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Los secretos de Hitler y la Iglesia Católica

Offtopic6/14/2013
Los secretos de Hitler y la Iglesia Católica

hitler

El Papa Pio XII, Hitler y el genocidio judío ¿Recta razón de la Iglesia?

nazi

Por: John Cornwell
Introducción de Carla Antonelli

Acabamos de rememorar el 60 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial y derrota del ejercito nazi. En estos días hemos tenido que escuchar cosas tan terribles como que el cardenal y arzobispo emérito de Barcelona, Ricard María Carles, ha hecho una comparación de España con Auschwitz. Ante tal atrevimiento se hace necesario recordar cual fue la postura de la Iglesia Católica, Vaticano y Pío XII ante el genocidio de los judíos en Europa. Por si fuera poco este fin de semana hemos tenido que oír de la Conferencia Episcopal Española el darnos dogmas de "la recta razón y moral"; no son ellos precisamente los mas indicados en esta materia pedagógica. A sus espaldas cabalgan crímenes contra la humanidad como los de la "Santa Inquisición" ó " Santo oficio", hoy llamado "Congregación para la doctrina de la fe", la inquisición nunca fue abolida por la Iglesia, solo actualizó su nombre a este ultimo, congregación dirigida hasta escasos días por el actual Benedicto XVI, o Ratzinger, que así se llamaba cuando era miembro de la juventudes nazis para mas tarde ser soldado de Hitler en las baterías antiaereas, pero bueno, esto ultimo es otra historia a la que dedicaremos un capitulo aparte en breve.

En este acto de rememoración ofrecemos un articulo de John Cornwell, autor del libro "El Papa de Hitler", que hace un recorrido por la vida de Pio XII, su antisemitismo y escandaloso silencio ante el genocidio de millones de judíos, gitanos, homosexuales y transexuales durante la segunda guerra mundial y la "solución final" de Hitler y su ejercito nazi .

Ya hubieran dicho la mitad de lo que han vertido en contra de los matrimonios homosexuales durante el genocidio nazi, cientos de miles de vidas se hubieran salvado; pero no, ante Hitler, Franco, Pinochet, Videla o Mussolini se caracterizaron por su ambigüedad, falta de contundencia y vergonzoso silencio, o en cohabitación cómplice directa. Como Jorge Arturo Agustín Medina Estévez que apoyó sin reservas a la dictadura del general Augusto Pinochet.

También los apoyos de los papas Pio XI, Pio XII y Juan XXII que dan su bendición especial a Franco en su golpe militar y guerra fraticida entre españoles:

"a los que se habían impuesto la difícil y peligrosa tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión" (Pío XI, Castelgandolfo, 1936).

"España (...) acaba de dar a los profetas del ateísmo materialista de nuestro siglo la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores de la religión y del espíritu" (Pío XII, 1939).

"Franco da leyes católicas, ayuda a la iglesia, es un buen católico: ¿Qué más se quiere?" (Juan 23, 1960).

Cuando Mussolini decidió lanzarse a una guerra de conquista, contra Etiopía, Pio XII aprobó que aquellas modernas armas de fuego que iban a masacrar africanos armados de lanzas y cuchillos, fueran bendecidas por cardenales cercanos a la sede de San Pedro. El cardenal Schuster, de Milán, proclamó la expansión fascista en África como "una guerra santa".

Nunca estuvieron más cerca, física y espiritualmente, las FF.AA. en Argentina y la Iglesia como a partir del golpe del 24 de marzo de 1976. "La Jerarquía apoyó el sistema de la desaparición de personas en forma teórica y práctica. Teóricamente, por medio de la Teología de la Dominación que legitimó la Doctrina de la Seguridad Nacional, como se ha considerado, y prácticamente, con el servicio del Vicariato Castrense, el cual, por medio del Vicario Adolfo Tortolo hasta 1982 y José M. Medina desde entonces; del Provicario Victorio Bonamín y de los 250 capellanes militares prestaron la debida "asistencia espiritual" a los desaparecedores. Debe tenerse en cuenta que el Vicario Castrense es elegido ‘por la Santa Sede de acuerdo con el Presidente de la República’. Si tenemos en cuenta el conocimiento abundante que el Papa tenía de la existencia de las desapariciones y de los centros clandestinos, se debe concluir que la Santa Sede dio su apoyo legitimador al sistema de las ‘desapariciones’"

Cuestiones bastantes indicativas para hacernos una ligera idea de quienes hoy son tan atrevidos como para erigirse en defensores de " la recta razón y moral ". La vergüenza debería ser el XI mandamiento y carecer de ella pecado capital.



iglesia catolica

papa


"El Papa de Hitler"

adolf

Por: John Cornwell

(fragmento)

Siempre estuve convencido de que la evidente santidad de Eugenio Pacelli era una prueba de su buena fe. ¿Cómo podría haber traicionado a los judíos un Papa tan Santo?. Pedí acceso a documentos cruciales, asegurándoles a sus custodios que estaba del lado de mi investigado: en un libro titulado Un ladrón en la Noche, yo había defendido al Vaticano contra cargos del asesinato del Papa Juan Pablo I por sus pares.

Dos oficiales me permitieron acceder al material secreto: declaraciones bajo juramento que se juntaron hace treinta años para avalar el proceso de canonización de Pacelli y el archivo de la Secretaría de Estado del Vaticano. También recurrí a fuentes alemanas en relación con las actividades de Pacelli en Alemania durante las décadas del ´20 y del ´30, incluidos sus contactos con Adolf Hitler.

A mediados de 1997 me encontré en un estado de shock moral. El material que había juntado no apuntaba a una exoneración sino a una acusación aún más escandalosa.

La evidencia era explosiva, Mostraba por primera vez que Pacelli (Pío XII) era abiertamente, y según sus propias palabras, antisemita.


Pacelli llegó al Vaticano en 1901, a la edad de 24 años, reclutado para especializarse en cuestiones internacionales y derecho canónico. Colaboró con su superior, Pietro Gasparri, en la reformulación del Código de Derecho Canónico que se distribuyó en 1917 a los obispos católicos de todo el mundo.

A la edad de 41 años, ya arzobispo, Pacelli partió hacia Munich como nuncio papal para comenzar el proceso de eliminar los desafíos legales a la nueva autocracia papal y procurar un tratado entre el papado y Alemania como un todo, que reemplazará todos los arreglos locales y se convirtiera en un modelo de las relaciones entre la Iglesia Católica y los Estados.

En mayo de 1917 recorrió Alemania, destruida por la guerra, ofreciendo su caridad a gente de todas las religiones. Sin embargo, en una carta al Vaticano, reveló tener menos amor por los judíos. El 4 de septiembre le informó a Gasparri, que era cardenal secretario de estado en el Vaticano, que un doctor Werner, el rabino jefe de Munich, se había acercado a la nunciatura para rogar un favor. Con el fin de celebrar Succoth, los judíos necesitaban hojas de palmeras, que normalmente llegaban de Italia. Pero el gobierno italiano había prohibido la exportación, vía Suiza, de unas palmeras que los judíos habían comprado y que estaban retenidas en Como. "La comunidad israelita" continuaba Pacelli "busca la intervención del Papa con la esperanza de que abogue a favor de los miles de judíos alemanes".

Pacelli le dijo a Gasparri que no le parecía apropiado que el Vaticano "los ayudara en la práctica de su culto judío". Gasparri respondió que confiaba completamente en la "astucia" de Pacelli, coincidiendo con que no sería apropiado ayudar al rabino Werner.

Dieciocho meses más tarde reveló su antipatía por los judíos de una manera más abiertamente antisemita, cuando estuvo en el centro de una revuelta bolchevique en Munich. En una carta a Gasparri, Pacelli describió a los revolucionarios y a su líder, Eugenio Levien: "Un ejército de trabajadores corría de un lado a otro, dando órdenes, y en el medio, una pandilla de mujeres jóvenes, de dudosa apariencia, judías como todos los demás", daba vueltas por las salas con sonrisas provocativas, degradantes y sugestivas.

La jefa de esa pandilla de mujeres era la amante de Levien, una joven mujer rusa, judía y divorciada. (...) Este Levien es un hombre joven, de unos 30 o 35 años, también ruso y judío. Pálido sucio, con ojos vacíos, voz ronca, vulgar repulsivo, con una cara a la vez inteligente y taimada.

Hitler que había logrado su primer gran triunfo en las elecciones de 1930, quería un trato con el Vaticano porque estaba convencido de que su movimiento sólo podía tener éxito si se eliminaba al catolicismo político y sus redes democráticas. Luego de su ascenso al poder en enero de 1933, Hitler hizo una prioridad de su negociación con Pacelli.

El Concordato del reich le garantizó a Pacelli el derecho a imponer un nuevo Código de Leyes Canónicas sobre los católicos de Alemania. A cambio, Pacelli colaboró en el retiro de los católicos de la actividad política y social. Luego Hitler insistió en la disolución "voluntaria" del Partido Central Católico Alemán!.

Los judíos fueron las primeras víctimas del Concordato: luego de su firma, el 14 de julio de 1933, Hitler dijo a su gabinete que el tratado había creado una atmósfera de confianza "especialmente significativa en la lucha urgente contra el judaísmo internacional". Aseguraba que la Iglesia Católica le había dado su bendición pública, en el país y afuera, al nacionalsocialismo, incluida su posición antisemita.

Durante los años ´30, a medida que el antisemitismo nazi crecía en Alemania, Pacelli no se quejó ni siquiera en nombre de los judios convertidos al catolicismo: para él, era cuestión de política interna.

En enero de 1937, tres cardenales y dos obispos alemanes viajaron al Vaticano para pedir una vigorosa protesta contra la persecución nazi de la Iglesia Católica, a la que se le habían suprimido todas las formas de actividad con excepción de los servicios religiosos. Finalmente, Pío XI decidió lanzar una encíclica, escrita bajo la dirección de Pacelli (futuro Pio XII), donde no había ninguna condena explícita al antisemitismo.

En el verano de 1938, mientras agonizaba, Pío XI se preocupó por el antisemitismo en Europa y encargó la redacción de otra encíclica dedicada al tema. El texto que nunca vió la luz del día, se descubrió hace poco. Lo escribieron tres jesuitas, pero presumiblemente Pacelli estuvo a cargo del proyecto. Se iba a llamar Humani Generis Unitas (La unión de las raza humana) y, a pesar de sus buenas intenciones, está lleno de una antisemitismo que Pacelli había mostrado en su primer estadía en Alemania. Los Judíos, dice el texto, eran responsables de su destino, Dios los había elegido, pero ellos negaron y mataron a Cristo. Y "cegados por su sueño de triunfo mundial y éxito materialista" se merecían "la ruina material y espiritual" que se habían echado sobre sí mismos.

El documento advierte que defender a los judíos como exigen "los principios de humanidad cristianos" podría conllevar el riesgo inaceptable de caer en la trampa de la política secular. La encíclica llegó a los jesuitas de Roma a fines de 1938; hasta el día de hoy, no se sabe por qué no fue elevada a Pío XII, Pacelli, convertido en Papa el 12 de marzo de 1939, sepultó el documento en los archivos secretos y les dijo a los cardenales alemanes que iba a mantener relaciones diplomáticas normales con Hitler.

Pacelli conoció los planes nazis para exterminar a los judíos de Europa en enero de 1942. Las deportaciones a campos de exterminio habían comenzado en diciembre de 1941. A lo largo de 1942, Pacelli recibió información confiable sobre los detalles de la solución final provista por los británicos, franceses y norteamericanos en el Vaticano.

El 17 de marzo de 1942, representantes de las organizaciones judías reunidos en Suiza le enviaron un memorándum a través del nuncio papal en Berna, donde detallaban las violentas medidas antisemitas en Alemania, en sus territorios aliados y en zonas conquistadas. El memo fue excluido de los documentos de la época de la guerra que el Vaticano publicó entre 1965 y 1981.

En septiembre de 1942, el presidente norteamericano Franklin Roosevelt envió a su representante personal, Mylon Taylor, a que le pediera a Pacelli una declaración contra el exterminio de los judíos. Pacelli se negó a hablar porque debía elevarse sobre las partes beligerantes.

El 24 de diciembre de 1942, finalmente, Pacelli habló de "aquellos cientos de miles que, sin culpa propia, a veces sólo por su nacionalidad o raza, reciben la marca de la muerte o la extinción gradual". Esa fue su denuncia pública mas fuerte de la solución final.

Pero hay algo peor. Luego de la liberación de Roma, Pio XII pronunció su superioridad moral retrospectiva por haber hablado y actuado a favor de los judíos. Ante un grupo de palestinos, dijo el 3 de agosto de 1946:

"Desaprobamos todo uso de fuerza (...) como en el pasado condenamos en varias ocasiones las persecuciones que el fanatismo antisemita infligió al pueblo hebreo." Su autoexculpación grandilocuente un año después del fin de la guerra demostró que no sólo fue Papa ideal para la solución final nazi, sino que también un hipócrita.



Pio XII

¿Qué dicen los nuevos documentos?

La nueva evidencia que recopilé muestra que:


La asombrosa antipatía de Pacelli por los judíos venía de 1917, lo cual contradice que sus omisiones fueron hechas de buena fe y que "amaba" a los judíos y respetaba su religión.

Pacelli le reconoció al Tercer Reich que sus políticas antisemítas eran asuntos internos de Alemania. El Concordato entre Hitler y el Vaticano creó un clima ideal para la persecución de los judíos.

Pacelli no avaló la protesta de los obispos católicos alemanes contra el antisemitismo.

Pacelli intentó mitigar el efecto de las encíclicas de Pío XI al darle garantías diplomáticas privadas a Berlín, a pesar de conocer la abierta persecución de los judíos.

Pacelli estaba convencido de que los judíos se habían procurado su suerte: intervenir a su favor sólo podía llevar a la Iglesia hacia alianzas con fuerzas hostiles al catolicismo.

segunda  guerra mundia

Fuente:


Los secretos de Hitler y la Iglesia Católica

¿Cómo actuó la Iglesia ante el nazismo?

hitler

La Santa Sede y el Holocausto nazi

De vez en cuando se repite la acusación de que la Iglesia católica mantuvo una actitud un tanto confusa ante el exterminio de millones de judíos durante la II Guerra Mundial.

Estas críticas no comenzaron hasta 1963, cuando se estrenó una obra teatral del dramaturgo alemán Rolf Hochhuth, y desde entonces han venido repitiéndose con una notable falta de documentación histórica.

La realidad es que las más contundentes y tempranas condenas del nazismo en aquellos años provinieron precisamente de la jerarquía católica. Y si no fueron más contundentes aún fue por los difíciles equilibrios que hubieron de hacer para denunciar los abusos de Hitler sin poner en peligro la vida de millones de personas en los diversos países ocupados. Nunca dejaron de combatir y condenar los atropellos nazis durante la guerra. Pero tenían las manos atadas: pronto comprobaron que cuando arreciaban sus denuncias, las represalias nazis eran mucho mayores.


Un breve repaso histórico

Adolf Hitler fue nombrado Canciller alemán el 28 de enero de 1933. Su partido, el nacionalsocialista, estaba en minoría, pero Hitler tardó sólo tres días en convocar nuevas elecciones. Con una mayoría absoluta por escaso margen, los nazis aprobaron una ley de plenos poderes. Un año después, el 2 de agosto de 1934, fallecía el presidente alemán, mariscal Hindenburg. Tan sólo una hora después, se anunció que se unificaban los puestos de presidente y canciller en la persona de Hitler. Se convocó un plebiscito para ratificar la medida, y gracias a la poderosa maquinaria de propaganda nazi en manos de Goebbels, el 19 de ese mismo mes el pueblo alemán votó afirmativamente por abrumadora mayoría y Adolf Hitler se convirtió en amo absoluto de Alemania.

Desde 1930, tanto Pío XII como la jerarquía católica alemana mostraron su preocupación por las consecuencias del pensamiento nazi. Los obispos redactaron cartas pastorales con ocasión de las elecciones, recordando los criterios morales sobre el voto y las ideas que resultaban inaceptables para un católico. No puede decirse que los católicos recibieran con indiferencia esas declaraciones, pues el gran ascenso nacionalsocialista se registró sobre todo en las zonas de mayoría protestante.

Poco después del triunfo nazi de 1933, los obispos alemanes publicaron otra carta colectiva del episcopado que hablaba con enorme claridad sobre cómo los principios nazis de la sangre y de la raza conducían a injusticias gravemente contrapuestas a la conciencia cristiana. También enviaron un mensaje al gobierno, manifestando la repulsa unánime del episcopado católico ante esos atropellos. El gobierno nazi hostigó a la Iglesia de diversos modos. Organizó, por ejemplo, una campaña de desprestigio con varios procesos amañados contra personalidades eclesiásticas.

En enero de 1937 se desplazaron a Roma, con la mayor discreción posible, los principales representantes del episcopado alemán (los cardenales Bertram, Faulhaber y Schulte, y los obispos Preysing y von Galen), para solicitar una nueva intervención pontificia que condenara formalmente el nazismo. De ahí nacería la encíclica Mit brennender sorge (Con ardiente preocupación), que hubo de ser introducida en el país de modo clandestino y fue leída el domingo 21 de marzo de 1937 en los 11.000 templos católicos alemanes. Fue un aldabonazo enorme. La denuncia de la ideología y la conducta nazis era clarísima: racismo, divinización del sistema, etc. No faltaban referencias a lo que hoy se denominaría "culto a la personalidad".


Nunca el régimen nazi
recibió en Alemania
una contestación semejante
a la que se produjo con la
Mit brennender sorge.


Al día siguiente, el órgano oficial nazi, Volskischer Beobachter, publicó una primera réplica a la encíclica que, sorprendentemente, fue también la última. El ministro alemán de propaganda, Joseph Goebbels, advirtió enseguida la fuerza que había tenido esa declaración y, con el control total de prensa y radio que ya tenía por esas fechas, decidió que lo mejor era ignorarla completamente.

—Pero en Austria me parece que las cosas no estuvieron tan claras...

Efectivamente. Cuando Hitler invade Austria en marzo de 1938, aquella anexión –el anschluss–, fue en general bastante bien recibida, por la inestabilidad que sufría Austria y por la imagen que el régimen alemán había logrado adquirir con la activa propaganda nazi.

En ese ambiente de euforia, Hitler, que era austríaco de nacimiento, llegó a Viena y se entrevistó con el cardenal Innitzer, del que logró con engaño una desafortunada declaración del episcopado austríaco en que se le daba la bienvenida y se ensalzaba el nacionalsocialismo alemán.

Enseguida vio lnnitzer que había cometido un grave error, y añadió una nota aclaratoria. Como era de suponer, la propaganda nazi aireó la declaración, pero omitiendo toda referencia a esa nota aclaratoria. Innitzer fue llamado a Roma y a los pocos días publicó una rectificación mucho más contundente. Sólo después fue recibido por Pío XI, pues hasta entonces no había querido hacerlo. La respuesta nazi fue ignorar la rectificación, suprimir las organizaciones juveniles católicas, la enseñanza de la religión y hasta la Facultad de Teología de lnnsbruck. El palacio arzobispal de lnnitzer fue asaltado y arrasado por las juventudes hitlerianas.


La acción más prudente y eficaz

Con el estallido de la guerra, el régimen nazi se radicalizó. Las grandes deportaciones y el exterminio programado de los judíos comenzó en la segunda mitad de 1942. Están apareciendo ahora numerosos documentos que prueban que los gobiernos aliados estaban bastante bien informados de esas atrocidades, y que la Santa Sede hizo tenaces y continuos esfuerzos para oponerse a todos esos terribles atropellos.

El aparente silencio de la Santa Sede
durante una etapa de la guerra
escondía una acción cauta y eficaz
para evitar en lo posible esos crímenes.


Las razones de tal discreción están explicadas claramente por el propio Papa en diversos discursos, cartas al episcopado alemán y deliberaciones de la Secretaría de Estado. Las declaraciones públicas sólo habrían agravado la suerte de las víctimas y habrían multiplicado su número. No puede perderse de vista que las declaraciones podían ser contraproducentes y hacer que los nazis radicalizaran más aún sus posturas, como pronto se comprobó. Por ejemplo, cuando la jerarquía católica de Amsterdam se quejó públicamente en 1942 del trato que se daba a los judíos, los nazis multiplicaron las redadas y las deportaciones, de modo que al final de la guerra habían sido exterminados el 90% de los judíos de la capital holandesa.

Por ese motivo se prefirió la protesta por vía diplomática, que fue muy intensa. Los esfuerzos se encaminaron a procurar salvar vidas e influir ante los países satélites de Hitler para que impidieran a las SS alemanas actuar impunemente en su territorio. Se consideraba lo mas práctico, y una visión retrospectiva parece confirmarlo, pues así se salvaron cientos de miles de vidas.

En Italia, y en menor medida en Francia, muchos judíos se salvaron gracias a la protección de eclesiásticos católicos, y en Roma, Pío XII participó personalmente en esa labor. También en Rumania, los estragos podrían haber sido mucho mayores si no fuera por las gestiones que realizó, entre otros, Mons. Roncalli, futuro Juan XXIII y entonces delegado apostólico en Turquía. En otros países la Iglesia no pudo conseguir demasiado, pero lo intentó con todos los medios a su alcance. De hecho, cuando terminó la guerra, entre los pocos a quienes las organizaciones judías podían manifestar su agradecimiento figuraba la Santa Sede y unas cuantas personalidades e instituciones de la Iglesia católica, empezando por el propio Papa Pío XII.

Fueron muchos los cristianos que arriesgaron su vida para salvar personas de raza judía. El hecho de que algunos no lo hicieran pudo ser una muestra de poco espíritu cristiano, pero también es verdad que no es fácil hacer un juicio moral retrospectivo sobre lo que los demás debían haber hecho bajo las condiciones extremas de un Estado totalitario como el nazi.

Las actuaciones diplomáticas del Papa o la jerarquía católica pudieron ser más o menos afortunadas en aquella coyuntura política concreta. La Iglesia, al acercarse a éste u otros momentos de su historia, no tiene inconveniente en reconocer ante el mundo los errores que hayan podido cometer algunos de sus miembros, pero junto a la petición de perdón hay que poner empeño por conocer lo que realmente sucedió.



Fuente: http://mercaba.org/FICHAS/IGLESIA/Inte03/como_actuo_la_I_ante_el_nazismo.htm

nazi

LA IGLESIA, PÍO XII Y LOS JUDÍOS
EN LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL


iglesia catolica

INTRODUCCIÓN

¿Por qué detenemos la actividad parroquial en sábado cuando dicha actividad es más intensa? Lo hacemos para hacer memoria, porque somos un pueblo que vive de hacer memoria, “Haced esto en memoria mía”, dice el Señor:

Debemos hacer memoria porque la “amnesia” es hacerle lugar al enemigo y nos torna frágiles, indefensos e injustos.

Queremos hacer memoria porque los silencios sobre personas y acontecimientos del pasado de la Iglesia nos pertenecen; hacemos memoria para ser justos, hacemos memoria para vencer la mentira; por último, hacemos memoria como una humilde iniciativa, en ocasión del 50º aniversario de la muerte del Siervo de Dios el Papa Pío XII. “En él confluyen diversas situaciones históricas de carácter revelante: las dos guerras mundiales, el genocidio de los judíos, la ocupación comunista de varias naciones cristianas, la “Guerra fría”, las nuevas conquistas de la ciencia, las innovaciones de alguna escuelas teológicas” (Mons. Salvatore Fisichella).

Su magisterio es extenso y rico, expresado fundamentalmente en sus cuarenta y tres encíclicas.

El tema que puntualmente vamos a tratar es el rol que este Papa desarrolló a favor de los prisioneros de la Segunda Guerra Mundial, especialmente con los judíos.

Hoy se sigue acusando a Pío XII de haber guardado un culposo silencio sobre el Holocausto, construyéndose desde la mentira una auténtica “leyenda negra” en torno al Papa Pacelli.

Todo comenzó cuando el Papa Pablo VI decidió que se iniciara el proceso de beatificación de Pío XII y Juan XXIII. Surgió entonces una guerra, primero disimulada y después descarada contra el primer Papa.

Todo se inicia con una obra de teatro, bajo el título de “El Vicario” escrito por Rolf Hochhuth, luterano. Dicha obra que ofende los sentimientos de los católicos fue rechazada por un único país: Israel; y generó una “Leyenda Negra” sobre Pío XII.

Otra obra más reciente, que alimenta esta “Leyenda Negra”, es un libro del periodista británico John Cornwell: “El Papa de Hitler”. La portada de dicho libro representa al arzobispo Pacelli saliendo de un edificio del gobierno alemán, escoltado por dos soldados. Esta visita oficial del entonces nuncio tuvo lugar antes de 1929, es decir, cuatro años antes de que Hitler llegara al poder (30 de enero de 1933) Como Pacelli salió de Alemania en 1929 y nunca regresó, el uso de esta fotografía es engañoso y tendencioso.

El jesuita Meter Gumpel, uno de los grandes historiadores mundialmente reconocido en materia de relaciones Iglesia—Estado, en Alemania afirma: que “el autor es sin duda alguna un amateur en el campo de la historia, derecho canónico, etc., y ha producido un libro superficial, muy mal hecho y completamente indigno de confianza. Objetivamente hablando es parcial, tendencioso y tan unilateral que uno se pregunta cuál es el verdadero motivo que llevó a este hombre a escribir este libro”.

Ambos autores son una falsificación deliberada de la historia.

Después de que Rolf Hochhuth presentó su obra “El Vicario”, en 1963, el cardenal Montini escribió una fuerte carta de la que hablaremos más adelante, en defensa de Pío XII, pocos días antes de que él mismo fuera electo Papa.

Juan Pablo II, cuando un periodista le preguntó por el (supuesto) “Silencio” sobre el Holocausto por parte de Pío XII, reaccionó agudamente y aconsejó al periodista que leyera las obras del padre Blet, que es una clara y científica defensa de Pío XII.

Ante la campaña desencadenada contra Pío XII, el padre Blet explica que “para contraponer la historia a la leyenda, Pablo VI, que había sido uno de los más estrechos colaboradores de Pío XII decidió que se investigara el archivo sobre la Segunda Guerra Mundial y fueran publicados los documentos relativos a la guerra”.

El padre Blet escribió un libro, que es un compendio de la información recopilada por él y otros tres jesuitas en los archivos secretos del Vaticano y que publicaron entre 1965 y 1981 en doce volúmenes titulados “Actos y Documentos de la Santa Sede relativos a la Segunda Guerra Mundial”. Es la fuente más importante para nuestro tema.


papa

LA IGLESIA Y LA IDEOLOGÍA NACIONALSOCIALISTA

La Pascua de 1937 está señalada por la aparición de tres documentos trascendentales de carácter político: la condenación del racismo nazi en la “Mit brennender Sorge” (“con viva preocupación”), la condenación del comunismo ateo en la “Divini Redemptoris” y la regulación de la situación religiosa de Méjico en la “Firmissiman Constantiam”. La Iglesia definía así su postura contraria a toda dictadura que desconoce los derechos fundamentales de Dios, de la Iglesia y de la persona humana.

La encíclica de Pío XI “Mit Brennender Sorge” fue la confirmación oficial de la protesta contra el carácter totalitario del gobierno alemán.

Frente al mito de la sangre y de la raza, el Papa no sólo defiende el orden estrictamente sobrenatural, su Encíclica es además una decisiva apología de la razón natural, de la libertad y dignidad naturales de la persona humana.

La Encíclica de Pío XI tiene su prolongación y conclusión impresionantes en la alocución dirigida por Pío XII a los Cardenales el 2 de junio de 1945, sobre la Iglesia y el nacionalsocialismo. Lo que en la “Mit Brennender Sorge” es aviso profético, en la alocución de Pío XII queda convertido en providencialista comprobación histórica.

Pío XII, en dicha alocución dejaba en claro que intentados en vano todos los caminos de la persuasión, se vio con toda evidencia frente a las deliberadas violaciones de un pacto solemne (Concordato de1933) y frente a una persecución religiosa disimulada o manifiesta, pero siempre realizada con dureza. El domingo de Pasión de 1937 en la Encíclica “Mit Brennender Sorge”, Pío XII reveló a la vista del mundo lo que el nacionalsocialismo era en realidad: la apostasía orgullosa de Jesucristo, la negación de su doctrina y de su obra redentora, el culto de la fuerza, la idolatría de la raza y de la sangre, la opresión de la libertad y de la dignidad humana (cfr. “Pío XII Disc.2 VI 1945”).

La Encíclica es muy clara cuando afirma: “Quien eleva la raza o el pueblo, o el Estado a una determinada forma de Estado, los representantes del poder estatal u otros elementos fundamentales de la sociedad humana o suprema norma de todo, aún de los valores religiosos, y los diviniza con culto idolátrico, pervierte y falsea el orden de las cosas creado y querido por Dios. (Mit Brennender Sorge”).

La reacción en Alemania, contra la Iglesia Católica fue grande y “ese año (1937) fue un año de indeseables amarguras y de terribles tempestades”. (Pío XII Disc.).

Pío XII continúa en la línea de Pío XI y él mismo afirma que “durante la guerra no hemos cesado especialmente en nuestros mensajes, de contraponer a las destructoras e inexorables aplicaciones de la doctrina nacional-socialista, que llegaba hasta valerse de los más refinados métodos científicos para torturar y suprimir personas con frecuencia inocentes, las exigencias y las normas indefectibles de la humanidad y de la fe cristiana” (Id).

Pío XII menciona el sufrimiento, que por su número y dureza, padecieron en primera línea los sacerdotes polacos. “De 1940 a 1945 fueron recluidos en el mismo campo dos mil ochocientos eclesiásticos y religiosos de aquella nación, entre los cuales el obispo auxiliar de Wladislavia, que murió allí de tifus. En abril pasado guardaban solamente allí ochocientos dieciséis. Los demás habían muerto (……).

En el verano de 1942 se dio el número de cuatrocientos ochenta ministros de culto, de lengua alemana, recluidos allí, de los cuales cuarenta y cinco eran protestantes y todos los demás católicos” (Id).


PÍO XII Y LOS JUDÍOS

Durante la Segunda Guerra Mundial y hasta cinco años después de su muerte (9 de octubre de 1958), Pío XII fue muy elogiado por toda clase de organizaciones judías.

Lo hicieron también los grandes rabinos de varios países, especialmente de EEUU.

Los que han estudiado el tema con profundidad opinan que una protesta pública no hubiera salvado la vida de un sólo judío. Sólo hubiera agravado la persecución de judíos y católicos. Es bien conocido que ninguna organización ha salvado tantos judíos como la Iglesia Católica y esto por orden oficial de Pío XII.

Deberíamos preguntarnos por qué el proyecto de acorralar a ocho mil judíos romanos fue repentinamente interrumpido después que unos mil fueron capturados en octubre de 1943.

La respuesta está en saber que por orden de Pío XII se entabló contacto con el comandante militar alemán en Roma, el general de brigada Rainer Stahel, un oficial austriaco de la antigua escuela. Este hombre, muy humano, envió un fonograma a Heinrich Himmler (a cargo de la GESTAPO). Varias fueron las razones para esta comunicación, pero lo más importante fue su indignación por los actos criminales de la GESTAPO y su compasión por los judíos.

Su intervención tuvo éxito. Himmler inmediatamente ordenó detener las deportaciones. De esta manera, miles de judíos podían ser escondidos por orden de Pío XII en el Vaticano y en más de ciento cincuenta instituciones eclesiásticas en Roma.

Pero la acción de Pío XII no se limitó a Roma y a Italia. En 1944, Hungría—que hasta entonces, pese a una severa legislación racial, había ofrecido refugio relativamente seguro incluso a los judíos que escaparon de Polonia y Eslovaquia –fue poco a poco siendo ocupada por las tropas alemanas y se convirtió en uno de los países donde fue más atroz la persecución homicida nazi. En aquellos meses de ocupación la nunciatura redactó y distribuyó a los judíos entre veinticinco y treinta mil “cartas de protección”, con las que se podía evitar la deportación. La nunciatura trató de salvarlos a todos, sin distinción de religión, bautizados o no.

Pío XII, bajo la responsabilidad de Monseñor Montini (futuro Pablo VI) creó una oficina de información que transmitía noticias de los prisioneros y de los desaparecidos.

Miles de judíos y otras personas perseguidas por los nazis encontraron abrigo en las instituciones pontificias y en los conventos. Y dio la orden de ayudar a los judíos de manera valiente y discreta.

Paolo Miele, fue uno de los más ilustres protagonistas del periodismo italiano. Judío implacable ante la terrible tragedia del holocausto. Su familia tuvo que pagar un doloroso precio de sangre, en la presentación del libro “Pío XII. El Papa de los judíos” (Pío XII el papa “degli ebrai” Piomme, 2001) escrito por Andrea Tornielli, experto en asuntos vaticanos del diario milanés “Il Gornale”. Mieli afirmaba: “Vengo de una familia de origen judío y he tenido parientes que murieron en los campos de concentración. Por lo tanto hablo de todo esto con mucha dificultad”, y agregaba que “Pío XII y la Iglesia, que tanto dependía de él, hicieron muchísimo por los judíos. Se calcula que algo menos de un millón, entre setecientos mil y ochocientos mil judíos fueron salvados por la Iglesia y ese Pontífice”.

Este periodista judío decía:”los historiadores israelitas, por ejemplo se preguntan por qué los judíos de Palestina fueron por así decir “sordos” ante lo que estaba sucediendo en Europa. ¿Por qué se dieron casos de colaboracionismo en los campos de concentración que objetivamente facilitaron el exterminio?”

Ante las razones por las que Pío XII se ha convertido en el blanco de tantos ataques, Mioli afirmaba:”uno de los motivos por lo que este importante Papa fue crucificado se debe al hecho que tomó parte contra el universo comunista de manera dura, fuerte y decidida”.


LOS CRISTIANOS COMPROMETIDOS CON LA CAUSA DE PÍO XII EN FAVOR DE LOS JUDÍOS

Como dijimos, los judíos eran recibidos por distintas instituciones de la Iglesia; con la ocupación de Roma por el ejército alemán se agravó aún más la situación del Papa. Se confiscaron los coches del Vaticano, se dificultaron las comunicaciones telegráficas con los mismos obispos italianos (….) Brilló entonces más aún el heroísmo del Papa. Además de los ocho mil judíos que vivían en Roma, se añadieron los miles que huían de toda Italia para refugiarse bajo el amparo del Papa. La respuesta de Pío XII fue ordenar a todas las parroquias, conventos, monasterios, que recibieran a todos los judíos que se presentaran. Dispensó de la clausura a todas las casas religiosas. Solamente en Castel Gandolfo albergó a tres mil. Refugio seguro fueron la Universidad Gregoriana y el Pontificio Instituto Bíblico de los P.P. Jesuitas, las Hermanas de Sión, las Hermanas de la Caridad con sus asilos y ¡hasta en las catacumbas, propiedad de la Iglesia, tuvieron asilo familias judías enteras!

En Asís los franciscanos convirtieron sus conventos y el Seminario y la misma Catedral, por obra del obispo Nicolino, en una población judía libre bajo la ocupación nazi. La ingeniosa ocurrencia de una monja de clausura impidió el registro de las fuerzas alemanas en su convento. Pusieron en la puerta un gran letrero: “Enfermedades Infecciosas”. Salvaron así centenares de judíos escondidos.

En toda Europa ocupada, la cifra de sacerdotes y religiosos torturados y asesinados rebasó el número de seis mil. Según fuentes católicas, los judíos salvados por Pío XII son alrededor de setenta mil. Sin embargo, las mismas fuentes israelíes nos hablan de más de doscientos mil judíos salvados por los católicos de una muerte cierta.

En el convento de las Hermanas Ntra. Sra. de Sión, en Vía Garibaldi fueron salvados ciento ochenta y siete judíos. Por el testimonio de una religiosa, Sor Dora Rutar, sabemos que la Casa se llenó,”la gente dormía en el suelo, la Superiora recibía a todo el que golpeaba la puerta porque eso significaba salvarle la vida”.

Esta situación duró nueve meses y comenzaron las dificultades: no tenían bastante comida y pidieron ayuda al Vaticano. Fue así como Monseñor Bellando, Monseñor Montini y Sor Pascualina (durante cuarenta años secretaria particular de Pío XII) organizaron el abastecimiento de comida Así una furgoneta salía cada día del Vaticano para repartir alimentos a los Conventos y comunidades donde había judíos escondidos. La conductora era la misma Sor Pascualina y la furgoneta sólo podía moverse dentro de la ciudad. Pero Pío XII consiguió un camión para poder repartir alimentos fuera de la ciudad. El chofer de ese camión era Monseñor Montini, futuro Pablo VI. Sin la ayuda del Vaticano hubiera sido imposible dar de comer a todos. En un momento dado se creó el problema de impedir eventuales irrupciones de soldados alemanes. La Secretaria de Estado dio una hoja en la que estaba escrito “Propiedad del Vaticano”, de manera que se pudiera impedir cualquier inferencia.

Sor Agustina, superiora de este convento, fue reconocida por el pueblo judío con el título de Justa entre las Naciones.

En esta labor la Iglesia sufrió bajas. En toda Europa los religiosos deportados a los campos fueron más de cinco mil quinientos. Según el “Martirologio” del clero italiano fueron setecientos veintinueve los sacerdotes, seminaristas y hermanos laicos que perdieron la vida en el período que va de 1940 a 1946. De las setecientas veintinueve víctimas no menos de ciento setenta sacerdotes fueron asesinados en las represalias durante la ocupación por haber ayudado a antifascistas y judíos. Muchos fueron golpeados, torturados hasta la muerte, fusilados, colgados y degollados por los nazifascistas.

Cuando el vicario de la Catedral de Santa Eduvigis de Berlín, levantó su voz de protesta por los atropellos contra los judíos fue llevado al campo de concentración de Dachau, donde murió. Un miembro de la GESTAPO, entre sorprendido y rencoroso, dijo ante testigos: “Este cura terco rezó al morir por los judíos”.

Lo mismo ocurrió en Francia, donde el P. Dillard murió en Auschwitz por defender judíos.

Entre los héroes olvidados está Giovanni Palatucci, el último cuestor italiano de Fiumi Ferviente católico. Dio su propia vida por salvar a más de cinco mil judíos, liberados de la deportación a los campos de exterminio, enviándolos a un campo de trabajo de un tío suyo, Monseñor Giuseppe Palatucci, obispo de Compagna (Salerno). En realidad no era un campo de trabajo sino un pueblo de colonos donde las familias perseguidas se pudieron refugiar evitando las redadas de los nazis. Permaneció en su puesto hasta el final, a pesar de haber sido .advertido de que su arresto era inminente. Fue deportado a Dachau, donde fue torturado y asesinado el 10 de febrero de 1945 a pocos días de la liberación.

En 1990 Palatucci fue honrado como justo entre las Naciones. Un verdadero Schindler italiano.

Este auxilio también se llevaba a cabo en los países ocupados por los nazis, tanto en Francia como en Rumania, en Bélgica como en Hungría.


SÓLO EL PAPA PROTESTÓ EN LA FEROZ PERSECUCIÓN

En el otoño de 1940 durante la gran persecución del clero católico en Polonia, fue el momento glorioso del religioso Maximiliano Maria Kolbe. En 1941 la Santa Sede tenía conocimiento de que setecientos sacerdotes católicos habían sido ejecutados en los campos de concentración, y que más de tres mil se encontraban allí aún vivos. En esa misma fecha, el Vaticano protestó no solamente por los sacerdotes católicos, sino por la ejecución en Alemania de los incapaces, sordomudos, y heridos de guerra. En Alemania no existían heridos irrecuperables. Quien únicamente protestó fue Pío XII.

Eran tiempos de persecución de judíos en Alemania y países ocupados por los nazis.


¿HABLAR O CALLAR?

No fue fácil la elección de denunciar las atrocidades contra los judíos, o guardar silencio.

Ante la actitud de denuncia del clero holandés contra el atropello a los judíos se aceleró la deportación de los judíos de sangre y religión, se deportó también a los judíos bautizados, entre ellos a Edith Stein y a su hermana.

Sor Pascalina Lehnert, asistente de Pío XII, contó que “los periódicos de la mañana fueron puestos en el estudio del Santo Padre, mientras él estaba a punto de ir a la audiencia. Leyó los títulos y se puso pálido como un muerto. Una vez de vuelta de la audiencia, antes de ir al comedor vino a la cocina con dos grandes hojas, con mucho texto y dijo: “Quiero quemar estas hojas. Es mi protesta contra la terrible persecución antijudía. Esta tarde debía de haber aparecido en L’Osservatore Romano. Pero si la carta de los obispos holandeses ha costado la vida a 40 mil personas, mi protesta costará quizás doscientas mil. Por eso es mejor no hacerlo de forma oficial y guardar silencio, como he hecho hasta ahora, y hacer todo lo humanamente posible por esta gente”.

Muchos judíos convencieron también al Papa que actuara en silencio, como los centenares de judíos huidos de Berlín y de otras ciudades alemanas, que fueron al Vaticano para convencer a Pío XII de que no hiciera protesta alguna. El mismo consejo llegó de los obispos alemanes.

También la Cruz Roja Internacional y el Consejo Ecuménico de las Iglesias coincidieron con la Santa Sede en que era mejor guardar silencio para no poner en peligro los esfuerzos a favor de los judíos. Pero nadie atacó al Consejo Ecuménico de las Iglesias y a la Cruz Roja Internacional por su “silencio” ante el Holocausto.


TESTIMONIOS

El primer testimonio surge de los archivos israelíes Es una carta fechada en el Vaticano el 27 de octubre de 1945, firmada nada menos que por el entonces funcionario de la Secretaría de Estado Monseñor Giovanni Battista Montini y remitida a Raffaele Contoni, presidente de la Comunidad Judía Italiana.

En ese escrito, Monseñor Montini, da cuenta con todo lujo de detalles a Contini de la conversación mantenida por el Papa Pacelli con el secretario general del Congreso Mundial Judío, Leo Kubwitsky, quien—tras haber donado a la Iglesia Católica en nombre de su organización dos millones de liras (equivalentes hoy a un millón de dólares), para que el Papa las dedicase a “obras de beneficencia” y expresaba ”además gratitud hacia el augusto Pontífice por la obra realizada a favor de los israelitas perseguidos”. Prosigue Monseñor Montini desvelando en su misiva cómo Pío XII resolvió que “aquella suma fuese transferida exclusivamente a personas necesitadas de estirpe judía”.

El gran rabino de Jerusalén, Isaac Herzog, envió al Pío XII una bendición especial “por sus esfuerzos para salvar vidas judías durante la ocupación nazi de Italia”.

El 21 de setiembre del mismo año, Pío XII recibió en audiencia al Secretario General del Congreso Judío Internacional, que acudió para presentar “al Santo Padre, en nombre de la Unión de las Comunidades Judías, su más viva gratitud por los esfuerzos de la Iglesia Católica a favor de la población judía en toda Europa durante la guerra” (L”Oss Rom.23 IX 1945).

También Albert Einstein expresó su reconocimiento a la Santa Sede. En una entrevista aparecida en el Time Magazine afirmó: “Siendo un amante de la libertad, cuando llegó la revolución a Alemania miré con confianza a las universidades sabiendo que siempre se había vanagloriado de su devoción por la causa de la verdad. Pero las universidades fueron acalladas. Entonces miré a los grandes editores de los periódicos que en ardientes editoriales proclamaban su amor por la libertad. Pero también ellos, como las universidades, fueron reducidos al silencio, ahogados a la vuelta de pocas semanas. “Sólo la Iglesia permaneció de pie y firme para hacer frente a las campañas de Hitler para suprimir la verdad.

Antes no había sentido ningún interés personal en la Iglesia, pero ahora siento por ella un gran afecto y admiración, porque sólo la Iglesia ha tenido la valentía y la obstinación de sostener la verdad intelectual y la libertad moral.

Debo confesar que lo que antes despreciaba ahora lo alabo incondicionalmente”.

Acabada la guerra, los judíos quisieron manifestar públicamente al Papa su reconocimiento, y solicitaron “el sumo honor de poder agradecer personalmente al Santo Padre su generosidad hacia ellos”.

Israel Zolli, gran rabino de Roma, quien como nadie pudo apreciar los esfuerzos caritativos del Papa por los judíos, al terminar la guerra se hizo católico y tomó en el Bautismo el nombre de pila del Papa Eugenio, en señal de gratitud, y escribió un libro sobre su conversión ofreciendo numerosos testimonios sobre la actuación de Pío XII.

En 1958, al morir el Papa Pío XII, Golda Meier (Ministro de Asuntos Exteriores de Israel) envió un elocuente mensaje: “Compartimos el dolor de la humanidad (…..) Cuando el terrible martirio se abatió sobre nuestro pueblo, la voz del Papa se elevó a favor de las víctimas. La vida de nuestro tiempo se enriqueció con una voz que habló claramente sobre las grandes verdades morales por encima del cúmulo del conflicto diario. Lloramos la muerte de un gran servidor de la paz”. Recordemos que la Santa Sede no había aún reconocido el nuevo Estado de Israel.

Deseo terminar esta charla con un rico e importante testimonio del Papa Pablo VI. El 29 de junio de 1963, poco antes de ser elegido Papa, el arzobispo de Milán, Giovanni Battista Montini, envió una carta al director de The Tablet de Londres, en la que defendió a Pío XII de las injustas acusaciones de Hochhuth.

Montini escribió: “Me parece un deber contribuir al claro y honesto juicio de la realidad histórica, tan deformada por la seudo realidad, propia del drama, haciendo notar que la figura de Pío XII que aparece en las escenas del Stellvertreter (El Vicario) no muestra exactamente, es más, traiciona su verdadero aspecto moral. Puedo decir esto porque he tenido la suerte de estar cerca de él y de servirle cada día durante su pontificado, comenzando desde 1937, cuando era todavía secretario de Estado, hasta 1954, por lo tanto, durante todo el período de la guerra mundial. La figura de Pío XII dada por Hochhuth es falsa. No es verdad que él fuera miedoso….Bajo un aspecto débil y gentil, bajo un lenguaje siempre elegante y moderado, escondía un temple noble y viril, capaz de asumir posiciones de gran fortaleza y riesgo. No es verdad que él fuera insensible o aislado. Era, por el contrario, de ánimo fino sensible….Tampoco responde a la verdad sostener que Pío XII se guiara por cálculos oportunistas de política temporal. Como sería una calumnia atribuir a su pontificado cualquier móvil de utilidad económica. Que Pío XII no haya asumido una posición de conflicto violento contra Hitler, para evitar a millones de judíos la matanza nazi, no es difícil de comprender a quien no cometa el error de Hochhuth de juzgar la posibilidad de una acción eficaz y responsable durante aquel tremendo período de guerra y de prepotencia nazi, del mismo modo que se hubiera hecho en circunstancias normales, o en las gratuitas e hipotéticas condiciones inventadas por la fantasía de un joven comediógrafo. Si como hipótesis, Pío XII hubiera hecho lo que Hochhuth le echa en cara habría habido tales represalias y tal ruina que, terminada la guerra, el mismo Hochhuth podría haber escrito otro drama, mucho más realista e interesante que Stellvertreter, puesto que por exhibicionismo político o por falta de clarividencia psicológica, habría tenido la culpa de haber desencadenado sobre el mundo, ya tan atormentado, una ruina y un daño más vastos, no tanto propio sino sobre innumerables víctimas inocentes. No se juega con estos temas y con los personajes históricos que conocemos con la fantasía creadora de artista de teatro, no bastante dotado de discernimiento histórico y, Dios no lo quiera, de honestidad humana. Porque de otra manera, en el caso presente, el drama verdadero sería otro: el de aquel que intenta descargar sobre un Papa los horribles crímenes del nazismo alemán”.

Es fácil crear una leyenda, pero muy difícil restablecer la verdad. Sin embargo, es nuestro deber.

Muchas veces hemos hablado de la importancia de la memoria y de responsabilidad que tenemos como católicos de mantenerla viva por justicia y para no hacernos cómplices de los que siembran la mentira.

“No me preocupa el grito de los violentos, de los corruptos, de los deshonestos, de los sin ética.

Lo que más me preocupa es el silencio de los buenos”.


adolf

Fuente:

Pio XII

Hitler y el Papa




CATÓLICOS E O NAZISMO : HITLER E O APOIO DO VATICANO




Iglesia Católica complice de Dictadores y presidentes asesinos en el mundo




segunda  guerra mundia

Los secretos de Hitler y la Iglesia Católica








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