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Los Inundados (Texto Propio)

Offtopic4/3/2013
Los Inundados (Texto Propio)

Esto es un texto que escribí el año pasado, basado en historias que me contó mi vieja sobre las inundaciones que sufrieron las ciudades de la costa del Río Uruguay en el año 1959. Mi abuelo fué socorrista en esa y en otras inundaciones sufridas. Recopilando datos de gente que la sufrió con diferentes edades, redacté este ensayo. Dedicado a los fallecidos y a todas las personas que sufrieron y siguen sufriendo los embates de la naturaleza.

Uruguay


Los Inundados


A las seis en punto de la mañana comenzó a sonar el despertador. Horacio estaba despierto desde hacia una hora. No había podido dormir bien esa noche, ni siquiera las noches anteriores. Se levantó y prendió el sol de noche.

- ¿va a tomar mate?- Le preguntó su esposa.
- No.- Respondió. Pero al ver que no entendía su negativa, dada la costumbre de cebarle unos amargos cada mañana, siguió:
- La cuadrilla va a pasar a buscarme en un ratito nomás. Por acá.- Señalando hacia el norte. - Enfrente del cementerio.-
- ¿Adonde van?- mirándolo a los ojos.
- Han dicho que pa’l lado de la cantera. Supongo que llegaré un poco más tarde que
anoche.-

Dicho esto, se lavo la cara con un poco de agua que tenía en un jarrito de lata, se puso la capa negra que había dejado colgada de un tirante del techo de la cocina y se calzó las botas. Seguía nublado pero no llovía. Hasta se podían ver algunas estrellas cuando las nubes dejaban algún surco en el cielo. Todavía era de noche y no amanecería hasta las ocho de la mañana. Salió despacito, le quedaba cerca el punto de encuentro. Caminó unas tres cuadras donde se encontró con un compañero. El Negro Benítez. A comparación de el, que era un hombre joven, flaco, alto y de nariz pronunciada, Benítez era un hombre cuarentón, de baja estatura y morrudo. Su apodo venia por la tez de su piel, muy morena. Sus padres, al igual que los de Horacio, eran uruguayos, y venían de descendencia africana.
Se saludaron muy atentamente y siguieron camino charlando sobre lo último que se sabía, se decía o se comentaba. Ya que, la única radio que se llegaba a sintonizar era una emisora de la ciudad de Colonia, en el Uruguay.

- Dicen que llegó hasta dieciocho y medio en Salto.- Dijo Benítez.
- Así nos han dicho. Un milico nos contó que los están evacuando con buques de guerra y en lanchas. El agua tapó los caminos, las vías, y bueno, los aviones… No se donde podrían bajar con semejante crecida.-

Horacio y Benítez tenían suerte, sus casas estaban en la parte más alta del pueblo, y podían darse el lujo de ir caminando hasta la nueva vera del río. La calle principal totalmente inundada se enfrentaba, a pocos metros, a las puertas del cementerio municipal. Allí había varios botes. Otros empleados de la cuadrilla del municipio se reunían alrededor de un fogón, improvisado sobre unas chapas, y al calor de las brasas tomaban mate. El capataz empezó a repartir las tareas. Algunos grupos recorrerían diferentes partes de la ciudad repartiendo insumos para la gente que aún permanecía en sus casas. Otros se dedicarían al rescate de afectados que aun no abandonaban sus hogares.

- Che, el gringo Klug… ¿Dónde anda?- Preguntó Benítez.
- Está al lado del bote que nos dieron ayer, se quedo enamorado parece.-

Nicolás Klug, era un muchacho rubio que hacía poco entrara a trabajar en la municipalidad, los esperaba con un cigarro armado en la mano.

- Me vine más temprano que ustedes, ya me han dicho por dónde tenemos que andar y qué tenemos que hacer.- Dijo con el cigarrillo ya en la boca.
- Y bueno, vamos a meterle, que en una de esas volvemos tempranito- Se le escuchó decir a Benítez sonriendo.

Efectivamente, les había tocado la zona de la cantera. Un barrio humilde, donde se realizaba la extracción de broza y piedra. Daba trabajo a varios hombres, que iban afincándose con sus familias en los terrenos aledaños.
El Gringo les comento que ese día no se dedicarían a repartir colchones de chala, mantas, frazadas y alimentos.

- Hay que ir a evacuar a los que se han quedado en sus casas. Esta noche dice que se viene peor la crecida y va a tapar toda la zona.-

Ante esta noticia los dos quedaron pensando. Iba a ser difícil. La mayoría de los afectados por la creciente se negaban a dejar sus hogares y pertenencias. Por más humildes que eran, eran suyas. Temían los robos en la noche. Por medio de rumores se enteraban desde saqueos en almacenes, comercios de cualquier índole, y hasta ganado.
Les iba a costar mucho persuadirlos de que dejen sus hogares.

Las labores fueron repartidas así: El Gringo y Benítez arrancarían en los remos, y luego alternarían con Horacio.
Cuando el sol, aunque tapado por las nubes, empezó a salir, salieron hacia el rumbo prefijado.

La gente de las zonas céntricas de la ciudad, se apilaba en las veredas de adoquines. Fijaban la vista en el agua, que atravesaba lo que solía ser una calle. No salían de su asombro, no recordaban una inundación así. Sentían pánico cada vez que veían un pequeño camalote que seguía el cauce. Lento y perezoso flotaba con la correntada. La cantidad de alimañas que trajera consigo la crecida afectaba a todos los vecinos.
Algunos despertaban con culebras en sus casas, que no siempre eran inofensivas. Tal vez el mayor miedo eran las serpientes yarará. Por su potente veneno y la poca cantidad de Antiofídicos en la ciudad, era una muerte segura de no concurrir inmediatamente a un médico.
Ellos los miraban, y comparaban la situación de los que estaban dentro del ejido urbano con los que habitaban en el medio del campo o en las islas. De seguramente la estarían pasando mucho peor.

Llegando al paso nivel de la estación de ferrocarril divisaron el galpón de las locomotoras. Discutían si era mejor atravesar el parque de la estación o rodearla por las calles aledañas. Dado que la mayoría de la maquinaria ferroviaria había sido derivada hacia el oeste para evitar mayores daños, tomaron la decisión de cruzar la estación transversalmente. La playa de maniobras solamente estaba habitada por tres vagones fruteros con su madera pudriéndose, y una vieja locomotora Baldwin de principio de siglo. Llamaba la atención un perro sobre el ténder de la maquina.

- Pobre animal.- Dijo entre dientes Horacio.
Nadie lo escuchó o ninguno quiso decir palabra alguna.

Iban callados, cada uno pensando en lo suyo. Horacio y Benítez tenían familia. Horacio tenía cinco chicos de entre diez y un año de vida, mientras que Benítez, ocho, de diferentes relaciones. Vivian al oeste de la ciudad en barrios aledaños. Solían frecuentar el mismo barcito para tomarse unas copas entre naipes y bochas. El único soltero era el Gringo Klug. Había venido de una colonia de inmigrantes rusos al norte del departamento. Vivía en una pensión cerca del centro.

Desde donde venían se podían empezar a divisar las casas. En un ranchito al costado de lo que era el camino vecinal se encontraba una señora. El agua le llegaba hasta un poco menos de la cintura.

- No nos vamos a ir. Mi marido y yo nos quedamos acá. Haber si nos sacan lo poco que tenemos- Comunicó la señora antes de que mediaran palabra con ella.
- Señora, nos han dicho que tenemos que llevarlos a todos. En cualquier momento va a empezar a subir el agua de vuelta.- Le dijo Horacio.
- No, le digo que no nos vamos, y no nos vamos.- Respondió ella.

Insistieron en vano al intentar lograr que la mujer acepte. Estaba decidida. Su marido no mediaba palabra alguna, ni siquiera prestaba atención a lo que ocurría allí. Miraba unos biguases que pasaban por el alero del rancho volando en dirección al norte.
En el bote los hombres deliberaban.

- No podemos dejarlos acá.- Repetía Benítez.
- No, ni tampoco podemos llevarlos a la fuerza. Eso lo pueden hacer solamente los milicos. Tenemos que buscarle la vuelta para que vengan con nosotros.- Daba su posición el gringo.
- Por más que le digamos que suban en este momento, se van a negar. Son porfiados y no les va a cambiar la forma de ser ni semejante inundación.- Dio por terminada la deliberación Horacio.
- Calcúlele que en una hora y pico vamos a andar por acá señora, habrá lugar para usted y su marido.- Agregó Benítez.

Seguir adelante dejando a esa pareja en esas condiciones, les dolía en el alma. ¿Cuántos habían dicho lo mismo? La declinación de subir a los botes de la gente era un puñal en el pecho para ellos.
En las demás casas se daban algunas situaciones similares. La mayoría eran personas de mediana edad que cuidaban las pertenencias de sus hogares. Los chicos y los mayores habían sido evacuados por el ejército y se encontraban en el regimiento. Sobre tierras altas. Muy cerca de las viviendas de Horacio y Benítez.
Los unos aceptaban testarudamente al ver que la situación no cambiaria en poco tiempo. Una lluvia más y taparía hasta los techos. ¿Qué podrían salvar? Ni ellos lograrían salir con vida nadando. La corriente los arrastraría. Tal vez se vieran atrapados entre ramas o alambrados que se encontraran tapados por el agua y morirían ahogados intentando desprender sus ropas.
Los otros, conservaban la misma posición de la señora que encontraron apenas llegaron a la zona. Había una diferencia, contaban con pequeños botes que tenían amarrados a los árboles. Solo les bastaba con subirse a ellos apenas comenzara a ponerse complicada la situación.

Los demás empleados de la cuadrilla municipal asignados a tareas de rescate navegaban cerca de ellos. Algunas embarcaciones colmadas en su capacidad volvían hacia las zonas altas donde serian alojados los afectados. Otros seguían intentando persuadir a la gente. No hubo caso. Se quedarían a pasar la noche allí.
Horacio, Benítez y el Gringo llevaban consigo a tres hombres que habían salido de sus casas por decisión propia apenas los vieran llegar. Daba la sensación que sabían lo que se vendría esa noche. Trabajaban en la cantera y tenían a sus respectivas familias en los centros de evacuados. Hablaban sobre las nubes negras que se aproximaban rápidamente.

- Se viene feo para aquel lado, che.-
- Ajá. Está que llueve en un ratito nomás.-

Y así fue. Llegando a la casa donde se encontraran con la pareja que se negaba a ser rescatada, se levantó un viento sudeste que traía consigo una garúa muy finita. No se podía hacer nada más, habría que volver de nuevo hacia el oeste de la ciudad alejándose de las zonas más anegadizas.
Esta vez ni la mujer ni su marido se encontraba fuera, por lo tanto llamaron a los gritos. Esperaban que salieran arrepentidos de su decisión. Pero esta no había cambiado. No se Irian. Aunque les rogaron que por favor subieran a la embarcación, no lo hicieron. Hasta los hombres que llevaban consigo trataron de cambiarles la opinión. No hubo caso. Aunque les dolía, decidieron seguir camino y volver a tierras más altas. Miraron hacía atrás muchas veces, como esperando que alguien pidiera su auxilio. No sucedió, y la lluvia comenzó a caer.

Esa noche Horacio estuvo callado, encerrado en sus pensamientos, como todas las noches desde que empezó a realizar sus nuevas tareas en las cuadrillas. Dada la situación que se estaba viviendo en la ciudad.
Hasta que rompió a llorar. Su esposa sabía lo que le ocurría y lo consolaba diciéndole que él no tenia la culpa de que así sucedieran las cosas. Logró contener sus lágrimas, no deseaba que sus hijos lo vieran así. Decidió acostarse e intentar dormir.
A la mañana siguiente, volvió a sonar el despertador a las seis. Nuevamente no pudo conciliar el sueño más de una o dos horas seguidas. Y así sucedió durante las semanas en que las inundaciones castigaron a toda la costa del Río Uruguay.


propio

Algunas imágenes de aquella tragedia:



los

río

inundados

Un video con más imágenes:




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