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zepellin vs justin







veamos primero esto:






Después de su última edad de oro, a finales de los noventa, el rock pareció entrar en franco declive, eclipsado primero por el pop británico y la electrónica y más tarde por el rap o el R&B norteamericano. El paso al segundo plano se refiere sobre todo a la presencia del rock en las listas de discos más vendidos, más que a la existencia de grupos que ejerzan, tan fértil como siempre.





Pero estas conclusiones se refieren al rock como mero fenómeno musical, y ya llevamos unos cuantos post en este blog como para saber que se trata de algo mucho más transcendente. O más bien, se trataba. Porque la verdadera decadencia del rock no es, por mucho que lo parezca, el descenso en las ventas o en el número de seguidores. Estos aspectos son solo
síntomas del auténtico problema: el fin del rock como respuesta frontal a todo lo establecido, como reacción visceral ante las generaciones anteriores, las clases dominantes, ante la sociedad y las imposiciones morales, éticas o políticas. El alejamiento de las composiciones, letras, autores e intérpretes del público, de sus circunstancias, de la situación social, de manera que la música rock ha dejado de ser un reflejo del momento en el que se desarrolla y una denuncia de las situaciones injustas, para convertirse en un producto, en una pura industria como la automovilística o la tecnológica.







Es otra de las víctimas de un sistema perfecto. Un sistema perfecto para su propia supervivencia, por supuesto, no para las personas que viven en él. Porque el régimen capitalista occidental ha sabido adocenar este catalizador de las inquietudes de un buen número de ciudadanos, los más jóvenes y propensos a la acción. Domar a los músicos, hacerles entrar por el tubo, comprar su voluntad y, desde ahí, la de sus fans. Y finalmente, el sistema ha conseguido fagocitar el rock y adoptar como propias manifestaciones que en su día supusieron un radical ataque al orden establecido y que hoy se venden con total normalidad como simples ejemplos de esta cultura dominante.




A este respecto, las ceremonias de apertura y clausura de los pasados Juegos Olímpicos resultaron reveladoras. En 1977, Inglaterra vivía el fenómeno punk, con los Sex Pistols como estandarte. Aunque su nacimiento fue algo tan programado como el de New Kids On The Block, lo cierto es que explotaron como un ataque al establishment británico, al que definieron como régimen fascista, y especialmente hacia la monarquía, personificada en la reina Isabel II a la que dedicaron God Save The Queen y la imagen que ha quedado como icono del grupo. Por supuesto, la respuesta oficial no se hizo esperar




fueron expulsados de dos discográficas, vetados en la radio y en la televisión por decir fuck off por primera vez en antena y finalmente se les prohibió tocar en todo el territorio de las Islas. Su respuesta fue alquilar un bote y dar un delirante concierto en el Támesis. Pero eso es historia. Pasado el tiempo, Sex Pistols han generado miles de millones de libras en discos y merchandising, y esto es, al fin y al cabo, lo que cuenta para un sistema basado en la economía. Así que pelillos a la mar. Así que, ante una audiencia global y en presencia de esa misma reina a la que denostaban en sus canciones, Sex Pistols se vende como una peculiaridad más de la cultura británica. La rabia se ha esfumado, la orientación ideológica se ha olvidado, solo queda expurgar en el repertorio del grupo algún tema que no muestre todo eso de modo directo y listo:



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