Muchas veces los amigos de lo ajeno y en especial gente que entra a lugares abandonados a robar cables de cobre (saqueadores), la necesidad de subsistencia de chatarreros o simplemente la mala suerte de personas al recoger algo que se cree de valor se han llevado sorpresas no muy gratas y no me refiero a perros o a vigilantes armados, muchas veces la ignorancia les ha salido muy cara y ha sido su busqueda de cosas de valor tan nefasto que no solo han muerto ellos sino también toda su familia ya que al saquear han hurtado isotopos radiactivos uno de los casos más famosos es este que ocurrio en Brasil.
Una vez unos saqueadores se metieron a probar suerte a una clínica abandonada en Brasil y al estar desmantelando unos equipos de rayos-x, se topo con una piedra muy brillante en su interior la cual llamo su atención, pensando que podria ser muy valiosa la metio en su bolsillo y prosigio con el robo de alambres de cobre y desvalijando todo a su paso, no sabia que lo que estaba hurtando era un isotopo radiactivo cesio-137, al entrar en contacto con la piel el hueco que le formo en la pierna fue descomunal, contamino tanto a su familia como el barrio entero esta es una de las versiones ya que existe otra.
El 13 de septiembre de 1987, Roberto dos Santos Alves y Wagner Mota Pereira, dos chatarreros a tiempo parcial de la ciudad brasileña, entraron en el edificio abandonado del Instituto de Radioterapia de Goiania, buscando morralla y metal para vender a buen precio. Con una de sus viejas carretillas consiguieron recopilar más de 600 kg de plomo y acero, fundamentalmente extraídos de una de las máquinas de radioterapia de la clínica, que también se llevaron.
Sin saberlo estaban desmembrando un peligroso equipo radiológico cargado de cloruro de cesio. Los chatarreros empujaron la pesada carretilla hasta la casa de Santos Alves, y así poder desmenuzar con tiempo su botín. Nada hacía presagiar a los incautos que esos 600 metros de recorrido iban a ser levantados —literalmente— por decenas de excavadoras unas semanas más tarde, para filtrar y limpiar hasta el último gramo de tierra contaminada.
Una vez allí y a golpe de martillo, fragmentaron todo el equipamiento para poder clasificar el material. Un pequeño cilindro —del tamaño de un dedal— se desprendió de la máquina. Era la cápsula del componente radiactivo.
Un robusto tubo de plomo y acero que contenía la fuente. Ésta giraba libremente dentro del dedal y sólo irradiaba y emitía luz cuando coincidía con una pequeña ventana de iridio del cerramiento exterior. Un pequeño farol ‘eterno’ a modo de juguete.
Ambos intentaron abrir el cilindro para sacar lo que creían eran unos gramos de pólvora antes de desistir y vendérselo a su compañero y tío de la niña. Esto les salvó la vida. Devair Alves Ferreira consiguió romper la cobertura de la cápsula para sacar el polvo azul. Tenía una idea en la cabeza. Intentar fabricar el anillo más fascinante y mágico que nunca habría visto su mujer. Convocó a todo el vecindario para jugar y tocar la piedra y los polvos fluorescentes que de ella se desprendían. El padre de Leide se tatuó una cruz en el abdomen con la piedra. Otros se maquillaron la cara con pinturas luminosas ‘de guerra’ o esparcieron el polvo por los corrales para el jolgorio animal. Su sobrina jugó con los polvos mientras merendaba su bocadillo, aquella fatídica noche…
Dos días después comenzaron los problemas. Los dos chatarreros empezaron a vomitar cruelmente entre estertores febriles, achacando los síntomas a una mala digestión. Acabaron en el hospital en la sección de enfermedades tropicales. Pronto se dieron cuenta en el barrio que algo no funcionaba. Más de 600 personas estuvieron en contacto directo con el cesio antes de que la tía de Leide barruntara una relación directa entre la piedra mágica y los cuerpos hinchados y literalmente llenos de quemaduras de sus amigos y familiares.
Entre las victimas fatales estuvieron Leide das Neves Ferreira, probablemente, la única niña de la historia que se ha comido un bocadillo contaminado de Cesio 137. Fascinada por el polvo azul luminiscente, untó además todo su cuerpo con el elemento radiactivo en presencia de su madre, poco después de que su padre comprase el polvo mágico a los conocidos chatarreros. Leide y familiares descansan hoy en ataúdes de plomo tras morir y desencadenar un caos monumental en la ciudad brasileña de Goiania. La revista Time calificó el incidente nuclear como uno de los peores de la historia.
Imagen de los contenedores con el material de tierra y entre otros contaminados (cementerio nuclear)
Dentro de la funesta cadena de determinaciones erróneas, la señora Gabriela Maria Ferreira decidió llevar la piedra para que la examinara la máxima autoridad sanitaria de su barrio: el veterinario. Ante las sospechas, éste decidió aconsejar que se trasladara con la piedrecita y sus polvitos al hospital de la ciudad. Gabriela metió el cesio en una bolsita de plástico y cogió un abarrotado autobús de línea hasta el hospital municipal. Todo este operativo sería más tarde imitado y ensayado por las autoridades en el estadio olímpico de la Goianía para intentar establecer un protocolo de aislamiento de los contaminados y estudiar el recorrido de la sustancia en su fatal viaje. Allí acudieron cientos de personas para ducharse y descontaminarse.
Al llegar al hospital, la señora Gabriela soltó encima de la mesa del doctor Paulo Roberto Monteiro el Cesio 137. Paulo sospechó su procedencia y lo llevó inmediatamente metido en un saco a una zona sin gente, dejándolo todo en una silla en el centro del patio trasero. Una vez identificado se evacuó el hospital y se procedió a su retirada. Para ello una grúa descolgó una tubería gigante sobre la silla y los restos radiactivos. Luego se derramó una tonelada de hormigón sobre el conjunto para poder extraerlo completo y de una sola pieza. Gabriela falleció en ese mismo hospital el 23 de octubre.
Restos del Cesio 137 y la cápsula de iridio sobre la silla del Hospital Municipal
Inicialmente murieron cuatro personas por síndrome de radiación aguda, y otras cuatro en los siguientes cuatro años. 5000 personas vivían en el área de riesgo, pero el operativo estableció que sólo 600 fueron víctimas de una radiación excesiva; por encima de los 0,3 Sv. Sin embargo, el llamado ‘estrés crónico’ afecta a toda la ciudad desde entonces, impregnada del miedo y la ignorancia a las consecuencias de aquella maldita radiación. Hasta ese fatídico día, nadie sabía lo que significaba la palabra radiactividad en aquel pequeño barrio de Goiania. El miedo trajo la falsa crisis; el comercio descendió un 60% en la ciudad. Nadie quería salir a comprar ropas ni alimentos por temor a contaminarse. En el entierro de las víctimas, los ataúdes de plomo fueron apedreados por la multitud, en protesta por la cercanía del sepelio a sus viviendas. Varias manzanas de la ciudad fueron literalmente demolidas y convertidas en escombros, que todavía permanecen amontonados en un depósito a ‘cielo abierto’ y a 18 kilómetros de la ciudad. Una fundación con el nombre de Leide recuerda y vela todavía por los derechos de los más afectados.
El accidente destapó el caos y descontrol en la delegación que vigila las dosis radiactivas de los componentes radiológicos. Como prueba, más del 40% de las consultas de control anuales a clínicas y centros quedaban sin contestar. La comisión de energía nuclear brasileña (CNEN) no recibió ninguna notificación tampoco del cambio de propietario o demolición de las máquinas de aquella clínica, según la licencia concedida en 1971. El cesio llevaba 3 años abandonado allí hasta su robo. Por lo tanto, se estableció que la responsabilidad en los homicidios por negligencia recaía sobre los tres médicos que gestionaban las máquinas. Pero como el accidente ocurrió antes de la promulgación de la Constitución Federal del 88, los médicos no pudieron ser declarados responsables al no ser los compradores ‘reales’ del equipamiento. Hoy viven ejerciendo la misma actividad cerca de los afectados por el ‘estrés crónico’ derivado del incidente.
Otros casos menos conocidos en que los saqueos de chatarra no han salido bien.
Peligro… zona radioactiva
La costa norte rusa es un vasto territorio de varios miles de kilómetros dentro del Círculo Polar. Durante décadas, los largos inviernos polares en los que la luz solar es prácticamente inexistente, combinados con las abruptas y peligrosas costas, se convirtieron en un verdadero quebradero de cabeza para la seguridad de los miles de barcos de carga que usaban esta ruta para conectar la parte oriental y occidental de Rusia.
En nuestros días, con la aparición de los satélites y la navegación con GPS, ha solucionado el problema, pero a mediados del siglo pasado las autoridades tuvieron que buscar soluciones para este problema.
Fue así como el Partido Comunista de la Unión Soviética decidió construir una cadena de faros para guiar a los barcos en la oscuridad de la noche polar en estas costas deshabitadas. Los faros, situados a cientos de millas de áreas pobladas, debían de ser completamente autónomos, puesto que en lugares tan alejados e inhóspitos no se disponía de ninguna fuente de alimentación externa. Fue así como los ingenieros soviéticos decidieron emplear la energía atómica, creando una serie de pequeños reactores atómicos producidos en serie limitada expresamente para ser instalados en estos faros del Círculo Polar.
Los reactores podrían trabajar de modo independiente durante muchos años sin requerir intervención humana alguna. Según la época del año, los faros se ajustaban automáticamente para encenderse cuando era necesario, a la vez que enviaban una señal de radio de advertencia a los barcos que pasaban cerca.
Durante varias décadas, los faros cumplieron su función, hasta la caída de la Unión Soviética, en la que su mantenimiento fue cayendo en el olvido. Poco a poco, todos los faros fueron desatendidos y, tras averías que nadie se preocupó en solucionar, sus luces quedaron apagadas por siempre. Por otro lado, la mejora tecnológica en los sistemas de navegación de los barcos también fue causa de que nadie se preocupara demasiado por aquellos antiguos y ruinosos faros y, según parece, tampoco recordaron que en ellos había reactores nucleares.
Por falta de información, o por exceso de hambre, la mayoría de los faros fueron víctimas de los saqueadores que en busca de cobre y demás componentes de valor, hicieron caso omiso a las advertencias sobre el peligro radioactivo desmantelando por completo sus entrañas y convirtiendo desde entonces a estas edificaciones en radioactivamente contaminadas.
En la actualidad, incluso tras varias décadas de abandono en algunos casos, las zonas todavía están catalogadas como peligrosas por los altos niveles de radioactividad.
El caso del caminante que encontro una piedra fluorescente en la playa
Una extraña piedra brillante produjo graves quemaduras a un hombre que caminaba por la playa, vio la piedra verde, brillante, se la guardó en el bolsillo y a los minutos tuvo quemaduras de segundo grado. Fue en Piriápolis, este caso ocurrio en 2013.
El extraño episodio ocurrió en Piriápolis. El hombre caminaba por la orilla de la playa cuando le llamó la atención una pequeña piedra de color verde que brillaba.La tomó con la mano, se la guardó en el bolsillo del pantalón, y a los pocos minutos sintió cómo le quemaba la piel.Según la policía el hombre llevaba dos pantalones, además del calzoncillo, y aún así la piedra le produjo quemaduras de segundo grado. Se desconoce el origen de esta piedra y no se supo más del caso, la piedra de seguro tendria que ser algun elemento radioactivo.
Hay muchos aparatos no solo medicos que tienen materiales u isotopos raioactivos en su interior no solo los aparatos medicos los utilizan, hay un equipo que muchas personas que trabajen en estudios de suelos reconoceran este es un densimetro nuclear. Aparato que se utiliza para medir la densidad del suelo, se utiliza mucho en la construcción sobre todo de carreteras es muy bueno saber en la vida de todo un poco ya que estos equipos a pesar de que en sus cajas tienen logos de radioactividad, si alguno llega a sus manos alguna vez ni se les ocurra destaparlos dentro tienen isotopos radioactivos muy perjudiciales para la salud humana.
Lo que nos lleva al ultimo caso el cual no fue fatidico menos mal
Esta emergencia radiactiva se vivio en el sector Vegas de Perales , en Talcahuano en 2012, cuando un densímetro nuclear fuera dañado por un rodillo (aplanadora) que realizaba trabajos de pavimentación. Con el densímetro se medía la densidad de la capa de asfalto. De todos modos, no se dañó la cápsula radiactiva con el elemento Cesio 137.
Entre las medidas de seguridad adoptadas se aisló la zona de riesgo y se logró trasladar la cápsula a un búnker, mediante un procedimiento dirigido por personal de la autoridad sanitaria en coordinación con la CCHEN, y el apoyo de un experto radiológico de la Armada.
Lo mejor en estos casos es llamar inmediatamente a los bomberos o a la autoridad nuclear, en mi pais es INGEOMINAS, nunca tocar los elementos que se sospechen pueden ser radioactivos y retirarse lo más lejos posible del lugar de incidente o que se sospeche pueda ser materiales radioactivos.

Una vez unos saqueadores se metieron a probar suerte a una clínica abandonada en Brasil y al estar desmantelando unos equipos de rayos-x, se topo con una piedra muy brillante en su interior la cual llamo su atención, pensando que podria ser muy valiosa la metio en su bolsillo y prosigio con el robo de alambres de cobre y desvalijando todo a su paso, no sabia que lo que estaba hurtando era un isotopo radiactivo cesio-137, al entrar en contacto con la piel el hueco que le formo en la pierna fue descomunal, contamino tanto a su familia como el barrio entero esta es una de las versiones ya que existe otra.
El 13 de septiembre de 1987, Roberto dos Santos Alves y Wagner Mota Pereira, dos chatarreros a tiempo parcial de la ciudad brasileña, entraron en el edificio abandonado del Instituto de Radioterapia de Goiania, buscando morralla y metal para vender a buen precio. Con una de sus viejas carretillas consiguieron recopilar más de 600 kg de plomo y acero, fundamentalmente extraídos de una de las máquinas de radioterapia de la clínica, que también se llevaron.
Sin saberlo estaban desmembrando un peligroso equipo radiológico cargado de cloruro de cesio. Los chatarreros empujaron la pesada carretilla hasta la casa de Santos Alves, y así poder desmenuzar con tiempo su botín. Nada hacía presagiar a los incautos que esos 600 metros de recorrido iban a ser levantados —literalmente— por decenas de excavadoras unas semanas más tarde, para filtrar y limpiar hasta el último gramo de tierra contaminada.
Una vez allí y a golpe de martillo, fragmentaron todo el equipamiento para poder clasificar el material. Un pequeño cilindro —del tamaño de un dedal— se desprendió de la máquina. Era la cápsula del componente radiactivo.

Un robusto tubo de plomo y acero que contenía la fuente. Ésta giraba libremente dentro del dedal y sólo irradiaba y emitía luz cuando coincidía con una pequeña ventana de iridio del cerramiento exterior. Un pequeño farol ‘eterno’ a modo de juguete.

Ambos intentaron abrir el cilindro para sacar lo que creían eran unos gramos de pólvora antes de desistir y vendérselo a su compañero y tío de la niña. Esto les salvó la vida. Devair Alves Ferreira consiguió romper la cobertura de la cápsula para sacar el polvo azul. Tenía una idea en la cabeza. Intentar fabricar el anillo más fascinante y mágico que nunca habría visto su mujer. Convocó a todo el vecindario para jugar y tocar la piedra y los polvos fluorescentes que de ella se desprendían. El padre de Leide se tatuó una cruz en el abdomen con la piedra. Otros se maquillaron la cara con pinturas luminosas ‘de guerra’ o esparcieron el polvo por los corrales para el jolgorio animal. Su sobrina jugó con los polvos mientras merendaba su bocadillo, aquella fatídica noche…
Dos días después comenzaron los problemas. Los dos chatarreros empezaron a vomitar cruelmente entre estertores febriles, achacando los síntomas a una mala digestión. Acabaron en el hospital en la sección de enfermedades tropicales. Pronto se dieron cuenta en el barrio que algo no funcionaba. Más de 600 personas estuvieron en contacto directo con el cesio antes de que la tía de Leide barruntara una relación directa entre la piedra mágica y los cuerpos hinchados y literalmente llenos de quemaduras de sus amigos y familiares.

Entre las victimas fatales estuvieron Leide das Neves Ferreira, probablemente, la única niña de la historia que se ha comido un bocadillo contaminado de Cesio 137. Fascinada por el polvo azul luminiscente, untó además todo su cuerpo con el elemento radiactivo en presencia de su madre, poco después de que su padre comprase el polvo mágico a los conocidos chatarreros. Leide y familiares descansan hoy en ataúdes de plomo tras morir y desencadenar un caos monumental en la ciudad brasileña de Goiania. La revista Time calificó el incidente nuclear como uno de los peores de la historia.
Imagen de los contenedores con el material de tierra y entre otros contaminados (cementerio nuclear)
Dentro de la funesta cadena de determinaciones erróneas, la señora Gabriela Maria Ferreira decidió llevar la piedra para que la examinara la máxima autoridad sanitaria de su barrio: el veterinario. Ante las sospechas, éste decidió aconsejar que se trasladara con la piedrecita y sus polvitos al hospital de la ciudad. Gabriela metió el cesio en una bolsita de plástico y cogió un abarrotado autobús de línea hasta el hospital municipal. Todo este operativo sería más tarde imitado y ensayado por las autoridades en el estadio olímpico de la Goianía para intentar establecer un protocolo de aislamiento de los contaminados y estudiar el recorrido de la sustancia en su fatal viaje. Allí acudieron cientos de personas para ducharse y descontaminarse.
Al llegar al hospital, la señora Gabriela soltó encima de la mesa del doctor Paulo Roberto Monteiro el Cesio 137. Paulo sospechó su procedencia y lo llevó inmediatamente metido en un saco a una zona sin gente, dejándolo todo en una silla en el centro del patio trasero. Una vez identificado se evacuó el hospital y se procedió a su retirada. Para ello una grúa descolgó una tubería gigante sobre la silla y los restos radiactivos. Luego se derramó una tonelada de hormigón sobre el conjunto para poder extraerlo completo y de una sola pieza. Gabriela falleció en ese mismo hospital el 23 de octubre.

Restos del Cesio 137 y la cápsula de iridio sobre la silla del Hospital Municipal
Inicialmente murieron cuatro personas por síndrome de radiación aguda, y otras cuatro en los siguientes cuatro años. 5000 personas vivían en el área de riesgo, pero el operativo estableció que sólo 600 fueron víctimas de una radiación excesiva; por encima de los 0,3 Sv. Sin embargo, el llamado ‘estrés crónico’ afecta a toda la ciudad desde entonces, impregnada del miedo y la ignorancia a las consecuencias de aquella maldita radiación. Hasta ese fatídico día, nadie sabía lo que significaba la palabra radiactividad en aquel pequeño barrio de Goiania. El miedo trajo la falsa crisis; el comercio descendió un 60% en la ciudad. Nadie quería salir a comprar ropas ni alimentos por temor a contaminarse. En el entierro de las víctimas, los ataúdes de plomo fueron apedreados por la multitud, en protesta por la cercanía del sepelio a sus viviendas. Varias manzanas de la ciudad fueron literalmente demolidas y convertidas en escombros, que todavía permanecen amontonados en un depósito a ‘cielo abierto’ y a 18 kilómetros de la ciudad. Una fundación con el nombre de Leide recuerda y vela todavía por los derechos de los más afectados.
El accidente destapó el caos y descontrol en la delegación que vigila las dosis radiactivas de los componentes radiológicos. Como prueba, más del 40% de las consultas de control anuales a clínicas y centros quedaban sin contestar. La comisión de energía nuclear brasileña (CNEN) no recibió ninguna notificación tampoco del cambio de propietario o demolición de las máquinas de aquella clínica, según la licencia concedida en 1971. El cesio llevaba 3 años abandonado allí hasta su robo. Por lo tanto, se estableció que la responsabilidad en los homicidios por negligencia recaía sobre los tres médicos que gestionaban las máquinas. Pero como el accidente ocurrió antes de la promulgación de la Constitución Federal del 88, los médicos no pudieron ser declarados responsables al no ser los compradores ‘reales’ del equipamiento. Hoy viven ejerciendo la misma actividad cerca de los afectados por el ‘estrés crónico’ derivado del incidente.
Otros casos menos conocidos en que los saqueos de chatarra no han salido bien.
Peligro… zona radioactiva
La costa norte rusa es un vasto territorio de varios miles de kilómetros dentro del Círculo Polar. Durante décadas, los largos inviernos polares en los que la luz solar es prácticamente inexistente, combinados con las abruptas y peligrosas costas, se convirtieron en un verdadero quebradero de cabeza para la seguridad de los miles de barcos de carga que usaban esta ruta para conectar la parte oriental y occidental de Rusia.

En nuestros días, con la aparición de los satélites y la navegación con GPS, ha solucionado el problema, pero a mediados del siglo pasado las autoridades tuvieron que buscar soluciones para este problema.
Fue así como el Partido Comunista de la Unión Soviética decidió construir una cadena de faros para guiar a los barcos en la oscuridad de la noche polar en estas costas deshabitadas. Los faros, situados a cientos de millas de áreas pobladas, debían de ser completamente autónomos, puesto que en lugares tan alejados e inhóspitos no se disponía de ninguna fuente de alimentación externa. Fue así como los ingenieros soviéticos decidieron emplear la energía atómica, creando una serie de pequeños reactores atómicos producidos en serie limitada expresamente para ser instalados en estos faros del Círculo Polar.

Los reactores podrían trabajar de modo independiente durante muchos años sin requerir intervención humana alguna. Según la época del año, los faros se ajustaban automáticamente para encenderse cuando era necesario, a la vez que enviaban una señal de radio de advertencia a los barcos que pasaban cerca.
Durante varias décadas, los faros cumplieron su función, hasta la caída de la Unión Soviética, en la que su mantenimiento fue cayendo en el olvido. Poco a poco, todos los faros fueron desatendidos y, tras averías que nadie se preocupó en solucionar, sus luces quedaron apagadas por siempre. Por otro lado, la mejora tecnológica en los sistemas de navegación de los barcos también fue causa de que nadie se preocupara demasiado por aquellos antiguos y ruinosos faros y, según parece, tampoco recordaron que en ellos había reactores nucleares.
Por falta de información, o por exceso de hambre, la mayoría de los faros fueron víctimas de los saqueadores que en busca de cobre y demás componentes de valor, hicieron caso omiso a las advertencias sobre el peligro radioactivo desmantelando por completo sus entrañas y convirtiendo desde entonces a estas edificaciones en radioactivamente contaminadas.
En la actualidad, incluso tras varias décadas de abandono en algunos casos, las zonas todavía están catalogadas como peligrosas por los altos niveles de radioactividad.



El caso del caminante que encontro una piedra fluorescente en la playa
Una extraña piedra brillante produjo graves quemaduras a un hombre que caminaba por la playa, vio la piedra verde, brillante, se la guardó en el bolsillo y a los minutos tuvo quemaduras de segundo grado. Fue en Piriápolis, este caso ocurrio en 2013.
El extraño episodio ocurrió en Piriápolis. El hombre caminaba por la orilla de la playa cuando le llamó la atención una pequeña piedra de color verde que brillaba.La tomó con la mano, se la guardó en el bolsillo del pantalón, y a los pocos minutos sintió cómo le quemaba la piel.Según la policía el hombre llevaba dos pantalones, además del calzoncillo, y aún así la piedra le produjo quemaduras de segundo grado. Se desconoce el origen de esta piedra y no se supo más del caso, la piedra de seguro tendria que ser algun elemento radioactivo.
Hay muchos aparatos no solo medicos que tienen materiales u isotopos raioactivos en su interior no solo los aparatos medicos los utilizan, hay un equipo que muchas personas que trabajen en estudios de suelos reconoceran este es un densimetro nuclear. Aparato que se utiliza para medir la densidad del suelo, se utiliza mucho en la construcción sobre todo de carreteras es muy bueno saber en la vida de todo un poco ya que estos equipos a pesar de que en sus cajas tienen logos de radioactividad, si alguno llega a sus manos alguna vez ni se les ocurra destaparlos dentro tienen isotopos radioactivos muy perjudiciales para la salud humana.
Lo que nos lleva al ultimo caso el cual no fue fatidico menos mal
Esta emergencia radiactiva se vivio en el sector Vegas de Perales , en Talcahuano en 2012, cuando un densímetro nuclear fuera dañado por un rodillo (aplanadora) que realizaba trabajos de pavimentación. Con el densímetro se medía la densidad de la capa de asfalto. De todos modos, no se dañó la cápsula radiactiva con el elemento Cesio 137.
Entre las medidas de seguridad adoptadas se aisló la zona de riesgo y se logró trasladar la cápsula a un búnker, mediante un procedimiento dirigido por personal de la autoridad sanitaria en coordinación con la CCHEN, y el apoyo de un experto radiológico de la Armada.
Lo mejor en estos casos es llamar inmediatamente a los bomberos o a la autoridad nuclear, en mi pais es INGEOMINAS, nunca tocar los elementos que se sospechen pueden ser radioactivos y retirarse lo más lejos posible del lugar de incidente o que se sospeche pueda ser materiales radioactivos.