Morir es algo habitual. Tanto como ir al mercado, lavarse los dientes o comprar una cerveza en el depósito. Morir no tiene nada que ver con envejecer: se mueren fetos, niños, jóvenes, adultos y viejitos encorvados sin dientes. ¿Quién acepta la muerte? ¿Quién se siente a término con la vida? Como el poema cursi que declaman los bohemios borrachos cuando se exaltan:
Vida nada te debo, vida estamos en paz.
Qué pendejada. Nadie alcanza a pensar ni sentir eso cuando se le viene encima la noticia de un cáncer terminal, muerte inminente, catástrofe personal.
Tenemos que acostumbrarnos al hecho de que vamos y tenemos que morir. Punto. No, a mí tampoco me gusta la idea y no soy el Dalai Lama como para aceptarla y actuar como un monje sabio que no le importa nada y puede andar desnudo por la calle porque nada es relevante y todo es impermanente. Lo siento, pero vivo en un ambiente capitalista, poseo objetos, estoy emocionalmente ligado a mi familia y amigos, me siento identificado con mi sociedad y país, y realmente me cuesta trabajo desprenderme mentalmente de todas estas cosas que estos pendejos filósofos puros encuerados marihuanos consideran como una carga innecesaria. No, no soy tan chingón, sólo soy uno más y hago mi trabajo lo mejor que puedo. A veces tiro la hueva y me hago pendejo, y esto porque de repente me entra el miedo a la muerte y me quedo así, tieso, sin saber qué hacer. Me aferro a la vida, aborrezco la muerte, pero entiendo que hay que dejarnos caer, hay que soltarnos. Como dije: no termino de acostumbrarme ni de aceptar plenamente la idea, pero espero llegar a viejo y en el proceso alcanzar crecientes niveles de sabiduría que me permitan aceptar este hecho irreducible.
¿Puedes imaginar el día de tu muerte? Tal vez mueras en una cama de hospital, repleto de tubos agujas drogas doctores y aparatos, y aún con la morfina, tendrás un momento intensísimo de lucidez y ahí, en ese huequito de terror absoluto confrontarás la extinción inminente, pero ya no habrá tiempo para preguntas, sólo respuestas. Quizá la muerte sea sólo eso: una gran respuesta.
Un día te caes al suelo y dejas de respirar. Sientes frío, tiemblas, apenas escuchas: te mueres. El calor los ruidos imágenes todo se va por un embudo que se va haciendo más y más pequeño hasta convertirse en un agujero minúsculo, abismo de terror eterno. Despacio. No hay prisa. Para ti, el tiempo ha terminado. Afuera, todo sigue: los autos, la gente las nubes; tu piel se torna dura, seca; tu lengua se tuerce. Te vas. Lentamente. Se desvanece esta permanencia a la que estabas acostumbrado apegado obsesionado. La vida cotidiana te pasa por encima y no importa, eres sólo un funeral más, esquela insignificante, unas cuantas lágrimas, remembranza ocasional, fotos viejas, objetos olvidados, un cuerpo que se pudre entre gusanos, montón de huesos, tierra.
Siglos inventando y armando ritos para aplazar entender excusar enriquecer aceptar justificar ridiculizar negar comprender reinventar la muerte, y el resultado, después de todo esto, no cambia: nos seguimos muriendo y no se sabe de nosotros después.
¿Qué es la muerte y por qué está ahí?
Llevamos cien mil años preguntando lo mismo.