Aunque ser cartujo no es fácil, no faltan aspirantes. En España 61 monjes y 11 monjas de clausura mantienen una vida solitaria consagrada a la oración
Desde la Provenza llegaron en el siglo XII los monjes de la Orden de la Cartuja para construir un monasterio, fundando así la primera cartuja de la Península Ibérica. Escogieron un paraje singular, enmarcado por la Sierra de Montsant, donde un pastor había soñado con unos ángeles que subían al cielo por una escalera apoyada en el tronco de un pino, de ahí Escaladei o «escalera de Dios».
La Cartuja subsistió hasta el 1835 con gran esplendor. Con la desamortización de Mendizábal (1835) los monjes se vieron forzados a huir, privados por decreto de sus tierras. En tan sólo dos años la majestuosa cartuja quedó convertida en un montón de escombros.
Hoy día se pueden visitar las ruinas de la Cartuja de Escaladei recorriendo el exterior de los 3 claustros, la iglesia y el refectorio, así como una celda reconstruida con todo detalle.
La Cartuja de Escaladei es, pues, una visita obligada para todos aquellos que quieran hacer un viaje a los orígenes de la comarca del Priorat.
Pasado y presente de una Orden milenaria
Esta es una parte de la historia de los Cartujos en España. En la actualidad existen 19 casas de Cartujos repartidas por el mundo, con 289 monjes y 5 casas de Cartujas con 65 monjas.
En España existen cuatro casas, la Cartuja de Miraflores en Burgos, la de Porta Coeli en Valencia, la Cartuja de Montalegre en Barcelona, y la de Cartuja de Santa María de Benifasar en Castellón. En total son 61 monjes y 11 monjas.
Pero antes de hablar de su legado y su presencia actual en nuestro país, vamos a hacer un poco de historia para saber cuál es el origen de la Orden de la Cartuja.
San Bruno, el fundador de la Orden
Los Cartujos forman una Orden milenaria, fundada por San Bruno. Nació en Colonia hacia 1030 y llegó a ser designado en 1056 Rector de la Universidad. Bruno, se encuentra cada vez menos a gusto en una ciudad donde no escasean los motivos de escándalo. Después de haber luchado con éxito contra estos desórdenes, experimenta el deseo de una vida entregada totalmente a Dios.
Tras llegar a la región de Grenoble, su obispo, el futuro San Hugo, le ofreció un lugar solitario en las montañas de su diócesis, en el valle selvático de Cartuja, que dará nombre a la Orden. Es aquí donde se estable eremitorio formado por algunas cabañas de madera.
Es nombrado consejero del Papa Urbano II, y funda un nuevo eremitorio en los bosques de Calabria al sur de Italia, donde fallece en octubre de 1101.
Una vida solitaria
Aún hoy en día, los monjes Cartujos llevan una vida solitaria consagrada a la oración, para trabajar por su salvación y por la de toda la Iglesia.
La soledad implica la separación del mundo y se concreta, entre otros aspectos, en una salida semanal, carencia de visitas, sin apostolado exterior y sin radio ni televisión.
Los cartujos no son completamente ermitaños, ya que la vida activa y contemplativa están presentes en especial con la misa conventual, el largo oficio nocturno, la recreación y el espaciamiento.
Las rentas de la Orden están en buena parte aseguradas por la comercialización del licor, pero también por los productos de artesanía provenientes de algunas de las casas.
Pasa la mayor parte del día en su ermita donde ora, estudia, rabaja, come y duerme. Todas las ermitas están adosadas al claustro y completamente separadas unas de otras. Junto a la puerta de la ermita hay un ventanillo en el que se deposita la comida. La primera pieza es una amplia habitación, a modo de zaguán, llamada «avemaría» porque siempre que entra el monje reza un avemaría. Junto al zaguán hay un taller donde el monje puede trabajar.
Un pequeño jardín donde el monje cultiva sus flores, sus hortalizas, y le sirve a la vez de asueto, completa la planta baja de la ermita. En la planta superior se encuentra el oratorio, una pequeña habitación que sirve de estudio, el dormitorio y el servicio.
Los domingos y fiestas domina la vida de comunidad, ya que todos los oficios litúrgicos se cantan en la iglesia, se come en el refectorio común y hay un rato de recreación. El lunes hay también un paseo de unas cuatro horas de duración en el que se conversa animadamente.
La vida del cartujo tiene que conjugar aspectos tan opuestos como la vida eremítica y la vida comunitaria, la soledad y la vida fraterna, el silencio y la cordialidad. En la síntesis está el equilibrio.