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Reclusion Super Letal. Historia 100% Real. China

Offtopic7/2/2011







Esta historia es 100% real. Trata sobre como en China es tratada la adiccion al internet, y por que debemos agradecer de ser libres por asi decirlo. Gracias por leer, y no acepto la imagen de No lei un carajo, ya que esta es una historia verdaderamente triste y conmovedora.. Recomiendo leerla con calma ya que es algo larga.






Una cálida tarde de agosto de 2009, Deng Fei, su esposa, Zhou Juan, y su hijo, Deng Senshan, subieron a su auto y enfilaron hacia el Campo de Entrenamiento y Salvación Qihang, en la China rural. El trayecto demedia hora desde su hotel, en Nanning, les pareció eterno a los esposos. En el asiento trasero, su hijo, de semblante serio, miraba en silencio cómo dejaban atrás almacenes, edificios a medio construir y las parcelas cultivadas de la provincia meridional de Guangxi.

El Campo Qihang prometía curar a los jóvenes de la adicción a Internet, la cual se ha convertido en uno de los riesgos de salud pública más temidos en China. El folleto del campo aseguraba que cerca del 80 por ciento de los jóvenes chinos son adictos a la Red. Al parecer, Deng Senshan, de 15 años, era uno de ellos. Antes un estudiante sobresaliente, sus calificaciones habían caído en los últimos dos años. Pasaba la mayor parte de su tiempo jugando en cibercafés o en la computadora que tenía en casa. Deng Fei y Zhou Juan temían que su único hijo se perdiera a causa de un demonio tecnológico que apenas entendían.

El Campo Qihang ofrecía poner fin a su “mala conducta”. Pero cuando lo tuvieron a la vista, no resultó ser la institución educativa que Deng Fei había imaginado. Más bien, parecía una cárcel ruinosa: un decrépito edificio de hormigón de tres pisos, ventanas con barrotes y maleza por todas partes. En dos canchas de básquet, unos adolescentes estaban enfrascados en una sesión de entrenamiento bajo el intenso sol. Los instructores, vestidos con camiseta negra estampada con el emblema de la policía militar, los vigilaban.

La familia bajó del auto. Era cerca de la una de la tarde.

—No quiero quedarme aquí —dijo Deng Senshan en tono de súplica.

Tras reprimir una sensación de angustia, su padre respondió:

—Esto será bueno para ti. Saldrás en un mes, fuerte y en forma.

Su madre también trataba de contener la ansiedad. En cierto momento llevó aparte a un instructor y le preguntó por qué obligaban a los chicos a ejercitarse con tanto calor.

—En casa, los muchachos están muy cómodos —repuso el hombre, y agregó que el trabajo arduo y las fatigas eran parte de la terapia.

—No golpean a los chicos, ¿no es cierto? —preguntó la madre.

—Aquí sólo recurrimos al tratamiento psicológico.

Los padres de Deng Senshan pagaron 7.000 yuanes (unos 1.000 dólares) por un mes de rehabilitación, y luego vieron cómo llevaban a su hijo a un cuarto que había frente a las canchas de básquet. Los funcionarios del campo les aconsejaron que se fueran. Mientras se dirigían hacia la salida, Zhou Juan no pudo resistir el impulso de mirar por última vez a su hijo. Por una rendija de la puerta del cuarto lo vio sentado en una silla, con la cabeza agachada.

Conforme el número de usuarios de Internet en China se ha disparado de 620.000 a 420millones durante los últimos 13 años, los jóvenes chinos se han acostumbrado a las herramientas de la era digital. En clubes de Internet del tamaño de un hangar y que están abiertos las 24 horas del día, cientos de adolescentes pasan horas frente a monitores de computadora. Tan sólo el sitio de mensajes instantáneos y red social qq.com tiene más de 568millones de cuentas activas. Un creciente suministro de programas furtivos ayuda a los usuarios a eludir los programas restrictivos (firewall) que el Estado utiliza para bloquear el acceso a YouTube y Twitter.

Los padres siempre se han preocupado por el pernicioso impacto de la cultura juvenil, ya sea que provenga de las revistas de historietas, del rock o de los videojuegos. Pero en la sociedad rígida y ultra competitiva de China, el auge de Internet representa algo más que un problema de disciplina. Se lo considera una amenaza existencial, lo que en parte explica por qué se ha vuelto una obsesión nacional “rehabilitar” a los chicos de una supuesta adicción a Internet.

El pánico cundió con las historias de horror publicadas desde 2002 por la prensa oficial. Un incendio en un cibercafé sin licencia causó la muerte de 24 personas; dos muchachos de Chongqing, exhaustos luego de dos días de jugar on line, se desmayaron en las vías del ferrocarril y fueron atropellados por un tren; un adolescente de Qingyuan mató a su padre porque lo había retado por navegar muchas horas en la Red, y un chico de 13 años de Tianjin, luego de una sesión de 36 horas con el juego en línea World of Warcraft, saltó de la azotea del edificio de 24 pisos donde vivía, deseoso, según dijo, de “unirse a los héroes del juego”.

El gobierno chino reaccionó rápida y enérgicamente. Prohibió la entrada a los adolescentes a los cibercafés, suspendió la concesión de permisos para abrir locales nuevos y clausuró miles de establecimientos clandestinos (18.000 en 2004). Pero la medida más notable fue la apertura de campos de entrenamiento.

El Hospital General Militar de Beijing estableció el primero del país en 2004. Fue idea de Tao Ran, un coronel e investigador del Ejército que se había hecho famoso por rehabilitar drogadictos. El campo —que utilizaba una combinación de psicoterapia, entrenamiento físico y fármacos— se ocupaba principalmente de adolescentes y tuvo un éxito enorme.

La retórica en torno a la adicción a Internet se volvió aún más histérica. En 2006, el Comité Central de la Liga de la Juventud Comunista se lamentó abiertamente de la existencia de un “grave problema social” y calificó a los cibercafés de ser “semilleros de delincuencia juvenil y depravación”. Se culpó a la Red de los índices cada vez más elevados de deserción de la escuela secundaria y la universidad, y de la mayoría de los delitos cometidos por jóvenes.

A Tao Ran comenzó a preocuparle que la gente estuviera exagerando en sus reacciones, así que a finales de 2008, con el afán de eliminar la confusión y la incertidumbre, empezó a divulgar lo que, según él, era el perfil distintivo del adicto a Internet: jugar on line por lo menos seis horas al día durante tres meses seguidos, y experimentar una profunda sensación de pérdida emocional—e incluso física— al desconectarse de la Red. También empezó a presionar a su gobierno para que reconociera oficialmente la adicción como un trastorno mental. Sin embargo, se enfrentaba a una fuerza arrolladora. Se calcula que para entonces ya había más de 200 campos de entrenamiento en China.

La familia de Deng Senshan vive en un amplio apartamento de cuatro dormitorios en el condado de Ziyuan, una región de alrededor de 70.000 habitantes situada cerca de la frontera con Vietnam. Deng Senshan empezó a jugar juegos en Internet cuando tenía 11 años. Para este chico apacible, de anteojos y cabello negro peinado en puntas, era un simple entretenimiento en el que podía enfrascarse cuando no estaba nadando o soñando con ser algún día basquetbolista profesional.

Pero todo cambió al cumplir 13 años de edad, cuando se aficionó al World of Warcraft y otros juegos on line para múltiples participantes. Al volver a casa de la escuela, se pasaba horas frente a la computadora. A veces se salteaba las comidas y no dormía. Incluso desaparecía por las noches sin darle explicaciones a nadie. Deng Fei solía encontrarlo en alguno de los 10 o 12 cibercafés de la ciudad.

Deng Senshan subió de peso y sus calificaciones escolares cayeron en picada. Sus padres pasaron la computadora a su dormitorio, le redujeron la cantidad de dinero que le daban para sus gastos y le compraron una cinta caminadora. Nada de esto funcionó. Los esposos discutían con su hijo y se preguntaban si era adicto. Entonces, una noche, Deng Fei vio una publicidad televisiva sobre el Campo de Entrenamiento y Salvación Qihang. Mostraba a una familia sonriente. Las instalaciones parecían adecuadas y seguras, e incluso inspiraban esperanza. El aviso era transmitido por la estación local de la televisión gubernamental. Deng Fei llamó al campo y, sin decirle nada a nadie, reservó un lugar para su hijo.

Luego de dos semanas, Deng Fei metió las valijas en el auto y llevó a su familia a la playa. Sentado en la arena tibia, vio a su hijo nadar en el mar de China Meridional. Cuando el chico fue a auxiliar a una mujer que sacudía los brazos frenéticamente y la arrastró hasta un lugar seguro, su padre se llenó de orgullo. Zhou Juan le sacó una foto a su hijo, en la cual aparece con el cabello mojado, una toalla sobre los hombros y una expresión estoica en la cara redonda: aún no sabía que estaba a punto de ser recluido en el campo cercano. Pero esa noche, en el hotel, sus padres le dieron la noticia.

—Esto te va a ayudar —le aseguró Deng Fei.

El Campo Qihang abrió sus puertas en mayo de 2009, poco antes del comienzo de las vacaciones de verano. Aunque se anunciaba como un programa de psicoterapia, su régimen de tratamiento estaba basado en ejercicios marciales intensivos, que empezaban al amanecer y no terminaban hasta después de la medianoche. A los internos que no lograban correr todas las vueltas o hacer las “lagartijas” que les exigían, los golpeaban. Un niño de 12 años, cuyos padres lo inscribieron allí por jugar mucho con su Game Boy, contó que se pasaba la mayor parte del tiempo concentrándose tan sólo en sobrevivir. “Si alguien que haya estado en ese lugar dice que no estaba asustado, miente”, señaló.

Varios de los compañeros de Deng Senshan posteriormente contarían cómo fue el primer—y único—día de éste en el Campo Qihang. Como todos los recién llegados, el muchacho empezó su estancia con una visita a una “sala de confinamiento” en la planta superior del edificio, donde le ordenaron que se colocara de cara a la pared. Al negarse a hacerlo, los instructores lo golpearon. “Lo oí gritar”, dijo una niña de 13 años, cuya madre la había enviado allí después de que empezó a faltar a la escuela por chatear en línea con sus amigos. “Pero era normal oír gritos”.

Cuando los demás internos fueron enviados a dormir, a eso de las 9 de la noche, a Deng Senshan y a otros tres recién llegados les ordenaron que corrieran alrededor de las canchas de básquet bajo las luces de los reflectores. Deng Senshan corrió unas 30 vueltas antes de tropezar y caerse. Un instructor lo arrastró hasta un asta de bandera y lo golpeó con la pata de una silla, que se partió en pedazos. El muchacho le suplicó que se detuviera, se puso de pie y siguió corriendo. Había dado media vuelta a las canchas cuando se cayó al suelo otra vez.

—¿Ya no quieres correr? —le gritó el hombre al tiempo que se acercaba con un banco de plástico, con el cual le asestó otro golpe.

Deng Senshan se derrumbó en el piso y dejó de moverse. Hubo al menos seis testigos. El chico fue llevado a su cama. Sangraba por la boca, los oídos, los ojos y la nariz. Durante la noche empezó a gritar:

—¡Me están matando!

Los instructores lo dejaron varias horas allí antes de enviarlo al hospital en un auto a las 3 de la mañana. Unas 14 horas después de haber llegado al campo, Deng Senshan fue declarado muerto.

Más de 10 personas fueron detenidas por la muerte del muchacho. Posteriormente se revelaría que el fundador del Campo Qihang —quien decía ser experto en Educación y Psicología— ni siquiera había cursado el colegio secundario.

Unos días después del asesinato, los instructores de otro campo en la provincia de Hubei mataron a golpes a un chico de 14 años. Seis días más tarde, un adolescente terminó en una sala de terapia intensiva después de sufrir lesiones en otro campo. Los informes de la prensa llevaron a la gente a exigir una intervención enérgica por parte del gobierno.

Mientras tanto, las autoridades de Guangxi empezaron a afrontar severas críticas por su papel en la tragedia. El anuncio del Campo Qihang se había transmitido a través de la televisión oficial, y el campo se encontraba en terrenos de una escuela subsidiada por el Estado. El gobierno finalmente indemnizó a Deng Fei y Zhou Juan por la muerte de su hijo, pero los funcionarios rechazaron la exigencia del padre de que le ofrecieran disculpas.

En noviembre de 2009, el ministro de Salud de China estableció las reglas que debían observar los campos de entrenamiento y proscribió el uso del castigo corporal, las “cirugías destructivas” y los encierros forzados. Tao Ran, quien se ha convertido en uno de los principales defensores de una supervisión más estricta, califica esas medidas como un esperanzador “primer paso”.

Hace poco Deng Fei llegó a una conclusión: su hijo no era adicto. “Internet probablemente era su manera de descargar la presión que sentía”, dice, mirándose los pies. “No sabíamos eso entonces”. Su esposa alza la cabeza y señala: “Ni siquiera jugaba tanto”.

Deng Fei y Zhou Juan conservan en su cuarto la computadora de su hijo. Antes de que lo llevaran al campo, Deng Senshan había guardado fotos familiares en su disco duro. Enjugándose las lágrimas, Zhou Juan habla de la computadora no como símbolo de adicción o temor, sino como un álbum de recuerdos que siempre tendrá a la mano, pase lo que pase. Su hijo se lo decía. “Él aseguraba que la computadora era inofensiva”, expresa.







Solo tenia 15 años... ¡Que injusticia!







Bueno hasta llega mi post, espero algo les haya quedado, gracias por leerlo. Un abrazo y que les vaya bien! Adios!.








PD:En Abril de este año, un tribunal de Nanning , de la region autonoma de Guangxi Zhuang, sentenciò a cuatro instructores del Campo Qihang a entre 2 y 10 años de càrcel por su participaciòn en la muerte de Deng Senshan
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