No solo un músico sobrevalorado, sino tal vez el guitarrista más incomprensiblemente sobrevaluado de la historia de la música misma. Slash es de esos pocos músicos que en verdad no te generas una idea del por qué llegaron hasta donde están; es como si de repente en un concurso de tuba alguien ganara por tirarse un pedo sonoro, como si en la escuela el cuadro de honor estuviera reservado para los más zopencos, esos retardados que creen que Miguel Hidalgo y Moctezuma fueron contemporáneos y que si recuerdan nombres de personajes históricos es por las estaciones del metro en las que hacen transborde.
Slash no es ni compositor, ni guitarrista, ni músico, ni nada. Yo conozco a 20 personas que podrían tocar todos y cada uno de los solos y riffs de con una mano mientras con la otra se rascan las nalgas. Repito, el argumento fofo y cagengue de “toca con sentimiento” aquí no vale; en primer lugar porque tocar con sentimiento no es alargar una nota durante minutos, y en segundo lugar, pedazos de estiércol con patas, tocar “con sentimiento” involucra cosas que ustedes, pubertos pedorros eyaculadores precoces jamás entenderían.
Aburrido, tedioso, repetitivo, sin capacidad de innovación o sorpresa, soso, predecible, cansado, fastidioso… los calificativos sobran, pero desgraciadamente ninguno es aplaudible. Nada (y reitero) ¡NADA! Que tenga que ver con Slash puede entrar a mis oídos sin causarme una aversión casi vomitiva que provocan levantarme de mi asiento, tomar el aparato reproductor (de música, sucios) con mis manos y arrojarlo a una avenida concurrida con la única esperanza que pase un tractocamión y lo haga pedazos comestibles para los niños pobres de la calle.
