¡Hola taringueros! Tenía muchos meses sin pasar a esta nuestra casa, pero estoy de vuelta
El día de hoy quiero compartirles una historia que yo he escrito y que terminé hace unos minutos. Espero sea de su agrado y no les aburra, ya que está algo larga
Espero sus comentarios y opiniones
Vivo en una calle cerrada cerca de dos grandes avenidas en una ciudad revuelta y poco organizada. Por todas partes hay historias, unas mucho más peculiares que otras. En la cuadra que está al lado de la mía vive una familia de la cual sé poco pero que, cuentan por allí, tiene una historia triste y sorprendente. Uno de los miembros de esa familia tiene alrededor de 55 años, usa camisas de manga corta holgadas o playeras lisas de colores oscuros que aumentan la melancolia que proyecta su rostro. Ese hombre pasa la mayor parte de su tiempo en una rutina recta y poco emocionante. Sale de su casa, cruza mi calle y al atravesar a la avenida sube al camellón y se recuesta en una de las bancas que hay ahí para los paseantes.
Todos los días, a eso de las 5 de la tarde, el señor sale y repite religiosamente su trayecto. Nunca le he visto acompañado. A veces lo he visto en la tienda de la esquina de su casa comprando una Coca y encaminándose a su ritual vespertino. Acomodado en la banca no habla con otros, no mira los autos pasar; se acuesta boca arriba con los ojos abiertos y permanece allí por un rato hasta que vuelve a su hogar.
Cuando era pequeña, este sujeto me asustaba. Creía sinceramente que tenía una enfermedad mental parecida al autismo o al retraso, ya que se desplaza de manera mecánica y como un zombie sin interactuar con nadie. Las voces de los vecinos y mi propia familia dicen que él está así porque cuando era joven se había enamorado de una bella mujer con la cual iba a casarse. Su vida estaba tomando un curso estupendo y estaba locamente enamorado, hasta que su amada le abandonó y él quedó hundido en las más profunda depresión.
Que yo sepa no tiene empleo, no tiene pareja y no sé qué lugar ocupe en su núcleo familiar. En una ocasión pude intercambiar unas palabras con él y me di cuenta de que es una persona cuerda. Sentí algo extraño y nostálgico al saber por qué su vida se había descompuesto así y cómo él permitió que alguien se comíera todas las ganas de hacer algo diferente por sí mismo.
En la navidad del año pasado mi madre y yo fuimos a la cena de celebración en casa de una de sus ex jefas. La señora vive por la zona centro de mi ciudad entre calles de aspecto viejo y sombrío. Cuando recién nos encaminábamos por la noche al evento, pasamos al lado de una mujer indigente. Una de las tantas que hay por esa zona. Mi madre me comentó que había platicado con ella días antes. A mi mamá le gusta platicar con las personas, pero no con cualquiera, así que de alguna manera no me sorprendió lo que había hecho.
No indagué mucho acerca del por qué había hablado con aquella mujer que se encontraba en un estado bastante deprorable. Pese a la poca luz que había pude verla recostada en cartones y periódicos en la acera. Su cabello largo y enmarañado descansaba sobre bolsas con ropa sucia, me imagino. Al llegar a nuestro destino, mi madre preguntó a su ex jefa que si sabía algo de esa chica. La señora nos dijo que en otros años ella era una mujer activa y de cierta belleza que vendía joyería de fantasía para sobrevivir. No estaba en la calle, tenía una familia ya que era casada. Un día, descubrió que su esposo le era infiel y él empezó a golpearla constantemente hasta que un buen día se fue y la dejó sola.
Desde entonces vive en las calles, como sin noción de la realidad. Está sucia y duerme con algunos perros que le hacen compañía. No pide dinero, la gente que le conoce le deja monedas, ropa o comida de vez en cuando. Cuando mi madre platicó con ella, se mostró rehacia y cortante. La segunda loca de la que relato también destruyó su vida por una pena de amor.
De estas increíbles historias ocurridas en la actualidad puede haber millares por doquier. Ambas personas de las que hablo son reales, aunque no sé si sus vidas estén rotas por las circusntancias que comentan, ya que son cuentos de la lengua vecinal. De la única historia de la que estoy segura es de la última que contaré.
Una jovencita muy cercana a mi ha dicho que ya no quiere vivir más y que por breves segundos de deseperación pensó en dejar de existir. Pobre chica, está aturdida y confusa por el amor. Cuánta es su idealización de perfección, cuánto su capricho y cuánto su temor al decir adiós. Me ha preocupado mucho que esté tan hundida, precisamente porque actualmente no me encuentro en posibilidades de ayudarle ya que yo también atravieso por una serie de circunstancias difíciles.
No hay palabras para consolarla, no quiere salir de su agujero. Temo mucho por ella, no quiero que termine siendo parte de una leyenda urbana de despecho y desamor. Se está comiendo su vida porque su amor se ha terminado. Mis amores también lo han hecho y es algo terriblemente difícil recuperarse, pero no es imposible. Ella no quiere entenderme. Lo poco que le digo lo ignora y se pasa los días y las noches llorando de tristeza y soledad.
Pobre niña. Pobre gente enamorada. No deberían cerrar su puertas de golpe a un solo ser especial. ¿Qué será el destino? ¿Si existen las almas gemelas? Prefiero pensar que no y que entre tantas personas en el planeta siempre se puede vivir y experimentar algo nuevo... pero y qué pasa con el corazón roto, las ilusiones de todas una vida volcadas a una sola persona. El corazón a veces se cura, a veces no.
¡Qué complejo es todo esto del amor! Te eleva, te nutre, te alegra y completa y a fin de cuentas... sí se puede morir de amor aunque no dejes de respirar.
El día de hoy quiero compartirles una historia que yo he escrito y que terminé hace unos minutos. Espero sea de su agrado y no les aburra, ya que está algo larga
Espero sus comentarios y opiniones
La historia de los tres locos
Vivo en una calle cerrada cerca de dos grandes avenidas en una ciudad revuelta y poco organizada. Por todas partes hay historias, unas mucho más peculiares que otras. En la cuadra que está al lado de la mía vive una familia de la cual sé poco pero que, cuentan por allí, tiene una historia triste y sorprendente. Uno de los miembros de esa familia tiene alrededor de 55 años, usa camisas de manga corta holgadas o playeras lisas de colores oscuros que aumentan la melancolia que proyecta su rostro. Ese hombre pasa la mayor parte de su tiempo en una rutina recta y poco emocionante. Sale de su casa, cruza mi calle y al atravesar a la avenida sube al camellón y se recuesta en una de las bancas que hay ahí para los paseantes.
Todos los días, a eso de las 5 de la tarde, el señor sale y repite religiosamente su trayecto. Nunca le he visto acompañado. A veces lo he visto en la tienda de la esquina de su casa comprando una Coca y encaminándose a su ritual vespertino. Acomodado en la banca no habla con otros, no mira los autos pasar; se acuesta boca arriba con los ojos abiertos y permanece allí por un rato hasta que vuelve a su hogar.
Cuando era pequeña, este sujeto me asustaba. Creía sinceramente que tenía una enfermedad mental parecida al autismo o al retraso, ya que se desplaza de manera mecánica y como un zombie sin interactuar con nadie. Las voces de los vecinos y mi propia familia dicen que él está así porque cuando era joven se había enamorado de una bella mujer con la cual iba a casarse. Su vida estaba tomando un curso estupendo y estaba locamente enamorado, hasta que su amada le abandonó y él quedó hundido en las más profunda depresión.
Que yo sepa no tiene empleo, no tiene pareja y no sé qué lugar ocupe en su núcleo familiar. En una ocasión pude intercambiar unas palabras con él y me di cuenta de que es una persona cuerda. Sentí algo extraño y nostálgico al saber por qué su vida se había descompuesto así y cómo él permitió que alguien se comíera todas las ganas de hacer algo diferente por sí mismo.
En la navidad del año pasado mi madre y yo fuimos a la cena de celebración en casa de una de sus ex jefas. La señora vive por la zona centro de mi ciudad entre calles de aspecto viejo y sombrío. Cuando recién nos encaminábamos por la noche al evento, pasamos al lado de una mujer indigente. Una de las tantas que hay por esa zona. Mi madre me comentó que había platicado con ella días antes. A mi mamá le gusta platicar con las personas, pero no con cualquiera, así que de alguna manera no me sorprendió lo que había hecho.
No indagué mucho acerca del por qué había hablado con aquella mujer que se encontraba en un estado bastante deprorable. Pese a la poca luz que había pude verla recostada en cartones y periódicos en la acera. Su cabello largo y enmarañado descansaba sobre bolsas con ropa sucia, me imagino. Al llegar a nuestro destino, mi madre preguntó a su ex jefa que si sabía algo de esa chica. La señora nos dijo que en otros años ella era una mujer activa y de cierta belleza que vendía joyería de fantasía para sobrevivir. No estaba en la calle, tenía una familia ya que era casada. Un día, descubrió que su esposo le era infiel y él empezó a golpearla constantemente hasta que un buen día se fue y la dejó sola.
Desde entonces vive en las calles, como sin noción de la realidad. Está sucia y duerme con algunos perros que le hacen compañía. No pide dinero, la gente que le conoce le deja monedas, ropa o comida de vez en cuando. Cuando mi madre platicó con ella, se mostró rehacia y cortante. La segunda loca de la que relato también destruyó su vida por una pena de amor.
De estas increíbles historias ocurridas en la actualidad puede haber millares por doquier. Ambas personas de las que hablo son reales, aunque no sé si sus vidas estén rotas por las circusntancias que comentan, ya que son cuentos de la lengua vecinal. De la única historia de la que estoy segura es de la última que contaré.
Una jovencita muy cercana a mi ha dicho que ya no quiere vivir más y que por breves segundos de deseperación pensó en dejar de existir. Pobre chica, está aturdida y confusa por el amor. Cuánta es su idealización de perfección, cuánto su capricho y cuánto su temor al decir adiós. Me ha preocupado mucho que esté tan hundida, precisamente porque actualmente no me encuentro en posibilidades de ayudarle ya que yo también atravieso por una serie de circunstancias difíciles.
No hay palabras para consolarla, no quiere salir de su agujero. Temo mucho por ella, no quiero que termine siendo parte de una leyenda urbana de despecho y desamor. Se está comiendo su vida porque su amor se ha terminado. Mis amores también lo han hecho y es algo terriblemente difícil recuperarse, pero no es imposible. Ella no quiere entenderme. Lo poco que le digo lo ignora y se pasa los días y las noches llorando de tristeza y soledad.
Pobre niña. Pobre gente enamorada. No deberían cerrar su puertas de golpe a un solo ser especial. ¿Qué será el destino? ¿Si existen las almas gemelas? Prefiero pensar que no y que entre tantas personas en el planeta siempre se puede vivir y experimentar algo nuevo... pero y qué pasa con el corazón roto, las ilusiones de todas una vida volcadas a una sola persona. El corazón a veces se cura, a veces no.
¡Qué complejo es todo esto del amor! Te eleva, te nutre, te alegra y completa y a fin de cuentas... sí se puede morir de amor aunque no dejes de respirar.