Holas! Bueno, hoy les traigo el 2do compilado de mini relatos. Son un tanto burdos, espero les gusten
Me dijeron que podía encontrarla acá, en Brooklyn. Que era fijo que ella se juntaba en algún bar de jazz a escuchar a algún cantante barato mientras acababa su cerveza. Que sueña con ser la Wendy de Peter Pan (Eso lo sabía de antes). Que conversa por las calles con unos amigos sacados como de esos blogs de mala muerte de Tumblr que postean cosas emocionalmente depresivas, y que no tienen los huevos suficientes como para decir las cosas a la cara. Con ese tipo de gente se junta. Qué va. He pasado las semanas buscándola, caminando calle por calle, bar por bar, preguntando cerca de donde suele estar, según me dijeron. He puesto avisos en los diarios, volantes en los postes, en el Subway, en casi todos los lugares donde se puede poner avisos. Nada. Es de noche, y el reloj de la mesita de cama marca las 4:18. La ciudad parece no dormir, o más bien parece dormida bajo una capa de neón y avisos publicitarios. Miro por entremedio de una cortina. Hay una pareja fornicando a gritos en el departamento de enfrente, tienen la luz prendida y la cortina corrida, se ve todo, se puede sentir el hedor de esos cuerpos inmundos meciéndose sobre una cama igual de sucia al ritmo de James Brown. Quién diablos puede tener sexo al ritmo de “I feel good”. Bueno, da lo mismo, estas cosas sólo pasan en Brooklyn. Abro la ventana.
- Hey, Shut the fuck up! Someone’s trying to sleep!
- And who the fuck cares! Go fuck yourself! – Me responde la chica desde enfrente, mientras su pareja (o lo que sea que sea) trata de inventar una nueva posición.
Cierro la ventana. Miro la mesita de noche. No me fijo en la Hora. Me quedo mirando medio perplejo una guía telefónica que yace tirada en el piso. La abro y empiezo a buscar su número. Bingo. 65622056. Marco. Suena una contestadora.
- Hi! Now I can’t answer your call, but you can leave me a mesagge after the tone, if you like. Kisses!
Contesto.
- Ah, hola, te he estado buscando todo este tiempo, quería decirte que te quiero. Bueno, eso, debo colgar. Adiós.
Cuelgo. La pareja de enfrente ya se calló, a lo lejos suena una sirena de policía y uno que otro ruido de vaya a saber qué cosa. Me empieza a vencer el sueño, mañana será otro día. Bueno, Más tarde será otro día.
Son las 10 de la mañana y unas señoras golpean a mi puerta. Me levanto y miro por el ojo mágico.
- Excuse me – Dice una de las señoras – Got a minute to talk about Jesus Christ?
- No, I Won’t open the door, Piss Off!!! (Nota: Aprendí ingles viendo los Monty Python)
- And Won’t you talk about the girl you’ve searching for?
- What do you know about her?
- Some things.
Es una situación difícil. Entre bancarme a esas viejas para saber algo sobre ella, o mandarlas al carajo y quedarme con el beneficio de la duda.
- Will you open the door m’dear?
- No! Fuck you!
- But…
- I Don’t care!
Miro por el ojo mágico, ya se han ido. Me quedo todo el día pensando si lo que decía ese par de vejestorios era cierto o si solo era una broma para bancarme sus discursos morales, sus invitaciones a estudio bíblico y todas esas pelotudeces que te ofrecen acá en Brooklyn. Así me pasé todo el santo día, sin dejar de pensar en ella, en su sonrisa, en el momento en que desapareció sin dejar rastro y en el que empecé a buscarla desesperadamente. Así cayó la noche y su capa de neón, otra vez, como ayer. Trato de distraerme viendo la tele, y las mil y un cosas que dan. Se hace tarde, otra vez. Veo el reloj de la mesita de noche. Marca las 4:18. Suena el teléfono. Contesto.
- Anoche a esta misma hora me dejaste un mensaje, ¿No?
- Sí.
- Nunca pensé en volver a oír tu voz, pero nunca perdí la esperanza de volver a verte. Mi madre nos hizo venir a este lugar a olvidar el pasado, pero yo no pude olvidarte. Te hablo a esta hora para no llamar la atención de mi madre. Espero volver a verte. Te quiero.
Ella cuelga, una lágrima cae de mi rostro. Esta es una de esas noches que no me gustaría que terminaran. Jamás.
¿De qué sirve seguir, sabiendo que por cada paso que doy, retrocedo dos? ¿De qué sirve esforzarme por ella, si ella ni siquiera pone de su parte? ¿Qué sentido tiene continuar? ¿Estoy viviendo en función de ella, o en función de mí? Querer, o no querer. Éste es el dilema, no hay otro. Fuimos hechos para querer, así como los peces fueron hechos para nadar y las aves para volar. Más que querer, para apreciar, apreciar la naturaleza, los buenos momentos, los lugares, el tiempo, y las personas que son dignas de apreciar, y de querer. El ser humano no es un ser completo. Nunca lo ha sido y nunca lo será. Pero puede buscar su complemento, para querer, y así poder sentirse completo. Así lo creo yo. Por años pensé que sería un ser incompleto por siempre, hasta que la conocí a ella, con su sonrisa radiante de niña. Éramos pequeños. Con el tiempo fuimos creciendo, cada uno por separado, en un mundo aparte. Ella hacía contacto con un mundo que le abría las puertas de par en par. A mí, el mundo me cerraba la puerta pero me dejaba la ventana abierta para que viera, viera como todos se encontraban en una vorágine de gente hablando cosas y viviendo cosas y creyendo cosas mientras yo simplemente observaba. No era más que un espectador. Pero así como me dejó fuera, también me salvó de sus propias falencias. Así pasó el tiempo, hasta que ella salió del mundo a respirar. Quería bajarse. Y nos encontramos en una salita, sentados el uno frente al otro, incrédulos de nosotros mismos. Inconscientemente quería que este momento sucediera. No sé si ella también. Pero el tiempo pasó y no me di cuenta que ella tomó de mi mano y me hizo entrar al mundo, y fue un suceso vertiginoso, gente que iba y venía, que hablaba sin parar sin decir nada, gente con nudos en la mente pero con la boca cerrada, todo tipo de formas de estar, de ver, de conocer. Pero así como me hizo entrar, me echó del mundo, y volví a donde estaba. En nada. Ahora me hallo en una lucha incansable por volver a abrir esa puerta, y encontrarla. De nuevo, porque sé que no volverá jamás a salir a respirar.
Camino por un callejón en medio de la noche. La luz de un poste solitario me indica el lugar. A un costado una ventana con la luz prendida. Me acerco. La luz del poste se apaga. Adentro [de la ventana] Suenan canciones románticas, y una fragancia muy conocida sale hacia la calle. Es su olor, el mismo que me cautivó. Es aquí, es ella. Es ahora. Tomo una piedra y la tiro contra la ventana. No se quiebra. Sólo un ruido. Y ella, que se asoma en la ventana.
- Hola.
- Hola – responde en un tono un tanto tosco.
- Sé que no es el momento, ni el lugar adecuado. Sé que te ofuscas con mi presencia, y lo comprendo. Pero quiero decirte dos cosas.
- ¿Cuáles? – Pregunta ahora con un tono más suave, mucho más suave. [Se detiene la música.]
- Primero, que te quiero. Que parte de lo que soy hoy, aquí, y ahora te lo debo a ti, directa o indirectamente. Que hago un esfuerzo titánico con estar acá y contenerme las emociones.
- ¿Y lo segundo?
- Que me rindo. Ya no puedo seguir buscándote a tientas en la oscuridad, que no puedo estar todo el tiempo pensando en cómo llamar tu atención para que te dignes a hablarme. Hasta pienso que soy un estorbo en tu vida. Así que me rindo. No tengo más que hacer, más que decir, más que pensar. Adiós.
- ¡Espera! – Dice ella, se aleja de la ventana. Mientras sigo parado en la calle aún se siente su aroma. Veo algo acercarse en la calle, es ella, con el rostro enjugado en lágrimas. – No te vayas, y por sobre todo, no te rindas. Tú no eres así, jamás te has rendido. Aún cuando todo está perdido, has estado al pie del cañón.
- ¿Qué hago, entonces, qué debo hacer, cómo debo continuar?
- Es sólo cuestión de tiempo, dejar que las cosas pasen. Luego estaremos juntos.
- Está bien. Esperaré. Perdona por no estar contigo cuando debía estar, en los momentos duros…
- Si lo estuviste, me diste esa fuerza para afrontarlos como nadie. Ahora debo entrar antes que mi madre se dé cuenta. Espero volver a verte.
- Siempre me verás.
Me da un beso de esos que llegan a dar gusto, seco las lágrimas de sus ojos, y entra de nuevo a su casa. Me alejo de esa ventana con la sensación de que no todo está perdido, de que aún hay una razón por la cual luchar, por la cual seguir al pie del cañón. Por ella. Por ella, todo. Qué importa la noche, soy feliz. Y punto.
- ¿Qué son los sueños?
- Para la psicología, los sueños son estímulos esencialmente anímicos que representan manifestaciones de fuerzas psíquicas que durante la vigilia se hallan impedidas de desplegarse libremente.
- Ahora dime tú, que son los sueños.
- Es lo que te acabo de decir.
- ¿Nunca has soñado con conseguir algo en tu vida?
- Sí. Volar.
- ¿Literal o figurativamente?
Me queda mirando. Una mirada. Me lo dijo todo con una mirada. Y el viento.
- No hay tiempo para nosotros.
- No hay lugar para nosotros.
- ¿Qué es esta cosa que construye nuestros sueños?
- Y que se aleja de nosotros…
El bosque entero se queda en silencio. No será el mejor lugar para conversar con ella, pero es lo más decente que hay en esta ciudad del diablo. De todas formas este lugar le gusta, se siente libre del ajetreo de la ciudad, de los deberes, de las creencias, de los odios injustificados, libre de todo. Incluso de mí. Se siente en un contacto cósmico con estos lugares, con su niñez y todo lo que ha ocurrido por estos parajes. Ambos crecimos frente a estos gigantes de verde. Ellos nos han visto reír y llorar, amar y odiar, y ahora estamos entre ellos, caminando por un sendero lleno de hojas secas de eucalipto y otras hierbas al borde del camino.
- Me encanta este lugar –Dice fascinada mientras mira hacia arriba.
- En efecto, – respondo – no será como Marsella, los Alpes suizos o Santorini, pero tiene un encanto que no cambiaremos por nada.
- ¿Cambiaremos?
- Recuerda que yo también con este bosque.
- Lo decía por mí. Si me ofrecen ir a Santorini no lo pienso dos veces y voy.
- Cierto, pero una vez allá querrás volver al lugar que te vio crecer, a tus raíces. Yo no sería capaz de olvidar estos parajes, y las historias que inventaba cuando era chico.
- ¿Inventabas historias?
- Sí, de ciudades ocultas, de gente que vivía en el bosque, batallas épicas que se libraban en los trigales, y un sinfín de cosas que en algún momento pasaron por mi cabeza. ¿A ti no se te ocurría nada?
- No, no tengo tanta imaginación – se ríe – yo venía a distraerme, a descansar, a esparcirme un rato, la mayoría de las veces cuando me sentía mal, recurría acá. Tenía mi árbol. Mi espacio. Mi lugar para pensar, reflexionar, para poder calmarme. Supongo que tú también te buscaste un espacio.
- No sé, me considero un alma errante, cuando venía para acá me dedicaba a vagar por los senderos, y cuando me sentía muy cansado o muy mal, me subía a un árbol solitario que está del otro lado de este bosque, y veía el mar, a lo lejos. [Ella se sonroja] ¿Qué pasa?
- Ése es mi árbol.
Un viento helado nos dice que ya cruzamos el bosque, y que el famoso árbol en cuestión, está sobre una loma. Seguimos caminando por el campo, hablando de muchas cosas, recuerdos del colegio, alguna anécdota tragicómica, tarareando alguna canción que ambos sepamos (Nuestros gustos musicales son completamente diferentes así que es un tanto difícil), viendo los pájaros pasar y cantar sus graznidos… hasta que llegamos al dichoso árbol. Un eucalipto de brazos bajos al borde del camino, con una sombra que da gusto.
- ¿Alguna vez te has subido? – le pregunto.
- Jamás, no podría subirme allí.
- Pues hoy lo harás.
La ayudo a subirse al árbol. Se sienta en una de las ramas, mirando hacia el mar. En su rostro se mezcla un cierto miedo a las alturas (es lo normal) con una sensación de libertad que, creo, nunca había experimentado.
- ¡Es como si estuviera volando, es indescriptible! – Me dice desde la rama donde está sentada - ¡Ven, sube!
Me subo al árbol, y me siento a su lado. Le tiemblan las manos, le brillan los ojos y su sonrisa no parece despegarse nunca de su rostro.
- ¿Estás bien?
- Mejor que nunca. No había visto esto de esta forma. Gracias.
- ¿Gracias por qué?
- Por ser así. Conmigo.
- Ah, de nada. [Me toma la mano.]
- Me encanta.
- ¿Qué cosa?
- El lugar, el momento contigo, tu forma de ser…
- Me puse nervioso.
- Se nota, se te subió la presión.
- Me delaté. Qué mal.
- No importa, igual te quiero.
- ¿Me quieres?
- Sí, ¿y tú a mí?
- También, mucho.
- Me quedaría a ver las estrellas desde aquí.
- Pero tendríamos que dibujarnos la línea del trasero varias veces.
Se echa a reír. Nos bajamos del árbol, y emprendemos el camino de vuelta. El sol empieza a ocultarse y se ven las primeras estrellas. Caminamos en silencio, de la mano, diciéndonos todo con la mirada, sin pronunciar palabra alguna. Cruzamos el bosque en silencio, sin necesidad alguna de hablar. Llegamos a las casas, otra vez.
- Quiero decirte algo – me dice mientras me abraza.
- No me lo digas – la interrumpo – ya lo sé. Por la forma en que me miras.
- Está bien, debo ir a casa. Adiós.
- Adiós, cuídate.
Me da un beso y se aleja caminado por la calle, yo sigo parado, en la entrada al campo y al bosque, mirando las escuálidas estrellas que surgen en el cielo.
4
Me dijeron que podía encontrarla acá, en Brooklyn. Que era fijo que ella se juntaba en algún bar de jazz a escuchar a algún cantante barato mientras acababa su cerveza. Que sueña con ser la Wendy de Peter Pan (Eso lo sabía de antes). Que conversa por las calles con unos amigos sacados como de esos blogs de mala muerte de Tumblr que postean cosas emocionalmente depresivas, y que no tienen los huevos suficientes como para decir las cosas a la cara. Con ese tipo de gente se junta. Qué va. He pasado las semanas buscándola, caminando calle por calle, bar por bar, preguntando cerca de donde suele estar, según me dijeron. He puesto avisos en los diarios, volantes en los postes, en el Subway, en casi todos los lugares donde se puede poner avisos. Nada. Es de noche, y el reloj de la mesita de cama marca las 4:18. La ciudad parece no dormir, o más bien parece dormida bajo una capa de neón y avisos publicitarios. Miro por entremedio de una cortina. Hay una pareja fornicando a gritos en el departamento de enfrente, tienen la luz prendida y la cortina corrida, se ve todo, se puede sentir el hedor de esos cuerpos inmundos meciéndose sobre una cama igual de sucia al ritmo de James Brown. Quién diablos puede tener sexo al ritmo de “I feel good”. Bueno, da lo mismo, estas cosas sólo pasan en Brooklyn. Abro la ventana.
- Hey, Shut the fuck up! Someone’s trying to sleep!
- And who the fuck cares! Go fuck yourself! – Me responde la chica desde enfrente, mientras su pareja (o lo que sea que sea) trata de inventar una nueva posición.
Cierro la ventana. Miro la mesita de noche. No me fijo en la Hora. Me quedo mirando medio perplejo una guía telefónica que yace tirada en el piso. La abro y empiezo a buscar su número. Bingo. 65622056. Marco. Suena una contestadora.
- Hi! Now I can’t answer your call, but you can leave me a mesagge after the tone, if you like. Kisses!
Contesto.
- Ah, hola, te he estado buscando todo este tiempo, quería decirte que te quiero. Bueno, eso, debo colgar. Adiós.
Cuelgo. La pareja de enfrente ya se calló, a lo lejos suena una sirena de policía y uno que otro ruido de vaya a saber qué cosa. Me empieza a vencer el sueño, mañana será otro día. Bueno, Más tarde será otro día.
Son las 10 de la mañana y unas señoras golpean a mi puerta. Me levanto y miro por el ojo mágico.
- Excuse me – Dice una de las señoras – Got a minute to talk about Jesus Christ?
- No, I Won’t open the door, Piss Off!!! (Nota: Aprendí ingles viendo los Monty Python)
- And Won’t you talk about the girl you’ve searching for?
- What do you know about her?
- Some things.
Es una situación difícil. Entre bancarme a esas viejas para saber algo sobre ella, o mandarlas al carajo y quedarme con el beneficio de la duda.
- Will you open the door m’dear?
- No! Fuck you!
- But…
- I Don’t care!
Miro por el ojo mágico, ya se han ido. Me quedo todo el día pensando si lo que decía ese par de vejestorios era cierto o si solo era una broma para bancarme sus discursos morales, sus invitaciones a estudio bíblico y todas esas pelotudeces que te ofrecen acá en Brooklyn. Así me pasé todo el santo día, sin dejar de pensar en ella, en su sonrisa, en el momento en que desapareció sin dejar rastro y en el que empecé a buscarla desesperadamente. Así cayó la noche y su capa de neón, otra vez, como ayer. Trato de distraerme viendo la tele, y las mil y un cosas que dan. Se hace tarde, otra vez. Veo el reloj de la mesita de noche. Marca las 4:18. Suena el teléfono. Contesto.
- Anoche a esta misma hora me dejaste un mensaje, ¿No?
- Sí.
- Nunca pensé en volver a oír tu voz, pero nunca perdí la esperanza de volver a verte. Mi madre nos hizo venir a este lugar a olvidar el pasado, pero yo no pude olvidarte. Te hablo a esta hora para no llamar la atención de mi madre. Espero volver a verte. Te quiero.
Ella cuelga, una lágrima cae de mi rostro. Esta es una de esas noches que no me gustaría que terminaran. Jamás.
5
¿De qué sirve seguir, sabiendo que por cada paso que doy, retrocedo dos? ¿De qué sirve esforzarme por ella, si ella ni siquiera pone de su parte? ¿Qué sentido tiene continuar? ¿Estoy viviendo en función de ella, o en función de mí? Querer, o no querer. Éste es el dilema, no hay otro. Fuimos hechos para querer, así como los peces fueron hechos para nadar y las aves para volar. Más que querer, para apreciar, apreciar la naturaleza, los buenos momentos, los lugares, el tiempo, y las personas que son dignas de apreciar, y de querer. El ser humano no es un ser completo. Nunca lo ha sido y nunca lo será. Pero puede buscar su complemento, para querer, y así poder sentirse completo. Así lo creo yo. Por años pensé que sería un ser incompleto por siempre, hasta que la conocí a ella, con su sonrisa radiante de niña. Éramos pequeños. Con el tiempo fuimos creciendo, cada uno por separado, en un mundo aparte. Ella hacía contacto con un mundo que le abría las puertas de par en par. A mí, el mundo me cerraba la puerta pero me dejaba la ventana abierta para que viera, viera como todos se encontraban en una vorágine de gente hablando cosas y viviendo cosas y creyendo cosas mientras yo simplemente observaba. No era más que un espectador. Pero así como me dejó fuera, también me salvó de sus propias falencias. Así pasó el tiempo, hasta que ella salió del mundo a respirar. Quería bajarse. Y nos encontramos en una salita, sentados el uno frente al otro, incrédulos de nosotros mismos. Inconscientemente quería que este momento sucediera. No sé si ella también. Pero el tiempo pasó y no me di cuenta que ella tomó de mi mano y me hizo entrar al mundo, y fue un suceso vertiginoso, gente que iba y venía, que hablaba sin parar sin decir nada, gente con nudos en la mente pero con la boca cerrada, todo tipo de formas de estar, de ver, de conocer. Pero así como me hizo entrar, me echó del mundo, y volví a donde estaba. En nada. Ahora me hallo en una lucha incansable por volver a abrir esa puerta, y encontrarla. De nuevo, porque sé que no volverá jamás a salir a respirar.
Camino por un callejón en medio de la noche. La luz de un poste solitario me indica el lugar. A un costado una ventana con la luz prendida. Me acerco. La luz del poste se apaga. Adentro [de la ventana] Suenan canciones románticas, y una fragancia muy conocida sale hacia la calle. Es su olor, el mismo que me cautivó. Es aquí, es ella. Es ahora. Tomo una piedra y la tiro contra la ventana. No se quiebra. Sólo un ruido. Y ella, que se asoma en la ventana.
- Hola.
- Hola – responde en un tono un tanto tosco.
- Sé que no es el momento, ni el lugar adecuado. Sé que te ofuscas con mi presencia, y lo comprendo. Pero quiero decirte dos cosas.
- ¿Cuáles? – Pregunta ahora con un tono más suave, mucho más suave. [Se detiene la música.]
- Primero, que te quiero. Que parte de lo que soy hoy, aquí, y ahora te lo debo a ti, directa o indirectamente. Que hago un esfuerzo titánico con estar acá y contenerme las emociones.
- ¿Y lo segundo?
- Que me rindo. Ya no puedo seguir buscándote a tientas en la oscuridad, que no puedo estar todo el tiempo pensando en cómo llamar tu atención para que te dignes a hablarme. Hasta pienso que soy un estorbo en tu vida. Así que me rindo. No tengo más que hacer, más que decir, más que pensar. Adiós.
- ¡Espera! – Dice ella, se aleja de la ventana. Mientras sigo parado en la calle aún se siente su aroma. Veo algo acercarse en la calle, es ella, con el rostro enjugado en lágrimas. – No te vayas, y por sobre todo, no te rindas. Tú no eres así, jamás te has rendido. Aún cuando todo está perdido, has estado al pie del cañón.
- ¿Qué hago, entonces, qué debo hacer, cómo debo continuar?
- Es sólo cuestión de tiempo, dejar que las cosas pasen. Luego estaremos juntos.
- Está bien. Esperaré. Perdona por no estar contigo cuando debía estar, en los momentos duros…
- Si lo estuviste, me diste esa fuerza para afrontarlos como nadie. Ahora debo entrar antes que mi madre se dé cuenta. Espero volver a verte.
- Siempre me verás.
Me da un beso de esos que llegan a dar gusto, seco las lágrimas de sus ojos, y entra de nuevo a su casa. Me alejo de esa ventana con la sensación de que no todo está perdido, de que aún hay una razón por la cual luchar, por la cual seguir al pie del cañón. Por ella. Por ella, todo. Qué importa la noche, soy feliz. Y punto.
6
- ¿Qué son los sueños?
- Para la psicología, los sueños son estímulos esencialmente anímicos que representan manifestaciones de fuerzas psíquicas que durante la vigilia se hallan impedidas de desplegarse libremente.
- Ahora dime tú, que son los sueños.
- Es lo que te acabo de decir.
- ¿Nunca has soñado con conseguir algo en tu vida?
- Sí. Volar.
- ¿Literal o figurativamente?
Me queda mirando. Una mirada. Me lo dijo todo con una mirada. Y el viento.
- No hay tiempo para nosotros.
- No hay lugar para nosotros.
- ¿Qué es esta cosa que construye nuestros sueños?
- Y que se aleja de nosotros…
El bosque entero se queda en silencio. No será el mejor lugar para conversar con ella, pero es lo más decente que hay en esta ciudad del diablo. De todas formas este lugar le gusta, se siente libre del ajetreo de la ciudad, de los deberes, de las creencias, de los odios injustificados, libre de todo. Incluso de mí. Se siente en un contacto cósmico con estos lugares, con su niñez y todo lo que ha ocurrido por estos parajes. Ambos crecimos frente a estos gigantes de verde. Ellos nos han visto reír y llorar, amar y odiar, y ahora estamos entre ellos, caminando por un sendero lleno de hojas secas de eucalipto y otras hierbas al borde del camino.
- Me encanta este lugar –Dice fascinada mientras mira hacia arriba.
- En efecto, – respondo – no será como Marsella, los Alpes suizos o Santorini, pero tiene un encanto que no cambiaremos por nada.
- ¿Cambiaremos?
- Recuerda que yo también con este bosque.
- Lo decía por mí. Si me ofrecen ir a Santorini no lo pienso dos veces y voy.
- Cierto, pero una vez allá querrás volver al lugar que te vio crecer, a tus raíces. Yo no sería capaz de olvidar estos parajes, y las historias que inventaba cuando era chico.
- ¿Inventabas historias?
- Sí, de ciudades ocultas, de gente que vivía en el bosque, batallas épicas que se libraban en los trigales, y un sinfín de cosas que en algún momento pasaron por mi cabeza. ¿A ti no se te ocurría nada?
- No, no tengo tanta imaginación – se ríe – yo venía a distraerme, a descansar, a esparcirme un rato, la mayoría de las veces cuando me sentía mal, recurría acá. Tenía mi árbol. Mi espacio. Mi lugar para pensar, reflexionar, para poder calmarme. Supongo que tú también te buscaste un espacio.
- No sé, me considero un alma errante, cuando venía para acá me dedicaba a vagar por los senderos, y cuando me sentía muy cansado o muy mal, me subía a un árbol solitario que está del otro lado de este bosque, y veía el mar, a lo lejos. [Ella se sonroja] ¿Qué pasa?
- Ése es mi árbol.
Un viento helado nos dice que ya cruzamos el bosque, y que el famoso árbol en cuestión, está sobre una loma. Seguimos caminando por el campo, hablando de muchas cosas, recuerdos del colegio, alguna anécdota tragicómica, tarareando alguna canción que ambos sepamos (Nuestros gustos musicales son completamente diferentes así que es un tanto difícil), viendo los pájaros pasar y cantar sus graznidos… hasta que llegamos al dichoso árbol. Un eucalipto de brazos bajos al borde del camino, con una sombra que da gusto.
- ¿Alguna vez te has subido? – le pregunto.
- Jamás, no podría subirme allí.
- Pues hoy lo harás.
La ayudo a subirse al árbol. Se sienta en una de las ramas, mirando hacia el mar. En su rostro se mezcla un cierto miedo a las alturas (es lo normal) con una sensación de libertad que, creo, nunca había experimentado.
- ¡Es como si estuviera volando, es indescriptible! – Me dice desde la rama donde está sentada - ¡Ven, sube!
Me subo al árbol, y me siento a su lado. Le tiemblan las manos, le brillan los ojos y su sonrisa no parece despegarse nunca de su rostro.
- ¿Estás bien?
- Mejor que nunca. No había visto esto de esta forma. Gracias.
- ¿Gracias por qué?
- Por ser así. Conmigo.
- Ah, de nada. [Me toma la mano.]
- Me encanta.
- ¿Qué cosa?
- El lugar, el momento contigo, tu forma de ser…
- Me puse nervioso.
- Se nota, se te subió la presión.
- Me delaté. Qué mal.
- No importa, igual te quiero.
- ¿Me quieres?
- Sí, ¿y tú a mí?
- También, mucho.
- Me quedaría a ver las estrellas desde aquí.
- Pero tendríamos que dibujarnos la línea del trasero varias veces.
Se echa a reír. Nos bajamos del árbol, y emprendemos el camino de vuelta. El sol empieza a ocultarse y se ven las primeras estrellas. Caminamos en silencio, de la mano, diciéndonos todo con la mirada, sin pronunciar palabra alguna. Cruzamos el bosque en silencio, sin necesidad alguna de hablar. Llegamos a las casas, otra vez.
- Quiero decirte algo – me dice mientras me abraza.
- No me lo digas – la interrumpo – ya lo sé. Por la forma en que me miras.
- Está bien, debo ir a casa. Adiós.
- Adiós, cuídate.
Me da un beso y se aleja caminado por la calle, yo sigo parado, en la entrada al campo y al bosque, mirando las escuálidas estrellas que surgen en el cielo.
Bueno, esto es todo por hoy
Nos vemos!!
Nos vemos!!
