InicioOfftopicEl "fulbo" es el opio del pueblo



Mormones, amish y neocatólicos, muchos de ellos son ex-alcohólicos
Hooligans, béticos y sevillistas, son tan fanáticos como los calvinistas
Los chiítas y los sionistas me dan el mismo miedo que los hinchas del Milán
Todo es ultraviolencia: la irracionalidad se impone a la ciencia

Cuando la religión llena los estadios
El fútbol se convierte en el opio del pueblo
Sigamos al líder aunque sea un ignorante
Desde la cuna hasta el cementerio


Los testigos creen en el amor: si su hijo se desangra no autorizan la transfusión
Los Boixos Nois son muy democráticos: te pegan seas blanco, negro o asiático
Te lavan el cerebro en la secta Moon y al final acabas en los Ultrasur
Merengues y culers, un mismo dogma: dar la vida por una causa idiota

Metodistas, deportivistas, anabaptistas y sportinguistas
Cienciólogos y presbiterianos, periquitos y arlequinados
Musulmanes y colchoneros: todos siguen a un dios verdadero
No se comen sus vacas los hinduistas; no se echa al presidente aunque sea un fascista
[Señor ten piedad, Christo, ten piedad]
Christostoicov, Zidane es su profeta, Ronaldo y Ronaldinho te invitan a su secta
Donato te da fuerza para vivir pero no para pensar ni para discernir
Celtiñas, ortodoxos y niños de dios no echan nunca al cura, sólo al entrenador
El becerro de oro tiene forma de balón: 40.000 millones, cláusula de recesión


Cuando la religión llena los estadios
El fútbol se convierte en el opio del pueblo
Sigamos al líder aunque sea un ignorante
Desde la cuna hasta el cementerio

Fútbol: ¿El opio del pueblo sudamericano?
Despertarse a la mañana con el corazón palpitando de emoción porque es Domingo y hay que ir a la cancha. Saltearse todas las secciones del periódico para leer con avidez las alienaciones de los equipos en la sección deportiva. Tararear las canciones de la tribuna mientras uno comienza a disfrutar la previa del partido por la televisión. Ya sea de local o visitante, en el barrio o en el polo opuesto de la ciudad, caminando o en ómnibus, ahí estarás presente, fiel como siempre. Llegar al estadio, encontrarse con los amigos de la hinchada, compartir ilusiones. La hora del pitido inicial se acerca, la tensión se siente, el sudor se respira y los nervios se transforman en excitación. La pirotecnia hace las veces de percusión para cantar los himnos de la hinchada con fervor. Banderas, globos, papel picado, trompetas, tambores; todo se une en esta sinestesia que abarca los cinco sentidos, esta pintura viva de lo que es el folklore del fútbol sudamericano.
El "fulbo" es el opio del pueblo
El fanatismo de los hinchas del fútbol sudamericano es un fenómeno cultural inigualable. Es capaz de causar desde la máxima alegría hasta la más profunda depresión. Un claro ejemplo de esto ocurrió en el mundial de Brasil 1950. El equipo brasileño llegó holgadamente a la final para enfrentar a Uruguay, rival que subestimaron, ya que tenían preparados los festejos por el título de antemano, incluyendo una remera donde se leía “Brasil: Campeón del Mundial 1950”. La incredulidad de los brasileños cuando vieron que habían perdido la final 2-1 tuvo consecuencias trágicas: hubo una gran cantidad de suicidios en el estadio y durante el resto de la noche. Los periódicos titularon “La peor tragedia en la historia de Brasil” y “Nuestro Hiroshima”.
Este fanatismo exacerbado ha sido objeto de estudio por los psicólogos. Una interpretación habla de que los hinchas ven en el fútbol una forma de hacer catarsis. Esto se suele relacionar con la actitud de los antiguos espectadores de los combates en los Coliseos romanos. Según esta lectura, la actitud del hincha es beneficial, porque logra liberar muchas de las tensiones de la vida diaria en un marco apropiado para desahogarse. Otro aspecto digno de análisis es la fidelidad quasi-religiosa de los fanáticos para con su equipo y la idolatría con características divinas hacia los jugadores. ¿Se puede hablar del fútbol como una especie de religión? Adoptando una conocida frase marxista, ¿se puede hablar del fútbol como una droga, como el opio de estos hinchas que los ayuda a lidiar con los problemas de la vida diaria?

Por supuesto que esta lectura es muy atractiva, ¿pero qué ocurre cuando se cruza un límite? Sin duda los sudamericanos conocemos muy bien cuál es ese límite: la violencia. Hoy en día, el efecto no parece ser el del opio (una droga que produce cansancio y somnolencia) sino que el fútbol despierta una excitación que solemos identificar con otras drogas más modernas (es irónico hacer una alegoría con drogas, cuando éstas se distribuyen con impunidad en las tribunas). El fútbol y la violencia parecen ser dos conceptos que van de la mano durante estos últimos años. Jugadores del equipo contrario a los que se les arrojan proyectiles desde la tribuna, jueces que son agredidos, batallas campales entre hinchadas rivales y una hostilidad exagerada hacia la policía.

El principal fenómeno a combatir es el de los barra-bravas. Este es un grupo existente en casi todas las hinchadas sudamericanas que con la fachada de ser indispensables para alentar al equipo se han transformado en verdaderas mafias que a través de la violencia, corrupción y amenazas se han infiltrado dentro de los clubes. La gran mayoría son socios en forma gratuita, demandan entradas de los dirigentes, utilizan las facilidades del club para su beneficio personal e incluso cobran sueldos. Incentivan la violencia frente a otras barras-bravas e incluso la violencia dentro de la misma hinchada para obtener el mando de la misma. Se trata de criminales disfrazados de simpatizantes que manejan al grueso de la hinchada y han convertido al estadio en un lugar que no es apropiado para ir con la familia por el riesgo que generan.
¿Cómo se puede vencer este fenómeno que parece arruinar el fútbol sudamericano? Una de las medidas que se ha considerado es la de elevar el precio de las entradas. Está implícita en esta idea la asociación de gente violenta y criminal como procedente de zonas de bajos recursos. De todas formas esta es una estigmatización aberrante que acarrea una consecuencia sumamente polémica: la de transformar al fútbol en un deporte elitista cuando tiene arraigado en sus raíces ser un deporte por sobre todas las cosas popular.

No hay duda que la violencia en el fútbol debe ser combatida hasta el cansancio. De todas formas, hay que hacerlo con cautela para que no paguen justos por pecadores. El folklore del fútbol es extrañado por todos los jugadores latinos que emigran hacia Europa, es ese calor sudamericano que forma parte de su esencia. A mí manera de verlo, el genuino hincha de fútbol (no el moderno barra-brava) plantea una combinación de muchos de los valores humanos más enaltecedores: una fidelidad absoluta, la esperanza eterna, el apoyo incondicional, las ansias de triunfar, y si uno está de suerte y la redonda quiere entrar en la red, una felicidad indescriptible.
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