INTRODUCCION No me caben dudas de que "The Economist" es un medio que responde al neoliberalismo que hundió a nuestro país de la mano de los militares en los 70 y de Cavallo a continuación. Diciendo apostar a la "política del desborde" donde el dinero sólo puede llegar al pueblo a partir de que las grandes empresas se hagan cada vez más ricas, aumentando la desigualdad y suponiendo que si las empresas son tremendamente ricas, cada vez "desbordará" algo más para el pueblo "inculto e incapaz". Lo cual está equivocado. (Me encantaría poder decir "demás está decir", pero dada la gran cantidad de argentinos enceguecidos, no creo que esté demás) Ponerse de su lado es entregar el futuro de nuestra familia y embargar el futuro de las próximas generaciones, tal como hicieron nuestros ancestros con nosotros, que encima tuvieron mejores excusas, porque eran otros tiempos, HOY, en plena democracia, nosotros no tenemos excusas para continuar siendo etreguistas de nuestro pais y del futuro de nuestros hijos, nietos y bisnietos como minimo y MUCHO MENOS POR EGOISMO, POR UNA SED DE VENGANZA QUE NI SIQUIERA SERÁ SACIADA. The Economist recién con De La Rua se acordó de críticar UN POCO a la gestión de los 90, CRITICAS LIVIANAS y amortiguándolas con flores, para no quedar tan en evidencia la forma en que nos engañaban anteriormente. Dan pena, pero más pena dá que la gente, se deje llenar de bronca y siga repitiendo como loritos los mensajes de estos extremos ambiciosos y sin ningun interés en la justicia social. La justicia social que proponen finalmente la justifican como "la supervivencia del mas apto", MENTIRA, es la supervivencia del que cae mejor parado según en dónde le toca nacer, y a la mayoría de los argentinos, nos toca nacer bastante lejos de toda oligarquía, tradicional o no tradicional. Algunos por negarse a entregarle 1000 millones a un ladrón, le terminan regalando cientos de miles de millones a otro ladrón. Si quieren estar en contra de aquellos que piensan que son ladrones, BIEN, PERFECTO, pero para eso NO SE PONGAN DEL LADO DE PEORES LADRONES, que ENCIMA son los que los convencieron de que los K son ladrones, con o sin razón, y como en la justicia no pasa nada, la acusacion de conspiración se hace cada vez más grande y ustedes SIGUEN PICANDO. Están punto caramelo, ya no hay nada que un medio opositor no publique y ustedes no se lo crean, les creen TODO, no se preguntan ni cuestionan nada, lamentable el estado en el que están. Perdón por extenderme tanto, aquí nomás y a modo informativo adjunto la prueba de los momentos de culminación producto de las políticas de vaciamiento de nuestro país tan vitoreadas por "The Economist" en todas las épocas donde más nos endeudaron y donde más nos embargaron estaban por, finalmente, llegar a la debacle del 2001 y que me movió a hacer este post. The Economist elogia a De la Rúa (The Economist).- El imperturbable y mesurado nuevo presidente suele ser subestimado. Hace tiempo que los escépticos descartaban a Fernando de la Rúa como un peso liviano de la política que debería luchar contra un Congreso dominado por la oposición. Todavía es prematuro. El señor De la Rúa lleva apenas dos meses en el poder. Aún así ha confundido a sus críticos, tanto por la energía con que se ha desenvuelto para abordar las reformas fiscal y laboral como por su espontáneo dominio en el campo de las relaciones públicas. El régimen peronista saliente de Carlos Menem dejó al gobierno del señor De la Rúa una cantidad de problemas inmediatos. La economía cayó el año último, mientras que el déficit fiscal aumentó abruptamente. La tarea de materializar el crecimiento económico en el marco de ordenación monetaria argentina, que fija por ley la paridad peso-dólar, depende de reformas estructurales destinadas a impulsar la competitividad y reducir los costos comerciales. Esa tarea se ha revelado tanto más urgente en razón de que la devaluación en Brasil ha reducido hasta en un 32 por ciento el valor de la divisa del mayor socio de la Argentina, suscitando dudas acerca de la posibilidad de mantener el esquema monetario vigente. Además, los argentinos se sienten descontentos con lo que muchos consideraban como sacrificios no equitativos exigidos por el señor Menem, en que altos índices de desempleo coexistían con una atmósfera de corrupción oficial. La Alianza ha entrado rápidamente en acción para tratar de reducir a 4700 millones de pesos el déficit fiscal desde los 7100 millones el año pasado. Ha impulsado un impopular paquete de propuestas impositivas con las que espera recaudar 2500 millones en este año. También ha concertado un acuerdo con las provincias, en su mayor parte de gobierno peronista, concerniente a la asignación de fondos federales. El señor De la Rúa ha dedicado asimismo su atención a los asuntos relacionados con los sindicatos de la Argentina, en un tiempo poderosos. Una ley sometida al Congreso hará más flexibles los contratos de trabajo y permitirá las negociaciones colectivas en nivel de las empresas. La nueva ley encuentra resistencias, incluso por parte de los miembros del ala izquierda de la Alianza, pero tiene razonables probabilidades de prevalecer. Resultados Esas iniciativas ya están dando algunos resultados. El Gobierno ha llegado a un nuevo acuerdo con el FMI, que ofrece a la Argentina un crédito de contingencia inesperadamente extenso por un valor de 7400 millones de dólares. Standard & Poor´s, una agencia norteamericana de credit-rating , ha modificado este mes de "negative" a "stable" sus pronósticos sobre la Argentina. Los ciudadanos argentinos en general también se han sentido favorablemente impresionados por su nuevo presidente, pese al carácter impopular de algunas de las primeras medidas de la Alianza. Las encuestas conceden al señor De la Rúa el 62% de rating de aprobación, en comparación con el 41% para su gobierno. Ello se debe en parte a una especie de magia sutil como la que le ayudó a conquistar el poder. El señor De la Rúa ha cultivado cuidadosamente una imagen de austeridad personal, en vivo contraste con el señor Menem. Ha prometido vender el Tango-01, un Boeing 757 comprado en 66 millones de dólares por el señor Menem como jet presidencial, y como un símbolo de su extravagancia. El mes pasado, el señor De la Rúa viajó en aerolíneas comerciales en su primera gira por el exterior. Al regreso, se cuidó de que supieran que había pasado por la aduana como cualquier otro argentino, y que había pagado los derechos por excedente en las compras. Pero esos gestos no bastarán indefinidamente para justificar el compromiso de De la Rúa de un gobierno honesto y transparente. (De hecho, los funcionarios tratan de encontrar comprador para el Tango 01.) Ha prometido una "guerra a la corrupción". Hasta ahora, eso no ha pasado de un golpe al contrabando en la frontera paraguaya, una promesa de publicar información sobre las ofertas oficiales para Internet, y la investigación contra dos importantes funcionarios del gobierno del señor Menem: Víctor Alderete, ex jefe del sistema sanitario de jubilados, y María Julia Alsogaray, una flamboyant ex secretaria de medio ambiente. Otra de las promesas electorales del señor De la Rúa era la de poner freno a las exorbitantes tarifas aplicadas por muchas de las compañías de servicios privatizadas por el señor Menem. También en esto el Gobierno se ha movido con cautela, al parecer por miedo a perjudicar la imagen de la Argentina en los círculos de la inversión extranjera. En realidad, las perspectivas del señor De la Rúa dependen en gran medida de la actitud de los mercados financieros. Aunque la producción económica ha comenzado a recuperarse, la demanda del consumidor continúa siendo débil, trabada por altas tasas de interés (parten de 8%, aunque la inflación es negativa). Esas tasas reflejan el recelo de los inversores. Aunque el señor Menem consiguió estabilidad de precios y destellos de crecimiento, esos éxitos tuvieron su costo. El efecto acumulativo de una década de déficit fiscales, por más que relativamente pequeños, combinado con menores ingresos por concepto de exportaciones desde 1998, ha hecho a la Argentina demasiado dependiente del financiamiento externo. El pago de intereses sobre la deuda pública se ha triplicado con creces desde 1992; este año las amortizaciones significarán más del 15% de todos los gastos públicos, de acuerdo con un cálculo de la Fundación Capital, un think-tank de Buenos Aires.
Cuando "The Economist" elogiaba a De La Rua
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