(Fragmento extraído de la revista Noticias)
Lunes 17, a las 12. En la 9 de Julio minipogo en memoria del humorista homenajeado sin pausa en los medios.
Pisé la Plaza de la República a las 11.45 del lunes 17. Dado que el evento estaba pautado a las 12, sentí cierta angustia durante el viaje. ¿Si llego tarde y quedo lejos de la acción? Me había comprometido a cubrirlo en detalle y no era cosa de mirar desde la vereda de enfrente. Quería estar en el ojo de la tormenta. O sea, el corazón del pogo que los admiradores de Jorge Guinzburg organizaron a manera de despedida informal. La intensidad del duelo mediático por la muerte del humorista, sumada a la extraordinaria difusión del homenaje -internet, radio, tele, diarios-, prometían concurrencia masiva de público.
Mi primera sensación al llegar fue de desconcierto. ¿Estaré en el lugar correcto? Las ruinas del escenario usado por Palau, alimentaron la duda. ¿Estarán del otro lado del Obelisco? A punto de cruzar, descubrí la presencia de fotógrafos y camarógrafos que, al igual que yo, esperaban acción y deambulaban con cara de “acá no pasa nada”. De pronto, cuando el mediodía parecía perdido, un grupo de jóvenes empezó a saltar en medio de la plaza. Salieron de la nada. Soy malo para los números, pero si eran más de cincuenta, me hago monje tibetano y le doy consejos a Susana Giménez. El pogo es una suerte de autito chocador humano -la gente salta amontonada-, muy visto en los recitales y que Guinzburg popularizó en su programa “Mañanas informales”. Lo raquítico del cuadro daba tanta pena, que tuve el impulso de meterme a poguear. El sentido común y cierto sano prejuicio frente a los personajes que veía, me detuvo. Plaza de la República es el paraíso terrenal de los punguistas profesionales, y varios de los presentes parecían pertenecer al gremio.