En una celebración tradicional cualquiera, existen dos actitudes frente a la comida. Una sería “no comer” (es decir, ayunar; como por ejemplo el ramadán musulmán); y otra sería comer un alimento especial y sacralizado, que
generalmente es identificado por analogía al cuerpo de un “dios” o “héroe”.
Fueras de esas actitudes, jamás se encontrará una fiesta ritual que consista en devorar inconscientemente comida putrefacta, carroña animal hormonada y
alimentos industrializados edulcorados con químicos.
Este tipo de banquete se reserva para lo que ha devenido ser la Navidad: el más multitudinario ejercicio de “magia negra” en nombre de una festividad global.
Hasta tal punto llega esa “globalidad”, que los centros comerciales del trópico de Capricornio decoran sus estantes con nieve y trineos para recibir el verano tropical, lugares en los que nunca se ha visto ni se verá nieve, son
decorados con vegetación de plástico , y papas-noel en latitudes ecuatoriales tienen que vestir con ropas apropiadas para el ártico.
Una grotesca orgía de esperpento se impone a través de los medios de comunicación, la publicidad comercial, y la histeria de masas. El consumo aumenta un 800%, la sobrealimentación y el embotamiento se garantiza en siete días para los siguientes doce meses, la hipocresía se refina hasta límites intolerables: es el mejor momento para la obscenidad filantrópica y la pornografía caritativa.
Toda una locura global que usa la vaga terminología de lo que quizás alguna vez pudo ser una fiesta tradicional cristiana. En cualquier caso, hoy nada tiene más
contenido que el más puro e inconsciente vacío:
Chinos (hombres , mujeres y niños) en condicion de esclavitud produciendo regalos navideños en sus fábricas, Ciudadanos desesperados comprando compulsivamente en centros comerciales.
La Navidad se presenta como la celebración inerte (es
decir, sin vida, movida por la inercia) de la civilización.
Esta civilización (y su fiesta) han adoptado el cristianismo, no ya como “religión”, sino como el vago lenguaje lleno de sentimentalismo que utiliza para expresar su doctrina esquizofrénica.
Navidad: una celebración navideña alrededor del consumo de productos corporativos y alimentos industriales. Durante este inconsciente festín , nunca falta carne industrial en cantidades aún mayores que las del consumo cotidiano.
Christmas Eve, Nochebuena, Notte di Natale… en todas las “noches de paz” de los “países desarrollados” se podrá encontrar carne de una media de cinco especies animales diferentes, todos nacidos, cebados torturados durante años y asesinados para la producción cárnica:
-pavos con piel venenosa de la acumulación tóxica,
-patés de hígados inflados artificialmente trece veces su tamaño
-salchichas en cada una de las cuales se puede distinguir carne de más de un centenar de cerdos diferentes,
-pescados ultracongelados de frescura maquillados producidos en piscifactorías,
-vacas alimentadas con una dieta caníbal
-“fiambres” conservados con químicos que consiguen un efecto similar a la momificación
-pollos químicos,
-corderos coloreados
-huevos de gallinas-robot…
Todo esto y muchas otras delicias industriales (no necesariamente cárnicas) no pueden faltar en la mesa de una cena de celebración navideña. Sólo desde la más absoluta inconsciencia (o bien desde una monstruosa hipocresía) se puede celebrar un supuesto nacimiento
divino ante semejante altar. Sin embargo, en última instancia, nadie está celebrando nada.
Además, el hombre moderno sólo concibe celebrar lo que sea a través de la comida. Por lo tanto, todo el calendario festivo será aprovechado por las industrias alimenticias (la cárnica, entre ellas) y la industria farmacéutica para
su lucro y para la destrucción sanitaria. Después de las navidades, las vacaciones, las pascuas, las semanas santas, las fiestas de Halloween, las fiestas patronales, las vírgenes, los santos, los viajes a la playa, los almuerzos de trabajo, las cenas de empresa, las despedidas de soltero, los
banquetes de boda de los vecinos, y los aniversarios varios, el hombre y la mujer modernos se miran al espejo y se ven gordos y feos. (Ahí entran de nuevo la
industria farmacéutica, la medicina moderna y el massmedia con el fin de
lucrarse con la “perdida de peso”). Si el moderno se siente feo y gordo, es debido a que –efectivamente- está feo y gordo y en todos los dominios, no sólo
el que refleja el espejo.
Los empresarios que saben ganarse los mercados son los mascreativos con los envases, los mas audaces con la inversión en etiquetas y losmas agresivos con la publicidad comercial dirigida al entupido consumidorinconciente que compra cualquier cosa que le diga la televisión o le imponga lamoda.
Caminando por el supermercado, el hombre moderno estira su mano para agarrar elproducto que el empresario necesita vender, y esto se realiza con ciertos códigosde color, forma, marca y precio que quedan cargados como procesos post-hipnóticosmediante la publicidad repetitiva y enfermiza.
Dentro del supermercado: cuanta basura!!!...la misma de los basurales peroordenada..
Que etiquetas!!!
Que envases!!!
Todo envasado ¡¡¡ Eso si que me gusta!!
Góndolas y góndolas repletas de basura nueva, cuanta belleza!!, se supone quecontienen alimentos, o algo por el estilo.
Cuanta devoción en los clientes, con sus ojos paralizados de éxtasis cuandopasan los paquetes uno a uno por la caja...esto si es progreso!!!
Y eso no es todo, porque todo ese talento presente en la etiqueta lo esta tambiénen el producto: un alimento a base de basura con un poco de comida:conservantes, colorantes, esencias artificiales, mejoradores, estabilizantes,espesantes, etc.
El hombre moderno lleva esa basura a su boca, y el sabor que le siente tienemas relación con la marca y la etiqueta que con lo que realmente es. Es muchomas poderoso lo que imagina que lo que verdaderamente percibe.