POR: JOSÉ DIAZ HERRERA
“En noviembre de 2006, un grupo de expertos norteamericanos y más modestamente el autor de este libro enviamos más de un centenar de informes a las Naciones Unidas. De esta manera, el 25 de ese mes, el alto organismo con sede en Nueva York vetaba una propuesta para realizar un informe a escala mundial exclusivamente sobre el maltrato a la mujer.
Y es que vistos los datos con desapasionamiento en la sociedad actual, el hombre tiene tres posibilidades más que la mujer de morir en una grerra, diez veces más de fallecer al caer de un andamio, hasta seis veces más de suicidarse tras un divorcio, varias veces más de morir de infarto de miocardio, cáncer de colon y una esperanza de vida de trece años menos (ex-Unión Soviética), según la Organización Mundial de la Salud.
De otra parte, un informe elaborado por el doctor Murray A. Straus, presentado recientemente en la Universidad de Nueva York, realizado en 68 universidades de 32 países de los cinco continentes, que representan la población del mundo, revela que la violencia en el seno de la pareja es mutua. La Asociación Americana de Psicología se manifiesta en el mismo sentido y las estadísticas en Canadá de los últimos cinco años afirman que el siete por ciento de las mujeres han denunciado a sus maridos por malos tratos y el seis por ciento de los hombres a sus esposas o compañeras.
Estos y otros centenares de estudios demuestran que la violencia de género no es un fenómeno unidireccional sino que en el seno de la familia ocurre en todos los sentidos: padres que golpean a hijos, esposos a sus esposas, mujeres a sus maridos, abuelos a sus nietos… aunque, finalmente, mueran más mujeres que hombres. Y eso, que debería ser una verdad de Perogrullo, tengo que sacarla a relucir para rebatir una crítica publicada en este periódico por Remedios Sánchez contra mi libro El Varón Castrado, al que califica sin leerlo (si lo hubiera hecho sabría que hay también mujeres asesinas en serie, una de ellas casualmente con su mismo nombre y apellido), de ‘imprudente, vulgar y perverso’, calificativos que no voy a rebatir. El mercado tiene la palabra.
No voy a dejar de pasar por alto el hecho de que la actual legislación española, aprobada en 2003 y 2004 por PP y PSOE, con el sano propósito de exclusivamente acabar con la violencia contra la mujer, está causando un tremendo dolor al hombre, como dice la juez decana de Barcelona, María Sanahuje, sin conseguir erradicar esta tremenda lacra que todos condenamos: los asesinatos de las mujeres.
Los datos, de nuevo, cantan. En el primer año de aplicación de la Ley de Violencia de Género se detuvieron a 160.000 hombres, se les sacó esposados y a la fuerza de sus casas, delante de sus hijos y vecinos, se les tomó las huellas dactilares, se les metió en un banco de maltratadores y tras pasar entre 24 y 72 horas en un inmundo calabozo más del 90 por ciento de ellos salieron absueltos. Esa razzia, sin embargo, no logró acabar con la muerte de mujeres que, por el contrario, se incrementó en 2006 en siete víctimas, pero a los hombres detenidos y absueltos se les ha dejado marcados para siempre con el sambenito de maltratadores ante sus vecinos, con el estigma de insultar o pegar a su pareja ante vecinos y testigos.
Y es que como revelan todos los informes, incluso el último del Instituto de la Mujer, lamentablemente la verdadera mujer maltratada no denuncia los hechos a la Policía salvo en contadas excepciones (18 por ciento según un estudio de la Universidad de Zaragoza). Por lo tanto, crear una Ley para hacer inútilmente daño al hombre sin resolver el maltrato a las mujeres no solo no resuelve el problema sino que genera un problema mucho mayor.
Y es que la intromisión del Estado en el seno de la familia es lamentablemente injusta. Al menor roce posible, incluso por cuestiones de mala educación en las relaciones matrimoniales, se expulsa siempre al hombre violando su presunción de inocencia, se le quitan a los hijos, la casa, el coche, y se le condena casi de por vida a pagar la hipoteca, caso en que la hubiere, una pensión compensatoria en otros supuestos y la manutención de los menores, sólo crea resentimiento, animadversión, bolsas de pobreza y marginalidad en un sector de la población (el masculino), casi siempre injustamente tratado en los procesos de separación y divorcio. Un informe de Cáritas hecho público en esa provincia así lo revela: el 90 por ciento de los 1.600 indigentes que viven en sus calles son hombres separados, arrojados al basurero de la sociedad por leyes injustas, que les desposeen de todos sus bienes y les arrojan a la marginalidad.
En Estados Unidos, donde esta ‘pandemia’ contra el varón se ha superado hace más de una década siguen pagando las consecuencias: todas las encuestas revelan que el segundo problema para los hombres, después de la amenaza terrorista del mundo árabe, son las denuncias de sus mujeres convertidas en auténticas terroristas de sus familias por las últimas feministas radicales que no tienen otra meta en la vida que la destrucción del varón por el simple hecho de serlo.
De ahí que yo, como autor de un libro de amplia difusión, el número once de los títulos que he publicado, me permita humildemente recomendar al presidente del Gobierno que en lugar de andar por ahí proponiendo ‘alianzas de civlizaciones’ empiece por aplicarlas en su propio país y en un entorno muy concreto: el de la familia. Lo que no obsta para que coincida con usted: hay que endurecer, al mismo tiempo, la legislación en contra de los que asesinan a sus mujeres, a los violadores y a los que las maltratan y luchar por la igualdad de la mujer en todos los planos, pero no desde la confrontación radical sino desde el de la colaboración mútua. Tal y como propone el colectivo el Otro Feminismo. “