Y con sensibles, en este caso, no me refiero a tiernos, sino a que aunque quizás de diferente manera, a ellos también les influyen, y mucho, sus ideas, obsesiones, pensamientos y miedos. Cuando una le pregunta a un hombre que es lo que busca conseguir en una sesión de sexo, él contesta que un orgasmo, pero curiosamente, no es siempre el suyo. Conseguir que su pareja alcance el gran orgasmo de su vida, ese que hace que tiemble hasta el tabique de la vecina de arriba, es su nueva obsesión, una nueva presión, con la que ineludiblemente se meten entre las sábanas.
La sociedad parece haber puesto muy alto el listón de la sexualidad masculina en los últimos tiempos. Para ser un hombre en mayúsculas, se ha decidido que ser un buen amante esté entre las primeras cosas de la lista. Eso, erróneamente, no parece implicar ser empático, mañoso o cariñoso, sino que tenga erecciones en el momento preciso (y no otro), que sea capaz de mantenerlas durante "todo el tiempo necesario", y que no eyacule hasta que ella no lo haya adelantado. Todo ello, por supuesto, no con un pene cualquiera, y es que el tamaño, por lo menos a ellos, siempre les importa. Si Disney ha viciado para siempre las relaciones emocionales de las mujeres, la Industria del Porno ha dañado, hasta un punto que a veces cuesta imaginarnos, la autoestima masculina.
Otra cosa en la que tampoco es que haya ayudado mucho el porno es en el entendimiento entre hombres y mujeres, o al menos en lo que a sexo se refiere. Puede ser que el placer no sea exactamente igual en ambos sexos, pero desde luego, lo que está claro, es que el placer femenino poco tiene que ver con las escenas del porno, donde los conocimientos de la anatomía femenina y de la sensibilidad en ciertas partes de la misma, dejan bastante que desear.
En realidad el placer femenino es casi un fenómeno reciente, y obviamente no porque no existiera, sino porque antes la mujer no lo ponía entre las prioridades de su agenda vital. Hoy, sin embargo, se encuentra entre las primeras, cuestión que ha dejado un poco descolocados a parte de la población masculina, y por eso mismo, con una presión más a sus espaldas. Si bien, hace unos cuantos años (o quizás no tantos como pensamos), en el matrimonio el sexo era un deber con el que ella cumplía, y en los escarceos con "mujeres de mala vida" el dinero hacía que el placer de ella quedase excluido del contrato. Hoy señores, ellas quieren estar atendidas y satisfechas.
Los tiempos cambian, y la ecuación se complica con eso que se llama “bagaje sexual”, es decir, que ya no se llega intacto al matrimonio, sino que las relaciones son mucho más libres (o al menos más que antes). Por lo tanto, cuando un hombre conoce a una mujer, esta, al igual que él, suele tener un pasado, es decir, un ex amante, ex rollo u ex novio, con el que inevitablemente él tenderá a querer compararse. Como en una especie de competición de “a ver quién construye el rascacielos más grande”, en vez de aprender como disfrutar ambos de su propio lenguaje y de su propio sexo, se tiende a querer arrasar con la competencia, posiblemente con alguna acrobacia de turno.
Tampoco es que nosotras ayudemos mucho, porque somos las primeras que nos creemos los clichés. A ellos ni siempre les apetece, ni siempre están preparados y dispuestos (y sí, habrá quienes digan que son una excepción, que puede que las haya, pero aquí humano es todo el mundo). Por eso si un día es a él al que le duele la cabeza, no hace falta enredarse en un mea culpa de “es que ya no te gusto”, “es que ya no te resulto atractiva”, o “eso es que te estás viendo con otra”.
Igualmente, cuando surge alguna de esas dificultades, puntuales o no, que mucho tienen que ver con todo esto, tales como no conseguir siempre esa ansiada erección cuando se quiere o no eyacular cuando uno cree que debe (¿conocen eso de “las mujeres primero”?), entender que es lo que le puede estar pasando por la cabeza, o de donde vienen los problemas, y no volver al “es que ya no te gusto”, que por lo visto es válido para cualquier ocasión, tampoco soluciona mucho.
Por otra parte, puede suceder que nos encontremos con un amante poco experto en las artes amatorias, tanto en la práctica como en la teoría, y que lo poco que sabe, lo sabe a través de las fuentes menos adecuadas. Caer en el error de querer simular el orgasmo perfecto, en vez de comunicarnos y aclarar algunas cosas básicas, que nos podrían ser muy útiles a ambos, tampoco es hacer un favor a nadie, ni mucho menos.
Puede que nunca lleguemos a entender del todo la relación entre un hombre y su pene, o que sea verdad eso de que los hombres son de Marte y nosotras de Venus, pero de lo que sí sabemos las mujeres es de autoestima, inseguridades, angustias, y de la necesidad de ser comprendidas, o al menos, de la necesidad de que alguien lo intente. No estaría de más que por una vez fuésemos nosotras las comprensivas, y entendiéramos y les ayudáramos a entender, que el sexo no es cuestión ni de tamaño, ni de tiempo, ni de decibelios. Eliminando prejuicios, clichés y falsos mitos quizá todos podríamos simplemente disfrutar más, y sólo con eso, ser ya mucho más felices.