InicioOfftopicDalia Gutman: "Qué se siente...depilarse"
Dalia Gutman: "Qué se siente...depilarse"



TE TENÉS QUE DEPILAR. La onda Frida Kahlo lamentablemente nunca pegó y ningún hombre querrá besarnos si tenemos bigotes.
De todas maneras hago todo lo posible por evitar ir a depilarme. Dilato todo lo que pueda mi visita al “salón de belleza” y mientras tanto voy zafando con la prestobarba de mi marido, la maquinita eléctrica o la cera depilatoria en casa. Pero nunca es lo mismo. Nunca queda perfecto, y a veces hasta arruino el baño, mi ropa interior y mi piel en mi intento por evitar ir de visita a la depiladora.
Hay que reconocer que ir a depilarse es un EMBOLE: te tiran en una camilla, te pasan cera caliente, y después te arrancan tus pelos de raíz al grito de “respirá hondo, dale, vamos, que es un segundito”. El proceso es humillante, pero la sensación de salir toda depilada es incomparable. Siento que adelgacé, que estoy limpia, que cumplí con la sociedad, que nadie podrá señalarme y decir “¿viste los cardos de esa mina?”.
Y como bonus track, como frutilla del postre, me encanta volver a mi casa después de depilarme, agarrar la pincita, y atacar a esos pocos pelos rebeldes, atascados, que no quisieron irse con el resto. Los saco uno por uno y siento que ya está, que por diez días tengo un tema menos por el cual preocuparme.
Ahora también se está usando mucho depilarse toda la cachucha. Hace un tiempo me parecía de reventadita, de geisha, de mina que con tal de darle gustos a su marido, es capaz de autoflagelarse. Hasta que un día cualquiera fui a depilarme como siempre el cavado. “¿Profundo?”, me preguntó la depiladora. “NO”. Mi lema en la vida es sufrir lo mínimo indispensable, y no estaba dispuesta a entregarme a semejante martirio. Nunca había experimentado cortes con mi cachucha y no tenía intenciones de hacerlo. La señorita depiladora se me puso a hablar, y hablar, y hablar, y empezamos a mantener una de esas incomparables conversaciones que se tienen con las depiladoras profesionales (son aquellas que la tienen clara, las que te tiran temas para que te entretengas y ellas puedan hacer su trabajo tranquilamente). De pronto empecé a sentir que el dolor en esa zona de mi cuerpo era mucho más profundo y salvaje que de costumbre. “¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?”, le grité a la señorita. “Te depilé toda, a tu marido le va a encantar”, me dijo la muy atrevida. “¡¡¿¿¿Qué???!!”. “¿Qué te pasa, ENFERMA, sabés cómo me dolió?”. “Me chupa un huevo mi marido, cómo vas a tener el tupé de decidir por mí dejármela como a una nena?”. Todo esto lo pensé, pero por supuesto no se lo dije. Nunca hay que pelear con una depiladora. Menos en pleno proceso de depilación. Ella tiene el poder, y si se enoja, lo podés pagar muy caro. Así que no me quedó otra que agachar la cabeza y retirarme del salón toda depilada. Admito que su audacia fue una revelación: nada como tener la concha depilada (aunque muchas veces me dé vergüenza pedirlo).
Cuando era chica acompañaba a mi mamá a depilarse. Íbamos a Lorena Brenta. Subíamos unas escaleras y yo me sentaba en una silla a esperar a mi mamá. Había varios gabinetes con mujeres tiradas en camillas como lagartos. Todas gritaban y sufrían mientras unas señoritas con delantal arrancaban cachos de cera de sus cuerpos. Yo era chiquita y tenía la sensación que ir a depilarse era una tortura que estaba condenada a sufrir cuando creciera. Más tarde, cuando me tocó a mí estar acostada en esas camillas, me pareció que esas mujeres eran un poco exageradas. Sin embargo, hay días en los que me comporto así: grito, puteo, me maldigo y me contengo por no putear a la señorita de delantal. Es que ir a depilarse es un garrón: nadie nunca fue a depilarse contento. Nadie nunca dijo “¡qué bueno, hoy a las 4 tengo turno para depilarme!”. Porque depilarse, como plan, es una mierda. Pero mucho peor es estar peluda: es horrible descubrir que tenés bigotes cuando te mirás de cerca en un espejo, o sacarte el pantalón y darte cuenta de que ni tu bombacha puede cubrir semejante selva amazónica, o que tus gambas pueden confundirse tranquilamente con las del 4 de All Boys, o tener que caminar como un robot porque sabés que tenés las axilas peludas y al mínimo movimiento de más, todos se darán cuenta.
Sin embargo, en épocas donde existe la depilación definitiva, tengo que admitir que si no la hago es porque en el fondo, muy en el fondo, depilarme es una actividad a la que no puedo resistirme. Evidentemente la idea de no tener que ir a depilarme más no me cierra. Es que a veces tirarse en esa camilla, sufrir, putear, odiar; y al rato sentirte orgullosa de vos porque lo lograste, porque estás otra vez lisita, sin pelos, lista para la guerra, es un proceso que por ahora, no estoy dispuesta a abandonar.

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