En mi lejana infancia, recuerdo que muchas mujeres utilizaban la cera virgen para lustrar pisos. Algunas imprudentes la mezclaban con nafta o aguarrás y luego la derretían en un recipiente que colocaban en un calentador. Este procedimiento provocó más de un incendio, graves heridas e incluso muertes. De todos modos, eso no disminuyó un ápice el uso del calentador, conocido popularmente como el “Primus”, marca legendaria en esos tiempos.
Llegó a nuestro país en las primeras décadas del siglo XX y cumplió un papel importantísimo en la vida familiar. Incluso el tango lo inmortalizó en aquellas estrofas tan conocidas de “El bulín de la calle Ayacucho”, cuando dice:”el Primus no me fallaba, con su carga de aguardiente; y habiendo agua caliente…etc.”
El calentador Primus se constituyó en un artículo infaltable en todos los hogares porteños. Originario de Suecia, para otros de Noruega, estaba construído en bronce, tenía tres patas de hierro y era alimentado a kerosén. Los había de tres tamaños: pequeño, mediano (el más usado) y grande. Se lo utilizaba en diversas tareas, aunque preferentemente era infaltable en la cocina. Hubo amas de casa que lo adoptaron inmediatamente porque reducía el tiempo de cocción de los alimentos y muchas lo lucían orgullosas después de bruñirlo prolijamente.
En la década del treinta, en el invierno nos reuníamos en la cocina para calentar manos y pies con un brasero alimentado a carbón. Fue todo un acontecimiento la aparición del calentador a presión que también se utilizó como estufa e incluso, para calentar el carbón. No solo se lo usaba como estufa o cocina, también se acostumbraba colocar en una ollita agua y algunas hojas de eucaliptus, con el objeto de aromatizar el ambiente o, en los casos de un resfrío, para inhalar los vapores cubriéndose la cabeza con una toalla.
Un aspecto interesante era el procedimiento de encendido, que muchas veces se convertía en una auténtica proeza. El combustible utilizado para encenderlo era alcohol de quemar que se colocaba en una alcuza con un pico vertedor. El líquido se volcaba procurando no desbordar la canaleta circular que rodeaba el mechero. Antes de consumirse totalment el alcohol, lograda la temperatura adecuada, se bombeaba el kerosén generando en su interior la presión necesaria para impulsarlo por el mechero. Al tomar contacto con las llamas de la canaleta se encendía el artefacto que emitía una llama azulada.
En muchas ocasiones, cuando la temperatura obtenida no era suficiente, al bombear, el kerosén se volatilizaba sin encenderse provocando una humareda descomunal, lo que obligaba a reiniciar todo el proceso. Otro recurso, cuando se carecía de alcohol, era bombearlo en frío provocando la salida del combustible que se encendía mediante un fósforo. Generalmente funcionaba, pero producía una gran humareda impregnando el ambiente de un desagradable olor.
A veces se presentaban inconvenientes cuando se tapaba el mechero debido a impurezas del kerosén. Este es un capítulo aparte, ya que expendedores inescrupulosos solían mezclarlo con agua. En ese caso, se recurría a una pequeña aguja montada en una pieza de metal, que se introducía repetidamente en el mechero hasta lograr destaparlo totalmente. Otro problema generado por la imprudencia, se suscitaba con aquellas personas que en lugar de kerosén y con el propósito de evitar la suciedad y aumentar el poder calórico utilizaban nafta, mezclándola o pura. Las crónicas periodísticas de aquellos años abundaban en casos de quemaduras, incendios e inclusive muertes por ese motivo.
De todos modos no cabe duda del protagonismo que tuvo el Primus. Era común verlo en todos los hogares, ya sea de clase media o pobre. Ubicado sobre una mesa, cajón o banco, llegó a ser el servidor más eficiente dentro de la cocina porteña, ya que cocinaba más rápido que la hornalla a carbón. Además solucionaba los problemas de los habitantes de los conventillos que estaban obligados a dormir y cocinar en un único ambiente.
Cuando caía en desuso se transformaba en un juguete interesante: los chicos lo llenaban de agua y luego bombeaban provocando la salida del agua a presión, huyendo ante los gritos de la madre o de la abuela, desesperadas por el enchastre provocado. Otro destino que se le dió fue el de velador artístico. Hoy es frecuente verlo en las casas de antiguedades. El Primus fue el calentador que nos acompañó en aquellos tiempos en los que no sentíamos nostalgias del Buenos Aires que se fue.
Fuente: “Música, Recuerdos y… algo más”. FM 97.9 Radio Cultura. Emisión Nº 38. 6 Enero de 1999
CALENTADOR PRIMUS - MANUAL DE USO
por Juán José Merayo
(Cuento que obtuvo una "MENCION DE PARTICIPACION" en el "Primer concurso literario" de ATNA/2004)
En los años cincuenta, para dar un punto de referencia, la noble tradición náutica contaba con el siguiente inventario básico termo, mate, yerba, bombilla y si se profesaba otras religiones: azúcar, en fin, casi igual que ahora.
La abismal diferencia con esas épocas remotas, era la dificultad para calentar el agua a bordo.
Crease o no, en la misma proporción que otro flagelo de los cursos de náutica: él mareo, la comentada dificultad térmica hizo cambiar, a los más débiles de espíritu, al yatismo, por disciplinas menos comprometidas como la canasta uruguaya o el metegol.
Igual que en la actualidad que hay veteranos que se niegan tozudamente a encarar el Internet, en aquellas épocas también había aquilatados navegantes que preferían pasar todo un crucero a viandada con biscochitos Canale antes que darle a la bomba del calentador Primus.
Era también la época del tango el bulín de la calle Ayacucho, que en el cual, voces como la de Rivero el tano Marino aseguraban las bondades del producto, el Primus prendía seguro con su carga de aguardiente.
Como las viejas tradiciones: la caza del tatú carreta, podar la parra, etc., que se transmitían de padres a hijos, nunca hubo que yo sepa, un manual de uso para el Primus, por lo que prenderlo se puede encuadrar dentro de las culturas de transmisión oral.
Para que el ritual no se pierda como otros tantos, aquí van sintéticamente los pasos mas importantes.
Para comenzar ponerse cómodo frente a la cocina y averiguar si hay combustible suficiente.
Para esto simplemente tenemos que balancear el equipo junto con el cardan y si hace clich-clich es que hay queroseno en el tanque, Para empezar el proceso, poner alcohol en el recipiente ad hoc, aflojar bien el tomillo para asegurarse que no hubiera nada de presión en el tanque, prender el alcohol y esperar que se caliente el pico gasificador. Cuando el alcohol se empieza a terminar, cerrar el tanque y comenzar darle a la bomba, Si prende correctamente se escucha un sonido a Gloster Meteor en vuelo rasante. Si comienza a largar fogonazos o pequeños chorros de queroseno sin gasificar o todo se prende fuego con una larga llama amarilla que amenaza con quemar los baos de la cabina, es que el pico gasificador no se calentó lo suficiente. Si directamente no pasa nada es porque el pico se tapó.
En todos los casos hay que aflojar el tornillo, sacarle presión al tanque y recomenzar el proceso.
Si el problema es el pico tapado, abrir el cajoncito de los cubiertos y de unas de las divisiones junto con el abrelatas, corchos, piolines, porta espirales, espirales Caracol, repuesto de camisas para el Sol de noche y otros objetos irreconocible e inútiles, encontraremos un limpia pico, que por alguna razón desconocida se llama "aguja". Es un mango de lata de la peor calidad y generalmente con signos inequívocos de oxidación, con un alambrecito de 5 m m de largo en la punta.
En suma una porquería, pero sin embargo insustituible. No existe por más que busque y rebusque por las entrañas de su yate un alambrecito lo suficientemente finito como para que pase por el agujero del pico y lo limpie. Como este es el problema más común en este tipo de calentador tenerlo o no tenerlo significa comer o no comer, por lo que es fundamental tener a mano siempre varias agujas, por si acaso.
Un pico tapado calentando agua para el mate es una alternativa, pero puede transformarse en catástrofe con un '"rizotto" a medio hacer. Ni que hablar si se navegaba con una chica amiga a la cual UD. había convencido ser un sabelotodo. Viene a cuento la infaltable parte de sexo del Primus, para esto tengo que recurrir a Cortazar que decía:
"Los asuntos del amor son como los calentadores Primus, nadie sabe que están ahí hasta que explotan"…
Si el Primus se tapa con mucha asiduidad tal vez la causa sea que el keroseno tiene muchas suciedades por lo que sin duda el propietario no !o filtró antes de cargar o no tuvo la precaución de ponerle alguna naftalina dentro del tanque, en suma un peligroso improvisado que puede condenarnos a comer salamines todo un crucero.
Si este proceso era complicado con el yate fondeado, no quieran imaginar lo que era con el yate escorado ya los tumbos en la mitad de un sudeste entre los palos de Banco Chico.
El Primus y sus prestaciones al igual que los pantalones Oxford, siempre tuvieron sus feroces detractores. Elías Moussache en el "Trampolín" siempre prefirió el calentador con mechero de tela Branmetal... este no calienta tanto pero no falla nunca, sentenciaba el veterano Grumetista del Yacht Club Olivos y era cierto, se prendía fácil pero no se terminaba de apagar nunca. Doy fe, por estar a bordo, que espantosas vaharadas (*) a combustible quemado invadieron la cabina del grumete "Trampolín" durante todo un crucero al Buceo.
[(*) - Subculturas Rioplatenses convirtieron el vocablo de origen arábigo en: "... viejo, que baranda imbancable..."]
Además, para hervir el caldito de una humilde sopa de dedalitos había que esperar una eternidad.
Existían en esas épocas yates más desarrollados entre los que conozco el "NIKE", que supieron tener cocinas a alcohol importadas de USA. Había que darle bomba igual que los de queroseno pero como se apagaban con agua los gringos decían que eran más seguras.
En realidad largaba una llama blanca que casi no se veía si la cocina estaba prendida o apagada.
En una regata Punta-Buenos Aires del '68, frente a la Isla de Flores refrescó y se puso de proa. Sacábamos y poníamos velas a toda velocidad, sin darse cuenta Barón Farré tiró el spinnaker dentro de la cabina en la cual había prendida una de estas maravillas yankees a alcohol. El noble globo Hood, lo mejor de esa época, quedó pegoteado como un tostado mixto.
Las dos tecnologías de punta de la cocina náutica de esa época eran sin duda el "Primus" y la "Marmicoc".
Por experiencia puedo afirmar que la alta tecnología en ollas de los cincuenta tenía su pro y su contra. Su resultado en la práctica de crucero la podría clasificar de irregular, porque la perspectiva de un atractivo almuerzo podía transformarse en papillas y gazpachos, que reconozco comestibles, pero de ingredientes y gustos irreconocibles.
La tradicional cocina 'fa ojo" revolviendo y probando no funcionaban con la "Marmicoc", había que hacerlo todo como un ingeniero alemán, con Manual y reloj.
Atento a la publicidad de Doña Petrona C. De Gandulfo que decía:
"La olla que cocina sola…",
el artilugio pasó a formar parte de muchos inventarios de a bordo.
El notable navegante Hernán Álvarez Forn "Hormiga Negra" en un crucero a la barra de Santa Lucía prendió el Primus y puso a calentar un guiso de lentejas estrenando su nueva olla a presión... que cocina sola. Timoneando y concentrado en zafar Punta Artilleros bajo la luna llena, el tiempo se transformó en algo irreal. De improviso un bufido similar a las puertas de un subte al abrirse salió de adentro de la cabina. Cuando entró, el espectáculo era propio el infierno del Dante, una niebla de guiso impenetrable lo invadía todo. La válvula de seguridad había fallado, sopleteando prolijamente a través del pico las lentejas en el techo de la carroza. Ni el removedor, ni lijas, ni los ácidos más potentes pudieron sacar totalmente las lentejas del techo, que quedaron formando caprichosos dibujos que afortunadamente se asemejaban a los bisontes de la cueva de Altamira.
Algunos estudiosos de la época, como mi suegro Marcelo Gianelli, aportando experiencias de cientos de cruceros a San Juan (ROU), pretendió incluir en la exclusiva lista al sifón "Drago", pero no fue escuchado. La crítica más común era el tamaño de las burbujas, eran muy pequeñas, no era soda de verdad, parecía Alka Selzer.
Evitar el paso del tiempo y el bajón de la segunda parte de los tangos donde la novia se va, el barrio cambia, los guapos no lo son más y lo único inalterable es la vieja. Es como mear a barlovento. Confirmando la regla "El bulín de la calle Ayacucho”, remata con... en el "Primus" no bulle la pava.
A pesar del tiempo y los tangos decadentes hoy, después de cada navegada, de puro porfiado prendo mi "Primus", que no falla" y me tomo unos mates mientras "lunfardeo" con el Polaco “unpluged”.
Si lo de los ingleses es el "five O’clock tea" y lo de los chinos es ceremonia milenaria, porque carajo lo mío tiene que ser un vulgar viejazo. Por favor, dejame de joder.
Cita del autor:
Si tienen un "Primus"' veterano de 1.000 cruceros, úselo, guárdelo para mejor ocasión o arrójelo en la parte profunda del río Uruguay cerca de la isla Juncal, pero por favor no lo humille transformándolo en lámpara u otra bazofia de decoración del living.
El Primus en el Tango
La picardia del tango prostibulario
Un Nacional: Bram Metal