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China town



Se estima que en la Argentina viven alrededor de 120 mil chinos. A pesar de la popularidad de su mítico barrio en Belgrano y de muchas de sus costumbres, la integración de la comunidad oriental no es fácil, debido al abismo idiomático y los prejuicios mutuos. Historias de vida para conocer esta cultura milenaria.

Sobre la calle cortada al tránsito, los creyentes —y muchos curiosos— se amontonan para no perderse detalles del rito milenario. La ceremonia del Vesak conmemora el nacimiento del Buda Sakyamuri hace 2554 años pero además, y aún más importante, es la oportunidad única que tienen los fieles budistas para limpiar su interior y recordar la importancia de sostener una mente pura. Un dragón desdentado y unas mesas con artesanías y platos de la mejor gastronomía oriental enmarcan el festejo, que no ocurre en Hong Kong, Beijing o Shangai, sino mucho más cerca, en pleno corazón de Belgrano, en esas manzanas que conocemos como Barrio Chino. Republica Popular Ar gent ina Que los chinos están incluidos en nuestra cotidianeidad no es noticia. El fenómeno comenzó en los años 80 con la primera gran corriente inmigratoria. En aquellos días de primavera democrática, la mayoría provenía de Taiwán escapando de la penuria económica y confiando en los dividendos que aquí arrojarían sus rotiserías y restaurantes. Pero la prosperi nunca llegó y los más afortunados apenas pudieron mantener abiertos sus locales. Las sucesivas crisis convencieron a una parte importante de regresar a su tierra natal mientras que unos pocos prefirieron insistir en Estados Unidos y comprobar aquello del “sueño americano”. Recién durante los 90 se produjo el segundo gran aluvión oriental, pero esta vez proveniente de China continental, en especial, desde la provincia costera de Fujian, una zona pobre y rural que no ofrecía demasiados motivos para quedarse. Desde entonces, la tendencia sólo fue en alza. Los 60 mil que pisaban nuestro suelo durante los meses de 2005 y 2006 se convirtieron hoy en 120 mil, un cálculo estimado que incluye a la primera generación nacida en la Argentina y una minoría taiwanesa. El 80% se concentró en Capital Federal y el conurbano bonaerense, y el resto se repartió en urbes como Mar del Plata, Rosario, Córdoba y Mendoza, aunque también los hay en lugares alejados como Jujuy, Chaco o El Calafate. Según los registros de la Oficina de migraciones del Ministerio del Interior, entre enero de 2008 y diciembre de 2010, se iniciaron más de 20 mil trámites de radicación de ciudadanos chinos. De esta forma, la colectividad es la cuarta en el ranking de crecimiento, detrás de la boliviana, la paraguaya y la peruana, y por encima de la uruguaya y la chilena. Pero nada como prestarle atención a la proliferación de supermercados para entender que estamos frente a un desembarco masivo. En el país existen, registrados, cerca de 8 mil supermercados con dueños chinos —se abren 22 por mes y poco más de uno cada dos días— que participan entre el 20 y el 25% de la comercialización total de alimentos, un dato que puede traducirse en que el 52% de la gente hace sus compras allí y no en otro lado. “Los chinos eligen venir porque este es un país con una tradición de receptividad de inmigrantes muy buena. Acá se adaptan muy rápido y hasta pueden continuar con el negocio de la región de donde son oriundos (en Fujian el rubro supermercados es muy fuerte) sin
conocer el idioma”, explica Miguel Ángel Calvete, secretario general de la Cámara de Autoservicios y Supermercados Propiedad de Residentes Chinos en la Argentina. Sin embargo, el titular de la organización aclara que lo que más motiva a un oriental a instalarse a más de 18 mil kilómetros de su casa es la experiencia de un familiar que lo hizo antes que él. “Todos tienen un vínculo de paisanaje o parentesco. Entonces, los más viejos ayudan económicamente a los recién llegados, les prestan dinero para abrir el negocio y después participan de las ganancias. Los supermercados no son de un solo dueño, al contrario, tienen varios socios”, confía, y de paso aprovecha la ocasión para desterrar dos mitos demasiado extendidos: “No reciben ninguna ayuda del Gobierno chino y tampoco tienen excepciones impositivas. Pagan lo mismo que un dueño argentino”. Argumentos que ayudan a entender por qué la expresión “voy al chino” se enuncia entre nosotros con total familiaridad. Los dias dificiles “En Fujian ya hay pueblos entero en que no queda nadie. Es que allá tienen la categoría de campesinos, y eso tiene ciertas restricciones. Mucha de esa gente quiere venir a la Argentina, y pese a no conocer el idioma, se siente más cómoda acá, porque saben que trabajando van a poder progresar”, explica Carola, que nació en Taiwán con el nombre de Yachen, pero que una vez en nuestro país decidió llevar uno más gaucho. La historia de Carola es la de los pioneros. Llegó en octubre del 83 con apenas 10 años gracias a un adivino que les dijo a sus padres que debían abandonar Taiwán y probar suerte en otro lado. El brujo también les aconsejó que volvieran en un tiempo porque la economía de la isla iba a repuntarse, pero ese detalle al matrimonio no le importó.

En la Argentina, los Kuo se instalaron en una casa vieja de Burzaco a cambio de un alquiler modesto. La mujer era costurera y comenzó 142 juLio 2011 carola junto a sus hijos y su marido. a fabricar y a vender ropa hasta que el hombre pudo abrir su propio negocio ¿El rubro? Lo típico: rotisería, supermercado y restaurante. Todos en diferentes épocas y lugares. “Al principio —recuerda Carola— fue muy difícil. No conocés el idioma y encima yo no estaba acostumbrada a ver gente rubia. ¿Viste cuando dicen que los chinos son todos iguales? Bueno, a mí me pasaba lo mismo. Tenía compañeras rubias y las confundía porque no las podía distinguir”. Además de cursar el colegio, Carola iba todos los días a una profesora particular que le enseñaba español, incluso, en verano. “Después con los años empecé a disfrutar más de las vacaciones. Y eso es algo que aún les cuesta a muchos inmigrantes. Nosotros no tenemos el ciclo del año divido en trabajo y descanso. En nuestra comunidad, vivís donde trabajás”, sentencia. El rigor, el sabe, es un pilar de la cultura oriental. Pero no sólo en el trabajo asoma su costado menos negociable. “Vinimos en busca de un bienestar mejor, de otra sociedad en que los niños no tengan que sufrir un sistema de educación tan severo. Allá la presión por el estudio es muy grande, pero al final te das cuenta de que no rinde tanto. Podés ser muy buen alumno pero no significa que vayas a tener una vida feliz. Y tampoco que vayas a ganar plata”, define Antonio Chang, un chino naturalizado porteño que apura un mate amargo y enseguida se excusa de no convidar. “El agua esta fría. Es un asco”. El hombre nació al otro lado del planeta, pero aquí construyó su vida. Se casó, tuvo un hijo y se puso al frente de una óptica. Además, es Licenciado en Marketing y tiene una consultora que asesora a empresas orientales relacionadas con la minería y el petróleo. Antonio ríe satisfecho cuando se elogia su español, pero se le borran todas las muecas al repasar los comienzos. “Llegué a los 12 sólo con mi mamá y enseguida me metieron en un colegio. Yo no entendía nada y vivía rodeado de mis compañeros, tanto en clase como en los test imonios. Una marca en el mundo En algunos lugares nacieron por culpa de la segregación racial y la opresión. En otros, fueron levantados para tender lazos dentro de la comunidad y reforzar el sentimiento de pertenencia. Los hay en Melbourne, La Habana, Madrid o Toronto. En América Latina el más importante queda en Lima; y en África, son famosos los de Madagascar y Sudáfrica. El de New York, por ejemplo, fue escenario de innumerables series y películas, pero es el de San Francisco, también en Estados Unidos, donde se concentra la mayor cantidad de inmigrantes o descendientes en América. Más de 40 millones viven fuera de su país y eso explica que los Barrios Chinos o Chinatowns se multipliquen alrededor del mundo. Cada uno de ellos se ha transformado en embajadas culturales y puntos turísticos que seducen a los locales y le dan al lugar un aire cosmopolita. Los hay en destinos más o menos pintorescos y em todos los tamaños, pero siempre el visitante sabrá que ha llegado a uno cuando atraviese el arco que enmarca la entrada. Los otros dos elementos presentes en cualquier Chinatown son la celebración del año nuevo en los meses de enero y febrero. El Barrio Chino de Buenos Aires, enmarcado entre las calles Arribeños, Blanco Encalada, Libertador y Juramento, en Belgrano, ofrece un paseo a puro color y sabor, con toda la tradición milenaria china. Hay locales de comidas típicas —también se instalaron muchos de los chef de moda—, otros que ofrecen objetos de decoración y las clásicas “chucherías” made in China. arriba. el recreos, porque para ellos era algo raro”· “Hasta los juegos −recuerda— eran diferentes. En Taiwán practicaba lucha, pero acá había que jugar al fútbol. Yo no tenía idea si había que agarrar la pelota con la mano o si había que patearla”. “Hasta el día de hoy, y después de varios años de terapia, sigo sufriendo porque no sé si soy más argentino que chino o más chino que argentino”.



Choque cultural


¿A quién sorprende hoy que la decoradora contratada acomode nuestros muebles siguiendo la doctrina del Feng Shui? ¿Por qué no nos avergonzamos de comprar el nuevo libro de predicciones que anuncia que es el año de la cabra? ¿Acaso la acupuntura no es la cura de todo? Ejemplos de la fascinación —y aceptación— que las prácticas orientales despiertan entre los argentinos sobran. Sin embargo, en el día a día, todavía la inclusión es despareja porque el choque cultural es muy fuerte. “Las familias chinas conservan las costumbres de allá, incluso, aquí son mucho más cerradas que en su país, y eso dificulta la integración con los argentinos. Taiwán o China no eran lugares multiculturales donde prendías la televisión y escuchabas cantar en inglés o francés o los niños tenían abuelos italianos a los que escuchaban hablar. Allá 144 juLio 2011 lo único que existía era el chino”, confía Carola. Pero no sólo el idioma complica las cosas. El lenguaje corporal es otro obstáculo en la armonía de las relaciones. “Los chinos — explica— son más tímidos y se sienten invadidos cuando alguien los abraza o les da un beso”. Para ellos, una leve inclinación de cabeza es lo correcto y aunque se acostumbraron a la cláusula del contrato social que habla de dar la mano, en su interior lo siguen considerando un exceso. Otra regla de oro obliga a las mujeres a vivir con sus padres hasta el día de la boda. Sólo después se mudarán a la casa de los padres del novio que, salvo una “desgracia”, también será chino. “A la comunidad no le gusta el matrimonio mixto porque los padres piensan que no conocen a la persona que su hija eligió. Si fuera chino o taiwanés es fácil averiguar de qué familia viene o qué hace, pero al estar fuera del grupo no lo podés hacer”, enfatiza Carola y de inmediato confiesa su desobediencia. “Hace 8 años que convivo con Rubén y tengo dos hijos con él. A mi familia mucho no le gustó que mi novio fuera argentino pero los chicos llegaron rápido y no les quedó otra que aceptarlo. Mis padres no se esfuerzan mucho en hablar con él tampoco en relacionarse con ellos. Nos encontramos en reuniones, o por temas de los chicos, pero no hay mucho diálogo”, remarca Por lo general, los niños chinos van a escuelas argentinas de lunes a viernes y los sábados concurren a un instituto oriental, donde practican el idioma original y refuerzan la ligazón con sus ancestros. Algunos padres, incluso, envían a sus hijos a China para que los críen los abuelos y así asegurarse de que el contacto con las raíces sea más fuerte. “Los mandan allá para que no pierdan las tradiciones, y porque acá están muchísimas horas en el trabajo y no pueden dedicarles tiempo”, fundamenta Laura Bogado Bordazar, investigadora del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de La Plata. “Pero la razón fundamental —sentencia la especialista— es que creen que la educación china es la mejor opción para sus hijos”. Cuando vuelvan, y según la suerte de cada uno, trabajarán un promedio de 15 horas por día y muchos dormirán en sus comercios para ganar algo de tiempo y
ahorrar dinero. Los chinos están programados para prescindir del ocio, o por lo menos reducirlo al mínimo, porque creen que de esa forma van a asegurar el futuro económico de sus descendientes. Y en este punto vuelven a diferenciarse de los argentinos, quienes a través de sus ojos rasgados son vistos como “vagos”. “La mayoría de los dueños de supermercados tienen problemas con sus empleados argentinos porque ustedes tienen una concepción diferente del trabajo”, define Carola, en un esfuerzo por ser diplomática y evitar el calificativo. Pero algunos son más frontales. “Son vagos”, dispara Antonio, y sin esperar se explaya sobre el asunto: “Hablan mucho pero hacen poco. Antes de empezar un negocio, por ejemplo, ya están proyectando lo que van a ganar y cómo se van a expandir y todo sin tener un resultado concreto. Ustedes para hablar van a toda velocidad, pero cuando hay que empezar a hacer, bajan dos cambios”. No tan distintos El hombre tiene cara de llamarse Jorge y ser farmacéutico pero lleva la cabeza rapada, viste Al Kasa —que es el atuendo habitual de los monjes budistas— y se presenta como Juei Sin, que en chino mandarín significa ‘inteligencia genuina’, como explicará más tarde. Juei es argentino pero abrazó la filosofía oriental hace tres años y desde entonces se confunde con cada de uno de los fieles y monjes chinos que concurren al templo Tchon Kuan de la calle Montañeses, en Belgrano, para practicar el culto budista. El Maestro, como le dicen, cuenta que se levanta todos los días a las cuatro de la mañana, que dedica la mayor parte del tiempo a la meditación y que entre sus obligaciones como monje se encuentran el celibato y el voto de pobreza. Pero Juei destaca que la asimilación de estas enseñanzas no fue traumática porque pese a las diferencias que existen entre chinos y argentinos, “en lo que respecta a la esencia humana somos iguales, con las mismas virtudes y miserias”.

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