La mala hora.
En el momento en el que le comunicaron que su hora había llegado, Andrés Jerez se sintió abrumado por la noticia. Fue entonces que comprendió que todo terminaba que ya nada se podía enmendar o reparar, que nada se podía planear o hacer para salir de esa situación, que su vida física se agotaría en el termino de sesenta minutos... El aviso vino como con el viento con las voces de unas mujeres de cuales el no reconoció a alguna en particular pero en conjunto le parecieron familiares. Se encontraba sentado en el living de la casa de sus padres cuando el anuncio llego de imprevisto. Todo el ambiente cambió de repente. Se levanto y se acerco para ver por la ventana y lo estremeció el estupor de comprobar(o sentir) que no solo el barrio sino todo el mundo estaba vacío. El cielo estaba tornasolado entre una mezcla de un momento anterior a una tormenta y una especie de resolana furiosa donde se filtraban intensos rayos de sol calcinantes por entre los resquicios de las nubes. Pensó en la llegada del Juicio final, se le ocurrió que podría estar teniendo una pesadilla y trató de despertar pero no pudo. Cayo en la desesperación, lloró a gritos, pataleo como una criatura y maldijo su destino, injurió todo lo que conocía, protesto ante nadie lo injusto que era aquel final no previsto de su vida. En un instante de sosiego se acercó nuevamente a la ventana y se quedó contemplando la radiante resolana y entre sollozos sintió pena por todos, por su hija, por su ex esposa, por sus hermanos, por sus amigos más preciados, por sus padres que ya no estaban. Añoró a todos, y sintió pena por el mismo al saber que nunca más los volvería a ver. Lloró de tristeza, se ahogaba en el llanto cuanto se le aparecían en la mente la esencia completa, el amor que sentía por cada uno de sus seres queridos. Quiso seguir llorando pero no pudo, de repente lo invadió un calma que no era de su voluntad, vio todo con claridad, se sintió despejado, tranquilo... En ese mismo instante Una tremenda ráfaga de viento hizo temblar las paredes de la casa, volvió a ver por la ventana y vió como desaparecían cada una de las casas del barrio, se desvanecían con el fuerte viento como si fueran de arena, se desarmaban y pasaban a ser parte de la ventolera formando una corriente homogénea. Comenzó a sentir como un viento interno operaba de la misma manera con su mente, con su memoria, con sus recuerdos. No sintió miedo, se sintió avergonzado por su arrogancia ante aquella fuerza devastadora. Vió como se desvanecía su propio cuerpo y ya no sintió nada más.
Murió a los 65 años. Lo velaron esa misma tarde y lo enterraron al día siguiente a las diez y media de la mañana en la misma tumba que su abuelo. Todos lloraron su partida. Todos lo abrazaron con el alma. El se emocionó por la solemnidad de aquel acto y se sintió querido por todos. Les dijo a todos y a cada uno sin que nadie lo escuche, que los volvería a ver, que algún día todos iban para ahí, que todos volverían a vivir.
En el momento en el que le comunicaron que su hora había llegado, Andrés Jerez se sintió abrumado por la noticia. Fue entonces que comprendió que todo terminaba que ya nada se podía enmendar o reparar, que nada se podía planear o hacer para salir de esa situación, que su vida física se agotaría en el termino de sesenta minutos... El aviso vino como con el viento con las voces de unas mujeres de cuales el no reconoció a alguna en particular pero en conjunto le parecieron familiares. Se encontraba sentado en el living de la casa de sus padres cuando el anuncio llego de imprevisto. Todo el ambiente cambió de repente. Se levanto y se acerco para ver por la ventana y lo estremeció el estupor de comprobar(o sentir) que no solo el barrio sino todo el mundo estaba vacío. El cielo estaba tornasolado entre una mezcla de un momento anterior a una tormenta y una especie de resolana furiosa donde se filtraban intensos rayos de sol calcinantes por entre los resquicios de las nubes. Pensó en la llegada del Juicio final, se le ocurrió que podría estar teniendo una pesadilla y trató de despertar pero no pudo. Cayo en la desesperación, lloró a gritos, pataleo como una criatura y maldijo su destino, injurió todo lo que conocía, protesto ante nadie lo injusto que era aquel final no previsto de su vida. En un instante de sosiego se acercó nuevamente a la ventana y se quedó contemplando la radiante resolana y entre sollozos sintió pena por todos, por su hija, por su ex esposa, por sus hermanos, por sus amigos más preciados, por sus padres que ya no estaban. Añoró a todos, y sintió pena por el mismo al saber que nunca más los volvería a ver. Lloró de tristeza, se ahogaba en el llanto cuanto se le aparecían en la mente la esencia completa, el amor que sentía por cada uno de sus seres queridos. Quiso seguir llorando pero no pudo, de repente lo invadió un calma que no era de su voluntad, vio todo con claridad, se sintió despejado, tranquilo... En ese mismo instante Una tremenda ráfaga de viento hizo temblar las paredes de la casa, volvió a ver por la ventana y vió como desaparecían cada una de las casas del barrio, se desvanecían con el fuerte viento como si fueran de arena, se desarmaban y pasaban a ser parte de la ventolera formando una corriente homogénea. Comenzó a sentir como un viento interno operaba de la misma manera con su mente, con su memoria, con sus recuerdos. No sintió miedo, se sintió avergonzado por su arrogancia ante aquella fuerza devastadora. Vió como se desvanecía su propio cuerpo y ya no sintió nada más.
Murió a los 65 años. Lo velaron esa misma tarde y lo enterraron al día siguiente a las diez y media de la mañana en la misma tumba que su abuelo. Todos lloraron su partida. Todos lo abrazaron con el alma. El se emocionó por la solemnidad de aquel acto y se sintió querido por todos. Les dijo a todos y a cada uno sin que nadie lo escuche, que los volvería a ver, que algún día todos iban para ahí, que todos volverían a vivir.