaciones... Una mierdera agrupación de defensa de los animales hizo eco del llamado, y neo-fascistas veganos se instalaron en la ciudad santafesina para aniquilar a los felidófagos.
Hordas de brutos ignorantes rosarinos se enfrentaron a los ateos metaleros otakus veganos, cayendo tristemente en vano: Su funesto destino estaba ya sellado. ¿Lo estaba?
En un sector anónimo de la ciudad, un antihéroe se elevaba. Cual Prometeo desencadenado, recuperando con furia sus órganos internos arrancados, elevaba sus brazos al cielo como insultando al perro Jehová por su miseria, mientras terminaba su Manaos Naranja cortada con Termidor. Había llegado la hora.
Con la oscuridad de esa noche, tripas, vísceras y una gran montaña de hedor cadavérico cubrió la ciudad. El gordo había llegado a la cancha.
