Paula Rodriguez: "Que se siente parir"
No es fácil explicar qué se siente en un parto. La primera dificultad es evitar la sensiblería. La segunda, discernir cuáles fueron los sentimientos y las puras sensaciones físicas de un momento que si bien recordaremos toda la vida, también nuestra memoria manejará a su antojo, borrando lo que no desea retener, por el bien de la conservación de la especie y de los futuros hermanitos de la criatura recién nacida: que otras mujeres deseen embarazarse y parir depende, como varios aspectos de la política contemporánea, del relato. La tercera dificultad es generalizar, porque todos los partos son distintos, y la respuesta al qué se siente va de la epifanía al menos-mal-que-ya-saliste-de-una-vez, según lo que a cada una le tocó.
Cada parto es diferente, y no todas las mujeres sienten lo mismo, pero casi todas, me atrevo —en esto sí— a generalizar, muestran la misma pasión por contarlo, en cada emotivo o doloroso o irrelevante detalle. Si se está yendo, si quiere ver el partido que está a punto de empezar, si ya viene el colectivo, no abra jamás esa puerta: no le pregunte a una mujer por su parto porque la respuesta tiene no menos de media hora, en su versión abreviada. Contarlo es una de las mayores satisfacciones que nos da un parto. La Ley de Medios debió tener en cuenta unos minutos en horario central para las que quieren contar el suyo, así, como con los partidos políticos en la campaña electoral, nos darían la oportunidad de expresarnos y también nos obligarían a la síntesis.
Pero ya que preguntan...
Lo primero que se siente es la idea. Es decir: una tiene que hacerse a la idea de que no va a ser una embarazada toda la vida. Y para dejar de serlo, hay que parir. El momento en el que se alcanza esa claridad de pensamiento coincide más o menos con el inicio de las clases de preparto. Dicen que esos cursos sirven para sacarse dudas y miedos, pero en muchos casos terminan por infundirlos: algunas parteras son al parto lo que los canales de noticias a la “sensación de inseguridad”. Tienen una tendencia al amarillismo que comparten con las mayoría de las mujeres de la especie, y aunque prácticamente todos los casos terminan bien —y los que no, es por causas evitables—, siempre hay una historia truculenta que contar: “Una vez atendí a Caperucita que se perdió en el bosque, y se quedó sola tres días con trabajo de parto, y el bebé se hizo un nudo marinero con el cordón, y tuvimos que pedirle a un leñador la motosierra...”. A pesar de esta clase de narraciones con las que la gente acosa a las parturientas, no recuerdo haber sentido miedo, uno de esos pánicos de descontrolada que solo reacciona cuando la enfermera experimentada la cachetea. No. Creo que eso solo pasa en HBO. Lo más parecido al miedo irracional en los días previos al parto fue un pensamiento que tienen muchas embarazadas: “Yo no voy”. Una ilusión, claro.
Parir no es algo que una haga de un día para el otro. Además de que tenés nueve meses para hacerte a la idea, si todo sale de manual hay pasos previos. Y uno de ellos es cuando el bebé se encaja en el canal de parto. Se “encaja” dicen los médicos, y el verbo es muy apropiado. Imaginen que se les “encaja” una pelota de beisball en la pelvis, que los obliga a caminar como entre paréntesis durante varios días. La comparación no es exagerada: 7 centímetros es el diámetro de una pelota de beisball, dos o tres menos que el diámetro de esa cabecita que algún día nos hará sentir orgullosas, pero de momento nos preocupa por cómo va a hacer para pasar por ahí.
Acá empiezan las emociones fuertes, y la respuesta que están esperando, porque cuando preguntan “¿qué se siente?” sabemos que, en el fondo, están preguntando “¿duele?”. Una respuesta posible es que la ciencia ha inventado las sustancias necesarias para que no sea necesario sufrir. Si esas drogas no fueran tan buenas, no habría tantas estrellas de Hollywood en rehabilitación.
Digamos que tampoco es un paseo. Lo que hace gobernable el dolor de las contracciones o el miedo —en la intensidad con la que cada una los haya pasado— es, primero, que la participación en el parto es inexorable: una no puede decir “ahora vuelvo” y salir corriendo. Segundo: saber que lo que está pasando, por muchas molestias que ocasione, es algo bueno. El ser humano es capaz de tolerar, en determinadas circunstancias, cosas que en otros contextos no hubiera soportado. Si no creen en esta teoría, piensen en sus últimas decisiones laborales, en lo que hicieron en las elecciones o en cómo marcha su matrimonio.
El parto en sí mismo es ese momento que toda actriz con más de un protagónico alguna vez recreó: el de respirar como un pescado fuera del agua y pujar. Pero en la vida real no se luce tan digna como en el guión, ni hay música conmovedora de fondo. Yo tiendo a recordarme más como uno de los All Blacks haciendo el Haka que como Marisa Tomei en ‘The Paper’ (tan linda ella, que además resuelve la primicia a favor de los buenos y alcanza a parir justo cuando se imprime el diario, una de las metáforas más cursis que se han visto en el cine).
Es el momento en que la pregunta “¿cómo es que hará para salir?” encuentra su respuesta: “A como dé lugar”. Para definir el “qué se siente” en pocas palabras: no es una la que está pariendo, es el bebé que está naciendo. Un poco de fuerza es lo menos que una puede hacer.
Cuando ya hiciste tu parte, si te practicaron la episiotomía —ese polémico corte en la vagina que hoy muchos discuten sobre si es o no necesario— te dejan con una enfermera, un residente de obstetricia o alguien que pasaba por ahí, cosiéndote sin ninguna preocupación por tu vida sexual futura. El resto de la hinchada sale corriendo con el bebé en andas, como un enjambre de movileros de la tele cuando ven venir al que realmente importa, a la auténtica celebridad del momento.
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