La Iglesia (católica, fundamentalmente), desde tiempos inmemorables, ha exaltado la procreación como la finalidad del sexo por excelencia, con el consecuente destierro del preservativo, ya que dificultaba el verdadero sentido de la sexualidad por el que han abogado siempre: la reproducción.
Con la revolución sexual de los 60 y 70, empezaron a oírse las reivindicaciones a favor del sexo por placer. El uso del condón y la píldora anticonceptiva, dotaba a la sexualidad de independencia con respecto a la fecundación. Una señal evidente de esta escisión la han facilitado los avances en reproducción asistida, que demuestran que se puede tener hijos incluso sin sexo (in vitro).
Las parejas estables apuestan abiertamente por el sexo con amor, por otorgar a los contactos sexuales de un significado emocional. Una opción más de comunicación, a través de la cual expresar afecto, complicidad y común- unión.
Estas tres motivaciones (tener hijos, disfrutar y amar) son elegidas y sumadas conjuntamente, por la inmensa mayoría, a la hora de decidir los referentes con los que guiar su sexualidad. Es decir, que en general, no suelen ser vistas como excluyentes, sino complementarias. Sin embargo, es frecuente que la gente no necesite que concurran las tres, para tener una vida sexual satisfactoria.
Salvo en sectores religiosos más rígidos, el sexo encuentra sentido más allá de la perpetuación de la especie. La polémica sigue existiendo de manera más acentuada ante la disyuntiva de ¿sexo por amor o por puro placer?. Aquí es donde la diversidad de opiniones se hace evidente.
Desde estas líneas, os proponemos que entendáis y viváis la sexualidad de forma flexible y dinámica, adaptándola a vuestros rasgos de personalidad, valores y circunstancias vitales, con el requisito prioritario de evitar daños propios o a terceros.
Permitidnos que hagamos una analogía con la comida, para explicaros la propuesta que os sugerimos. ¿Cuál es el menú ideal?. Pues según para qué ocasión, y según los gustos o intereses de los comensales.
Aunque al comer cubrimos la función biológica de la alimentación, lo cierto es que las comidas forman parte de rituales sociales, donde acabamos estableciendo vínculos, sentimientos y detalles para con los otros. Pensemos entonces, que además del objetivo evolutivo de continuidad en la especie, y el fisiológico de alivio de la pulsión sexual, el sexo también tiene un componente emocional, que el ser humano le ha asignado. Es un cita íntima entre personas que, por añadidura, pueden transmitir e intercambiar afectos en mayor o menor grado.
Ahora bien, no es imprescindible jurarse amor eterno para tener sexo con cariño y ternura. Se pueden regalar emociones en besos, caricias y contactos sensuales, sin que vengan con el certificado de infinitud o el formato de matrimonio. No hace falta reservar en un restaurante de 5 tenedores para disfrutar de una buena comida y sentirse bien atendido. Todas las situaciones tienen algo que aportarte.
El problema puede surgir si te hacen creer que un bocata de calamares (por muy ricos que estén), es cocina de diseño. Ese es el error: avivar falsas esperanzas, vender el titular “amor romántico” al compañero de sábana (por mucho cariño que suscite)
¿Y qué hacemos con la sopa de sobre?, ¿con los huevos fritos caseros?. Pues tienen su función y su encanto, sin que haga falta que os expliquemos el por qué. ¿Y los encuentros “aquí te pillo aquí te mato”, o por puro placer?. En estos casos tendréis que analizar si “van con vosotros”, si son coherentes con vuestras convicciones y preferencias. Observad si son el único alimento de la dieta y acabaran por empobrecerla, o por el contrario, suponen el aliciente, que os acerca al despertar de los sentidos y las sensaciones corporales, inherente al placer sexual.
Tengamos en cuenta que el comportamiento sexual, también es un reflejo de la personalidad, un modo propio de ser, de comunicar emociones a los otros y a uno mismo (autoerotismo). La práctica sexual devuelve a cada individuo una imagen de sí mismo. Por lo que al buscar un propósito al sexo, necesariamente hay que contemplar los valores, educación, estilos de pensamiento, etc.
Por otro lado, hay que distinguir la genitalidad de la sexualidad, esta última engloba a la anterior, porque va más allá de la estimulación de los genitales. Hay contactos sexuales sin amor, que son menos genitales que otros, en los que los protagonistas, aun siendo pareja consolidada, reducen el sexo a la excitación genital.
Ampliemos la definición de sexualidad, hasta entenderla como una manifestación bio-psico-social, que persigue múltiples fines: biológicos, comunicativos, afectivos, sociales y culturales.
Si pudiéramos hallar un punto intermedio, entre la moral de camuflada demagogia (“yo voy a decirte cómo ha de ser el sexo limpio”) y el libertinaje del “todo vale, es tu vida sexual, haz lo que desees con tu cuerpo”; probablemente sería más fácil comprender que es un medio íntimo de relación con los demás, en el que no se puede descuidar la integridad y salud propia o ajena.
Sabemos que además del sexo, hay otros caminos de acceso al amor (arte, familia, voluntariados), al placer sensorial (ejercicio, masajes, expresión corporal, música) y a la paternidad (adopción); luego ¿por qué adjudicarle una sola misión estricta, invariable, absolutista y universal?.