No podemos negarlo. Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. A los veinteañeros nos encanta dejarnos querer, conquistar y ser conquistados, sabernos mirados, guapos, codiciar y ser codiciados, tontear... llámalo "x".
A los veinti-y nuestras charlas ya se han teñido de contenido y nuestras inquietudes abarazan temas que competen a esa edad llamada "adulta": nos preocupa nuestro futuro, queremos saber qué vamos a hacer, cómo y cuándo, queremos sentar los cimientos que nos conviertan en los hombres y mujeres que están a punto de tomar las riendas. Y sin embargo, el amor y sus secuaces -el sexo, la lujuria, lo excitante, la aventura- siguen dominándonos. Carrera, profesión y posición palidecen al lado de esa emoción trepidante, capaz de llevarnos a los límites de la experiencia. Queremos crecer, pero por encima de todo queremos ese sentimiento: los pelos de punta, las mariposas, los besos, los nervios, la piel contra la piel, la risa tonta, sentir, oler, tocar: volvernos locos
. En la década de los 20, el amor más que ninguna otra cosa sigue aportando el sentido.
El amor a los veinti-y debería ser fácil. Un impulso. Un canto de sirena. Una llamada que, aún libres de compromisos y obligaciones, seguir sin demasiados miramientos. Si caemos, caímos. Si sufrimos, sufrimos. A los veinti-y todo cura y nada tiene demasiadas consecuencias. Más que en ningún otro momento de nuestras vidas, somos libres de probar y fallar. Los finales no son fracasos, sino experiencias, el tiempo jamás es perdido y una puerta que se cierra abre un millón de ventanas.
Sabemos o sospechamos que el verbo amar tiene un millón de definiciones más allá de la más romántica acepción del término. Ahora y sólo ahora podemos experimentarlas. Sentimos que llevamos algo grande ahí: llámalo belleza, llámalo vida. La necesidad de expresarlo quema por dentro a ratos. Y en esos momentos, queremos querer. A nuestra manera. Con nuestros matices. Por una noche, un año, un mes, quizás un par de horas. A un amigo, a un amor, a un pseudo desconocido. A quien sea que le lata a nuestro loco corazón. Si el fin lógico de cualquier camino es llegar Roma, el fin lógico de los nuestros es que no importa el destino, ni si lo hay. Aferraremos los cabos sueltos, perseguiremos al eslabón perdido, elegiremos el callejón sin salida. Somos libres. Todavía. Tenemos poco que perder. Y todo por vivir.
A los veinti-y nuestras charlas ya se han teñido de contenido y nuestras inquietudes abarazan temas que competen a esa edad llamada "adulta": nos preocupa nuestro futuro, queremos saber qué vamos a hacer, cómo y cuándo, queremos sentar los cimientos que nos conviertan en los hombres y mujeres que están a punto de tomar las riendas. Y sin embargo, el amor y sus secuaces -el sexo, la lujuria, lo excitante, la aventura- siguen dominándonos. Carrera, profesión y posición palidecen al lado de esa emoción trepidante, capaz de llevarnos a los límites de la experiencia. Queremos crecer, pero por encima de todo queremos ese sentimiento: los pelos de punta, las mariposas, los besos, los nervios, la piel contra la piel, la risa tonta, sentir, oler, tocar: volvernos locos

. En la década de los 20, el amor más que ninguna otra cosa sigue aportando el sentido.
El amor a los veinti-y debería ser fácil. Un impulso. Un canto de sirena. Una llamada que, aún libres de compromisos y obligaciones, seguir sin demasiados miramientos. Si caemos, caímos. Si sufrimos, sufrimos. A los veinti-y todo cura y nada tiene demasiadas consecuencias. Más que en ningún otro momento de nuestras vidas, somos libres de probar y fallar. Los finales no son fracasos, sino experiencias, el tiempo jamás es perdido y una puerta que se cierra abre un millón de ventanas.
Sabemos o sospechamos que el verbo amar tiene un millón de definiciones más allá de la más romántica acepción del término. Ahora y sólo ahora podemos experimentarlas. Sentimos que llevamos algo grande ahí: llámalo belleza, llámalo vida. La necesidad de expresarlo quema por dentro a ratos. Y en esos momentos, queremos querer. A nuestra manera. Con nuestros matices. Por una noche, un año, un mes, quizás un par de horas. A un amigo, a un amor, a un pseudo desconocido. A quien sea que le lata a nuestro loco corazón. Si el fin lógico de cualquier camino es llegar Roma, el fin lógico de los nuestros es que no importa el destino, ni si lo hay. Aferraremos los cabos sueltos, perseguiremos al eslabón perdido, elegiremos el callejón sin salida. Somos libres. Todavía. Tenemos poco que perder. Y todo por vivir.