InicioParanormalLa Capilla Del Mal
Una fría mañana de otoño, Rosa Faílde, directora del colegio María Dapía de Medeiros (provincia de Ourense), se hallaba en su despacho, realizando las tareas propias de su cargo, cuando recibió una visita inesperada.

Rosa era una mujer de mediana edad, viuda y madre de una hija adolescente llamada Sara. Desde hacía algunos meses mantenía una relación sentimental con Roberto Núñez, jefe de la policía local de Medeiros, y, en general, llevaba una vida bastante apacible.
Pero aquella mañana la paz de su vida estaba a punto de desmoronarse bruscamente. Todo empezó cuando un muchacho rubio y pálido, al cual ella no conocía de nada, llamó a la puerta de su despacho y le pidió permiso para hablar con ella de un asunto que, aparentemente, le interesaba bastante. El desconocido aparentaba unos veinte años y era un joven bastante atractivo, de voz dulce y expresión amable. Sin embargo, presentaba un aspecto algo desaliñado, así como un rostro bastante macilento, propio de quien no goza de buena salud o se halla atormentado por una desgracia aún reciente. Hablaba con mucha educación y adornaba sus pálidas facciones con una sonrisa un tanto forzada, pero se le notaba tenso, o al menos un tanto inseguro. Se sentó junto a la mesa del despacho, atendiendo a un gesto de Rosa, y se presentó así, respondiendo a la muda interrogación que le dirigían los ojos de la directora:

-Buenos días, me llamo Rui Fernández y soy estudiante de Periodismo en la USC. Debo rogarle que me disculpe por esta interrupción tan brusca, pero el caso es que estoy haciendo un trabajo de investigación para la universidad. Se trata de un estudio sobre los principales casos criminales sin resolver que se han cometido en esta comarca. Y lo cierto es que me interesaría muchísimo localizar a cierta persona, a la cual creo que usted conoce. Me refiero a una ex profesora de este centro, llamada Helena Vázquez Barreira.

Aunque Helena ya no trabajaba en Medeiros desde hacía bastantes años, Rosa la recordaba bastante bien y, de hecho, aún mantenía contacto con ella de forma esporádica. El suyo había sido un caso bastante dramático: apenas se había incorporado a su puesto de trabajo en aquel colegio cuando fue víctima de una brutal violación en uno de los bosques próximos al pueblo. Como resultado de aquella agresión sexual, cuyo responsable nunca llegaría a ser identificado, Helena fue madre de una niña y poco después abandonó Medeiros, para ocupar una plaza definitiva en el colegio de una villa cercana llamada Pazos. Aparentemente, aquel joven quería entrevistarse con ella para completar su estudio y para ello necesitaba saber su dirección, pero a Rosa aquella historia no le parecía demasiado verosímil. Además, probablemente a Helena no le agradaría que nadie, y mucho menos un extraño, fuera a su casa para hacerle recordar aquellos hechos tan terribles para ella, por lo cual Rosa se negó a proporcionarle al joven Rui la información que este la había solicitado. Pero Rui no dio su brazo a torcer e insistió en su petición, sin perder las buenas formas, pero mostrando un afán que a Rosa le pareció extraño, e incluso vagamente turbador:

-Por favor, dígame su dirección, o al menos cuál es actualmente su centro de destino. Le aseguro que no pretendo causarle ninguna molestia a esa mujer, es más, creo que hasta puedo ayu…
Entonces Rui se interrumpió y la ya intensa palidez de sus facciones se acentuó hasta adquirir una intensidad realmente inquietante. Casualmente, la inquieta mirada del joven se había posado sobre la pantalla del ordenador que Rosa tenía sobre su mesa de trabajo. En aquella pantalla se veía una foto que se había hecho con su hija el verano anterior, durante una visita a la playa viguesa de Samil. Allí aparecían las dos sentadas sobre la arena, luciendo bikini y mirando sonrientes a la cámara. Tras contemplar durante un instante aquella foto en silencio, Rui se dirigió a Rosa y esta vez no pretendió disimular su ansiedad, que cada vez parecía mayor:

-Esa chica de la foto… ¿es hija suya o usted la conoce de algo? ¿Podría… ponerme en contacto con ella lo antes posible? Resulta difícil de explicar, pero se trata de algo… muy importante.
Rosa, que cada vez desconfiaba más de aquel enigmático muchacho, decidió que aquello ya había durado más de la cuenta. Le dijo, en un tono cortante que no admitía réplica:

-Ya está bien, yo a usted no lo conozco de nada y no sé -ni quiero saber- qué pretende de nosotras. Le ruego que abandone ahora mismo este despacho y este colegio si no quiere que llame inmediatamente al conserje para que le muestre el camino de salida. Y como se le ocurra molestarnos a mi hija o a mí, le aseguro que llamaré a la policía. ¡Váyase y déjenos en paz!
Rui no replicó nada, simplemente dirigió una mirada hostil a la directora y abandonó el despacho sin volver la cabeza ni decir palabra. Sin embargo, cuando ya se hallaba en el pasillo murmuró estas palabras para sí mismo:

-No, amiga, por supuesto que no te voy a dejar en paz… ni tampoco a tu hija.

La desconfianza de Rosa no era del todo inmotivada, pues en los últimos años más de una niña de la edad de su hija había desaparecido de la comarca sin dejar rastro. Para colmo, Sara era una chica muy guapa y poco recelosa en su trato con los desconocidos, de modo que podría llegar a ser una presa sumamente deseable para cualquier desaprensivo que anduviese cerca de ella.
Aquel día, a la hora de comer, Rosa no le habló a su hija de la visita que había recibido pocas horas antes, pero sí le recalcó que no le gustaba que anduviera sola por sitios poco transitados y le pidió que no saliera de casa después del anochecer si no iba acompañada o no era estrictamente necesario. Además, le pidió que la avisara si veía por el barrio a un joven rubio de rostro pálido, añadiendo falsamente que la policía la había advertido contra un individuo de tales características. Sara no se tomó muy en serio las recomendaciones de su madre, pero le prometió seguirlas a rajatabla, aunque lo cierto es que media hora después ya las había olvidado. De hecho, aquella tarde, mientras paseaba por las calles del pueblo con sus amigas, se topó en un par de ocasiones con un muchacho desconocido que respondía a la descripción hecha por su madre, pero ni le prestó demasiada atención ni se acordó de decirle nada a Rosa.

Un par de días después, Sara se hallaba sola en casa, intentando escuchar un CD de música pop. Digo “intentando” porque en la calle había un perro que no dejaba de aullar como un condenado, haciendo tanto ruido que no sólo estaba consiguiendo perturbar la audición de la música, sino también acabar con la paciencia de Sara. Esta, generalmente, era una chica de buen carácter y bastante amiga de los animales, pero aquello ya era demasiado. Tan pesados se le hicieron los aullidos que, sintiéndose verdaderamente fastidiada, apagó con rabia la cadena musical, mientras murmuraba:

-¡Ya estarás contento, colega! ¡A ver si alguien te echa un hueso para que te atragantes y te calles de una vez!

Quizás fue la idea del hueso la que le recordó que era la hora de merendar, por lo que bajó a la planta inferior, donde se hallaba la cocina, con el fin de hacerse un bocadillo de queso. Apenas hubo entrado en la cocina cuando un hombre encapuchado, que estaba esperándola escondido tras la puerta, se abalanzó sobre ella, agarrándole el hombro derecho con una mano, mientras con la otra mano le tapaba la boca, amordazándola y convirtiendo lo que pretendía ser un grito de terror en un pobre gemido. Tras inmovilizarla, el intruso le dijo al oído, en voz baja y con un acento extranjero demasiado cantoso como para no ser fingido:

-SSS, calladita, guapa, que vas a venir conmigo como una niña buena, ¿vale?

Mientras le susurraba esto, el hombre empezó a arrastrar a Sara hacia la puerta trasera de la casa, que daba a un descampado por donde no solía pasar nadie a aquellas horas. El hombre, aunque no era grueso, debía de ser bastante fuerte, pues Sara no podía resistirse. Sin embargo, la muchacha, que practicaba gimnasia rítmica desde pequeña, decidió confiar en su agilidad para zafarse de su presa. Mediante un movimiento muy habilidoso, y aprovechando que el intruso había aflojado algo la presión de sus manos mientras apartaba la puerta con el codo, Sara consiguió soltarse y se refugió rápidamente en un cuarto oscuro, cuya puerta cerró por dentro para que él no pudiera abrirla fácilmente. El encapuchado, furioso, arremetió varias veces contra la puerta, que, si bien se estremeció ante la violencia de sus acometidas, resistió bastante bien. Sara, sin embargo, estaba muy asustada y, para colmo, se había dejado el móvil en su cuarto, de modo que carecía de medios para pedir auxilio, pues seguramente nadie escucharía sus gritos desde allí. Y la puerta no resistiría mucho más… Pero entonces se produjo una afortunada casualidad. El encapuchado pudo ver, desde una de las ventanas de la cocina, cómo un coche de la policía local se detenía en la calle cercana y cómo descendían de él dos agentes armados. Temiendo que alguien hubiera denunciado la presencia de un individuo sospechoso en el barrio y que los policías hubieran oído los golpes, el hombre decidió abandonar la casa. Salió rápidamente por la puerta trasera, sin dejar tras él más recuerdo de su intrusión que el susto de Sara, la cual, ignorando que él se había marchado y que había dos policías cerca, permaneció escondida en el cuarto, llorando y temblando de puro miedo, hasta que su madre volvió a casa media hora después.

Rosa se llevó una desagradable sorpresa al encontrar a su hija en semejante estado y, tras muchas palabras de consuelo y más de una taza de tila, le pidió que volviera a su cuarto y procurase calmarse, asegurándole cariñosamente que ella no volvería a dejarla sola hasta que el intruso estuviera entre rejas. Luego, la preocupada madre llamó a Roberto, que no tardó en aparecer, acompañado por un par de sus hombres y otros tantos agentes de la Guardia Civil. Pero Sara no había visto el rostro de su agresor, y además estaba demasiado nerviosa para recordar los hechos con claridad, por lo cual no pudo aportar demasiados datos en su declaración. Sin embargo, Rosa estaba segura de que el intruso había sido el mismo joven extraño que la había abordado días antes en su despacho. En efecto, eso fue lo que les dijo a los policías, los cuales, por su parte, no tardaron en expresarle un cauteloso acuerdo con sus conjeturas. Roberto le preguntó:

-¿Y cómo dijiste que se llamaba ese chico?

-Rui Fernández. Pero creo recordar que titubeó antes de decirme su apellido, por lo que creo que estaba mintiendo.

-Sin duda. Si yo quisiera improvisar un apellido falso, supongo que también emplearía uno de los más comunes: Fernández, García, González, etc. ¿Y te dijo de dónde era?

-No, pero estoy segura de que no era de por aquí, creo conocer bien a la gente de esta comarca. Dijo algo de estar estudiando en Santiago, pero supongo que en eso también habrá mentido. En todo caso, su acento era gallego. Sara afirma que el intruso tenía acento extranjero, algo así como rumano, pero eso es fácil de fingir, ¿no crees?

-En efecto, y de hecho muchos lo hacen para echarles el muerto de sus tropelías a los pobres inmigrantes. Además, hay otra cosa: el móvil de la intrusión no era el robo, sino el rapto, pues está claro que no intentó coger ningún objeto de valor. Todo apunta a un violador compulsivo, especializado en las menores y que vigila bien a sus víctimas antes de actuar. Parece, por lo demás, un hombre hábil: forzó la puerta trasera sin problemas y nadie lo ha visto por los alrededores. Dentro de lo malo, fue una suerte que cometiera la torpeza de hablar contigo el otro día, pues, de no ser por eso, no tendríamos ni siquiera su descripción. ¿Y crees que podría ser la misma persona que violó a Helena Vázquez? Tengo entendido que nunca llegaron a identificarlo.

-Eso es imposible. Lo de Helena pasó hace más de quince años y ese tal Rui no tendrá más de veinte. Claro que quizás estaba pensando en imitar al que lo hizo, a lo mejor para demostrar que él también es capaz de agredir impunemente a una chica. He leído que a algunos psicópatas les gusta imitarse los unos a los otros.

-No sé, quizás sea cierto. Pero por ahora lo más importante es atraparlo antes de que vuelva a las andadas. Creo que pronto lo capturaremos, si no lo hacen antes los compañeros de la Guardia Civil o de la Policía Nacional. Pero mientras tanto sería conveniente que tu hija estuviera sola el menor tiempo posible, tanto dentro de casa como en la calle. Nosotros podemos aumentar la vigilancia en este sector, pero me temo que ahora mismo carecemos de medios para mantener una patrulla permanente, así que te pido, por el bien de Sara, que de ahora en adelante seáis muy cautelosas.

-¡Por supuesto que tendremos mucho cuidado, de eso puedes estar seguro! Por cierto, una pregunta: cuando yo llegué al barrio, ya había por aquí varios agentes de policía, pero Sara no los había llamado. ¿Estaban aquí porque alguien había visto por aquí a un individuo sospechoso? En tal caso, quizás tengamos un testimonio más contra ese Rui.

-No, Rosa, mis hombres estaban aquí porque un vecino había denunciado la presencia en estas calles de un perro de gran tamaño, que parecía salvaje y, por tanto, peligroso. El animal, por cierto, no fue localizado, aunque supongo que ahora mismo esa no es una preocupación prioritaria. Es más, podría añadir que ese perro le ha hecho un involuntario favor a tu hija, pues, de no haber sido por él, mis hombres no habrían pasado por aquí, espantando al intruso y salvando a Sara de ese individuo. Ha sido, realmente, una afortunada casualidad.

-Puede ser. Pero, de todas formas, no me gusta que la seguridad de mi hija dependa de simples casualidades.

Pasó una semana entera sin novedades importantes. Sara ya se sentía bastante recuperada del susto y, tras varios días de encierro, empezó a salir de casa, aunque siempre con la compañía de su madre o de sus amigas del instituto. La policía no había encontrado al individuo rubio que se hacía llamar Rui Fernández y que seguía siendo el principal sospechoso del intento de rapto. Al parecer, había abandonado la zona y la principal hipótesis era que se hallara en la villa de Pazos o en sus alrededores, en busca de una nueva víctima, por lo que se alertó a las fuerzas de seguridad de los ayuntamientos cercanos para que extremaran las precauciones. Con todo, y pese a que no resultaba nada tranquilizador que aquel individuo fuera tan escurridizo, Sara se sentía bastante segura. Su madre había hecho reforzar todas las cerraduras de la casa, los coches de policía estaban pasando por su barrio cada dos por tres y ella misma nunca se apartaba de su móvil, ni siquiera para ir al baño.

Resulta que sobre la cumbre de un monte próximo a Medeiros se alzaban las ruinas de un castillo medieval. Aquellas ruinas tenían su leyenda negra y quizás por eso no recibían demasiadas visitas, aunque también influía bastante el hecho de que se hallaran en un lugar agreste y de difícil acceso. Decía la leyenda que en otros tiempos se habían celebrado ritos diabólicos en aquel castillo y que sobre sus restos aún gravitaba el peso, invisible pero oneroso, de una vieja maldición. Siempre según la tradición, en el siglo XIV vivía allí un señor feudal llamado Don Denís, que un día, hallándose gravemente enfermo, hizo un voto al Cielo a cambio de su salud. Según dicho voto, Don Denís habría de consagrar en su castillo una capilla a cada uno de los ángeles cuyo nombre es mencionado en la Biblia. Efectivamente, Don Denís se curó de una forma aparentemente milagrosa y no tardó en remodelar la planta inferior del castillo para cumplir su voto.

Así pues, mandó reformar tres cuartos para convertirlos en sendas capillas, dedicadas a los ángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael, que se inauguraron con suma solemnidad y fueron consagradas por el mismísimo obispo de la diócesis. Sin embargo, durante la noche inmediatamente posterior a la consagración de las tres capillas, el asustado Don Denís recibió en su alcoba una desagradable visita, que le hizo saber que aún no había cumplido del todo su voto, puesto que se había olvidado precisamente del ángel cuyo nombre es mencionado más veces en la Escritura: es decir, Satán, el Ángel Caído. Presa del terror, Don Denís le prometió a las fuerzas del Averno que no tardaría en reparar su error y, en efecto, mandó construir una cuarta capilla, que dedicó al Príncipe de las Tinieblas, aunque, por supuesto, guardó ese dato en absoluto secreto. Como no podía pedirle a ningún miembro del clero que consagrara una capilla semejante, él mismo, convirtiendo su miedo en crueldad, consagró aquella capilla sacrílega con la sangre de una doncella, a la que raptó y sacrificó con sus propias manos durante las horas más oscuras de la noche. Años después, Don Denís, temiendo que aquel pecado le costara la condenación eterna, lo confesó todo en su lecho de muerte y legó todos sus bienes a la diócesis para que el obispo dispusiera de ellos según su buen criterio. Como consecuencia de ello, el obispo mandó arrasar todo el castillo, pues, ignorando el emplazamiento exacto de la capilla diabólica (Don Denís se había llevado ese dato a al tumba), no vio otra manera de impedir que nadie volviera a entrar en ella. Los historiadores “serios” no daban mucho crédito a la leyenda e insistían, citando documentos de la época, en que la destrucción del castillo no se había debido al celo religioso de ningún obispo, sino a la acción de los Reyes Católicos, que durante las guerras civiles del siglo XV habían mandado arrasar muchas propiedades de la nobleza gallega. Sin embargo, no habían sido capaces de acallar la voz de la tradición, que seguía viendo en aquellos pobres vestigios el habitáculo del Mal.

El caso era que Sara tenía que hacer un trabajo sobre alguna de las reliquias arqueológicas de la comarca para sacar buena nota en Historia… y había pensado en hacerlo precisamente sobre el castillo, puesto que nadie más de la clase se había acordado de él y a ella le interesaba que su trabajo no se pareciera a los de sus compañeros, para que así su profesor se lo valorara más. A su madre no le hacía ninguna gracia la idea, aunque no porque a ella le preocuparan las supersticiones de la comarca, sino porque aquel era un lugar salvaje y poco frecuentado, donde nadie podría ayudarlas si alguien las atacaba. Pero Sara insistió mucho, recordándole que no se había sabido nada del tal Rui en la última semana y deduciendo de ella que aquel inquietante joven ya se hallaría lejos del pueblo. Y, aunque no fuera ese el caso, ¿cómo iba a saber que ellas iban a ir al castillo para estar esperándolas allí? Sara, desde luego, no le había dicho a nadie, ni siquiera a sus mejores amigas, una sola palabra sobre sus proyectos. Por su parte, Rosa, aunque acabó dando su brazo a torcer, tampoco quiso hablar con nadie del tema, por miedo a que sus palabras pudieran acabar llegando a oídos indeseables. Sólo le contó algo a Roberto, más que nada para preguntarle si sería seguro para ellas visitar el castillo el sábado por la tarde, que era cuando mejor les venía. Roberto vaciló durante unos segundos y luego dijo:

-Yo creo que no tendréis ningún problema, pues todo parece indicar que ese tal Rui -o como quiera que se llame el hombre que atacó a Sara- ya ha abandonado la región. De todos modos, no os olvidéis de llevar los móviles y tampoco dudéis en llamarme si sucede algo extraño. Yo, lamentándolo mucho, no podré acompañaros, porque tengo bastante trabajo ese día, pero estaré atento al teléfono y acudiré lo antes posible si hace falta. Yo conozco bastante bien el monte (de pequeño iba a pescar con mi padre a un torrente que discurre por la ladera) y no tendré problemas para localizaros.

Tranquilizada por las palabras de su novio, Rosa se olvidó de sus aprensiones y el sábado 2 de noviembre, poco después de comer, cogió el coche para llevar a su hija al monte del castillo. Tenían que aprovechar el tiempo, puesto que las tardes de otoño son breves y no les convenía que la noche las sorprendiera en aquel sitio, por lo que apenas hicieron preparativos, limitándose a coger sus móviles, una cámara de fotos y una libreta para tomar notas. Tomaron primero una carretera comarcal que las llevó a la falda del monte y luego una pista de tierra que llegaba hasta la mitad de la ladera occidental. Luego siguieron a pie por un sendero bastante estrecho, que discurría entre los sombríos pinares y los espesos matorrales que bordeaban la cumbre. Caminaban tranquilas y sonrientes, hablando de temas ordinarios y bastante ajenas al entorno agreste que las rodeaba. Como, aunque en aquellos momentos no llovía, aquel era un día muy frío y desapacible, no había más paseantes por los alrededores. Sin embargo, la soledad del lugar apenas las inquietó, una vez que hubieron comprobado que sus móviles estaban bien de cobertura. Tras algunos minutos de caminata alcanzaron la cumbre, donde se levantaban los escasos vestigios que quedaban del otrora imponente castillo de Don Denís, abandonados por todos salvo por las bandadas de grajos que anidaban en sus grietas. Para ahorrar tiempo, pues aunque aún era temprano el cielo ya estaba bastante oscuro, decidieron separarse, de modo que Rosa haría fotos del interior del castillo con su cámara digital, mientras que Sara se quedaría en la entrada, tomando las notas que le parecieran oportunas. A Rosa no le gustaba dejar sola a su hija, pero tampoco le habría gustado que ella penetrase en los fríos y tenebrosos recovecos del castillo, donde podría fácilmente tropezar o coger un catarro (ella era muy propensa a los resfriados), así que aceptó aquella distribución de las tareas. A fin de cuentas, estarían bastante cerca la una de la otra en todo momento y podrían avisarse fácilmente si pasaba algo. Entonces se separaron, Rosa penetró cuidadosamente en el interior de las ruinas y Sara se subió a una roca bastante alta, desde donde tenía una buena perspectiva del castillo. Ella era una buena dibujante y se le había ocurrido que sería buena idea acompañar el texto del trabajo con una ilustración escaneada.

Apenas había empezado a hacer el boceto del dibujo cuando el mismo encapuchado que la había agredido días antes en su casa emergió súbitamente de unos arbustos que había a sus espaldas, se abalanzó sobre ella como un tigre hambriento y la agarró con más fuerza aún que la otra vez, al mismo tiempo que le cubría la parte inferior del rostro con un paño húmedo. Sara, sorprendida por el inesperado ataque y presa de un terror paralizante, no tuvo tiempo de reaccionar, ni siquiera de gritar, pero sí comprendió que aspirar los vapores que desprendía aquel paño significaría caer en la inconsciencia. Así pues, mediante un encomiable ejercicio de autodominio, contuvo la respiración y fingió que se desmayaba, con la esperanza de engañar a su enemigo. El encapuchado, sin embargo, no debía de estar muy convencido de su aparente desmayo, pues no sólo siguió agarrándola con fuerza, impidiendo que su cuerpo cayera al suelo, sino que mantuvo el paño sobre su rostro. Sara sintió que palidecía y que su cuerpo pedía a gritos aire, empezó a marearse de verdad y su fuerza de voluntad comenzó a flaquear. Un segundo más y tendría que aspirar el narcótico o perder, de todos modos, la conciencia, por falta de oxígeno en el cerebro. Pero de nuevo sucedió algo que su agresor no había previsto.

El cercano e inconfundible aullido de un lobo rasgó el silencio de la cumbre, espantando a los grajos que dormitaban sobre los escombros del castillo y fundiéndose con la fresca brisa de las alturas para helar la sangre del encapuchado. No era del todo extraño que hubiera lobos por aquellos parajes abruptos y solitarios, pero aquel aullido tenía una nota especial, casi sobrenatural, que lo hacía especialmente siniestro, y más aún en aquel entorno tradicionalmente consagrado a las fuerzas del Mal. Asustado a su pesar, el hombre aflojó involuntariamente su presa, dejando libre a Sara, la cual reaccionó con una valentía de la cual nunca se hubiera creído capaz. Allí no había ningún cuarto donde refugiarse, así que, en vez de huir, le propinó al desconocido un codazo en la boca del estómago, dejándolo doblado de dolor y escupiendo insultos contra ella (esta vez no se molestó en fingir acento rumano). Precisamente Sara aprovechó que el hombre había abierto la boca (única parte de su rostro, junto con los ojos, que no la cubría la capucha) para coger el paño húmedo y embutírselo entre los dientes, con la esperanza de que la droga le hiciera perder el sentido. No sucedió eso, pero el sabor amargo del narcótico le produjo fuertes arcadas y el encapuchado pasó los siguientes minutos en el suelo, vomitando e incapaz de levantarse. Sara no desperdició aquella oportunidad para alejarse de él a toda prisa, mientras llamaba a gritos a su madre.

Esta apareció pálida de terror y no necesitó demasiadas explicaciones para comprender lo que había sucedido. Hasta entonces no se había enterado de nada, pues había pasado un buen rato atendiendo la inoportuna llamada de uno de los hombres de Roberto, que quería preguntarles si todo iba bien, siguiendo las instrucciones de su jefe (este, según las explicaciones del agente, no había podido llamarlas en persona por hallarse ocupado “en un asunto especialmente importante”). Ignorando que en aquellos mismos momentos su hija estaba en manos de su enemigo, Rosa se había limitado a asegurarle que todo iba bien, deseosa de cortar cuanto antes la comunicación para centrarse en las fotos, pero el bueno del guardia no daba colgado (siempre según sus propias palabras, Roberto le había ordenado que le hiciera a Rosa un montón de preguntas, mucha de las cuales aparentemente no venían demasiado a cuento).

Rosa y Sara bajaron corriendo por el sendero que los llevaría primero al coche y luego a la salvación, mientras el encapuchado seguía mareado en el suelo. Llegaron pronto al vehículo, pero se quedaron lívidas de miedo al ver que las cuatro ruedas habían sido pinchadas. Sara dijo:

-¡Mamá, no llegaremos a ningún sitio en ese coche, tenemos que llamar ya a la policía!

-Rosa titubeó durante unos segundos y dijo a su vez, con la voz trémula por la angustia:

-Sí, pero aquí no, estamos demasiado cerca del castillo y él podría venir por nosotras en cualquier momento, supondrá que hemos venido aquí… Bajaremos por la pista hasta la carretera y llamaremos desde allí, ¿vale, cariño? Ahora corre conmigo y no mires atrás en ningún momento.

Madre e hija reiniciaron su huida, esta vez con mayor rapidez, pues la pista, aunque empinada y llena de baches, era bastante más ancha que el sendero y les permitía correr con más soltura. Sin embargo, mucho antes de haber alcanzado la carretera vieron que alguien les cortaba el paso. Ya no llevaba la capucha puesta (se la habría quitado quizás para respirar mejor, por culpa de las arcadas), pero su aspecto no dejaba lugar a dudas.

Se trataba de un muchacho de unos veinte años, más bien alto y muy delgado, de pelo castaño tirando a rubio y aspecto inquietante: sin duda el mismo individuo, supuestamente llamado Rui, que había abordado a Rosa en su despacho y que Sara había visto cerca de ella antes de sufrir el primer ataque. Seguramente conocía algún atajo que le había permitido adelantarlas sin que ellas se dieran cuenta, y en aquel momento no sólo les impedía llegar a la carretera, sino que se estaba dirigiendo hacia ellos, con pasos lentos pero seguros, propios de un predador seguro de sí mismo, que ve a sus presas indefensas y sin posible escapatoria. Con todo, las presas no iban a rendirse tan fácilmente. Rosa fue la primera en reaccionar. Agarró fuertemente la mano de Sara y se la llevó consigo por un sendero lateral, casi impracticable a causa de los helechos y tojos que amenazaban con borrarlo definitivamente del mapa, mientras le decía entre jadeos:

-¡Vayamos por aquí! Roberto me dijo que lo cogiéramos si nos cortaban el paso… creo que nos llevará a una aldea… donde estaremos seguros. Y entonces llamaremos a la policía y todo habrá terminado. ¡Pero ahora corre todo lo que puedas, Sara, por el amor de Dios!

Sara, al igual que su madre, confiaba bastante en el criterio de Roberto, quien ciertamente debía de conocer aquella zona mucho mejor que ellas.

Una vez más, madre e hija huyeron a toda prisa a través de la espesura, dejando atrás a su extraño perseguidor. Durante un buen rato corrieron sin descanso, chapoteando en los lodazales y dando peligrosos traspiés sobre las rocas cubiertas de musgo, no sin riesgo de despeñarse mortalmente por las pendientes que bordeaban aquel estrecho sendero. Sólo pensaban en esquivar a su enemigo y en llegar cuanto antes a un lugar habitado, por lo que apenas les prestaban atención a las ramas que les azotaban el rostro y a las espinas que les rasgaban la ropa. Pese a la fuerza que les daba el miedo, ya se sentían casi agotadas cuando advirtieron que la vegetación empezaba a ralear y el camino a ensancharse. Incluso les pareció ver entre los árboles los muros de un edificio, por lo que pensaron que ya habían llegado a la aldea de la que les había hablado Roberto. Pero resulta que allí no había ninguna aldea, sino el mismo castillo que habían dejado atrás hacía tanto tiempo, y que, desdibujado por la penumbra del atardecer, parecía aún más siniestro que antes. Sara se sintió realmente espantada al verlo:

-¿Pero cómo hemos vuelto aquí? ¡Hemos vuelto al punto de partida!

Rosa se había quedado de piedra, tan confusa y asustada como su hija.

-Yo… estoy segura de que hemos hecho lo que Roberto nos había aconsejado. Pero tranquila, lo importante es que lo hemos dejado atrás. Ahora llamaremos desde aquí y pronto vendrá la Guardia Civil.

Sara, que no estaba nada tranquila (como tampoco lo estaba su madre) dijo:

-Pues tenemos que llamar ahora mismo. Piensa que si él se nos adelantó antes, es posible que también ahora…

No pudo terminar la última frase. Alguien le puso de nuevo un paño húmedo sobre el rostro y esta vez, hallándose totalmente desprevenida, no pudo contener la respiración. Un profundo mareo invadió rápidamente su cuerpo y su mente se disolvió en las tinieblas de la inconsciencia.

Los efectos de la droga fueron fulminantes, pero se disiparon pronto, pues aún no había anochecido del todo cuando Sara recuperó la conciencia. Pero su situación era terrible. Se hallaba entre las ruinas del castillo, tumbada boca arriba sobre el suelo, atada de pies y manos, amordazada por una tira de cinta adhesiva y totalmente indefensa. Y su madre estaba exactamente igual que ella, con la única diferencia que su agresor no había necesitado drogarla para reducirla, por lo que, mientras que Sara aún se sentía más confusa que asustada, Rosa llevaba un buen rato sumida en las más negras profundidades del terror humano. Pero lo que más las horrorizó a ambas fue reconocer a su raptor. Este se había quitado la capucha y las estaba contemplando, con ojos crueles y una sonrisa sarcástica en la boca. No era otro que Roberto quien en aquellos momentos se estaba solazando sádicamente en el doble espectáculo de su indefensión y de su miedo. Aún llevaba en la mano derecha la capucha que acababa de quitarse, la misma que había llevado puesta para realizar sus agresiones y que, en tales circunstancias, ya no le resultaba útil. Había sido él, y no el tal Rui, el hombre que había intentado (y finalmente conseguido) raptar a Sara, valiéndose para ello de la confianza que tanto esta como su madre habían depositado en él. Roberto les dijo, con voz burlona:

-Tranquilas, nenas. Ahora vienen las explicaciones, porque quiero que lo sepáis todo antes de morir. Ahora mismo estáis en la capilla del Diablo, dentro del castillo de Don Denís. Y, antes de nada, quiero contaros dos cosas para que comprendáis por qué os he traído aquí. La primera es que llevo varios años haciendo desaparecer a las niñas guapas que caían en mis manos, sacrificándolas al Diablo después de habérmelo pasado bien con ellas. No he dejado ninguna viva para testificar en mi contra y mi puesto en la Policía Municipal me ha ayudado a deshacerme de cualquier indicio que pudiera usarse en mi contra.

Aunque soy una persona bastante materialista, siempre me han interesado los ritos de la brujería, sobre todo porque su carácter místico no resulta incompatible con el placer animal que pueda extraerse de ellos. Lo segundo que quiero contaros se refiere a una parte casi olvidada de la leyenda: todos los años debe renovarse el sacrificio de una doncella, para que los Señores del Infierno no pierdan su hegemonía sobre este lugar. Además, este año es especialmente importante, puesto que es el 666º aniversario de la consagración original, por lo cual debía buscar una víctima especialmente señalada. Y entonces te encontré a ti, Sara. En tu hombro derecho tienes cinco lunares que, unidos por una línea imaginaria, formarían la Estrella de Salomón, lo cual te señala como la víctima predestinada para renovar el sacrificio. Cuando vi una foto tuya en bikini, que tu madre ha puesto en la pantalla de su ordenador, pude distinguir la marca y desde entonces he estado aguardando mi oportunidad. De hecho, si me acerqué a tu madre fue sólo para poder vigilarte mejor.

Primero pensé en raptarte para traerte aquí con antelación, pero mi primera intentona fracasó y decidí permanecer a la expectativa… hasta que tú misma, guiada seguramente por algún impulso sobrenatural, decidiste meterte en la boca del lobo, visitando el castillo que debía ser teatro de tu inmolación. Y el que lo hicierais precisamente hoy, que es el Día de Difuntos, no puede ser una simple casualidad. Lo que no sé es por qué volvisteis aquí cuando teníais tiempo para llegar a la carretera antes de que pudiera atraparos, pero supongo que habéis sido simples marionetas en manos del Destino y que eso hace innecesarias más explicaciones. Ahora que ya estás en el sitio ideal, sólo falta aguardar el momento ideal, que será esta misma noche, apenas haya salido la luna. En cuanto a tu mamá, aquí presente, también morirá esta noche. Es una pena, porque mi idea era servirle de apoyo y consuelo cuando tú desaparecieras, pero el Destino ha querido que ella acabara sabiendo demasiado como para permitirle seguir con vida. Mi posición en la Policía me ofrece muchas maneras de borrar indicios, pero, tanto si eres policía como si no, sólo existe una forma de hacer callar para siempre a los testigos molestos. Pero mientras no llega el momento de tu muerte, voy a divertirme un poco contigo, para compensar el codazo que me diste hace un rato. Serás la primera chica con la que lo haga delante de su madre, ¿verdad que suena morboso?

Ajeno al terror de Sara y a los llantos desesperados de Rosa, Roberto se sentó al lado de la niña con la intención de forzarla. La niña cerró los ojos, incapaz de soportar el miedo y la vergüenza y su madre, viéndose incapaz de prestarle cualquier tipo de auxilio, sintió que se mareaba a causa de la angustia. Pero entonces una voz inesperada cortó en seco a Roberto, cuando sus dedos lujuriosos ya rozaban la piel de la indefensa muchacha.

-Parece que los modernos adoradores del Diablo sois muy valientes cuando os enfrentáis a chicas de quince años. En el fondo, sois al verdadero satanismo lo mismo que los fariseos hipócritas al cristianismo.

Roberto se volvió, sorprendido pero no asustado (la pistola que llevaba en el bolsillo le daba cierta sensación de seguridad), y dirigió una mirada siniestra al individuo que había hablado… y que no era otro que el misterioso Rui. Tras dedicarle un somero examen, sonrió torvamente y sacó su arma, mientras le decía:

-No sé quién eres ni qué quieres de mí, pero has visto demasiado y te mataré como a estas dos imbéciles. Ya veremos lo valiente que eres tú cuando te haga unos cuantos agujeros en el cuerpo. Aunque antes de eso me gustaría saber algo más de ti. ¿Cómo has venido a parar a este sitio maldito? ¿Es que a ti también te interesan el satanismo y la brujería?

Rui, a su vez, no pudo contener una sonrisa despreciativa al oír estas palabras y dijo, entre desafiante y vagamente burlón:

-¡Satanismo, brujería! “Pero éstos blasfeman de cuanto ignoran; y aun en lo que naturalmente, como brutos irracionales, conocen, en esto mismo se corrompen”... Epístola de San Judas, décimo versículo. Estas palabras se refieren a los falsos cristianos, pero veo que el culto al Diablo también tiene sus aficionados, que hablan de lo que ignoran y se llenan la boca de palabras terribles cuyo significado no comprenden. Y todo eso para actuar como lo que sois realmente: vulgares violadores y asesinos, más dignos de mi lástima y de mi desprecio que de mi odio o mi cólera. ¿Quieres saber lo que es el verdadero horror del Infierno y el poder del Mal? ¡Pues mira y ve!

Dicho esto, Rui arrojó sobre Roberto una mirada refulgente, que le provocó un estremecimiento de terror, pese a la pistola en la que tanto confiaba. El lívido rostro del intruso palideció aún más y su boca se entreabrió, mostrando unos dientes largos y afilados, de una blancura lunar, más terrorífica que la rojez de la sangre o la negrura de la oscuridad. Y finalmente, ante el pasmo y el horror de todos los que habían posado sus ojos en él, su carne mortal, su organismo entero y todo lo que este contenía, se licuó velozmente, se volvió dúctil y fluido, perdió la consistencia que parecía inseparable de toda materia y, finalmente volvió a solidificarse. Pero el joven rubio no reapareció como tal, sino bajo la forma de un enorme lobo de pelo castaño y ojos cárdenos. Lo primero que hizo aquella bestia fue lanzar a los vientos del crepúsculo un largo aullido que hablaba de miedos antiguos y maldiciones ancestrales. Y aquel fue un aullido escalofriante e inconfundible, que tanto Sara como Roberto reconocieron al instante. La muchacha se acordó del perro que aullaba en su barrio el mismo día que ella había estado a punto de ser raptada en su propia casa: el perro que había asustado a los vecinos y provocado la llegada de dos agentes policiales, cuya aparición en el barrio había espantado oportunamente a Roberto. Y este reconoció el aullido lobuno que había estremecido sus nervios pocas horas antes, haciéndole perder a Sara cuando ya creía tenerla en su poder. En aquel momento, la muchacha lo comprendió todo en el fondo de su corazón, antes incluso de que su mente racional hubiera tenido tiempo de atar todos los cabos: Rui Fernández, o como se llamara realmente aquel extraño ser, efectivamente la había estado siguiendo y vigilando durante los últimos días, desde el mismo momento en el que había hablado con su madre, visto su foto y reconocido la marca del Infierno en su hombro derecho. ¡Pero no lo había hecho para hacerle daño, sino precisamente para protegerla!

Tras un instante de horror paralizante, Roberto, guiado más bien por el instinto de supervivencia que por una decisión racional, apretó el gatillo de su arma e hizo fuego.

Bien porque a Roberto le temblara la mano o bien porque el lobo fuera demasiado rápido para él, lo cierto es que la bala no alcanzó su objetivo. Tras haber esquivado el disparo sin problemas, la bestia se arrojó sobre su enemigo, derribándolo con una fuerza avasalladora y haciéndole perder su arma en la caída. No se ensañó con él, aunque hubiera podido degollarlo fácilmente mediante un simple mordisco en la garganta, y permitió que se levantara. Pero Roberto había perdido toda presencia de ánimo y salió corriendo del castillo, dando gritos de terror como si lo persiguieran todos los demonios del Infierno. Él nunca había creído seriamente en la brujería. Simplemente la había usado, como si se tratara de un juego perverso, para pautar sus crímenes y darles un barniz trascendente a sus patologías mentales, pero nada más. Y por eso no se hallaba preparado psicológicamente para enfrentarse a un verdadero terror sobrenatural. En el fondo, tal como había dicho Rui, Roberto era más digno de compasión que de odio.

No llegó muy lejos. Corría ciego de terror en la oscuridad del crepúsculo, saltando sobre rocas cubiertas de musgo húmedo, y en tales condiciones un desenlace fatal resultaba casi inevitable. Apenas salió del castillo, se despeñó por una pendiente especialmente empinada y se estrelló contra las rocas que había debajo, desnucándose y muriendo en el acto. Poco después, Rui, ya recuperada su forma humana, encontró su cadáver. Cubrió con un pañuelo de tela su rostro, que aún reflejaba un rictus de intenso terror, y, tras dedicarle a Dios una muda súplica por el alma de aquel pobre enfermo, volvió al castillo, subiendo trabajosamente por las rocas del despeñadero.

Ya era noche cerrada cuando volvió a las ruinas. Cubrió a Rosa, que se había desmayado de terror, con su propia gabardina y desató a Sara. Una vez que le hubo quitado la mordaza, esta aspiró con fuerza la bocanada de fresco aire nocturno que le pedían sus pulmones, tragó saliva y le dijo a Rui, con la voz trémula por la emoción:

-Por favor, dime… ¿quién -o qué- eres tú? ¿Qué le pasó a Roberto? ¿Por qué has venido aquí?

Rui sonrió -esta vez su sonrisa no era despreciativa, sino que de ella emanaban cariño y bondad- antes de responder, con una voz tan dulce que consiguió relajar la angustia de la niña:

-En primer lugar, me llamo Rui (mi verdadero apellido no importa, aunque puedo asegurarte que no es Fernández). Por lo demás, soy distintas cosas, según lo exijan las circunstancias. Algunas veces soy un buscador del sentido de la existencia, en otras ocasiones un licántropo… y siempre un amigo de las personas inocentes que se hallen en dificultades. Si tuviera que definirme con una sola palabra, diría que soy un ronin, que es como en el antiguo Japón se llamaba a los samuráis sin señor que erraban por el mundo en busca de aventuras.

-¿Y Roberto? ¿Por qué nos ha hecho esto? ¿Qué ha sido de él?

-Ha muerto, víctima de su propio terror… aunque supongo que una parte de él murió hace ya mucho tiempo, cuando empezó a matar.

-¿A matar? ¿Pero cuándo…?

-En los últimos años han desaparecido varias adolescentes en esta comarca. La policía se hallaba desorientada, pero yo suponía que habían sido asesinadas en rituales satánicos, puesto que sus desapariciones habían coincidido aproximadamente con las fechas en las que los brujos solían rendir culto al Diablo:

concretamente, el Día de Difuntos (2 de noviembre) y la Noche de Walpurgis (30 de abril). No sabía quién podía ser el responsable, aunque suponía que era una persona sola, pues me parecía improbable que en una villa pequeña como Medeiros existiera un culto colectivo al Diablo. Cuando vi una foto tuya en el ordenador de tu madre, me percaté de que tenías en el hombro cinco lunares que, unidos, formarían la Estrella de Salomón, lo cual te convertía en una víctima ideal para un crimen satánico. Hubiera querido advertirte, pero tu madre desconfiaba de mí y no me lo hubiera permitido, así que decidí vigilarte por lo menos hasta que pasara el Día de Difuntos, procurando cuidarte sin llamar demasiado la atención. Finalmente, hoy he tenido que intervenir de una forma más directa para salvaros la vida. Fue algo más llamativo de lo que me hubiera gustado, pero supongo que era necesario.

-¡Pero has arriesgado tu vida! Roberto pudo haberte matado con su pistola. No sé cómo podría pagarte todo lo que has hecho por nosotras.

-Me conformaría con que fueras discreta respecto a lo que ha sucedido esta tarde. No me gustaría que mi secreto se difundiera indiscriminadamente.

-Bueno, supongo que, de todas formas, nadie me creería si dijera que he visto a un hombre convertirse en lobo. Pero mi madre…

-Ya estaba desmayada cuando llegué aquí. Espero que puedas improvisar una buena historia para cuando se despierte. Ahora debo marcharme.

-¡Espera un momento, por favor! Me gustaría saber algo más. ¿Eres el único licántropo que existe en el mundo… o hay más seres como tú?

-Ni yo mismo lo sé a ciencia cierta. Lo mío es una vieja maldición que se transmite con la sangre y ya no me quedan familiares vivos… salvo quizás una niña de tu edad, a la que llevo algún tiempo intentado localizar. Si ella también sufre la maldición, supongo que estará asustada, como también lo estuve yo cuando descubrí lo que era realmente, y si la encuentro a tiempo quizás pueda ayudarla. Ahora debo irme. Hasta siempre, Sara.
La muchacha intentó formularle una última pregunta, pues quería saber si la historia de la capilla del Diablo era real o una simple leyenda. Pero antes de que pudiera articular la primera palabra Rui ya se había desvanecido entre las sombras de la noche.

Tras unos instantes de confusión, Sara se acercó a su madre, la desató y consiguió reanimarla. Cuando Rosa hubo recobrado la conciencia, abrazó fuertemente a su hija, la besó varias veces al mismo tiempo que desahogaba su angustia con un llanto irresistible y luego, ya algo más serena, le preguntó, con la voz entrecortada por la emoción:

-¿Estás bien, cariño? ¿Roberto… te ha hecho… algo?

-No, mami, ni siquiera llegó a tocarme. Pasé mucho miedo, pero estoy bien.

-Y… ¿qué ha sido de él?

-¡Estaba completamente loco, mamá! Se suicidó tirándose por un despeñadero después de que te desmayaras. Luego conseguí desatarme, porque me había dejado las cuerdas algo flojas, y vi su cadáver en la ladera.

-¡Ay, y pensar que hemos estado todo este tiempo en sus manos! ¡Dios, todo esto ha pasado por mi culpa, nunca debí haber confiado en ese hombre!

-Tranquila, mamá, yo también confiaba en él. Todos pensábamos que era buena persona, nos tenía muy bien engañados. Bueno, supongo que ahora toca llamar a la Guardia Civil. ¿Puedes hacerlo tú? Yo no conozco el número.

-Sí, claro, ahora mismo…

Rosa cogió el móvil que llevaba en el bolsillo y tecleó el número correspondiente. Al sacar el aparato se dio cuenta de que le faltaba algo que solía llevar en aquel mismo bolsillo: una pequeña agenda donde tenía apuntadas las direcciones de sus amigas, entre ellas la de su antigua compañera Helena Vázquez. Pero, dadas las circunstancias, apenas le prestó atención a ese pequeño detalle.
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