Marilyn Monroe siempre será la eterna diva de Hollywood y el inolvidable símbolo sexual de los años 50. No obstante, a pesar de consagrarse también como una de las comediantes más universales y rentables del séptimo arte, su carrera no culminó con broche de oro ni tuvo una pizca de glamour, ni hizo reír a nadie, ni despertó las miradas de todos los hombres, ni provocó la envidia de todas las mujeres, como era habitual que sucediera con cada una de sus presentaciones; muy al contrario, el destino le reservó el momento más dramático para dar por concluida su efervescente trayectoria: las extrañas circunstancias de su muerte en la última escena de su vida aún sorprenden al mundo, mientras que las investigaciones, sin arrojar una conclusión satisfactoria, aún continúan con el paso de las décadas.
La madrugada del 5 de agosto de 1962, exactamente, 50 años atrás, Marilyn Monroe fue declarada muerta. Eras las 4:45 am cuando, tras recibir la llamada telefónica de la enfermera y mucama Eunice Murray, llegaron los agentes policiales a uno de los departamentos de huéspedes de un hotel situado en el número 12305 de Fifth Helena Drive en Los Ángeles, Estados Unidos.
La actriz y cantante, de36 años, estaba boca abajo, acostada en su cama. Envueltas las piernas en las sábanas blancas y con la espalda descubierta. El cabello rubio alborotado. Desnuda. Y, al girar su cuerpo, los agentes policiales miraron los ojos abiertos de la estrella del cine, siempre oscuros y de por sí perdidos, pero esta vez como si contemplaran a un horizonte indefinible. Aún agarraba fuertemente el auricular del teléfono con la mano derecha, en un gesto desesperado de comunicarse con alguien mientras agonizaba. (Fotos del expediente forense).
Le cerraron los ojos, y, tras levantar el cadáver y someterlo a la autopsia, el doctor Thomas Noguchi, oficial de Los Angeles County Coroners, consignó que “un envenenamiento por barbitúricos” provocó la muerte de la célebre protagonista de la escena musical de Los diamantes son los mejores amigos de una chica. Usualmente, Marilyn tomaba una variedad de somníferos recomendados por su siquiatra de cabecera cuando hubo agotado otros recursos para dormir, un simple placer que pocas veces lograba de manera natural debido a una gran angustia, descrita por ella misma como una sensación de caer al vacío, desconcentrándola de cualquier actividad a cualquier hora del día, y, como era de esperarse, arrojándola posteriormente por la pendiente del abuso de las drogas y el alcohol. Y, como cada vez que había perdido la esperanza de vivir, a cuatro intentos de suicidios.
Sin embargo, ante la falta de evidencias, y aunque fuese lógico suponer que, en un momento de locura, Marilyn hubiese ingerido un gran coctel de pastillas que noche tras noche tomaba incluso con whisky, el doctor Noguchi catalogó el caso de “otro posible suicidio”, una hipótesis que, alimentada por producciones cinematográficas posteriores y versiones publicadas por la prensa, fue negada desde el primer momento por Jack Clemmons, director del Departamento de Policía de Los Ángeles, olfateando un evidente asesinato, con su instinto de viejo sabueso.
Clemmons estaba sorprendido por la negativa de las autoridades en investigar hasta lo hondo el fallecimiento de Marilyn Monroe, aun cuando sobrara una cantidad sorprendente de cabos sueltos por atar.
Tal como aseguró el informe del doctor Noguchi, en el cuerpo de la occisa había tal cantidad del barbitúrico Nembutal para matar a 15 personas; sin embargo, excepto por hematomas en las muñecas, como si la actriz hubiese forcejeado estando amarrada, el cadáver de Marilyn carecía de los moretones provocados por los pinchazos fallidos y sin control, propios de alguien intentando suicidarse; además, aunque muchos comentaran con ironía que los mejores amigos de la actriz eran los barbitúricos y no los diamantes, su estómago estaba limpio de rastros de pastillas, convenciendo a los detectives de que las inyecciones fueron realizadas limpiamente por una mano experta, potenciando su efecto inmediatamente después con la introducción de un supositorio, cuyo hallazgo en el recto de la actriz fue poco comentado.
Y éso no era todo: Si bien la autopsia reveló que Marilyn había muerto alrededor de las 10:10 pm del día anterior, ¿por qué la mucama y enfermera, recomendada por el psiquiatra Ralplh Greenson, esperó al menos 8 horas para llamar a la policía, dedicándose a limpiar la habitación y a lavar la ropa de la estrella, borrando lógicamente evidencias importantes? ¿Por qué los investigadores se negaron a tomar declaración jurada a la familia Landau, hospedados en un apartamento cercano al ocupado por la actriz, y quienes habían escuchado a alguien gritar esa noche: “¡Asesinos! ¡Asesinos! ¡Estáis satisfechos ahora que ella está muerta!”?
¿Por qué no se establecía una verdadera conexión, con implicaciones criminales, entre la noche fatal de la rubia más adorada del cine y la visita que horas antes le realizara uno de sus amantes más connotados, el senador Robert Kennedy, hermano de John Fitzgerald Kennedy, aún presidente de los Estados Unidos durante ese verano, y quien ya le había roto el corazón para siempre a la protagonista de Una Eva y dos adanes? ¿Era posible que la sangre de Marilyn Monroe manchara las pulcras paredes de la Casa Blanca? Incluso, después de su destitución, Jack Clemmons creía que esto era el único desenlace posible.
Marilyn Monroe, con su mirada irresistible desnudando su alma, con su sonrisa desbordante de vitalidad y sus curvas dibujadas por vestidos ajustados, ya se había convertido en la protagonista de las aventuras extramatrimoniales del hombre más poderoso del mundo. J. F. Kennedy, a pesar de encarnar el prototipo de padre de familia ejemplar, al lado de su esposa Jacqueline, propició el encuentro con la actriz, sumándole el brillo de Hollywood a su entorno presidencial.
Los encuentros, mantenidos en secreto, no tardaron en encender la mecha de los rumores y el propio presidente hizo estallar la bomba: Kennedy celebró sus 45 años el 19 de mayo de 1962, en un acto realizado en el Madison Square Garden, invitando a más de 10 mil personas, entre políticos, periodistas y distintas personalidades, quienes comentaban la ofensa que supuso para la primera dama de la república, ausente de la fiesta, el hecho de que Marilyn Monroe cantara “Happy birthday, mister president”, prácticamente haciendo partícipe a la nación de sus citas de alcoba (Foto del momento en que Marilyn canta al Presidente Kennedy).
Al verse en evidencia, Kennedy da por concluido el romance, sumando otro error a sus errores, y Marilyn Monroe, por su cuenta, no se quedó de brazos cruzados. “¡Lo diré todo si me tratas como a un pedazo de carne!”, y amenazó al presidente con publicar sus secretos de habitaciones de lujo, secretos que poco tenían que ver con sus sentimientos, aunque éstos también serían causa de escándalo si se ventilaban en la prensa amarillista.
Como parte de su terapia con el psiquiatra Ralplh Greenson, la rutilante protagonista de Los caballeros las prefieren rubias escribía, en un diario de tapas rojas, sus anécdotas más íntimas durante las noches de insomnio, dando cuenta de la montaña rusa que describían sus emociones alteradas, y, entre dibujos de corazones, poemas, flores y cartas nunca enviadas a sus amantes, anotó con profusión de detalles las revelaciones que el presidente de los Estados Unidos hiciera sobre importantes políticas a seguir por su administración, incluyendo aspectos confidenciales del bloque económico a Cuba, bajo la revolución de Fidel Castro, cuyo asesinato se planificaba en las oficinas de la CIA, además de datos polémicos sobre la reciente invasión a Bahía de Cochinos, entre otras verdades estratégicas para minar la diseminación de la semilla del comunismo en un mundo bajo el fuego de la Guerra Fría.
Ese “libro de secretos” fue catalogado de preocupante por James Jesus Angleton, entonces jefe de contraespionaje de la CIA, dado que la actriz compartía esa información con su psiquiatra, alguien que no tenía reparos en comentar en sus círculos de amigos que su paciente más famosa se refería a Kennedy como mi “Querido Presi”. Investigada por el FBI, bajo el expediente Marilyn Monroe-Asunto de Seguridad-C (la C es de comunista), se puso de manifiesto de que la sensual estrella mantenía relaciones calificadas de “peligrosas” con Frederick Vanderbilt Field, un millonario norteamericano afiliado al Partido Comunista Internacional, residenciado en México, donde la estrella solía visitarlo, cuando no llamaba con alarmante frecuencia.
En ese mismo informe, J. Edgar Hoover, director del FBI, se atrevió a observar que el propio presidente Kennedy, hablando más de la cuenta con su célebre amante, ponía en riesgo la seguridad de los Estados Unidos. El azar quizás le dio la razón a Hoover cuando el viernes 22 de noviembre de 1963, el presidente Kennedy fue asesinado en Dallas.
De momento, el despacho oval de la Casa Blanca evitó el escándalo proponiendo a Robert Kennedy como carnada para enamorar a Marilyn, la rubia preferida por todos, siempre en búsqueda de un amor perdurable; no obstante, cuando Robert Kennedy dejó de contestar sus llamadas a medianoche y dejó de entretenerla, haciéndole entender que ya había cumplido su deseo de pocas horas, la comediante redobló en serio sus amenazas: “¡Lo diré todo si me tratan como un pedazo de carne!”, escribió una página completa de su diario con esa sola frase.
Los hermanos Kennedy habían lanzado un dardo doloroso, dando en el blanco de su verdadero conflicto: Marilyn no aceptaba que la vida la encasillara en el papel de símbolo sexual, y, mientras su carrera se fundamentaba en las buenas críticas que recibía al interpretar a la irresistible tonta seductora, ningún hombre realmente la amaba en la vida real. O al menos ninguno se mantuvo a su lado. Cuando apenas tenía 16 años, y pensaba que el destino le reservaba el futuro de una buena ama de casa, se casó por primera vez con un obrero aspirante a policía llamado James Dougherty, quien no dudó en dejarla sola mientras ella emprendía el camino de la fama.
Cuando comenzó su carrera en los años 50 como una modelo de cabello marrón, llamada Norma Jean Baker, deslumbró con su atractivo a Ben Lyon, un ejecutivo de la Twentieth Century Fox, quien entonces decidiera mandar a teñirle el cabello y llamarla Marilyn Monroe (Marilyn en honor a la actriz Marilyn Miller y Monroe como la madre de la misma estrella en ciernes); no obstante, a pesar de los papeles que obtenía, su carrera no despegaba y, tras varios fracasos, Lyon se negó a renovarle el contrato.
Luego, cuando en 1953 apareció en la portada inaugural de la revista Playboy, Hugh Hefner la consagraría como la mujer más atractiva de la tierra, pero esta condición no le bastó para conquistar al mujeriego más popular de las publicaciones para hombres. (Aquí con el escritor Arthur Miller)
Artistas como Arthur Miller, el gran dramaturgo norteamericano con quien estuvo casada, y Lawrence Olivier, el más grande actor inglés de todos los tiempos, buscaron su compañía y, cuando ascendieron junto a ella a las cumbres de la popularidad, no tuvieron reparos en separarse sin dejar una nota de despedida. Cuando más feliz se mostraba al lado de la estrella del diamante verde Joe DiMaggio, el beisbolista la celaba hasta de su propia sombra, y, al cabo de nueve meses, acabó con el matrimonio. Era lógico que se preguntara para qué la querían los hombres.
Cuando no era nadie, su vida sexual se limitaba a un infierno. La estrella de los musicales y comedias más taquilleras de Hollywood había nacido el primero de junio de 1926, en California. Su madre Gladys Pearl Baker se había casado dos años antes con un hombre de nacionalidad noruega, llamado Edward Mortenson.
Tras separarse y no verse nunca más, Gladys, una cortadora de negativos en la productora de cine RKO Pictures, descubre que está embarazada; desequilibrada emocionalmente después del parto, se confiesa incapaz para criar a la niña y la entrega a su amiga Grace McKee, quien posteriormente se casaría con Ervin Silliman Goddard en 1935.
La pequeña Norma pondría fin a los años vividos en el calor de ese hogar tras confesar, con el llanto propio de una chica de 12 años, que Ervin abusaba sexualmente de ella con cierta regularidad cuando estaban a solas. Para no destruir su matrimonio, Grace McKee entrega a su hija de crianza a su tío Olive Brunings, pero allí, Norma seguiría llorando por las noches, dado que los hijos del tío Olive no dejaban de buscarla para satisfacerse sexualmente.
Desde entonces, sus constantes cambios de hogar y la búsqueda de un futuro despertaron sus mejores ambiciones, llevándola, quizás sin pensarlo mucho, a la misma boca del lobo: el modelaje y el cine, dos florecientes industrias que reportaban grandes ganancias al explotar los atractivos femeninos, poniéndolos a la vista de todos, y, en ese aspecto sin duda, Marilyn era la misma fruta de la tentación encarnada.
Y, aunque cada uno de sus gestos exhalara sensualidad, tras el balance de sus traumas, era una mujer melancólica, un ser vulnerable y desposeído, “una hermosa criatura… una mujer divertida cuando se sentía suficientemente relajada y había bebido bastante…”, drogándose con celebridades de la talla del escritor Truman Capote que así la había definido, y, paradójicamente, aunque millones de hombres soñaran con una noche de pasión en su cama, ella solo se quedaba dormida después de alcoholizarse en medio de la soledad.
Analizando este aspecto de su carrera había llegado a escribir en su diario: “Aquí, en Hollywood, te pueden pagar una fortuna por un beso, pero solo 50 centavos por tu alma. No. Ya no seré un trozo de carne”. (Foto con Truman Capote)
Aunque el diario desapareció de su cómoda durante la noche de su muerte, encontrándose luego en un archivo judicial de Los Ángeles, con un sinnúmero de páginas arrancadas, se constató que esas frases las había escrito al comienzo del verano de 1962, como respuesta al desprecio de los hermanos Kennedy. Aún rodaba la cinta Something’s got to give. Aún estaba sola. Aún no podía dormir por las noches y por esa razón llamaba a su psiquiatra o a cualquier amigo dispuesto a escuchar sus tristes monólogos.
Finalmente, la tarde del 4 de agosto de 1962, había recibido una llamada de Robert Kennedy y habían acordado un encuentro. Ahora, ella tenía todas las cartas bajo la manga o mejor dicho: suficientes líneas comprometedoras, reveladas por los dos hombres más importantes del país, obligando a ambos a cumplir sus caprichos, so pretexto de revelar los planes de acción de los Estados Unidos durante la Guerra Fría.
Como esperaba una noche de placer, aguardó desnuda, con poco maquillaje aunque bien peinada, perfumándose con algunas gotas de Chanel N° 5 como dijo que solía dormir al protagonizar el comercial de la popular fragancia francesa. Ante la prominencia del invitado, la enfermera y mucama Eunice Murray salió a dar unas vueltas, sin alejarse mucho. Los trabajadores del hotel de huéspedes observaron que una ambulancia se detuvo desde la primera hora de la noche en las cercanías del apartamento de Marilyn, donde finalmente entró el senador Robert Kennedy en compañía de dos hombres, con tipo de mafioso, para decepción de su amante ilusionada. Entonces, ¿para qué había venido?
Horas después, encontrarían muerta a Marilyn Monroe, mientras las sombras del misterio cubrían su leyenda.
GRACIAS POR SU VISITA.