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¿De dónde viene el racismo?

Offtopic9/12/2013
¿De dónde viene el racismo?
EL RACISMO es una novedad histórica, característica de las sociedades capitalistas modernas. Esta definición es el centro del análisis marxista sobre el racismo; del mismo modo, también es negada por muchos nacionalistas negros. Cedric Robinson, por ejemplo, afirma que el racismo no es capitalista sino que es un fenómeno esencialmente europeo: «El racismo insinuó no sólo estructuras sociales, formas de propiedad y modos de producción medievales, feudales y capitalistas, sino también los valores y las tradiciones mismos de la conciencia mediante los cuales los pueblos de esas épocas llegaron a entender sus mundos y sus experiencias».8 Asimismo, el estudioso americano negro Manning Marable afirma que «el racismo y el patriarcado son ambos pre-capitalistas por lo que se refiere a su origen social e ideológico.»9 La implicación de esto es que el racismo sobreviviría al derrocamiento del capitalismo y que, en consecuencia, para erradicarlo es necesario un movimiento negro independiente.

Para percibir por qué este punto de vista es erróneo antes debemos considerar la naturaleza del racismo. El racismo aparece cuando un grupo de personas es discriminado por características consideradas inherentes a ellas en tanto que grupo. Frecuentemente, el racismo se ve asociado con diferencias en el color de la piel de opresores y oprimidos, pero ésta no es una condición necesaria del racismo. En Gran Bretaña, los irlandeses, a pesar de ser tan blancos como los «nativos», fueron discriminados, especialmente durante el siglo XIX. El antisemitismo moderno es otro caso de racismo no basado en las diferencias de color. En un sentido las diferencias de color no son condición suficiente para la existencia del racismo. Cuando se las involucra, es como parte de todo un complejo de características -por ejemplo, inteligencia inferior, pereza, sexualidad hiperactiva, en el caso de los estereotipos tradicionales occidentales referidos a los africanos- que son imputadas al grupo oprimido y que sirven para justificar que se le oprima. Más que las mismas diferencias físicas, lo que es importante es la idea de un conjunto sistemático de diferencias entre opresor y oprimido, conjunto del que forman parte las diferencias físicas.

Lo que confunde toda la cuestión es que la ideología racista clásica tiende a resaltar las supuestas diferencias físicas entre grupos de personas. La versión de la ideología racista más articulada teóricamente es aquella que Peter Fryer llama la «pseudo-científica mitología de la raza» que floreció en Gran Bretaña (y, ciertamente, en el resto del mundo capitalista desarrollado) a lo largo de un siglo, hasta los años 1940. Sostenía que la humanidad se hallaba dividida en razas, cada una basada en características biológicas distintivas, y que el dominio del mundo por parte del imperialismo occidental reflejaba la superioridad inherente de las razas blancas sobre todas las demás en un proceso de selección natural.10

Pero la idea de razas biológicamente distintas no tiene ninguna base científica:

De toda la variación genética conocida a partir de enzimas y otras proteínas, cuando ha sido posible contar realmente la frecuencia de las diferentes formas de variación de los genes y llegar a una estimación objetiva de la variación genética, ha resultado que el 85 por ciento se produce entre individuos de la misma población local, la misma tribu o la misma nación; otro 8 por ciento se da entre tribus o naciones dentro de una «raza» principal; y el 7 por ciento restante se produce entre «razas» principales. Esto quiere decir que la variación genética entre un español y otro, o entre un massai y otro, es el 85 por ciento de toda la variación genética humana, mientras que sólo un 15 por ciento es responsable de dividir a la gente en grupos... Todo uso de las categorías raciales debe hallar su justificación en otras fuentes que la biología. Una característica notable de la evolución y la historia humanas ha sido un grado muy pequeño de divergencia entre poblaciones geográficas, en comparación con las variaciones genéticas entre individuos.

Las diferencias raciales son inventadas: es decir, emergen como parte de una relación histórica específica de opresión a fin de justificar la existencia de dicha relación. Entonces, ¿cuál es la peculiaridad histórica del racismo en tanto que forma de opresión? En primer lugar, está el hecho de que las características que justifican la discriminación son consideradas inherentes a los grupos oprimidos. Una víctima del racismo no puede cambiar y, al hacerlo, evitar la opresión; los negros, por ejemplo, no pueden cambiar de color. Esto presenta una diferencia importante entre, por ejemplo, la opresión religiosa y la racial porque una persona perseguida por razones religiosas siempre tiene la opción de cambiar de fe.

Así pues, para los miembros de la «raza» subordinada no hay escapatoria de la opresión racial. Esta forma de opresión es específica de las sociedades capitalistas. Hay que distinguirla de una característica omnipresente en las sociedades precapitalistas, es decir, el prejuicio contra los forasteros. Antes de la llegada del capitalismo industrial, la mayoría de las personas eran campesinos que vivían en pequeñas comunidades rurales. La falta de comunicaciones significaba que el contacto con todo aquello que se encontrara fuera de un corto radio era raro. Frecuentemente, el resultado era una participación intensa, incluso sofocante, en las vidas de los demás miembros de la comunidad campesina, combinada con una ignorancia y una suspicacia profundas ante los forasteros. Lo que el sociólogo Zygmunt Bauman llama «heterofobia» (resentimiento hacia la diferencia) no es lo mismo que el racismo moderno: «En un mundo que alardea de una capacidad sin precedentes de mejorar las condiciones humanas mediante la reorganización de los asuntos humanos sobre bases racionales, el racismo manifiesta la convicción de que ciertas categorías de seres humanos no podrán ser incorporadas al orden racional por más esfuerzos que se hagan.»12

Al contrario de lo que sostienen Robinson y Marable, lo que es notable de las sociedades esclavistas y feudales de la Europa precapitalista es la ausencia de ideologías y prácticas que excluyeran y subordinaran a un grupo particular, en base a su inferioridad inherente. Las sociedades esclavistas de la Grecia y la Roma clásicas no parecen haberse apoyado en el racismo para justificar el uso en masa de esclavos que proporcionaran a las clases dirigentes los excedentes de producción necesarios. El historiador norteamericano negro Frank M. Snowden Jr. escribe: «Entre los griegos y los romanos, las relaciones sociales [entre negros y blancos] no dieron lugar a los prejuicios de color de determinadas sociedades occidentales posteriores. Ni los griegos ni los romanos desarrollaron ninguna teoría sobre la superioridad blanca.»13 En la antigüedad clásica, el ejemplo más notable de ausencia de racismo basado en el color nos lo proporciona el emperador romano Septimius Severus (193-211 d.C), que casi seguro era negro. Una de las principales características del dominio romano fue su esfuerzo por incorporar en las aristocracias locales a las clases dominantes imperiales, compartiendo una cultura que fusionaba las tradiciones griega y romana.

Otro caso nos lo proporciona el celebrado libro de Martin Bernal, Black Athena . Este libro tuvo un impacto enorme entre los radicales negros, porque intenta demostrar que la Grecia clásica -que aún ahora ocupa una posición sacrosanta en la cultura occidental, en tanto que cuna de la civilización europea- fue el vástago de las sociedades más avanzadas de África y Asia. Que se demostrara que la tesis histórica de Bernal es cierta significaría un buen golpe contra el racismo occidental. Sin embargo, su tesis presenta determinadas dificultades en las que no es necesario que nos detengamos ahora.14 Un punto que tiene una importancia directa es el hecho de que Bernal se vea a sí mismo reviviendo lo que llama el «Modelo Antiguo», según el cual la cultura griega fue el resultado de las colonizaciones llevadas a cabo desde Egipto y Fenicia (la costa de lo que hoy son Siria y Líbano). Bernal defiende que esta teoría fue postergada sólo a finales del siglo XVIII como resultado de la ascensión del racismo.

Para los románticos de los siglos XVIII y XIX, era sencillamente intolerable que Grecia, considerada no sólo como epítome de Europa sino como su misma cuna, hubiera sido el resultado de una mezcla de europeos nativos y colonizadores africanos y semitas. Por lo tanto, se tenía que abolir el Modelo Antiguo y reemplazarlo por algo más aceptable.15

Como reitera constantemente Bernal, el «Modelo Antiguo» fue el punto de vista convencional entre los griegos en las épocas clásica y helénica.16 La fuente principal la encontramos en las Historias de Herodoto, que se proponían explicar las Guerras Persas y el principio del siglo V a.C. mediante la exploración de las relaciones de los griegos con Asia y África. A pesar de que el clímax del libro esté dedicado a las luchas entre las ciudades-estado griegas y el Imperio Persa, Herodoto insiste constantemente en la dependencia de los griegos con relación a las influencias africanas y asiáticas. Por ejemplo, afirma que la religión griega tuvo sus orígenes en Egipto: el respeto que siente por esta civilización mucho más antigua es evidente.17 Una actitud similar marca la forma en que Herodoto trata a la misma Persia. Como dice Arnoldo Momigliano: «Herodoto respeta a los persas y les considera capaces de pensar como los griegos... su pensamiento está dedicado, básicamente, al entendimiento mutuo entre griegos y persas».18 Tanto si el Modelo Antiguo ofrece, como mantiene Bernal, un registro exacto de los orígenes de la Grecia clásica como si no, la creencia expresada por Herodoto de la deuda histórica de los griegos con respecto a sus vecinos africanos y asiáticos es una indicación de la ausencia de toda ideología de exclusividad racial y de superioridad en los tiempos antiguos.

En las sociedades feudales que emergieron en Europa occidental después de la caída de Roma, las clases dirigentes se identificaron como seguidoras de una religión particular, el Cristianismo. La Europa feudal se concebía a sí misma como la Cristiandad, en guerra con los seguidores de la fe rival, el Islam. Judith Herrin observa:

Cuando el mundo antiguo se desmoronó, la característica que identificaría al universo fue la fe, no el dominio imperial; aquello que los cristianos llamaron oikoumene i los musulmanes Dar al Islam . La religión había fusionado lo político, lo social y lo cultural en sistemas completos en si mismos, separados por las diferencias de fe.19

El mundo mediterráneo (y sus extensiones en Europa Central y del norte y en Asia Central) se vio así polarizado entre dos religiones rivales, el Islam y la Cristiandad, con conflictos que se prolongarían durante diez siglos, desde la conquista por los árabes de la mayor parte del imperio romano de oriente poco después de la muerte de Mahoma, el fundador del Islam, en el año 632, hasta el segundo Sitio de Viena en 1683. Pero a pesar de la ferocidad de esta lucha, no se trataba de una lucha racial. Se producían conversiones de una a otra fe. Durante las Cruzadas, frecuentemente los líderes cristianos y musulmanes establecieron alianzas y, en el momento más álgido de la amenaza otomana contra la cristiandad, en el siglo XVI, el rey de Francia apoyó al sultán turco en la guerra contra los Habsburgo, que reinaban en España, como medio de debilitar al peligroso rival europeo.

Los seguidores de otros credos que no fueran el dominante eran muchas veces discriminados o perseguidos de diversas formas: en el caso de la cristiandad medieval, el ejemplo más notable nos lo proporcionen quizá las matanzas generalizadas de judíos en épocas de la Primera Cruzada, a finales del siglo XI, y el exterminio de los cátaros del Languedoc a principios del siglo XIII. Pero la persecución religiosa de este tipo no fue lo mismo que la opresión racial. Quizá el caso que mejor demuestre este punto sea el de los judíos. La concepción de lo que Hannah Arendt llama «la asunción de un antisemitismo eterno», según la cual «los estallidos no requieren una explicación especial porque son consecuencia natural de un problema eterno», está bastante extendida.20 Según este punto de vista, el Holocausto no es más que el caso más reciente de 2.000 años de antisemitismo. Pero, como señala Zygmunt Bauman, mientras que en la Europa premoderna los judíos se hallaban en una posición particularmente vulnerable debido a su situación de marginados religiosos, ello «no impidió, en conjunto, que se acomodaran dentro del orden social prevalente... En una sociedad dividida en estados o castas, los judíos eran un estado o una casta más entre otras muchas. El judío individual se definía por la casta a la que pertenecía, y por los privilegios o cargas específicos de que dicha casta disfrutara o que debiera soportar. Pero lo mismo podríamos decir de cualquier otro miembro de la misma sociedad».21 El antisemitismo moderno se desarrolló durante el siglo XIX, con el colapso de este orden jerárquico de estados como contrafondo, y trató a los judíos ya no como marginados religiosos sino como miembros de una raza biológicamente inferior. Fue la emergencia del antisemitismo racial lo que hizo concebible en términos ideológicos la «Solución Final» de los nazis. En palabras de Arendt: «los judíos habían podido escapar del judaísmo (la religión) mediante la conversión; pero de la naturaleza judía (la raza) no había escapatoria.»22

A finales del siglo XIX, los judíos ya no eran una minoría religiosa, con su lugar -aunque subordinado y vulnerable- dentro del orden social prevalente. En las turbulentas, enfrentadas y polarizadas sociedades de la Europa moderna, se habían convertido en el chivo expiatorio de todos los antagonismos. Los judíos fueron etiquetados como resultado de una ideología racial que, como veremos, había sido construida como justificación del dominio europeo sobre el resto del mundo. El intento nazi de exterminarlos no fue, por lo tanto, la expresión más reciente de lo que un autor llamó «el odio más antiguo», sino la consecuencia de profundas tensiones en el corazón del capitalismo moderno.
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