InicioInfoCódigo Flecha Rota (real) accidente nuclear


Hola, hoy el post es sobre un "Código Flecha Rota" real (no la película de John Travolta). Esté código (en inglés Broken Arrow) es usado por el ejercito yanki cuando se pierden armas nucleares. Sucedió en inmediaciones de la localidad almeriense de Palomares (España) el 17 de enero de 1966 cuando la Fuerza Aérea de los Estados Unidos perdió un avión cisterna, una bombardero estratégico y las armas nucleares que transportaba este último. El tema fue tocado tangencialmente en la película "Hombres de Honor" con Robert De Niro y Cuba Gooding Jr. Es importante recordarlo, para cuando algún político trasnochado quiera permitir la instalación de bases norteamericanas en nuestro país. Agregué tres artículos que detallan lo sucedido y posteriores consecuencias.

Fuentes: Wikipedia
www.marenostrum.org
www.cubahora.co.cu





link: http://www.videos-star.com/watch.php?video=99vtEFo7HpY



Ochenta dias después de que esta bomba cayera al océano tras la colisión en vuelo de un B52 cargado con armas termonucleares y un avión nodriza KC135 sobre la localidad almeriense de Palomares, fue recuperada a una profundidad de 869 metros por el submarino Alvin y subida a bordo del USS Petrel. Observar el morro y las aletas gravemente deformadas.

Como resultado del accidente, se excavaron cerca de 1400 toneladas de suelo y vegetación radiactiva, se introdujeron en barriles de 250 litros y se enviaron a EEUU para su almacenamiento en la Savannah River Plant en Carolina del Sur. En la foto, los barriles están preparados para su envío.

La bomba que fue encontrada en tierra sin explosionar















El día que cayeron bombas H sobre España

LUIS ÚBEDA

La superfortaleza volante B-52 había terminado sus 12 horas de rutinario patrullaje en los límites de los antiguos países socialistas de Europa, y se disponía a retornar a la base destacada en Estados Unidos, no sin antes abastecerse en el aire de 110 000 litros de combustible.
Como de costumbre, de una base sevillana arrendada a la USAF va a su encuentro un K-135 cisterna al mando del comandante Emil Chapla. La cita es a 32 kilómetros de la costa mediterránea y a 10 000 metros de altura.
El enorme bombardero comienza a disminuir la distancia para "capturar" la toma de combustible pendiente de la panza del avión nodriza. De repente, Chapla advierte que la maniobra no es correcta y lanza un angustioso aviso por radio. Es tarde. El B-52 lo golpea por debajo y, en fracciones de segundos, se precipitan los acontecimientos. Chapla puede controlar su aeronave y, aunque herida grave, regresarla a la base. Pero…
La superfortaleza se inclina a un costado. Algo explota en su interior. Tres tripulantes saltan en sus paracaídas. A continuación, otra explosión mayor fragmenta la nave en miles de pedazos que se precipitan a tierra. Entre ellos, cuatro bombas de hidrógeno…
La tragedia ha tenido su desenlace en tierras de Almería, exactamente sobre la pequeña comunidad de Palomares, de 2 500 habitantes. Tres de los artefactos se hayan en sus alrededores, afortunadamente desactivados. Pero falta uno. ¿Dónde está?
PACO, EL DE LA BOMBA
Aquel día Francisco Simó Orts hizo lo que tantos días de su vida: levantarse a las 4 de la madrugada, caminar hasta el pequeño muelle, alistar su barca y zarpar en busca de una caja de frescas caballas y rodaballos en el pesquero situado a 6 millas de distancia.
Paco levantó la vista al sentir algo parecido a una explosión. Pero no vio nada. Poco después, próximo a él descendió lentamente un largo objeto sostenido por dos paracaídas. Calculó que eran las 10 de la mañana. Arrancó el motor y se aproximó al lugar, pero solo encontró mar. Recogió los sedales y se dirigió al puerto, a donde llegó casi al mediodía. En el mesón comentó lo sucedido, y junto a varios amigos se dirigió al puesto de la Guardia Civil. La Operación Flecha Rota (criptónimo con el que se mantenía en secreto la recuperación de las bombas H) todavía era desconocida para las autoridades.
Sin embargo, el insólito hecho corrió de boca en boca y llegó hasta oídos de los funcionarios norteamericanos. Sobre Paco cayó un aluvión de militares que lo acribillaron a preguntas. Por último, los condujo al sitio donde él creía que había caído "aquella cosa": a seis millas de la costa, en un área de 15 km², entre 25 y 1 500 metros de profundidad, como finalmente pudo comprobarse.
EL ALVIN EN ACCIÓN
En breve lapso fueron movilizados veinte barcos, 2 000 marinos y 125 hombres rana, así como un batiscafo y dos minisubmarinos, entre ellos el recién construido Alvin, para hallar y recuperar la peligrosa carga nuclear. En definitiva tocó a esta última embarcación la gloria de la compleja operación de rescate.
Concebido por la Oficina de Investigación Naval de Estados Unidos para operar a 1 800 metros de profundidad en funciones básicamente militares (con posterioridad incluso exploró los restos del Titanic, a mucha más profundidad), el minisubmarino Alvin, de 11 toneladas de peso y tres tripulantes, partió por vía aérea con destino a la base norteamericana de Rota, España, a donde arribó el 1ro de febrero de 1966 dividido en dos secciones. Tras un rápido montaje, el sumergible llegó al teatro de operaciones el 14 de ese mes a bordo del Fort Snelling, y al punto inició la primera de las 34 inmersiones practicadas en pos de la bomba de hidrógeno.
Tomando en cuenta lo declarado por Simó Orts, se confeccionó una carta del lecho submarino donde se apreciaba cómo el suelo descendía suavemente en dirección norte y cómo en la sur caía abruptamente, formando un cañón. Esta última área le fue asignada a la tripulación del Alvin, mientras que la del Aluminaut (otro minisubmarino, pero de menor capacidad de inmersión) abarcaría la norte.
La misión también serviría para comprobar, in situ, las cualidades reales del Alvin, pues la etapa de pruebas del año precedente había estado perneada de incontables fallas eléctricas y mecánicas.
DETECTADA LA BOMBA
Mientras efectuaba su novena inmersión el 1ro de marzo, los pilotos McCamis y Wilson descubrieron un rastro en el lecho submarino que parecía haber sido causado por el recorrido de un objeto. El profundímetro marcaba 728 metros, pero debieron interrumpir la búsqueda al descargarse las baterías del minisumergible. No obstante, debido a las imprecisas marcaciones hechas por el navío que desde la superficie apoyaba la misión, los siguientes rastreos resultaron infructuosos.
El 15 de marzo, los argonautas hallaron de nuevo el rastro. En vez de continuar descendiendo por la escarpada pendiente, retrocedieron tras la huella y descubrieron la bomba bajo un paracaídas, a 758 metros de profundidad. Durante esta inmersión se había producido el primer encuentro del Alvin con el Aluminaut a tales simas; este último portaba un repetidor que devolvía la señal lanzada por los equipos rastreadores del USS S. Mizar desde la superficie. Por espacio de 24 horas este ingenio mantuvo una especie de puente entre señales, permitiendo fijar con exactitud la posición del objetivo.
Asimismo desde el Mizar se caló un cable de nylon portador de un ancla que, asombrosamente —si tenemos en cuenta la profundidad—, se posó a escasos metros del artefacto. A su vez, el Alvin descendió con otro cable de 8 cm de circunferencia y su brazo mecánico enganchó las pinzas en los restos del paracaídas. El intento fue fallido, pues el cable con que era izada la bomba, rozó el ancla y se partió, perdiéndose otros nueve días en reencontrarla.
Así las cosas, el equipo de rescate supuso erróneamente que el objetivo se había soltado en un lugar elevado de la pendiente; por el contrario, se había hundido a 848 metros de profundidad, tal y como pudo comprobar la tripulación días más tarde.
El mando decidió incorporar el CURV (Vehículo Subacuático controlado para Recuperaciones), ingenio no tripulado y diseñado específicamente para recuperar torpedos. De manera metódica el CURV fijó varios cables al paracaídas, gracias a lo cual la bomba pudo ser izada el 7 de abril, para alivio de militares y civiles participantes en la Operación Flecha Rota… y para millones de españoles que siguieron con justificada preocupación las complejas labores.
Quiso la fortuna que este episodio no concluyera en tragedia de incalculables consecuencias. Y como colofón, haciendo gala de la proverbial prepotencia yanqui, el importante rol desempeñado por el pescador Francisco Simó Orts —más conocido por "Paco, el de la Bomba" a partir de entonces—, testigo exclusivo del incidente, fue silenciado de forma olímpica, sin siquiera recibir una gratificación verbal por el servicio prestado.





Incidente de Palomares

De Wikipedia, la enciclopedia libre
Se conoce como Incidente de Palomares al accidente ocurrido en la localidad almeriense de Palomares el 17 de enero de 1966 en el que la Fuerza Aérea de los Estados Unidos perdió un avión cisterna, una bombardero estratégico y las armas nucleares que transportaba este último.

El accidente
En el accidente de Almería se vieron implicados un bombardero estratégico norteamericano B-52 y un KC-135 de reaprovisionamiento en vuelo (cargado con 110.000 litros de combustible) que colisionaron a 30.000 pies sobre la costa del Mediterráneo mientras intentaban practicar esta operación en el transcurso de unas maniobras de la Fuerza Aérea Norteamericana. Un error provocó que el bombardero volara demasiado bajo, lo que causó que chocara con la panza de la otra aeronave. Este accidente se produjo cuando estos aviones volvían desde Turquía destino a su base en Carolina del Norte. Ambos aviones se desintegraron instantáneamente y cayeron en llamas entre la tierra y la mar. Siete tripulantes resultaron muertos y cuatro lograron saltar en paracaídas.
El B-52 transportaba al menos cuatro, y puede que cinco, bombas termonucleares B28 de 1,5 megatones. Dos de ellas quedaron intactas, una en tierra y otra en el mar. Las dos bombas restantes cayeron cerca del pueblo y explotó el detonante convencional que portan para conseguir la primera reacción nuclear. Estas explosiones convencionales esparciendo unos 20 kilogramos de plutonio altamente radiactivo por los alrededores.
Los tripulantes que lograron salvar la vida fueron rescatados sin problemas y se mostraron sorprendidos de que las bombas no hubiesen explotado. En realidad la reacción en cadena, que desencadena la explosión nuclear, no se produjo gracias a un dispositivo o sistema aún mantenido bajo secreto .
El rescate de los artefactos
Aunque los artefactos caídos en tierra no supusieron especial peligro (todo lo que podían haber hecho ya estaba consumado) el ingenio perdido en el agua podía seguir intacto e incluso recuperado por algún país, en especial la antigua Unión Soviética; por lo que la Armada de los Estados Unidos desplegó un gran dispositivo con varios barcos, buceadores y sumergibles. Finalmente tras 80 días de búsqueda la bomba fue localizada por el minisubmarino Alvin a 869 metros de profundidad y 5 millas de la costa gracias a la ayuda de un pescador local, llamado Francisco Simó Orts, vecino de Águilas que observó el accidente y guió a los marines hasta el lugar donde cayó la bomba; desde este día a Francisco se le conoce en al zona como "Paco el de la Bomba" .El rescate efectivo de la bomba sumergida se realizó gracias a un ingenio denominado "CURV" utilizado habitualmente para recuperar torpedos del fondo marino.
La recuperación y limpieza de las armas caídas a tierra supuso otro tipo de dispositivo. Varios miembros de las fuerzas armadas de Estados Unidos se presentaron en las cercanías del pueblo equipados con trajes NBQ. Durante varios días permanecieron en la zona, retirando la arena contaminada de 25 000 metros cuadrados de suelo
Las operaciones le costaron al ejército norteamericano 80 millones de dólares de la época, retirando 1.400 toneladas de tierra y tomateras que fueron transportadas a Savannah River. Se calcula que el 15% del plutonio, unos 3kg en estado natural, en óxidos y en nitratos, quedó esparcido en forma pulverizada y fue irrecuperable . Actualmente, Palomares es la localidad más radiactiva de España.
Las repercusiones del incidente
El gobierno franquista tampoco suministró protección de ninguna clase a los guardias civiles que participaron en la limpieza, protección que sí llevaba el personal norteamericano. El plutonio -el utilizado para las armas nucleares- emite radiación alfa y tiene una vida media de 24.100 años. No se han realizado estudios epidemiológicos sobre enfermedades asociadas a la radiactividad y a la toxicidad química del plutonio ni a nivel local ni entre los guardias civiles que participaron en la limpieza. La dictadura, bajo presión del Gobierno estadounidense, mantuvo secretos los informes de monitorización médica hasta que el gobierno socialista finalmente los desclasificó en 1986. Aproximadamente el 29% de la población de Palomares presentaba trazas de plutonio radiactivo en su organismo. En la actualidad hay alguna urbanización turística por los alrededores, lo bastante cerca como para que los coches pasen levantando polvo que entra en el circuito del aire acondicionado, por ello el Consejo de Seguridad Nuclear ha prohibido la construcción en las zonas más afectadas.
Recientes mediciones relativas a la presencia de plutonio radiactivo (que se disuelve muy mal en el agua) en el plancton del Mediterráneo Español han hecho pensar a muchos científicos que hubo una quinta bomba, nunca recuperada y ocultada por los Estados Unidos a los gobiernos de la democracia.
Un accidente similar ocurrió el 21 de enero de 1968 en la Base Aérea de Thule, en Groenlandia. Un accidente en pista provocó el incendio y posterior explosión del B52, que llevaba 4 bombas B28 como las de Palomares. Aquí sí se hizo estudio epidemiológico y la tasa de cáncer entre los trabajadores que participaron en la limpieza era un 50% superior a la de la población general. Hubo también informes de esterilidad y otros trastornos asociados a la radiactividad.
Palomares es el accidente Broken Arrow (pérdida total de armas nucleares) más grave de la historia, que se conozca. Ya en 1961 había ocurrido otro Broken Arrow en Carolina del Norte, en este caso con dos bombas de uranio.
Existían en la zona del incidente rumores que hablan que cuando Manuel Fraga Iribarne y el embajador americano acudieron a darse el famoso baño, éste no se produjo en las playas de la zona accidentada (Palomares), sino en Mojácar (a 15 kilómetros, aproximadamente, del lugar del accidente), frente al Parador Nacional de ésta localidad. La realidad, no obstante, es que se realizaron dos baños, el primero, efectivamente en Mojácar, en el que solamente se bañó el embajador norteamericano Angie B. Duke y alguno de sus acompañantes y un segundo baño, ya en la playa de Quitapellejos en Palomares, donde de nuevo el embajador se bañó acompañado por el Ministro de Información y Turismo de entonces, Manuel Fraga Iribarne.
Palomares en el cine [editar]
En la película Hombres de honor de George Tillman Jr. el actor Cuba Gooding Jr. interpreta a uno de los buceadores que participaron en el rescate de la bomba perdida en el mar. Así mismo aparece algo del dispositivo naval desplegado y el nerviosismo de los militares estadounidense al declararse código Broken arrow ; sin embargo no menciona en absoluto la contribución de Paco el de la bomba y se muestra parte de la operación de rescate en el mar desde el punto de vista espectacular de Hollywood.
En 2007, la productora almeriense Pitaco Producciones realiza un documental de título "Operación Flecha Rota" con material audiovisual desclasificado en los últimos años. En él, se analiza el accidente y sus consecuencias, se entrevista por primera vez al piloto que estaba a los mandos del B52 siniestrado, se recrea en 3D el accidente en base al informe oficial de la USAF y se culmina el trabajo epidemiológico del Dr Martínez Pinilla. La dirección y el guión corre a cargo de José Herrera con la producción de Antonio Sánchez Picón.





Palomares 38 años de radiación nuclear

por José Javier Matamala García
Hablar del accidente nuclear de Palomares, una tranquila pedanía de Cuevas del Almanzora –Almería-, que a finales de los años sesenta ni siquiera aparecía en los mapas militares de la época, supone recordar el accidente nuclear más importante de España, cuyas consecuencias sobre el medio ambiente de este rincón del Sudeste peninsular, tras casi cuatro décadas, están aún por determinar.
También implica despertar una pesadilla que los habitantes de esta comarca del levante almeriense prefieren olvidar, así como el clamor histriónico y sinsentido de los políticos locales y provinciales que intentan acallar cualquier nueva información que se aporte en este sentido, en una peculiar manera de entender los intereses de la ciudadanía, donde “ojos que no ven, corazón que no siente”.
No es nuestra intención la de alarmar a la población, ni irritar a tan susceptibles políticos de postín, sino reflejar ciertas conclusiones científicas poco divulgadas y siempre perseguidas por un oscurantismo más propio de otros regímenes. Cuando la salud humana puede estar comprometida lo único razonable es estudiar el origen de ese posible compromiso y no enterrarlo, como se hizo inadecuadamente con miles de toneladas de residuos radiactivos en Palomares a finales de los sesenta.
LOS HECHOS
Durante la mañana del 16 de enero de 1966, un B-52 de las fuerzas aéreas de los EEUU, proveniente de la base Seymour Johnson (Carolina del Norte, EEUU), en cuya bodega alojaba 4 bombas termonucleares de 70 kilotones, colisionó con un avión nodriza KC135 proveniente de la base americana de Morón de la Frontera mientras realizaban una maniobra de repostaje de combustible en vuelo. Los 4 miembros de la tripulación del KC135 murieron en el acto mientras que 4 de los 7 tripulantes del B52 pudieron salvarse, saltando en paracaídas.
Dos de las bombas chocaron directamente contra el suelo explosionando su carga convencional y liberando su contenido radiactivo, compuesto principalmente por plutonio y americio, y creando una nube radiactiva que se esparció sobre unas 226 hectáreas de terreno, debido al viento reinante. Este área incluía la población de Palomares y a sus habitantes.
La bomba que fue encontrada en tierra sin explosionar
Las otras dos bombas cayeron con el paracaídas abierto; una fue encontrada presuntamente intacta en el lecho de un río seco mientras que la otra fue a parar al mar.
Los militares americanos pusieron rápidamente en acción un operativo al que denominaron “Broken Arrow” –Flecha Rota-, cuyo principal objetivo era el de localizar los proyectiles perdidos y después descontaminar la zona.
Las tres bombas que cayeron en tierra fueron localizadas en cuestión de horas, pero la que cayó al mar tardó cerca de 80 días en ser localizada; apareció finalmente a 5 millas de la costa.
EL SEGUIMIENTO
En los datos aportados al Congreso de los Diputados, por parte del Consejo de Seguridad Nacional –con fecha de entrada de 17 de octubre de 1995-, se afirma que la retirada de material contaminado se restringió sólo a las zonas que presentaron una radiación intensa, lo que correspondería al 0,97% del área afectada -226 Ha-, que fueron recogidos en más de 5.500 barriles y trasladados a los EE.UU. El resto del terreno fue labrado, regado y sepultado bajo medio metro de tierra descontaminada. También, según el informe núm. 021275 se enterraron cantidades indeterminadas con un índice de radiación medio en un pozo construido al efecto.
Inicialmente el control de la zona correspondió a la antigua Junta de Energía Nuclear (JEN) que realizó controles de contaminación atmosférica, de suelos, plantas silvestres y cultivos, y animales desde el accidente hasta 1980. En cuanto al seguimiento biológico los datos de “tan concienzudo” análisis se limitaron al esparto (que ofreció los índices más elevados por acumulación de plutonio), dos caracoles y una cabra, en los que también se hallaron trazas de este elemento radiactivo.
Sobre la población residente se realizó un seguimiento médico periódico consistente en análisis de orina y una exploración pulmonar, lo que según diversos expertos en contaminación radiológica, ni son suficientes, ni aportan datos significativos para la valoración epidemiológica de la exposición continuada a partículas alfa de plutonio.
En 1984 Centro de Análisis y Programas Sanitarios descalificó públicamente los seguimientos realizados por la JEN sobre mortalidad a causa de la radiactividad por incompletos e incluso sesgados, mediante métodos presididos por la ambigüedad y la indefinición.
ESTUDIOS EPIDEMIOLÓGICOS
DEL Dr. Pedro Antonio Martínez Pinilla
En abril de 1997 concertamos un encuentro en Murcia con una de las mayores eminencias en cuanto a patologías relacionadas con la radiación por partículas alfa, el Dr. Pedro Antonio Martínez Pinilla. De hecho, es el autor de los únicos trabajos epidemiológicos que se han realizado de forma continuada y con rigor, durante décadas, sobre mortalidad y morbilidad en Palomares. En dicha reunión nos acompañó el periodista almeriense Diego García Campos, que publicaría parte de esta entrevista en el medio que dirige.
El Dr. Martínez Pinilla nos comentó la falta de seguimiento adecuado de la morbilidad y la mortalidad en Palomares, desde el accidente nuclear hasta la actualidad, por parte de las Administraciones competentes, así como la precariedad de los protocolos de recogida de datos, su falta de rigor científico y ético en algunos casos. Asimismo mantuvo que la tónica dominante de las autoridades ha sido la dejadez y que aún no se ha elaborado ningún estudio epidemiológico por parte de las instituciones responsables.
Nos comentó que la radiación producida por los isótopos de plutonio 239 y 240, en forma de partículas alfa y en las concentraciones registradas en el área de estudio, era muy débil, incapaz apenas de atravesar una simple hoja de papel; pero nos advirtió que precisamente es esta supuesta “inocuidad a corto plazo” la que equivoca a los que se empeñan en establecer “rangos permisibles para la salud”, lo que carece de sentido cuando la principal característica de este tipo de radiación es su carácter acumulativo dentro de las cadenas tróficas y en elementos inorgánicos, como el agua, el suelo o el aire.
Según Pinilla, la mayoría de los estudios sobre radiación prolongada ante partículas alfa, indican que la incidencia sobre las poblaciones humanas y de otros vertebrados superiores y también longevos, no presentan signos patológicos hasta pasados unos 20 años. Es entonces cuando los efectos de la exposición al factor de riesgo –en este caso la radiación- pueden llegar a desencadenar procesos neoplásicos en los individuos.
El método científico que empleó en los estudios epidemiológicos realizados se sustentó en el tratamiento estadístico de diferentes variables mediante un estudio de cohortes, con una probabilidad de error menor o igual a 0,05 –limite estadístico de significación biológica- entre dos poblaciones similares en cuanto a su dimensión, caracteres bioclimáticos y socioculturales, así como con una pirámide de población muy parecida. La población de estudio fue la de Palomares, mientras la población testigo –de referencia- la de Guazamara, pedanía del municipio almeriense de Pulpí.
En el protocolo del primer estudio se recopilaron datos del periodo anterior y posterior al accidente nuclear, 1946-1985. De esta forma se confrontaron diferentes variables entre la población de estudio –con posible factor riesgo- y la población testigo –sin factor de riesgo-.
Los resultados parciales durante dicho espacio de tiempo indicaban que las muertes por neoplasias fueron menores en la población de estudio que en la testigo. Sin embargo, en la discusión de los resultados obtenidos el Dr. Martínez Pinilla afirma que podían deberse “a una infrarregistración por parte de los médicos de las defunciones tumorales, ante la presión social que inevitablemente establecía una relación entre las bombas, las radiaciones y las enfermedades cancerígenas.
En segundo lugar, que el periodo podría resultar corto, ya que los espacios de latencia necesarios para que aparezcan los efectos biológicos de las radiaciones son bastante grandes: superiores a veinte años”.
Asimismo, lamentaba que ciertas autoridades hubieran utilizado sólo los resultados de su estudio epidemiológico preliminar, para afirmar gratuitamente que un doctor en medicina afirmaba que la radiación residual del accidente nuclear de Palomares no tenía incidencia alguna sobre la población, en un descarado intento de buscar argumentos para no seguir investigando el tema. Este uso sesgado de la información evidencia, según Pinilla, la parcialidad de aquellos que la utilizan fraudulentamente para evitar que se realicen con rigor los estudios epidemiológicos pertinentes, llegando incluso a poner trabas a la labor investigadora.
En un segundo estudio estadístico de cohortes, se confrontaron las mismas variables y poblaciones, durante el periodo 1985-1990, cuyos resultados variaron radicalmente con respecto a los del anterior ciclo.
Esta nueva iniciativa se debió, según el Dr. Martínez Pinilla, al considerar que las causas que podían haber falseado los datos del primero se habían superado; en este sentido afirmaba que “en primer lugar, porque ya se habría sobrepasado ese hipotético período de latencia de 20 años, para que las partículas alfa ejerzan su efecto cancerígeno, y en segundo, la presión social, creo que puede haber desaparecido, además de que los expedientes de defunción son mucho más rigurosos, por lo que aumentamos la fiabilidad de los resultados” .
Los resultados de este segundo estudio demuestran que “las tasas estandarizadas de mortalidad general muestran valores similares en Palomares (9.6) Y Guazamara (10.1). Las principales causas de mortalidad para ambas poblaciones fueron las circulatorias y las tumorales. Las tasas estandarizadas de mortalidad circulatoria son muy similares entre ambas poblaciones: 3.7 en Palomares y 4.6 en Guazamara, mientras que las tasas de mortalidad tumoral son radicalmente diferentes en Palomares (3.7) y en Guazamara (0.9)”… “resulta sorprendente que dos poblaciones con estructuras similares, con mortalidad general similar y con mortalidad circulatoria también muy parecida, presenten unas tasas de mortalidad tumoral tan diferentes. Esta gran diferencia a favor de Palomares sólo es justificable de manera significativa por la existencia de un factor de riesgo”,
En las conclusiones de este estudio se demuestra que el riesgo relativo bruto por exposición -siendo el factor de riesgo el hecho de vivir en Palomares- es de 4.15, mientras que en una población sin este mismo factor de riesgo, expuesta a las actuales condiciones de vida e índice de mortalidad por tumores sería de 1.
De esta forma Martinez Pinilla destaca que “El riesgo atribuible provocado por la exposición al factor de riesgo es de 0.76. Lo que indica, con un nivel de confianza superior al 95%, que el 76% de los tumores son debidos al factor de riesgo, y que el resto -24%- se deben a otras causas. He realizado la inferencia de identificar el factor de riesgo con la radiactividad existente en Palomares”.
En resumen, “que en los 20 años posteriores a la caída de las dos bombas de fusión no se observó un aumento de las defunciones tumorales que pudiese ser atribuido a las radiaciones, mientras que, superado este período de 20 años, empezaron a aparecer cánceres de forma alarmante, que produjeron la muerte con un riesgo atribuible (fracción etiológica) de 0.76 y con un riesgo relativo bruto (razón de tasas) de 4.15”.
Continuando el mismo método científico en sus estudios epidemiológicos, se encontró con que el nuevo análisis estadístico realizado durante el periodo 1991-1993 aportaba resultados cada vez más significativos.
Así, los datos tabulados en dicho periodo, indicaban que el total de defunciones en la población de estudio –Palomares- fue de diez, desde enero de 1991 hasta mayo de 1993, y otras diez en la testigo (Guazamara). El total de cuatro cánceres aparecidos fueron en la población de estudio y siempre en varones, mientras que en testigo las diez muertes se debieron a causas no tumorales.
Ante estos resultados el Dr. Martinez Pinilla, tras mostrar su cautela en estos últimos datos por lo reducido de la muestra, afirmó “que los dos cánceres de hígado, uno de pulmón y uno de próstata nos ofrecen una severa impresión de lo que acontece en Palomares. Ello incrementa el factor de riesgo. En esta última etapa el 100% de las defunciones tumorales existentes en Palomares son atribuibles a un factor de riesgo, que atribuyo a las radiaciones alfa del plutonio”.
El Dr. Pedro Antonio Martínez Pinilla señaló que “seria necesario realizar otros trabajos diferentes a los epidemiológicos, que estimen o desestimen con total exactitud una inequívoca relación causa efecto entre la exposición a las radiaciones y la aparición de tumores en Palomares”, entre los que apuntó los siguientes:
* Análisis de morbilidad, con datos del Hospital Provincial de Torrecárdenas desde 1996, que incluya fichas administrativas de ingresos, historias clínicas, libro de ingresos y altas, y fichas de patología epidemiológica.
*Continuación de los estudios epidemiológicos con sistemas estadísticos fiables.
*Experimentación in situ, sobre todo animales, que tengan biología parecida a los humanos, con larga vida, y que coman productos de allí.
*Seguimiento exhaustivo y sin límites de los vegetales y animales de la zona.
*Análisis de las tierras, ya que las mediciones del CIEMAT reconocen insuficiencias.
*Análisis de los acuíferos.
*Realización de análisis de cuerpo entero a personas fallecidas, incluyendo exhumación de cadáveres. Con esta medición se puede asegurar la relación muerte-radiactividad. Hasta ahora sólo se ha analizado orina y medición de contaminación en pulmón. Estos criterios son insuficientes.
*Estudio del grupo de personas inmigrantes, que no estuvieron expuestos a radiación inicial.
* Estudio sobre la concentración de plutonio y americio en el plancton del Mediterráneo Occidental
OTROS ESTUDIOS
Un reciente estudio realizado por el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambiental, perteneciente al Departamento de Física de la Universidad Autónoma de Barcelona, titulado “Concentrations of plutonium and americium in plankton from the western Mediterranean Sea" y publicado en la revista “The science of the total environment”, ha aportado nuevos datos sobre las actuales consecuencias del accidente nuclear de Palomares.
Dirigido por el prestigioso Dr. Joan Albert Sánchez Cabeza, el equipo de esta investigación ha estudiado, durante el período 1991-2001, la influencia de la transferencia de los radionucléidos a través de la cadena alimenticia y, en particular, la captación de nucléidos transuránicos por el plancton, lo que es básico para poder evaluar el riesgo radiológico potencial del consumo de productos marinos por la población humana.
Según este estudio las principales fuentes de elementos transuránicos presentes en el Mar Mediterráneo, proceden de la precipitación radiactiva global –pruebas nucleares- y del accidente de Palomares, aunque en la actualidad se liberan cantidades menores desde instalaciones nucleares en la región Noroeste.
El método consistió en la recogida de diferentes muestras de plancton en el Mediterráneo Occidental (golfo de Vera -en la zona de Palomares-, Garrucha, Mallorca, golfo de Sant Jordi -Baix Ebre-, costa de Barcelona y golfo de León –Francia-), para evaluar la captación biológica de plutonio –Pu- y americio –Am-.
Los resultados han revelado que en Garrucha (área de Palomares) el microplancton mostró la mayor actividad de Pu-239 y Pu-240 de todo el Mediterráneo, lo que pone de manifiesto la contaminación con plutonio de los sedimentos del fondo. Los niveles de concentración hallados estaban dentro del “rango de los valores recomendados por la Agencia de Energía Atómica Internacional” –AEAI-. Las concentraciones de transuránicos observadas en la plataforma continental fueron mucho mayores que las de mar abierto. Según estos científicos los sedimentos de las aguas costeras podrían jugar un papel importante en el traslado de transuránicos al mesoplancton como elemento inicial de la cadena alimenticia.
En Palomares, tanto el Pu-239 y Pu-240, como el Am-241, mantuvieron niveles cinco veces por encima de los valores hallados en el resto del mesoplancton de la plataforma continental estudiada. Los isótopos de plutonio de la muestra contaminada y los relacionados con el accidente nuclear son similares, lo que indica una relación directa con las bombas termonucleares que esparcieron su contenido al caer en Palomares el 16 de enero de 1966. Sin embargo, las concentraciones halladas en el mesoplancton también estarían relativamente de acuerdo con los “rangos recomendados por el IAEA”.
Lo que cabría preguntarse es si “los rangos recomendados por la Agencia de Energía Atómica Internacional”, están basados en las barbaries cometidas por las potencias atómicas en los atolones del Pacífico durante el resultado de sus pruebas nucleares...
CONCLUSIONES
Como conclusión, parece evidente que estos estudios científicos demuestran fehacientemente que tras 38 años del accidente nuclear de Palomares, las consecuencias no sólo no se han disipado, sino que siguen y seguirán afectando a las comunidades biológicas de la zona durante los miles de años que estos elementos transuránicos, en especial el plutonio, tardan en degradarse.
Lo que también es evidente es la reacción anormal –o ausencia de la misma- de las distintas administraciones implicadas en el control de estos residuos radiactivos, del seguimiento epidemiológico de los habitantes de esta comarca y de los demás seres vivos que viven en ella.
En cuanto a los susceptibles políticos, habría que recordarles que es legítimo potenciar el desarrollo de estas áreas y nadie lo ha puesto en duda, pero que es un deber inalienable de los mismos procurar por la salud de los habitantes de esta zona, así como emplear todo el tiempo que utilizan en descalificar o quitar trascendencia a estos estudios, en defender realmente estos derechos y exigir que se investigue aún más, que se estudien soluciones paliativas y que dejen de actuar como un estorbo para el desarrollo de la ciencia.






Ah, para los interesados en “Sagas de ciencia ficción” los invito a mis post confeccionados al respecto, a saber:












También invito a mis otros post de ebooks de C.F.:













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