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YO HICE QUE SE PRESERVARA LA ESMA PARA UN MUSEO DE LA MEMORIA
3 septiembre, 2013


Yo hice preservar la ESMA.

Muy pocas veces hablé de este tema pero cuando lo hice, lo hice con claridad. El articulo que copio abajo fue la primera vez que lo hacía tras mi gestión como creador del Proyecto del Museo de la Memoria ‘Nunca Mas’. Antes de entrar en el debate sobre lo que está pasando en la ESMA quiero que sepan mi historia con ese lugar. Este articulo fue publicado el dia 2 de Abril del 2004 en el diario La Nación. Su título fue:

NUESTROS PROPIOS ERRORES (por Rodrigo Cañete)

justicia

El anuncio de la creación del Museo de la Memoria ha sacudido el delicado equilibrio político y social de la Argentina. En medio de este terremoto, considero que mi experiencia como primer coordinador de este museo puede constituir un aporte técnico en medio de tanto apasionamiento.

Hace seis años tuve el raro privilegio de coordinar la creación del Museo de la Memoria. Yo tenía 26 años. En ese momento, se creyó que un joven sin mayores credenciales -más que las académicas- podía estar al frente de un proyecto cuya densidad política e inmediatez historica hacían que cualquiera que hubiese vivido el período tomara partido de inmediato.

Una semana después de mi designación, el presidente Menem anunciaba su intención de demoler el edificio de la ESMA, con el fin de habilitar un paseo público. Tamaño intento de erradicar de un plumazo las huellas del pasado obedecía a un modelo cultural, el de la década de los 90, cuando ellifting borraba las arrugas con la promesa de inmediata gratificación. Olvido y progreso, según este modelo, iban de la mano.

El rechazo social a ese proyecto oficial fue automático y sólo mi ingenuidad en el diálogo con los medios convirtió un deseo personal en “la decisión del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires”. Así, el predio de la ESMA debía ser la sede del Museo de la Memoria. Por supuesto, mi intención se daba de bruces contra la abulia delarruísta que, claro está, no iba a permitir que ningún conflicto, mucho menos histórico, le enturbiara la campaña por la presidencia. Sin embargo, la iniciativa no carecía de lógica, ya que el predio había sido cedido a la Armada, a comienzos de siglo, por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires.

La diputada María del Carmen Banzas se apresuró a presentar un proyecto de ley para hacer efectiva la devolución del predio. En ese momento el peronismo no aceptó el debate. El Frepaso lo politizó y el radicalismo de corte más “progresista” lo impulsó, pero el delarruísmo, representado por la entonces subsecretaria Anchorena, decidió cumplir a reglamento con la ordenanza municipal, sin asumir mayores compromisos. Fue por esta falta de interés, seguramente, por lo que el proyecto terminó por frustrarse. De más está decir que no faltaron en el medio cuestiones inmobiliarias, ya que se consideraba poco redituable no destinar el sitio a la construcción de edificios comerciales.

Sin embargo, y no sin gestiones del sector político, se llegó a la asignación de una magra partida presupuestaria para que el proyecto, al menos, viera la luz. La idea era convocar a una “comisión política” en la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires para que los representantes de las organizaciones de derechos humanos se sentaran a debatir sobre el proyecto. Mientras, desde el Poder Ejecutivo municipal avanzábamos sobre la idea, con un perfil netamente académico y museológico. Esta separación no fue inocente y, claro, no evitó que en varias ocasiones tropezarámos con actitudes dogmáticas. De hecho, fui acusado de represor. Claro, debo de haber sido el represor más joven de la historia…

Durante todo 1998, intelectuales, investigadores, organismos de derechos humanos, politicos y ciudadanos participaron en el debate de un proyecto que terminó generando más preguntas que respuestas. El esfuerzo académico se orientó a la utilización de métodos cualitativos de investigación. Se buscó rescatar la memoria oral. Con esos testimonios se generaría la informacion necesaria para que los historiadores del futuro pudieran brindar las respuestas que hoy a duras penas intuimos, sin caer en sectarismos.

Pero hubo que enfrentar dos problemas: la voluntad de los organismos de derechos humanos más radicalizados de estar directamente a cargo del proyecto, lo que redundaría en resultados parciales, y las inclinaciones naturales del brazo ejecutor, la secretaria de Cultura, no muy tendientes a lo poco divertido. Así, el proyecto quedó perdido en los pisos superiores del Museo del Cine, sin que siquiera se hiciera lugar a la solicitud que hice de que el resultado del trabajo de quince jóvenes estudiantes -que durante un año se dedicaron a la muchas veces dolorosa tarea de entrevistar a familiares, vecinos y víctimas del terrorismo de Estado- fuera derivado al Instituto Histórico de la Ciudad de Buenos Aires.

Sin embargo, creo que aquella experiencia sirvió y mucho, porque las alternativas que sufrió deberían servir de guía a quienes hoy pretenden retomar la iniciativa.

Lo primero que hay que definir es qué tipo de museo se quiere tener. En el mundo existen dos clases de museos de la memoria: los temáticos y los museos-sitio. Los museos temáticos son aquellos en los cuales el guión museográfico refleja una historia, una monografia. Los hay más históricos -el Museo del Holocausto, en Israel- y los hay más alegóricos, como el Museo del Holocausto de Washington, donde el objetivo es provocar sensaciones, emociones y analogías. El primero es de corte científico y realista, mientras que el segundo tiene un perfil más artístico y afectivo, si se quiere.

Respecto de los museos-sitio, el canon lo marca el instalado en el campo de concentración de Auschwitz, donde lo que importa no es sólo la historia, sino el valor simbólico del lugar, el propio espacio histórico, cargado de dolor hasta el paroxismo. Ahora bien, si éste es el modelo elegido para la ESMA, ¿cómo piensa el Gobierno encarar el cuidado de un edificio que inmediatamente después del discurso presidencial fue atacado por los asistentes al acto? ¿Cómo se hará para evitar que los ataques se repitan, si la sola presencia del edificio es vista como algo demoníaco? ¿Estamos los argentinos preparados para un ejercicio de alejamiento histórico? ¿Podemos tomar la suficiente distancia? En otras palabras, ¿cómo se va a garantizar la seguridad después de un lanzamiento tan politizado como el que hubo? El segundo problema que surge con la ESMA como museo-sitio es su tamaño. Es gigantesco para un museo que carece de objetos a ser mostrados y como edificio en sí, resulta a todas luces insuficiente.

Habría que saber también qué va a mostrar el museo, cuáles van a ser los objetos que allí se exhiban. Esto es particularmente problemático, ya que las heridas no están cerradas y la selección de objetos supondrá la formulación de hipótesis, que, según vienen los acontecimientos, fortalecerán aún más los dogmatismos. Podemos decir que lo sucedido durante los años de la dictadura no ha sido aún objeto de investigacion histórica, sino de análisis político. La diferencia entre lo uno y lo otro es abismal.

Tampoco es menor saber quién va a dirigir el museo. Se debería realizar un concurso internacional para elegir al mejor y más objetivo de los directores, alguien que pueda dar garantía de imparcialidad, para que el museo no sea un instrumento de política interna, sino una manifestación de nuestra conciencia histórica ante el mundo. El museo debería ser autárquico y hasta podría autofinanciarse, a través de la cooperación internacional y de los fondos que pueda generar. Su autoridad de referencia debería ser académica, no gubernamental, y los organismos de derechos humanos deberían participar sólo a través de ella. De no ser así, el museo seguirá los tristes pasos del Canal 7, o sea, será la representación de la incapacidad del Estado argentino para contar cualquier historia.

El Museo de la Memoria tendría que convertirse en un estandarte de la madurez histórica de los argentinos. Existen dos posibilidades: o mostramos al mundo nuestra flagrante incapacidad de sumar las individualidades en un esfuerzo colectivo o logramos apartarnos de los facilismos y enfrentar a nuestros demonios del pasado con conciencia de futuro.

Ya lo dijo el Presidente en su discurso inaugural: “Debemos tener memoria para recordar los errores ajenos y nuestros propios errores”. El ya definió el significado que adjudica a los “errores ajenos”. Ahora es momento de que defina la expresión “nuestros propios errores”. El mundo lo está escuchando.

por Rodrigo Canete.

que anden bien
Danuschi.
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