Humanos, demasiado humanos

Casi todos los ufólogos que llegamos a la ciencia terminamos abandonando los platos voladores.
Por Alejandro Agostinelli
A fines de los ‘70 yo era ufólogo. No tenía título habilitante. No existen universidades ni Academias Pitman de ufología. Ciertas lecturas, entrevistar a testigos de presuntos extraterrestres, relacionarse con colegas y si acaso vivir tu propia experiencia dan suficiente aval para autotitularse. Es decir: si la ufología no era científica; los ufólogos, al menos, profesábamos una especialidad muy peculiar. Que algún nombre debía recibir. Estudiábamos ovnis, aunque no exactamente: el ufólogo no puede golpear el casco de la nave para saber si está hecha de bronce bruñido o de material visionario. Sólo cuenta con el testimonio de alguien que jura haber visto flotar algo desconocido y eventualmente recoger indicios de alguna cosa sospechosa de alienígena. Hay diversas clases de ufólogos, y la definición de su quehacer, a veces, la pone el enemigo. O el saber popular, en cuyo caso serás ufólogo comercial como Fabio Zerpa, místico como Pedro Romaniuk o cientificista como el Dr. Oscar Galíndez.
En mi época ser ufólogo tenía pocas compensaciones. Era un ambiente poco frecuentado por señoritas. De hecho, las escasas ufólogas estaban en pareja o les chiflaba el moño. Creíamos que "el fenómeno ovni" (dicho así, con desmesura) era una anomalía digna de atención científica y acariciábamos el día en que investigadores del CONICET nos iban a ayudar a develar la Gran Verdad. Pero la verdad era otra: la ufología no era sexy sino asunto de nerds, los científicos ignoraban nuestras publicaciones y, si alguno mostraba cierta curiosidad, era rematadamente escéptico o estaba más loco que un plumero.
Hacia 1983 dejé que los ovnis volvieran a su planeta: si había entre los informes alguna singularidad, los factores que la determinaban eran humanos, demasiado humanos. Y si había alguna evidencia distintiva, ésta era convenientemente escurridiza. No sabía que mi frustración era parte de una tendencia mundial: casi todos los ufólogos que habíamos llegado a la ciencia abandonábamos las naves.
Sin rastros de extrañeza en la casuística galáctica, me encontré con tres opciones: a) convertirme en escéptico militante; b) estudiar antropología cultural; c) diversificar aficiones. La primera opción tenía que ver con el enojo que me causaba la proliferación de relatos abusivos, entre el engaño descarado y el sensacionalismo; la segunda, con la aparición de curiosas manifestaciones sociales, como los grupos inspirados en el desembarco de héroes religiosos de otros mundos. Por otro lado, la ufología francesa fundó la "escuela psicosociológica", que abolió a una generación de ufólogos.
A fines de los ‘80, la ciencia ficción estaba rehabilitando a los platillos en la cultura pop. Nuestra afición minoritaria fascinaba a las masas. X-Files fue el non plus ultra de ese ascenso.
Mi romance con el escepticismo activo no fue furibundo. Fue una necesaria estación intermedia, breve pero contundente. En 1990 fui uno de los fundadores del Centro Argentino para la Investigación y Refutación de la Pseudociencia (CAIRP). Cuando sacamos el primer número de El Ojo Escéptico, la revista entusiasmó a titanes de la ciencia como Carl Sagan, Martin Gardner y Mario Bunge.
Las recompensas intelectuales del escepticismo eran notorias. De paso, deschavamos a tránsfugas como los cirujanos filipinos, los que dieron por buena la "muñecopsia" de Roswell y clarividentes que nunca vinieron a buscar los US$ 10.000
que ganaban si demostraban sus poderes.
Me alejé del racionalismo militante en 1994, cuando descubrí que en este ambiente también germinaban ideas pseudocientíficas. Llegué a detectar en mí mismo prejuicios y doble estándar: los platillistas cuyas creencias me disgustaban eran sectas y los que no, innovaciones religiosas.
En 2000, un aluvión de advenedizos se apropió del CAIRP y forzaron su disolución. Tipos que llegaron a la falsificación o al plagio, como Christian Sanz, o al acoso ideológico, como el abogado Héctor H. Navarro, padrino de Pablo Salum, el nuevo anti-sectas mediático.
Gente que bien pudo celebrar acciones como colarse en un templo y escribir "La única iglesia que ilumina es la que arde". Ejemplos de lo que el escepticismo o el ateísmo nunca deberían ser.
Refutar falsas ciencias ya no es el centro de mi vida. Pero desde que el escepticismo anida en mis neuronas es como un desodorante que (casi) no me abandona. Se reactiva, por ejemplo, cuando comprás un coche, ponés History Channel o asesinan a una astróloga y en vez de consultar a peritos criminalistas ¡entrevistan a astrólogos! Un mundo lleno de demonios siempre necesitará de personas capaces de temblar de indignación y que estén preparadas para desmitificarlo.
Agostinelli es autor de "Invasores. Historias reales de extraterrestres en la Argentina" (Random House) y editor de Factorelblog.com
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"Si asumes que no existe esperanza, entonces garantizas que no habrá esperanza. Si asumes que existe un instinto hacia la libertad, entonces existen oportunidades de cambiar las cosas."Noam Chomsky
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